Un grupo de políticos e influencers viajó a Cuba para respaldar a Miguel Díaz-Canel en medio de la crisis. La escena, presentada como gesto ejemplar, adquirió un tono casi épico en la narrativa de sus protagonistas. Al frente apareció Pablo Iglesias, quien se filmó como figura central con la plaza cívica clausurada y la estatua de José Martí al fondo, antes de sostener una entrevista con el presidente cubano.
Nadie mejor que Iglesias para dar cuenta del heroísmo sin intereses. Así como en México abraza a Salomón Jara, encarnación contemporánea de Benito Juárez, y se reúne con Arturo Ávila, empresario con una trayectoria de izquierdas que envidiaría el mismísimo Che Guevara; en Cuba conversa con Díaz-Canel sobre el heroísmo cubano en la defensa de Nicolás Maduro.
Mientras algunos señalaron el carácter turístico de la travesía —hoteles de lujo, luz garantizada, calefacción estable frente a apagones persistentes—, otros defendieron la escena con una fórmula de alto contenido moral: “estaban poniendo el cuerpo”. Así lo afirmó Laura Arroyo, comunicadora de Canal Red, en respuesta a las críticas de esa ya célebre “élite mediática española”, incapaz de reconocer la dimensión sacrificial de la visita.
En paralelo, lejos de las cámaras y del encuadre preciso, Rodolfo Alpízar ofrecía una entrevista con El País. Combatiente en Angola, condecorado por el Ministerio de Cultura por su papel como poeta y escritor, hablaba como residente de la isla que no aparece en los videos: “Me duelen mis calles, mi barrio, mi gente, los menesterosos que veo a diario, la desesperanza generalizada […] Todo arruinado, en lo físico y en lo espiritual”.
Tal vez Alpízar no “puso el cuerpo” en los términos correctos. Tal vez Angola no cuenta en la métrica contemporánea del compromiso. De otro modo resultaría difícil sostener que miente, que su testimonio responde a alguna oscura influencia cuando afirma que la Revolución se desgastó desde dentro, o cuando describe a quienes, sin importar edad, aceptarían cualquier cambio con tal de salir de la inercia: “estoy decepcionado […] ni siquiera me han dejado la esperanza de algún día volver a soñar”.

Daniela Pastrana, directora de Canal Red, afirma que, al igual que en España, “la progresía mexicana no se queda atrás. No hacen nada, pero cómo les molesta que otros hagan”. Nunca me he sentido cómodo bajo esa etiqueta; prefiero hablar de izquierdas, con sus matices y contradicciones. Aun así, Pastrana acierta: la discusión sobre Cuba está polarizada: de un lado, quienes desean algún tipo de progreso (de cambio, diría la teoría política); del otro, quienes en nombre de la pureza ideológica defienden que todo permanezca intacto, incluso si esa defensa se formula desde oficinas bien iluminadas en la Condesa.
Decía que siempre he preferido identificarme con la izquierda, porque el progresismo puede ser de derechas o de izquierda. Algunos, de derechas, seguramente imaginan una Cuba subordinada al mercado y a los intereses de Estados Unidos, con la salud convertida en mercancía y la vida regulada por la capacidad de pago. Del otro lado, están algunos de izquierda que quieren que el cambio se acompañe de acceso efectivo a medicinas, un sistema de salud público que funcione, condiciones laborales dignas, vivienda adecuada, un Estado que redistribuya y una libertad concreta para decidir sobre el propio cuerpo, sobre viajar o no al extranjero y sobre sus gobernantes. Nada de esto ocurre hoy en la isla. Sin embargo, quienes sostienen que nada debe cambiar se presentan como la izquierda auténtica, comprometida, capaz de incomodar a quienes “no hacen nada”.
Me asumo de izquierdas por una razón sencilla: importa aquello que nos iguala. Estoy convencido de que el Estado debe inclinarse hacia el igualitarismo, asegurar condiciones de partida comparables para que cada quien pueda realizarse. La libertad no se anula; aparece como culminación ética de un orden político que funciona. En el caso cubano nadie explica por qué el régimen actual constituye el mejor camino para ese fin ni por qué, si lo fuera, su población no puede refrendarlo mediante algún medio democrático.
Se dedican a repetir un guion religiosamente: el bloqueo económico explica todo, por lo tanto, nada puede cambiar dentro de la isla. Primero habría que transformar el entorno externo; después se consideraría alguna modificación interna. Bajo esa lógica, el gobierno queda exento de responsabilidad, reducido a víctima entre víctimas. Los hoteles de lujo levantados en plena pandemia, la escasez de vacunas, la falta de diversificación económica (el presupuesto concentrado en turismo y en las remesas de la diáspora), la dependencia de subsidios aliados, la burocracia confortable, la represión y las carencias cotidianas pasan a ser efectos de fuerzas exógenas. La conclusión es elegante en su simplicidad: no hay nada que revisar dentro, salvo organizar visitas ilustres que narren al mundo que la situación es complicada, aunque no tanto como para incomodar la puesta en escena.
Como en toda visita que aspire a la categoría de ilustre, no podía faltar Silvio Rodríguez. El juglar predilecto de la Revolución, guitarra en mano, ha desafiado al imperio con acordes y lleva la verdad oficial a distintos escenarios: unas veces en clave de trova, otras acompañado por Calle 13. Su repertorio incluso fue retomado por Beatriz Gutiérrez Müller, con una interpretación tan singular que logró conmover, o al menos sorprender, a más de un público.
La escena reciente exalta aún más su figura. El cantautor dejó la guitarra ofreciendo empuñar una AKM, dispuesto a defender a su país ante una eventual invasión extranjera. Se entiende que habla de una AKM de 1959, de esas que ya no se hacen. El gobierno cubano, siempre atento a los detalles, optó por condecorarlo y entregarle, además de una, otra de reproducción, acorde con la épica: ligera, inofensiva y perfectamente compatible con el espectáculo.
Según Pablo Iglesias, el gesto de Rodríguez es tan poderoso que sólo lo podría explicar Díaz Canel: “no queremos la guerra, pero si entran daremos la vida por la Revolución”. Con esa máxima parece que no hay nada más que preguntar, así que Estefanía Veloz –con “un gran colmillo periodístico”– se puso frente al cantautor y lanzó la pregunta correcta: “¿Qué opina de Bad Bunny?”. La pregunta, hecha en una mesa larga de un restaurante familiar en la Habana Vieja, hizo pensar al célebre autor del Necio, quien respondió: “Lo que le pasó a Hawái es una canción que me gusta […] me parece importante hablar de eso, tiene un buen mensaje con el que otros pueblos se pueden identificar”. Gran dato. A eso se le llama poner el cuerpo y hacer periodismo independiente.
Creo que el largo siglo XX está llegando a su fin, y las izquierdas de algún modo u otro tendrán que reinventarse. En tanto, hay ciertas izquierdas que se aferran a los harapos. No me refiero a la ropa, sino a una canción de Silvio Rodríguez que fue alguna vez progresista, y hoy es profundamente conservadora:
Desde una mesa repleta cualquiera decide aplaudir
La caravana en harapos de todos los pobres
Desde un mantel importado y un vino añejado
Se lucha muy bien
Desde una casa gigante y un auto elegante
Se sufre también
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente