La escalera rota: coronavirus y desigualdad desde Washington D. C.

La vida se ha vuelto más lenta y se vive día a día. Nadie piensa hoy qué estará haciendo dentro de un mes. La incertidumbre es la única regla y prácticamente la única conversación. Escribía hace unos días David Brooks en el New York Times que estamos aprendiendo a vivir como pacientes de cáncer: con absoluto desconcierto de lo que vendrá mañana. Sólo tenemos el presente porque cada plan parece inútil. Las preguntas que rodean al futuro —“¿Conservaré mi empleo?”, “¿Estarán bien mis abuelos y mis padres?”, “¿Podré pagar la renta?”, “¿Y si contraigo la enfermedad?”, “¿Qué le sucederá al país?”, ¿Al mundo?”— hacen del presente el momento más angustiante que hemos vivido las generaciones de la posguerra.

Hasta el 25 de marzo, salir de casa sin motivo estaba permitido en el Distrito de Columbia. Pero por medio de un mensaje de texto nos enteramos que los comercios, establecimientos y lugares “no esenciales” cerrarían. Las reuniones de más de cinco personas serán dispersadas por las autoridades. Aún no queda claro si los habitantes serán multados por salir de sus casas sin acudir a un establecimiento esencial: para mi generación, los millenials, es lo más cercano que hemos vivido a un toque de queda.

Desde hace más de una semana, sin embargo, ya habían cerrado todos los bares, restaurantes, museos, gimnasios, cines, cafés y teatros. A pesar de que el clima había mejorado con la llegada de la primavera, en las calles había un silencio por momentos ensordecedor. La capital de Estados Unidos parecía un pueblo fantasma, sin habitantes y sin vida. Los alrededores del Capitolio, en otro momento llenos de parejas haciendo picnics o familias enteras jugando frisbee, lucían desolados. Había pocos grupos sentados en los jardines, no más de cinco personas en cada uno, a un metro de distancia.

Si uno caminaba por la Explanada Nacional, que conecta el memorial de Lincoln con el Capitolio, podía ver algunos corredores yendo de un lugar a otro. Vi en el parque a un padre cuidando a sus dos hijos, leyéndoles un libro; a una pareja acostada debajo de los cerezos; a un grupo de cuatro haciendo yoga al aire libre, separados por un metro, desde luego. Por supuesto ningún adulto mayor aparecía. Las restricciones se han tomado tan en serio que en los elevadores la gente procura subir de uno en uno, voluntariamente. A nadie le parece un exceso.

Ilustración: Patricio Betteo

Fuera de tomar aire, sin embargo, no había a qué salir salvo para reabastecerse de lo indispensable para los días venideros. El doctor Anthony Fauci, uno de los mayores expertos en inmunología en Estados Unidos y director del Instituto Nacional para las Alergias y Enfermedades Infecciosas, ha reiterado una y otra vez que los peores días para el país están por venir y ha sugerido que las medidas tomadas hasta ahora no son suficientemente estrictas.
La Historia se está escribiendo desde una tensa cotidianidad. Los grandes medios de comunicación, que han vuelto a cobrar relevancia en medio de los mares de información y la búsqueda de la más mínima certidumbre, se niegan a hacer predicciones sobre el mañana. Los comentaristas políticos y económicos conocen tan poco del tema como quienes los leemos y observamos desde casa. Tenemos las mismas dudas y perseguimos las mismas respuestas.

Los periódicos se han vuelto, como el resto de nosotros, prácticamente monotemáticos. Las notas que hace tres semanas hubieran llenado las primeras planas apenas aparecen en interiores. Tom Brady, el quarterback más exitoso de todos los tiempos, firmó el viernes pasado un contrato millonario con los Bucaneros de Tampa Bay. En otro tiempo hubiera tenido las ocho columnas; el sábado había que ir hasta la página 10 para encontrar alguna referencia al suceso. La noticia parece irrelevante. Su contrato, de más de 30 millones de dólares, absurdo.

En estos instantes las disputas políticas parecen pequeñas e intrascendentes. Las acusaciones tuiteras del presidente estadunidense contra CNN, MSNBC, Joe Biden, ¡incluso Fox News! son minúsculas frente a la amenaza mundial. Y, sin embargo, la política aparece en su forma más dramática: en la faceta en que salva vidas o provoca muertes. En la que puede rescatarnos del dolor evitable. En la que hace una diferencia mortal en la vida de las personas.

Aunque el desconocimiento y la ansiedad del momento son universales, no dejan de ser obscenas las formas en las que se manifiesta la desigualdad del país más rico del planeta. Las calles están vacías, salvo por aquellos que viven en ellas. Afuera de las farmacias y los supermercados, la población —predominantemente afroamericana— que no tiene vivienda, alimento ni refugio pide apoyo para el alimento del día, probablemente el único que tendrá.

Keith Payne lo dijo con una claridad escalofriante en su libro “La escalera rota”: no hay mejor predictor de dónde se está en la pirámide social que la salud. En estas condiciones, lavarse las manos reiteradamente como lo piden las autoridades no es una opción para quienes ocupan los lugares más bajos de la pirámide social. Mantenerse fuera de las calles y lo que implican en términos de higiene no es una posibilidad. El Covid-19 nos afecta a todos, desde luego. Pero como siempre: a unos más que a otros.

En ese contexto, entre los compañeros de la universidad, los profesores, las personas que reparten la comida, los cajeros del súper, hay un enorme anhelo por volver a eso que ayer era casi desdeñable y hoy parece tan precioso: la normalidad. Abrazar a los padres y abuelos, salir por el café, tomar el metro, sentarse en un bar, verse físicamente con las amigas y amigos, qué lejanos parecen aquellos días. ¿Por qué no lo hicimos más? ¿Por qué no lo hicimos cada que pudimos? ¿Cuándo podremos hacerlo nuevamente?

Pero también se encuentra en el aire la intuición colectiva de que lo que vendrá con la normalidad después de la crisis sanitaria difícilmente será mejor. Una vez ganada la batalla parcial contra el virus, vendrá la pelea contra sus consecuencias. Habrá millones de empleos que crear, enfermos que cuidar, familias que sanar, muertos que llorar, países que reconstruir.

Por ello, la crisis sanitaria que vivimos, y la incalculable crisis económica que viviremos, será un llamado y una posibilidad para repensar la construcción del acuerdo social y político actual. En momentos de un agobio tan inusitado como el actual, en Estados Unidos se pide y ruega la intervención del gobierno como no se demanda en condiciones de normalidad. Hoy el reclamo de políticos como Bernie Sanders por una seguridad social gratuita y universal no parece el grito de un radical, sino la exigencia de una obviedad. Un acto elemental de humanidad con los más vulnerables y los más afectados: los más viejos y los más pobres.

La crisis ha transformado incluso a los republicanos más radicales. Quienes se opusieron al paquete de recuperación económica propuesto por la administración de Obama después de la crisis de 2008 demandan hoy un mayor paquete de estímulos a la economía. Quienes entonces llamaban a cuidar el déficit fiscal, ahora piden no regatear en el monto del rescate. Durante los tiempos de desasosiego, parece, todos exigimos más Estado.

En 2008 la crisis mostró lo que ocurre en ausencia de un Estado robusto y capaz: la pandemia terminará de exhibirlo. Frente a la tragedia no nos salvarán las corporaciones —por bien o mal intencionadas que las consideremos— ni los bancos. Y aunque ciertamente ayudarán las organizaciones filantrópicas, no pueden salvar a todos. Las instituciones públicas parecen, hacia el futuro, la única manera de reconstruir una sociedad que se verá afectada a niveles que hoy son inimaginables; de restablecer las condiciones previas a la catástrofe.

Por otra parte, desde el pasado domingo en la mañana, el presidente Trump se ha mostrado ansioso por terminar la cuarentena de dos semanas que comenzó el 15 de marzo. Su preocupación de que la caída de la economía le cueste la elección presidencial en noviembre podría hacer que intente reactivar la vida económica lo antes posible, así sea parcialmente. Las consecuencias, alertan los expertos, podrían ser desastrosas. Las tensiones entre Trump y el conocimiento científico se muestran más evidentes que nunca —y en el peor momento.

Quienes conocen de estos temas nos alertan que quizás el distanciamiento personal nos acompañe por varios meses. Mientras no haya vacuna o un retroviral efectivo contra este patógeno, mientras no seamos inmunes al virus, es difícil imaginar un regreso completo a la normalidad social y económica. Más precisamente: la normalidad no volverá sino en mucho tiempo.

La pandemia, temprano o tarde, terminará. Y entonces tendremos la oportunidad no sólo de repensarnos a nosotros, sino al mundo. Mientras eso ocurre, tenemos la obligación de replantear nuestras prioridades individuales, colectivas y públicas. De revalorar nuestra actitud frente a quienes más padecen y padecerán. De otra forma, ¿de qué habrá servido esta crisis?

 

Juan Zavala
Abogado y estudiante en la universidad de Georgetown.

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Publicado en: Crónica