La India de Narendra Modi

Durante 2023, bajo el lema “Una tierra. Una familia. Un futuro”, la India ostenta la presidencia rotativa del Grupo de los Veinte, o G-20, el organismo de élite conformado por las economías más importantes del planeta en donde se concentra el 90 % del producto nacional bruto mundial y el 80 % del comercio global. Este mismo año, también, de acuerdo con proyecciones del World Population Review, a partir de estimaciones de Naciones Unidas, el país asiático alcanzó a China, convirtiéndose en la nación más poblada del orbe, con 1 428 627 633 millones de habitantes.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Con una tasa anual de crecimiento cercana al 9 %, según datos del Banco Mundial, y una clase media que en lo que va del siglo se ha duplicado, para abarcar al 31 % del total de la población, la India gobernada por el primer ministro Narendra Modi no podría ser más distinta de la que en agosto de 1947 alcanzara su independencia del Reino Unido tras un largo y doloroso camino hacia la libertad. La India de hoy en poco o en nada se parece a la que hace más de 75 años engendrara a Mahatma Gandhi y su filosofía de la no violencia. Desafortunadamente, las diferencias entre el país de entonces y el de ahora van mucho más allá de lo económico.

Para Tushar Gandhi, bisnieto del prócer independentista a cargo de salvaguardar su memoria y legado, la India de hoy, la de Narendra Modi, está construida “sobre el odio, la polarización y la división”. En declaraciones a la agencia de noticias AFP en ocasión del septuagésimo quinto aniversario del asesinato de su bisabuelo a manos del extremista hindú Nathuram Godse el 30 de enero de 1948, el también autor advierte que el primer ministro y su gobierno han “sembrado las semillas de la destrucción” en el país, calificando a su demagógica narrativa, que tiende a exacerbar el nacionalismo hindú, de fanatismo. “El odio nos devorará, si hemos de sobrevivir como país y como sociedad tendremos que extirpar de alguna manera el veneno del odio que se ha infiltrado en nuestra sangre”, subraya categórico el más vocal de los descendientes del padre de la patria sobre la plataforma política de Modi, quien el próximo año cumplirá diez años al frente de la India y quien, si las previsiones se mantienen, podría ganar un tercer mandato consecutivo como primer ministro en las elecciones generales proyectadas por Nueva Delhi para la primera mitad de 2024.

El estilo personalista de gobernar, el desdén por las instituciones, el desprecio a la constitución, la visión nativista y el discurso ultranacionalista de Narendra Modi recuerdan, en alguna medida y guardando las diferencias, al expresidente estadounidense Donald Trump, al dirigente turco Recep Tayyip Erdogan, al mandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador o al líder ruso Vladimir Putin.

Desde su llegada al poder en 2014, bajo la premisa de que la India más pura y tradicional está amenazada por influencias de índole negativa de las que hay que librarse e invocando el glorioso y milenario pasado del país, al que hay que rescatar, Modi se comprometió a “poner fin a la persecución del hinduismo y de los hindúes” en su propio territorio, por parte del secularismo promovido por sus antecesores políticos y de las prebendas otorgadas en favor de grupos que no encajan con la identidad india que promueve —en este caso sinónimo de hindú—, principalmente musulmanes, cristianos e intocables. Una ideología conocida como hindutva que su misma organización política, el Partido Popular Indio o Bharatiya Janata Party —BJP en hindi—, ha hecho propia en detrimento del diálogo político nacional y del tejido social indio. Lo que plantea el primer ministro es un falso dilema, puesto que quienes resultan más amenazados en el país de mayoría hinduista son precisamente los mahometanos, los cristianos, las castas inferiores y el resto de las minorías. La peligrosa narrativa de Modi ha polarizado a la sociedad india a lo largo de casi una década, a tal grado que algunos analistas coinciden en que la crispación podría ser irreversible, aun llegada al poder una alternativa política con las elecciones generales del próximo año. La división sembrada por este corrosivo discurso hípernacionalista constituye una bomba de tiempo para uno de los países con mayor diversidad racial, cultural, lingüística y religiosa del mundo.

“Yo nunca me he sentido particularmente discriminado, en lo absoluto”, explica Adhil, joven de 33 años que trabaja en una de las muchas startups que operan en Bengaluru, capital del estado sureño de Karnataka, conocida como la Silicon Valley de la India al ser el epicentro de la robusta industria de alta tecnología del subcontinente.

Estamos en el Blue Bar, un concurrido local de moda donde la música, una estridente combinación de éxitos de Bollywood y lo más reciente de la lista Billboard, suena a tope y en donde a la extensa carta de cócteles se suma un menú de puros y habanos. A nuestra derecha, una mesa de chicos y chicas que maridan perfecto con el ambiente progresista y cosmopolita de la ciudad intercambia risas y bailes. Una escena que se repite en los innumerables bares de espresso y cervecerías artesanales que pululan por la antigua Bangalore. Jóvenes que visten como sus contemporáneos en Los Ángeles, São Paulo o Londres, con teléfonos y relojes inteligentes en muñecas y manos, cuyo único idioma es la diversión y cuya única religión son las tendencias de la semana en las redes sociales. Es la India del siglo XXI, la India rica y urbana, la India de Narendra Modi.

“Lo que no puedo negar es que en los últimos años sí me he sentido malinterpretado y, en ocasiones, juzgado de manera equivocada incluso por mi entorno de amigos más cercano, y todo ello por el simple hecho de haber nacido musulmán, aunque no sea ni siquiera practicante”, agrega el ingeniero en sistemas mientras se pide en la barra una segunda copa de vino blanco. Adhil se refiere a las cada vez más frecuentes discusiones en su entorno laboral y social en las que sale a relucir el Islam, siempre bajo una óptica negativa en la que se le describe como algo antiindio, contrario al espíritu de la nación y proclive al separatismo y al terrorismo. Todo ello, reconoce, le hace sentir un ostracismo que no conocía con anterioridad y que, en ocasiones, le señala como un extranjero en su propio país.

Lo experimentado por Adhil no es ni por mucho un caso aislado, la incendiaria e inflamatoria narrativa promovida desde las más altas esferas del poder ha enrarecido el ambiente en todo el país, tensando el frágil equilibrio social indio de forma innecesaria. Algo que en contextos más pobres, fragmentados y rurales se ha saldado con sangre.

“Estoy aquí porque quiero que nuestra voz se escuche, somos parte fundamental de este país desde hace casi 2000 años y no podemos ni debemos ser tratados como ciudadanos de segunda o tercera clase”, la voz de Deepti es suave, pausada y reflexiva. La mujer de 50 años, nativa del estado de Kerala, pero afincada en Nueva Delhi, adorna sus cabellos negros y blancos con flores de jazmín y su cuello con una discreta cruz de plata.

Son pasadas las diez de la mañana y la plaza en torno al observatorio astronómico conocido como Jantar Mantar, en el corazón de la capital política de la India, luce llena de gente. Monjas católicas y sacerdotes anglicanos, grupos de escolapios y escolapias con pantalón corto y trenzas, ancianos, mujeres y hombres de distintos rangos de edad se concentran en torno a las estructuras construidas en 1724 por el entonces marajá de Jaipur, Jai Singh II. Portan múltiples pancartas y gritan varias consignas, pero son sus rostros los que más dicen, a simple vista son indistintos de los rostros de cualquiera de los otros grupos religiosos que componen el mosaico espiritual de la India.

De acuerdo con el United Christian Forum, organización de derechos humanos que monitorea la situación de los cristianos en el subcontinente, a lo largo de 2022 se registraron 598 incidentes violentos contra fieles e iglesias en 21 de los 36 estados y territorios en que se divide políticamente el país, los cuales incluyeron, entre otros, asesinatos e incendios provocados de templos y aldeas enteras. Una preocupante tendencia al alza, cuando se le compara con los incidentes reportados durante los últimos cinco años.

Junto a Deepti, hay una familia desplazada que desde hace meses no ha podido volver a su pueblo en la región agrícola del estado de Chhattisgarh, convertido en cenizas por una turba de extremistas hindúes. Más allá, está el párroco de la Iglesia de Santa María de Mysore, vandalizada la víspera de Navidad en el estado de Karnataka. Los organizadores de la marcha estiman que cerca de 15 000 personas participaron en la protesta de finales de febrero convocada para llamar la atención del gobierno central sobre la precaria situación de los cristianos. La mayoría de los oradores del evento pidió a la clase política respetar la constitución que, en la India, garantiza la libertad de culto. “Ya no podemos poner la otra mejilla, ya no”, susurra Deepti, a manera de disculpa, antes de ponerse de rodillas y emprender el rezo del rosario junto a varias de sus compañeras.

Los conflictos interreligiosos en la que se considera como la democracia más grande del mundo, por su número de habitantes, no son nuevos, están ahí desde el inicio de los tiempos y han sido una constante a lo largo de su historia. Desde el presunto desembarco del apóstol Tomás en el año 52 d.C. en lo que hoy es Calicut y con él la llegada de una pequeña comunidad sirio-cristiana, semilla de los cerca de 32 millones de cristianos de la India actual, hasta los tres siglos de dominio del Imperio mogol que, entre tantas otras cosas, legó al país el mausoleo islámico conocido como Taj Mahal y consolidó a su amplia comunidad musulmana, junto con la de Indonesia, la más populosa del planeta. La partición de 1947, a la que férreamente se opuso Gandhi en tanto abogado de una India multicultural y de pluralidad religiosa, que separó a la antigua colonia británica en dos, creando Paquistán, y que conllevó millones de desplazamientos forzados y cientos de miles de muertes, sigue siendo una herida sin cicatrizar.

Lo que resulta inusitado es la virulencia de los incidentes interreligiosos y la poca intermitencia registrada entre los mismos a lo largo de la última década. Sorprende que Narendra Modi, en tanto primer ministro, más allá de desincentivarlos o condenarlos categóricamente, abone con su silencio y discurso ultranacionalista hindú a exacerbarlos y azuzarlos. Preocupa que hoy en día el país que vio nacer y propagarse al budismo, al sijismo y al jainismo, que alberga minorías importantes de zoroástricos, que es cuna del cristianismo en Asia y parte esencial de la historia islámica del continente, que da cobijo al Dalai Lama y a cerca de 100 000 refugiados tibetanos, que es origen de múltiples sabios y ascetas, desde Sai Baba hasta Sri Aurobindo, esté sumido en una espiral de extremismo religioso sin precedentes. Alarma que el país de Mahatma Gandhi sea uno de los focos rojos de la violencia sectaria en el mundo.

“Felicidades, felicidad”, las voces se superponen unas sobre otras, cada cual con mayor algarabía y gracia. Ahí, mezclados, hilarantes, indistintos están la camarera musulmana Rabiah, el tendero hindú Vermeesh y la campesina católica Aneeta. También el joyero sij conocido como Mr. Singh y las dos indigentes budistas que limpian el río por las mañanas a cambio de algo de comida.

La calle principal del pequeño poblado de 2500 habitantes está a reventar. Lakshmi, la elefanta del templo principal de Hampi, conocido como Virupaksha y dedicado al dios hindú Shiva, encabeza la procesión festiva. Dos pequeñas hermanas —de ocho y doce años, respectivamente— empujan una carreta con docenas de vasijas de barro con igual número de polvos de colores naturales que ofrecen a la venta para que los celebrantes se los avienten unos a otros y pinten con ellos sus rostros y ropas. Rosa fucsia, azul cobalto, amarillo canario, verde perico, púrpura, violeta y rojo carmín. Varios grupos de adolescentes tocan tambores hechos con cuero de buey y otros tantos bailan alzando los brazos, moviendo el cuello y los hombros al ritmo de la música batiente.

Se trata del Holi, también conocido como la fiesta de los colores o la fiesta del inicio de la primavera. La celebración del fin de la temporada invernal en la India y la llegada del clima auspicioso para la siembra, una de las fechas más importantes del calendario lunar hindú en el subcontinente. La fiesta que marca el triunfo del bien sobre el mal, representado por la victoria de Vishnu, el salvador, aquel que protege todo lo bueno, sobre Hiranyakashipu, el rey demonio. Para muchos, la ocasión idónea para celebrar el amor, para reír y jugar, para olvidar y perdonar, para reparar las relaciones rotas, para festejar con la familia, los vecinos y los amigos.

Una fiesta que todo mundo celebra como propia, independientemente de la religión que profese. En donde la explosión de colores hace indistinguible el credo o la lengua de los participantes. Una fiesta que recuerda, en todo, a la India por la que Gandhi luchó a lo largo de su vida y con la que soñó llegada la independencia. Es la India que se resiste a morir, la India de todos, no solamente la de Narendra Modi. La India universal, la India que nadie merece que desaparezca.

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente, África, radiografía de un continente (Taurus, 2023), estará en librerías este verano.