La estrategia iraní

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no puede entenderse como un conflicto convencional entre ejércitos que se enfrentan de manera directa en un campo de batalla definido. En todo caso se trata de una guerra profundamente asimétrica, caracterizada por la dispersión de los frentes de combate, la combinación de capacidades militares regulares e irregulares y una respuesta enfocada en elevar los costos del conflicto. Esta lógica ha ampliado el alcance de la guerra más allá del plano militar, y ha generado efectos significativos en ámbitos que van desde seguridad energética, estabilidad regional, mercados internacionales y seguridad de infraestructuras críticas. 

Esta dinámica se entiende mejor al observar la doctrina militar que guía la estrategia de Irán. El enfoque iraní se basa en lo que se conoce como “mosaic defense, el cual es un modelo de defensa descentralizada diseñado para resistir a adversarios superiores militarmente. Irán sabe que no puede enfrentar a Estados Unidos de manera directa en un conflicto convencional como lo demostró la invasión de Irak en 2003. Este conflicto fue muy influyente, pues el sistema de mando del ejército iraquí era altamente centralizado, por lo que fue neutralizado de forma rápida tras los ataques iniciales que destruyeron su liderazgo y sus centros de comando. Para evitar este escenario, Irán implementó esta estrategia en la que fragmentó sus capacidades militares en múltiples nodos autónomos capaces de operar de forma simultánea y distribuidos por todo el territorio iraní.

Ilustración: Estelí Meza

Irán fragmenta deliberadamente el mando militar en múltiples nodos territoriales capaces de seguir operando incluso si el liderazgo, las comunicaciones o los centros de comando son destruidos. Las unidades locales conservan su autonomía para actuar sin esperar instrucciones directas de Teherán, lo que busca evitar el colapso militar tras un ataque contra el liderazgo del régimen. Este diseño estratégico no sólo blinda la respuesta iraní frente a los ataques estadounidenses e israelíes, sino que también deja ver que Irán no está peleando de la misma forma que Estados Unidos e Israel.

Esto puede verse en la forma en que Irán ha respondido. Su objetivo ha sido afectar el orden regional y la estabilidad de los países aliados de Estados Unidos. Lo que vemos es una estrategia de guerra asimétrica, pues los ataques iraníes no buscan únicamente la destrucción inmediata del adversario, sino que funcionan como mecanismo de coerción destinado a modificar su cálculo estratégico. Irán no busca sólo producir efectos militares, sino diseminar múltiples células operativas capaces de erosionar de manera sostenida (con ataques de baja intensidad a la infraestructura crítica, presión económica y disrupciones en sectores estratégicos) la capacidad política, militar y económica del adversario. De lo anterior se puede entender la lógica detrás de la respuesta iraní así como los diversos efectos de este conflicto.

Un elemento clave del conflicto es que Irán ha extendido sus ataques hacia países de la región que albergan infraestructura militar estadounidense. En respuesta a los bombardeos de Estados Unidos e Israel, fuerzas iraníes han lanzado misiles y drones contra instalaciones y activos militares estadounidenses en Bahréin, Irak, Catar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Estas acciones reflejan la lógica estratégica iraní de considerar como objetivos legítimos cualquier territorio desde el cual operen fuerzas estadounidenses o se realicen ataques contra Irán.

En este contexto, se ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de los países del Golfo Pérsico, cuyos activos más críticos pueden ser alcanzados con relativa facilidad por ataques iraníes. Esta fragilidad es particularmente visible en su infraestructura crítica, como las instalaciones energéticas, las plantas de desalinización de agua o los centros de datos. Debido a esto, un número limitado de ataques contra objetivos específicos podría interrumpir servicios fundamentales, afectar la producción energética y comprometer el suministro de agua potable, generando presiones económicas, sociales y políticas capaces de desestabilizar a estos Estados.

El riesgo es que países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar y Bahréin dependen casi por completo de plantas de desalinización para abastecer de agua potable a sus poblaciones. Por ello se han convertido en uno de los puntos más críticos del conflicto, debido a que un ataque en contra de la infraestructura hídrica de estos países presenta una verdadera amenaza existencial. Este riesgo se ha vuelto aún más evidente tras los recientes ataques contra la planta desalinizadora de la isla de Qeshm, en el sureste de Irán, y la posterior represalia iraní contra instalaciones del abastecimiento de agua de Bahréin.

De igual forma la infraestructura energética de la región ha sido un blanco constante, por lo que uno de los grandes efectos del conflicto se ha producido en los mercados energéticos internacionales, que enfrentan la mayor disrupción del suministro de crudo en la historia. La escalada militar ha puesto en riesgo infraestructura petrolera estratégica en el Golfo Pérsico. Sobre todo, debido a los ataques contra instalaciones clave como Ras Tanura en Arabia Saudita, el complejo gasífero de Ras Laffan en Catar, el puerto energético de Fujairah en Emiratos Árabes Unidos o la infraestructura petrolera de la isla de Kharg en Irán. Incluso si el conflicto se desescala en el corto plazo, los daños acumulados y la interrupción prolongada de estas instalaciones podrían generar efectos duraderos en la oferta global de hidrocarburos.

La amenaza sobre el tránsito por el Estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde circula una quinta parte del petróleo a nivel mundial, ha aumentado. El anuncio del cierre por parte de Irán y los subsecuentes ataques contra buques petroleros han provocado volatilidad en los mercados energéticos globales. Este escenario era una posibilidad de la que Estados Unidos era consciente desde hace tiempo; sin embargo, la apuesta en Washington parecía ser que la presión militar inicial sometería a Teherán antes de que este pudiera materializar una disrupción efectiva del tránsito en el estrecho. 

La disrupción del transporte marítimo y la incertidumbre sobre la seguridad de estas instalaciones han llevado a varios países a declarar cláusulas de fuerza mayor ante la imposibilidad de cumplir con los contratos de suministro. Ante esta disrupción del mercado, el gran ganador ha sido Rusia, pues Estados Unidos ha reducido las sanciones internacionales al crudo ruso como medida para aminorar la crisis. De igual forma, la Agencia Internacional de Energía ha coordinado con diversos países la liberación de más de 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas de petróleo para intentar estabilizar los precios y garantizar momentáneamente el suministro global. 

De manera paralela Teherán busca aprovechar la coyuntura para impulsar procesos de desdolarización en el comercio energético global al permitir el paso de petróleo por el Estrecho de Ormuz, pero únicamente bajo la condición de que el petróleo transportado sea comercializado en yuanes en lugar de dólares; esto, en un intento de desestabilizar el sistema del petrodólar, uno de los pilares del poder económico estadounidense. 

Cabe destacar que otro ámbito afectado por el conflicto ha sido la infraestructura digital vinculada a la inteligencia artificial. Por primera vez en un conflicto de esta escala, los centros de datos han sido tratados como objetivos estratégicos. Irán ha atacado las instalaciones operadas por Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, mientras que ha amenazado las instalaciones de Microsoft, Nvidia y Google, las cuales han sido señaladas como blancos legítimos al ser consideradas por Irán como parte de la infraestructura tecnológica que respalda las operaciones militares de Estados Unidos en la región.

Los ataques de Irán en contra de estas infraestructuras críticas han demostrado no solo la capacidad de guerra asimétrica iraní, sino que también exponen un dilema en la seguridad de estos países y uno de los puntos centrales de este conflicto. El uso intensivo de drones y misiles por parte de Irán ha sometido a una fuerte tensión a los sistemas de defensa de Estados Unidos, Israel y los países del Golfo. Parte de la lógica estratégica iraní consiste en elevar los costos de defensa para Estados Unidos y sus aliados; pues, mientras Irán emplea drones y municiones relativamente baratas, Washington, Israel y los países del Golfo dependen de interceptores y sistemas defensivos mucho más costosos para neutralizarlos.

En este contexto, también debe considerarse la escasez de municiones defensivas, particularmente de interceptores y sistemas antimisiles, en el arsenal de Estados Unidos, un problema del que el Pentágono era consciente desde antes del conflicto. La guerra ha consumido estos recursos a un ritmo mucho más rápido del que pueden ser reemplazados por la industria de defensa, lo que ha generado tensiones adicionales en la arquitectura de seguridad regional. Varios gobiernos del Golfo perciben que Washington ha sido reticente a reponer con rapidez las municiones utilizadas en la defensa de su territorio, lo que ha alimentado dudas sobre la capacidad y la disposición de Estados Unidos para sostener el abastecimiento de sistemas defensivos en un escenario de conflicto prolongado.

Esta situación ha generado dudas en las capitales de los países del Golfo sobre la eficacia real del paraguas de seguridad que Washington ha ofrecido tradicionalmente en la región, por lo que, aunque Estados Unidos sigue siendo el principal garante de seguridad y proveedor de sistemas de defensa en la región, varios gobiernos del Golfo han comenzado a explorar alternativas para reducir su dependencia de Washington. Sobre todo, debido a que existe un creciente malestar en las capitales de países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar y Bahréin porque consideran que han sido arrastrados a una guerra que ellos no iniciaron. En este contexto, es probable que algunos Estados busquen diversificar sus socios en materia de defensa y desarrollar capacidades militares más autónomas, una tendencia que ya se reflejó en el acercamiento de Arabia Saudita a Pakistán el año pasado.

A nivel regional este conflicto desestabiliza a distintos países. Un claro ejemplo de esto ha sido la rápida reactivación del frente libanés. Tras el inicio de los bombardeos contra Irán, Hezbollah reinició su combate contra Israel desde el sur del Líbano, lo que desencadenó una intensa campaña militar israelí en territorio libanés y provocó la reactivación del conflicto en el Líbano. Esta situación ha generado una profunda crisis política en algunos países de la región. En Irak, Pakistán y Bahréin se han registrado protestas en contra de las acciones estadounidenses tras los ataques contra Irán.

Dentro de Irán, este conflicto ha consolidado el poder del ala más radical del régimen; sobre todo, tras el asesinato del Líder Supremo Ali Khamenei. En el proceso de transición, el principal beneficiario ha sido el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y el sector más ideológicamente duro del sistema político. La elección como nuevo Líder Supremo de Mojtaba Khamenei, hijo del anterior líder supremo, ha consolidado la influencia de estos grupos, lo que sugiere un giro hacia una política interna más conservadora y un enfoque exterior más agresivo y menos abierto a la diplomacia. La desaparición de Ali Khamenei elimina a una figura que históricamente había actuado como un importante freno político al desarrollo del programa nuclear iraní, por lo que es probable que el nuevo liderazgo impulse una expansión agresiva del programa nuclear.   

Este conflicto no sólo revela los efectos que una guerra puede producir a escala nacional, regional y global, sino que ilustra cómo las guerras contemporáneas se desarrollan en múltiples dominios de manera simultánea. La estrategia iraní refleja la lógica de la guerra asimétrica. El conflicto está reconfigurando el equilibrio regional en Medio Oriente. Ejerce presión sobre los países del Golfo, cuestiona las garantías de seguridad estadounidenses, reactiva conflictos regionales y fortalece a los sectores más duros del régimen iraní. Al mismo tiempo, aumentan las incertidumbres sobre el futuro de su programa nuclear y el riesgo de una carrera nuclear regional.

Adrián Marcelo Herrera Navarro

Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, especializado en temas de seguridad internacional, conflictos armados y relaciones internacionales.

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Publicado en: Internacional, Política

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