El día 4 de octubre se publicó un escueto comunicado en el que el jurado del Premio FIL 2012 confirma su decisión de premiar a Alfredo Bryce Echenique, y señala que el juicio por plagio que enfrenta es un asunto del ámbito penal y no de un jurado literario. Esta distinción es inexacta, pues el plagio en un escritor no sólo es un delito que se persigue legalmente o un desliz moral, sino un ilícito creativo, que deteriora las condiciones indispensables de seguridad y equidad jurídica que requieren las actividades de creación e invención. Al utilizar la noble figura de la autonomía de la literatura para aislar el plagio como un mero asunto legal sobre el que dictaminan los tribunales, se da vía libre a la arbitrariedad, se premia la deshonestidad intelectual y se generan incentivos muy perversos para la creación y la circulación de las ideas.
Podría pensarse que lo que hace esta polémica decisión es, simplemente, reconocer un nuevo modelo de ascenso en el medio literario (plagia, pues es fácil, no tiene castigo y te ganas premios) y mostrarlo pedagógicamente a los jóvenes, pero no: quienes más sufrirán por esta aberración son precisamente los escritores en ciernes que carezcan de padrinos e influencias. A partir de ahora, los autores novel que sometan su obra a concursos literarios, los que la manden a dictamen a una editorial, los que la publiquen en diarios o revistas de poca circulación o los que la enseñen a un maestro son todavía más vulnerables ante cualquier abusador poderoso que decida apropiarse de su trabajo e ideas.
Armando González Torres. Poeta y ensayista.