Me parece que hay dos temas que enmarcan nuestra conversación sobre el gobierno de la Cuarta Transformación. Por un lado está el aparente consenso de llamarlo “populista”. Tanto detractores como seguidores lo catalogan así, aunque unos lo hacen por considerarlo demagógico y destructivo y otros para resaltar un supuesto orden plebeyo. Por otra parte tenemos que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha catalogado a su gobierno como antineoliberal, una caracterización que sus colaboradores, miembros de su partido y seguidores han repetido hasta el cansancio. Si bien en tiempos recientes ha surgido un debate en torno a esta idea, lo cierto es que la noción de que el presente gobierno es “anti-neoliberal” sigue siendo dominante en cierto sector de la opinión pública.

En este ensayo argumentaré que la Cuarta Transformación no es ni populista ni antineoliberal. En 2016, caractericé a López Obrador como populista y argumenté que tenía un potencial democratizador, mucho más cercano a los populismos igualitarios y antineoliberales que a los nativistas xenófobos.1 En aquél entonces López Obrador cumplía con las características que la literatura más actualizada y menos tradicionalista en la materia señalaba como esenciales al “populismo” igualitario. A mi ver, el entonces líder de la oposición mostraba el potencial de, en efecto, democratizar a un régimen neoliberal cada vez más alejado de la gente. Hoy, sin embargo, considero que se equivocan quienes sostienen que el presidente López Obrador siguió siendo el populista antineoliberal que era antes de ganar las elecciones de 2018. Su gobierno apunta a dejar los cimientos de un régimen mucho más elitista y neoliberal que lo que algunos sostienen.
¿En dónde está el populismo?
El populismo es un fenómeno político en el que sectores sociales tradicionalmente excluidos irrumpen en la escena política mediante un reclamo democrático exaltado por uno o varios líderes carismáticos. En ese reclamo se concentran una serie de demandas que pretenden redimir los agravios perpetrados por élites insensibles a los dolores del pueblo.2 Un gobierno populista se caracteriza por desplazar a dichas élites y construir un orden en el que los agraviados sean un sujeto político protagónico y sus dolores sean redimidos.
Algunos, sin embargo, han pensado erróneamente que un gobierno puede caracterizarse como populista a partir de un montón de supuestos que están presentes en otros fenómenos políticos. Se dice que el líder populista busca concentrar el poder, como si ningún otro político, de una u otra forma, buscara hacerlo. O que usa el poder del Estado para la movilización electoral, como si ningún otro gobierno movilizara recursos humanos y económicos para lograr sus fines. O que un gobierno populista es aquél que tiene injerencia en el congreso o en el Poder Judicial, como si otros gobiernos no recurrieran a moches, argumentos leguleyos y diferentes recursos políticos para conseguir sus metas.
Así que no basta con decir que el gobierno de la Cuarta Transformación es populista porque el gabinete operó la revocación de mandato, como lo hiciera Enrique Peña Nieto en la elección del Estado de México en 2017. O porque el presidente López Obrador habla en nombre del pueblo, como también lo hace Mario Delgado, presidente de Morena, a quien ni de chiste le diríamos populista. Ni siquiera que los miembros de Morena hayan interrumpido una sesión en el congreso para cantarle las mañanitas al presidente basta por sí sólo para caracterizar al gobierno como populista, pues ya lo habían hecho con Emilio Gamboa Patrón durante la aprobación de la reforma educativa peñista. Tomar tales gestos superficiales como evidencia de “populismo” implica una concepción igualmente superficial —y por lo tanto no especialmente útil— del término.
El problema es que mucho de lo que vemos en este gobierno ya lo habíamos visto, ya se había hecho, y se suponía que iba a terminar. Lo que separa al gobierno de López Obrador de otros anteriores son más bien sus formas, en ocasiones más cínicas, con menos recato y disimulación, que van acompañadas de una actitud sermonera y una hipócrita superioridad moral. Ahí está, por ejemplo, el secretario de gobernación, Adán Augusto, viajando en un avión de la Guardia Nacional, extralimitando sus funciones, para llegar a un mitin a hablar de democracia y del poder del pueblo. Políticos sinvergüenzas y demagogos hemos tenido siempre, y no por eso los llamamos populistas.
Sostengo que para definir a un gobierno como populista éste debe cumplir con dos características esenciales: el desplazamiento de las élites políticas y económicas y la configuración de un nuevo sujeto político. Ambos elementos son fundamentales, pues se trata, por un lado, del cumplimiento efectivo de la demanda de reparación del agravio perpetrado por un grupo en el poder frente al pueblo; y, por el otro, de la consolidación de una nueva identidad política que sea capaz de sostenerse en el tiempo, independientemente de si sigue representada en el gobierno. En medio de eso puede intentarse un reclamo democrático y políticas públicas que resulten más o menos efectivas, pero que no pueden explicarse como populistas sin la confirmación de los otros dos elementos.
La Cuarta Transformación no cumple con ninguno de los dos criterios que mencioné arriba. En primer lugar, las viejas élites no han sido desplazadas. Por ejemplo: en 2012, López Obrador decía que Carlos Slim y Ricardo Salinas Pliego formaban parte de los treinta nombres que conformaban a la mafia del poder. Hoy, Carlos Slim come frecuentemente en Palacio Nacional y es considerado por el presidente como “un amigo y un buen empresario”. Lo mismo ocurre con Salinas Pliego, quien, además de amigo del presidente, forma parte del Consejo Asesor Empresarial con el que se reúne periódicamente.
Además, las élites locales tampoco se han ido y la clase política sigue padeciendo de los mismos vicios. Presidentes municipales, diputados locales y federales, y gobernadores que antes eran fervientes críticos del actual presidente —y culpables de la decadencia de México que el candidato López Obrador denunciaba— ahora representan a la Cuarta Transformación. Los que antes perpetraron agravios contra el pueblo, —y mentían, robaban y traicionaban— son encumbrados, por López Obrador y Morena, como sus representantes. Los que votaron la reforma educativa de Peña Nieto y validaron el Fobaproa son los operadores políticos estrella de este gobierno y designan quién es traidor a la patria. Todo esto mientras los ex-gobernadores priistas son premiados con embajadas por su “servicio a la nación”.
Pero quizás la mayor confirmación de que no hay cambio arriba, es que durante este gobierno los ricos se han hecho más más ricos y los pobres son más pobres. La riqueza de Germán Larrea, Carlos Slim, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas Pliego —todos ellos miembros de la “mafia del poder”— se ha duplicado, mientras que el número de pobres ha aumentado. ¿Qué gobierno populista cuyo lema es “primero los pobres” permitiría esto?
Por otra parte, no hay un nuevo sujeto político consolidado en el orden en ciernes. De acuerdo al politólogo Gibrán Ramírez, en sus estudios sobre el lopezobradorismo opositor y el gaitanismo colombiano, el populismo surge en coyunturas claves y convierte a sectores pasivos en agentes activos que disputan el poder. Una vez en el gobierno sucede algo similar: el populismo se reafirma en momentos cruciales, ya no para disputar el poder, sino para hacer manifiesto su ejercicio y con ello consolidar una nueva identidad política. El pueblo se hace presente y gobierna, simbólica y materialmente, bajo la representación del líder.
Pero esto no sucede con el gobierno de López Obrador. En ninguna coyuntura se ha logrado conjuntar la representación simbólica y material del pueblo en el poder. Y no podemos decir que no se ha intentado. El juicio contra los expresidentes o la revocación de mandato fueron actos convocantes que quedaron en una desangelada operación electoral. La lucha por la reforma eléctrica no generó el interés esperado y se tuvo que recurrir a la promoción de la nacionalización del litio para tratar de dotar de algo histórico a la mala operación legislativa. El Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) se comunicó como una obra nunca antes vista hecha por el pueblo y para el pueblo, pero poco a poco ha caído en el olvido.
Además, las encuestas muestran datos contrastantes. Alrededor de un 60% de personas aprueban al presidente, pero un porcentaje muy similar también apoya al Instituto Nacional Electoral (INE), uno de sus adversarios favoritos. La misma gente que apoya a López Obrador personalmente reprueba las principales tareas de su gobierno y en algunas coyunturas específicas —como la posibilidad de no participar en la Cumbre de las Américas— consideran que se equivoca con sus dichos o decisiones. No hay claridad de qué es lo que caracteriza al supuesto pueblo lopezobradorista, ya no se diga qué, exactamente, es lo que apoya.
Es por esto que desde el gobierno de López Obrador hay una obsesión por recordar la larga lucha opositora que culminó con la victoria de 2018 y por catalogar todo acto, sin importar su verdadera importancia, como un evento histórico. La representación del pueblo se ha reducido a la comunicación y a la utilización de recursos estatales para movilizar el voto, como si eso fuera lo único necesario para construir un nuevo sujeto político y darle un sentido plebeyo al gobierno. No hay duda que el presidente tiene el apoyo de la mayoría de la gente, o de que Morena es el partido mayoritario, pero eso no se ha traducido en una identidad política cuyos márgenes y coyunturas de surgimiento sean identificables, tal y como sí pasó con el peronismo, por ejemplo. Sin desplazamiento en las élites y sin la consolidación de un nuevo sujeto político, ¿en dónde está el populismo?
Neoliberalismo realmente existente
Por otra parte, el gobierno de López Obrador tiene una particular interpretación de lo público. Sus voceros nos aseguran que día con día vamos dejando atrás la larga noche neoliberal; que ahora todo es más abierto, visible y accesible. Lo público es más público y por eso la 4T es antineoliberal: reivindica al Estado, las comunidades y el sentido común, mientras critica al mercado, la sociedad civil y el individualismo.
Pero esta supuesta reivindicación de lo público viene acompañada por la exaltación de lo privado. Más allá de la abstracción discursiva del presidente, hay un neoliberalismo realmente-existente que rige ideológica y materialmente a la Cuarta Transformación. En primer lugar, lo privado tiene una supremacía ante lo público.3 La mejor institución de seguridad social, nos dice esta administración, es la familia; los mejores constructores de caminos son las comunidades; los mejores administradores de los recursos de las escuelas son los padres y madres de familia. La solución de los problemas públicos, pareciera, está en la sociedad civil —que no se compone únicamente por las organizaciones que le disgustan al presidente— en donde, a diferencia del Estado, que es dirigido por los intereses comunes, reina lo privado y la desigualdad.
En el discurso de López Obrador y sus allegados, la supremacía de lo privado ante lo público es tal que el problema de la corrupción son las instituciones y los funcionarios, mientras que los individuos son capaces de armonizar sus fines egoístas para generar beneficios colectivos. Por eso todo se traduce en transferencias directas: más dinero directo implica menos Estado corrupto y más oportunidad para que la gente lo utilice correctamente en los servicios que le ofrece el mercado. Se trata, en fin, de un esquema tan profundamente neoliberal que sin duda habría sido elogiado en el Coloquio Lippmann.
Es por esto que, en segundo lugar, para la Cuarta Transformación el mercado es superior moral y técnicamente a cualquier otra forma de organización. Por ejemplo: se considera que el problema del cuidado de las infancias es un asunto de servicios que puede obtenerse en el mercado, y no un hecho social que debe atenderse y corregirse. Con las transferencias, los padres y madres deben buscar en el mercado a alguien que realice la tarea de cuidado, o, en su defecto, guardar el dinero y pedir ayuda con algún familiar. El asunto es que, tal y como estudios académicos y la CNDH han mostrado, , las transferencias directas sin el acompañamiento de servicios públicos terminan por recargar todavía más las tareas de cuidado en las mujeres —madres, hermanas o abuelas—, lo que profundiza la desigualdad de género y de clase. Y así pasa con muchas cosas más: para el gobierno de López Obrador, las pensiones son sólo una transferencia y no la puerta de entrada para una serie de servicios para estar seguro frente a un riesgo social. Por eso no importa que se mantenga el modelo Afore, siempre y cuando exista una pensión universal para compensar las deficiencias de ese tipo de seguridad social. El mercado ya proveerá.
Así, el gobierno de López Obrador no es antineoliberal, aunque sostenga discursivamente que sí lo es. De nuevo, pareciera que la realidad se transforma con la comunicación: que el neoliberalismo realmente-existente puede esconderse detrás de las abstractas y en ocasiones contradictorias declaraciones presidenciales, así como de la propaganda oficial. Incluso este discurso se ha ido perdiendo: hace no mucho el presidente dijo que el neoliberalismo, sin corrupción, podría funcionar y que “no es malo per se que una empresa privada administre la distribución del agua”.4
En transición
Pero entonces, ¿qué es la Cuarta Transformación? Sostengo que es un gobierno de transición hacia una nueva modalidad de régimen. Es de transición porque el hecho de que no sea populista y sí sea neoliberal no quiere decir que no esté configurando un cambio en las formas de dominación y estableciendo los cimientos de un posible orden nuevo. El problema, me temo, es que este orden no parece ser el que muchos imaginábamos.
La forma más acabada de ese posible orden es el neoliberalismo social, término acuñado por Adolfo Gilly.5 Se trata de una suerte de revolución pasiva, en tanto que mantiene las bases ya mencionadas del modelo neoliberal —la supremacía de lo privado sobre lo público y la superioridad moral y técnica del mercado— pero retoma parte de la demanda social de solucionar los problemas comunes.
Esta dinámica de “neoliberalismo social” explica los derechos establecidos en la reforma al artículo cuarto constitucional, el empeño en sostener las transferencias directas, el aumento al salario mínimo e incluso la fallida reforma eléctrica que buscaba trataba de fortalecer a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) regresándola al estatus anterior a la reforma de 2012.6 La ironía es profunda: la reforma más radical de este gobierno se trataba de regresar al estatus que tenía la CFE durante el gobierno de Felipe Calderón. Todas estas iniciativas buscan reconfigurar al neoliberalismo, pero no desmontarlo. Así ha conseguido seguir vigente, con cierto enfoque social que, a decir verdad, no ha sido del todo bien implementado.
Hay otra forma de dominación menos acabada. Se trata de una tendencia oligárquica detrás del discurso democrático. No queda claro si se trata de una incapacidad para aprovechar treinta millones de votos para transformar el país o de la simple consecuencia de que las élites resultaron imposibles de domar. Pero lo que vemos es la alianza del gobierno con las diferentes oligarquías para, si no cambiar, al menos mover los resortes del poder.
Se trata de la oligarquía de los más ricos, de las oligarquías locales —a veces atravesadas por el crimen organizado— y de una nueva oligarquía en ciernes, consistente en personajes poderosos que han sabido abrirse paso durante estos ya casi cuatro años de gobierno. Todas estas oligarquías, de alguna manera, dan forma y facilitan el ejercicio del poder cuatroteísta. Quizás el mayor ejemplo es el empeño de la dirigencia de Morena de aliarse con los viejos poderes de los órdenes locales, formales e informales, para ganar y financiar elecciones.
Como suele suceder, no se trata de oligarquías homogéneas. Al contrario: están en disputa. Hay ricos excluidos; hay élites locales más favorecidas que otras; hay cárteles que luchan por mayor influencia en el poder y hay nuevos poderosos que se están destrozando ante nuestros ojos. Se podría suponer que en algún momento pasará la hostilidad y estas diversas élites lograrán acomodarse e instaurar un orden oligárquico en el que quepan todos —aunque en nombre del pueblo, eso sí—.
Por fortuna, como sucede en todas las transiciones, el resultado final es incierto. Y la posibilidad de enderezar el camino sigue estando en el espíritu de cambio que surgió en 2018. Según Hannah Arendt, el espíritu revolucionario, al que quiero llamar del cambio, es aquél que hace que un pueblo tome conciencia de que la posibilidad de transformar la historia está en sus manos.7 Dicho espíritu es el que antecede a las transformaciones y cuando se difumina es el principal indicador de su fracaso.
Ese espíritu fue encauzado en 2018 por López Obrador, pero no le pertenece. Ronda entre nosotros y seguirá ahí cuando se vaya. La pregunta es si dentro de la Cuarta Transformación alguien podrá apelar a ese espíritu y retomar el rumbo del “cambio verdadero”; o si con el tiempo alguien fuera del movimiento lo reclamará. El problema con el tiempo, como diría Maquiavelo, es que arrastra muchas cosas, y puede traer tanto bien como mal. Y cuando la esperanza muere, surge la rabia, y con ella cosas peores.
Hugo Garciamarín
Politólogo. Candidato a doctor por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Director de la Revista Presente.
1 Garciamarín, H. “No todos los populismos son como Donald Trump”. Horizontal, mayo, 2016.
2 Véase: Ramírez, G. “Populismo y democracia. Un esclarecimiento conceptual y el caso de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia”, (Tesis para optar el grado de Doctor en Ciencias Políticas y Sociales), UNAM, México, 2019.
3 Para hablar de neoliberalismo me baso en las características que ha ilustrado Fernando Escalante en Historia mínima del neoliberalismo¸ El Colegio de México, México, 2015.
4 Véase: Rosas, E. “Por amor a la precisión. Lo que se dijo y no lo que se quiso decir sobre el neoliberalismo”. En:Revista Presente, 3 de junio de 2022.
5 Véase: Gilly, A. “El restablecimiento neoliberal del orden”. En: La Jornada, 22 de junio de 2005.
6 Véase: Alonso Romero, A. “La reforma del sexenio”. En:, Revista Presente, 12 de octubre de 2021.
7 Arendt, H. Sobre la Revolución, Alianza Editorial, Madrid, 2017.