La enfermedad de poder y las alegorías de la pandemia

La nueva normalidad es, más bien, la continuidad de una realidad enferma, infectada por un virus que le bajará las defensas a la humanidad y comprometerá su sistema inmunológico por años. La realidad descansará como nunca antes en la dualidad del caos y el control, redefiniendo sus límites, ensanchándolos. El 2020 es el escenario de un mundo convulso. La única certeza que se observa en medio de esta pandemia es una guerra encarnizada por el poder. La democracia enfrentará un reto formidable. El riesgo latente de un segundo aire del estado fuerte, total, implacable, omnipotente, asoma su nariz y sus 1,000 cabezas. Pero esto es lo poco que alcanzamos a mirar con ojos miopes, sin anteojos para leer las líneas y las entrelíneas de la historia que se nos viene encima. Nuestra realidad se refleja en un cúmulo de alegorías derivadas de la pandemia: la higiene obsesiva; el tapabocas azul de doble recubrimiento y la mascarilla N95; el control epidemiológico; la distancia social; y el confinamiento. Estas alegorías y sus antípodas crearán un imaginario que se esparcirá en la vida de los individuos y las sociedades, sin dejar títere con cabeza. Son la representación de un campo de batalla.

Ilustraciones: Patricio Betteo

La higiene obsesiva y su antípoda: la corrupción

Cuando comenzó a esparcirse el SARS-CoV-2 por el planeta entero, la primera recomendación para proteger nuestra frágil humanidad fue la higiene. Pasaban los días y las únicas armas en medio de la guerra eran el jabón, el agua, el alcohol. Se convirtió en una higiene obsesiva al no haber cura ni otros métodos de protección. No lavarse las manos una vez cada quince minutos por, al menos, veinte segundos, no esterilizar cada cosa que tocábamos o comíamos, presentaba el riesgo de la enfermedad, de la degeneración de la salud, de la corrupción del cuerpo por un bicho desconocido, de la muerte.

La obstinación por la higiene física ha sido transmitida desde el poder hacia los ciudadanos, hacia la gente que no ocupa cargos públicos. Ciertos gobiernos, principalmente en América, han sido estrictos en presentarse como inmunes a la pandemia. Escenas del presidente de México renegando del uso del sanitizador de manos aluden a una voluntad por higienizar a la sociedad desde una posición privilegiada que presume de limpieza, de pureza, de inmunidad ante los estragos de la crisis. El estado como fuerza superior, metasocial, metacientífica. Omnipotente. Y el estado soy yo, parecieran actualizar los nuevos déspotas, en un momento histórico que supondríamos es muy ajeno al Rey Sol y su lugar en la Basílica de Saint-Denis. La COVID-19 pondera al estado frente a la insalubridad del ciudadano, frente a la corrupción de su cuerpo. Para higienizar, habrá que estar limpios. Los representantes del estado tienen una fuerza moral, no una fuerza de contagio. Nada más falso que esta distinción. Creerla no es una ingenuidad, es una soberbia. Representar al pueblo no es ser el pueblo. Representar al pueblo en una democracia significa tomar decisiones en su nombre, pero considerando una igualdad sustantiva, que equipara en poder a la gente y al estado. Si no, nos encontramos frente a una relación de soberano y súbditos en la que el primero es dueño de todo, incluyendo la salud o enfermedad de los segundos. Con un poder ilimitado, el soberano podría exigir a sus súbditos una inyección de cloro para combatir el virus o decidir que pueden salir a las calles cuando los contagios y las muertes aumentan y no dan visos de ceder. El soberano es, entonces, no solo el dueño de sus cuerpos, sino también de sus destinos.

Del otro lado de la higiene está la suciedad, la corrupción. De ella hemos olvidado su carácter fisiológico, moral, ético y estético, particularmente en un entorno democrático. Desde la segunda mitad del siglo pasado se ha construido una cierta forma de pensar la corrupción en el espacio público. Se le ha tratado como un concepto deslactosado, que está vinculado con transacciones económicas que defraudan lo público por intereses privados, lo mismo en el gobierno que en una empresa. De ahí que la voluntad de poder ejercida por el soberano, por el dueño del Estado total, ese al que muchos gobernantes aspiran en esta crisis, podría ser la transición perfecta para eliminar la corrupción de un plumazo. El Estado podría estar frente a una de sus mejores salidas al escrutinio público, la que implica que el patrimonio del Estado le pertenece al gobernante y no a los ciudadanos. La rendición de cuentas será, entonces, una anécdota y no una obligación. Gabriel Zaid escribe en su libro El poder corrompe: “si tanto el soberano como los súbditos creen que el soberano es el dueño legítimo de todo, su poder es terrible, pero no es corrupto”. Presenciamos hoy en día un peligro inconmensurable: el gobernante que se asume soberano en tanto dueño “legítimo” del patrimonio de la nación. Muchos presidentes tienen la tentación de emular esta aberración.

El tapabocas y su antípoda: la expresión

Una de las imágenes más elocuentes de la época que vivimos/sufrimos es una persona caminando en la calle, en los aeropuertos, en los mercados utilizando un tapabocas. Fotos de perfiles en redes sociales se renuevan para mostrar lo mismo: de la nariz a la boca, nos hemos borrado. Se multiplica por millones la imagen. Se usan para reducir las probabilidades al portador de contagiarse, pero, más importante aún, reduce la capacidad de contagiar a otros. Es un símbolo que, para quienes bien lo entienden, es un rasgo de generosidad, de respeto a la otra persona. Sin embargo, el uso de esta rudimentaria forma de la empatía pareciera un signo de distinción entre la gente y los gobernantes. Presidentes, primeros ministros, congresistas, alcaldes alrededor del mundo, se resisten a presentarse ante una cámara, en un acto público, con media cara embozada para proteger a otros. Hay un dejo de bozal en el tapabocas y el soberano no puede permitir que lo callen. No está dispuesto a borrarse. Pero él sí puede pedir silencio, muchas veces exigirlo. Es la imagen de Donald Trump amenazando con detener las manifestaciones por la muerte de George Floyd mediante el uso de la fuerza militar, blandiendo una biblia católica a la entrada de la iglesia de San Juan. Es también la imagen de Andrés Manuel López Obrador, Xi Jinping o Jair Bolsonaro.

El control epidemiológico y su antípoda: la libertad

La distopía tiene más límites en la ficción que en la realidad. La imaginación y creatividad de las tecnologías puestas al servicio de la humanidad para contener la propagación de un virus tan violento cuando decide serlo, tienen algo de extraordinario y poderoso. La triple alianza entre la ciencia, las tecnologías de la información y el estado han puesto ante nuestros ojos las imágenes del fin del mundo. Lo han hecho desde todas las perspectivas posibles que tienen, sobrecalentando al cerebro de billones de personas y angustiando su existencia. También han resuelto, desde el púlpito del conocimiento y la autoridad, las herramientas para contener al máximo la pandemia una vez que los duros días de confinamiento deban llegar a su fin. El control epidemiológico comprende las formas más sofisticadas de rastrear al virus y dominarlo. Gobiernos de los cinco continentes, en países tan disímbolos como Uruguay, Hong Kong, Qatar, China, entre otros, se precian de contar con las tecnologías más efectivas para controlar el virus partiendo de la vigilancia estatal-total. Primero, de los individuos. En la ciudad de Doha, en Qatar, en donde vivo, país sede del Mundial de fútbol en 2022, es obligatorio el registro de cada persona en una app que rastrea cada uno de tus movimientos cada vez que sales de casa. La geolocalización tiene siempre que estar activada. El objetivo es identificar si la persona estuvo en contacto (directo o tangencialmente) con algún contagiado. El acceso a supermercados, centros comerciales, oficinas de gobierno sólo son permitidos si tu perfil indica tu buena salud. Funciona a través de un código QR que se colorea dependiendo de tu expediente médico y/o interacción social –es decir, el estado rastrea en dónde has estado y con quién, inclusive si es alguien con quien te cruzaste en el pasillo de un supermercado. Si pintas verde, eres libre, puedes comprar alimentos y tener acceso a espacios públicos cerrados. Si tu color es “diferente”, tu libertad se restringe automáticamente. En caso de que se detecte que estuviste en un espacio físico al mismo tiempo que alguien identificado como positivo a COVID-19, la app te alerta sobre el riesgo para que sigas inmediatamente los protocolos gubernamentales. Hasta aquí, todo bien.

Pero, el control epidemiológico tiene un daño colateral si se le lleva a las últimas consecuencias: la tentación de limitar la libertad por motivos más políticos que sanitarios. La tentación por el control total siempre estará ahí y quizá la pandemia es el conducto para que el estado democrático deje de serlo, coartando las libertades individuales. Imaginemos un mundo donde los estados sostengan la obligatoriedad de mecanismos de control epidemiológico para controlar tu tránsito, tus relaciones, tus hábitos, tus posibilidades de empleo. La información obtenida por una simple aplicación de TI puede llegar a grados insospechados cuando está en las manos incorrectas, en las manos de aquellos que detentan el poder estatal. Todo ha comenzado con una discusión sobre la salud vs la privacidad, pero muy pronto puede convertirse en una conversación unilateral de la necesidad de mantener el control sin importar la libertad.

El distanciamiento social y su antípoda: la fraternidad

Una de las tragedias más dolorosas para una especie animal, acostumbrada a la gregariedad, es la imposición de la soledad, del aislamiento, de una prisión domiciliaria, como diría Jesús Silva-Herzog Márquez. La dureza de la medida tiene consecuencias que parecen triviales, sin embargo, tienen un impacto psicológico mayor. Abstenerse de abrazar, de saludar afectuosamente, de tener una sobremesa en un restaurante o asistir a la boda de tu mejor amiga, de tu compadre, es una nueva forma de la tristeza. El aislamiento también puede derivar en depresión, en ansiedad, en desgano, todo en fases o en una constante, y en épocas de pesadillas nocturnas. El confinamiento sin duda ha agravado la violencia familiar, el abuso sexual, el encono llevado al extremo. La prisión domiciliaria es también un asunto político. Las calles se han vaciado no de personas sino de ciudadanos. La polis se vuelve inocua para tantos pero también se vuelve inocua para la mayoría. Los gobiernos se han arrogado el derecho a la calle alejando a los ciudadanos del acceso al poder de su voz. Mientras muchos gobiernos simulan que luchan contra la pandemia, los ciudadanos nos vemos reducidos a la movilidad de la sala, del comedor, a las largas temporadas en la recámara. El estado ha tenido la tentación de acumular más poder debilitando el acercamiento ciudadano. No por nada, la gente ha roto la cuarentena de forma masiva y global, exigiendo justicia por la muerte de George, de Breanna, de Giovanni López, por solo nombrar a algunas víctimas del abuso estatal. El impulso a salir a las calles, a defender la libertad y la igualdad, se ha convertido en un aliciente mayor que el miedo a la pandemia.

El corolario: la desigualdad en el poder

El mundo no se encamina a una nueva normalidad. Su rumbo, incierto aún, estará íntimamente ligado a nuestras acciones y nuestros deseos. La crisis de salud y la consecuente crisis económica son terrores que se retroalimentan. Estamos ante un nuevo punto de inflexión en la historia de la humanidad. No cabe duda que saldremos de este lapso atroz hacia un futuro diferente a nuestro presente y pasado. El outcome estará muy ligado a dos desigualdades fundamentales que no podemos perder de vista. Por un lado, y de esto se ha hablado en infinidad de foros y en casi todas las discusiones sobre esta pandemia: la excesiva desigualdad económica que permea en países desarrollados, que se intensifica en países en desarrollo y que es intolerable en países pobres. La respuesta a este debate reconfigurará el modelo económico mundial. O no. El neoliberalismo o teoría neoclásica, que movió la economía casi todo el siglo pasado, hoy presenta síntomas de enfermedad terminal. No hay duda que, durante las últimas décadas, ha dejado a mucha gente atrás y eso lo resiente el mundo cada vez más. La culpa no fue la búsqueda del progreso, el error fue que dejaron de pensar en ese objetivo porque se dedicaron a buscar el poder. Y este hedor se puede agudizar.

Existe una desigualdad previa que no sólo alienta la desigualdad económica, sino que la sostiene. La desigualdad de poder, esa desigualdad política que impide a los ciudadanos exigir sus derechos porque el estado los otorga con su gracia y conveniencia, es un tema que no se ha discutido a la luz de la pandemia pero que está en el fondo de las desigualdades de toda índole. Creo que tendría que ser una de nuestras principales preocupaciones. La democracia liberal quiso resolver el tema, pero nunca lo logró. La COVID-19 dejará como secuela una enfermedad de poder. Para enfrentarla, tenemos que descifrar las alegorías de la pandemia y sus antípodas: el control —epidemiológico y social—, la distancia social —que más se parece a una voluntad por la disolución social— el tapabocas —que más se asemeja a una vocación de silenciar la crítica— y la pureza e higiene de los ciudadanos –que nunca trastoca la inmunidad de los gobernantes.

 

Juan Antonio Cepeda

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Política

Un comentario en “La enfermedad de poder y las alegorías de la pandemia

  1. Excelente análisis! La muestra mas clara de la tirania sobre el pueblo es majaderamente visible cuando vemos al presidente de México sin hacer uso del cubre bocas, rechazando el gel antibacterial, despreciando la sana distancia, besando y mordiendo niños y saludando de mano a las madres de narcotraficantes, eso y una larga lista de cosas más que no cumple, pero que en contraste nos obliga a todos los ciudadanos a cumplir, bajo pena de pagar con multas o carcel el no hacerlo. Que ejemplo más claro de despotismo y sadismo del que siendo «servidor publico» se las da de soberano dueño de todo.

Comentarios cerrados