La jornada de un escrutador electoral

En 1953 Italo Calvino pasó poco más de diez minutos como representante del partido comunista en un colegio electoral de Turín. La experiencia, que repitió años más tarde como escrutador, le sirvió para incubar una breve y poderosa novela, amasijo de desilusión y cuestionamiento sobre el orden político. Por medio de un alter ego, Amerigo Ormea, Calvino decía que “había aprendido que los cambios en política se producen por caminos largos y complicados, y que no era cosa de esperárselos de un día para otro, por un giro de la fortuna”. El relato cuenta eso: la jornada de un escrutador, lo que ve y escucha, lo que piensa tras los sucesos nimios en apariencia de ese día. No hace falta ser Calvino; ser funcionario de casilla hace que cualquiera entienda lo que el día electoral condensa: esos caminos largos y complicados que cambian la política y cuya metáfora (vivísima y real) es una boleta.

Ilustración: Belén García Monroy

Se dice con la frecuencia del lugar común que las elecciones las hacen los ciudadanos. No es mentira. Al menos en lo que hace al aspecto más procedimental del asunto, durante casi diecisiete horas fuimos un puñado de vecinos quienes hicimos todo: resguardar y desmontar material electoral, montar mamparas y urnas, ver listas y comprobar datos de las electoras y los electores, perforar tarjetas y marcar dedos, contar y volver a contar votos, descartar nulos, anotar resultados y recibir quejas de representantes partidistas, desmontar, guardar material y enviarlo al INE y el IECM… entre todo ello tomar algunos minutos más o menos muertos para comer algo, ir al baño, bromear y preguntarle al vecino de al lado, con el que hemos estado ya por horas y horas: “¿Y tú a qué te dedicas?”.

Una tarde de marzo salí de mi casa y el portero de mi edificio me dio un volante. “Has sido seleccionado por el INE para ser funcionario de casilla. Escríbeme a este número para conocer más detalles…”. Esa tarde escribí al número por whatsapp, la foto de perfil era del Marciano Marvin frente a una cancha de basquetbol; era el contacto de mi Capacitador Asistente Electoral (CAE). Pensé que sería un joven, pero cuando lo conocí me encontré a un hombre de mediana edad muy sonriente, con una mochila de los Lakers. Me explicó lo que pasaría: iría a mi domicilio a capacitarme (enseñarme los rudimentos y tareas de mi cargo) y dejar manuales y material de ayuda, por mi cuenta haría un par de cursos y exámenes en línea (que muestran unas ilustraciones estilo “Pixar” de CAEs y funcionarios del INE) para reforzar lo aprendido, después un simulacro con los demás funcionarios Por último, vendría la elección. “Y después, igual podemos vernos, ya sin los compromisos de la elección, sólo si queremos ser amigos”. Me ganó instantáneamente.

Carlos no tiene este trabajo de planta, usualmente lo toma en temporadas electorales. Ha sido CAE antes y conoce muy bien los pasos, detalles, qués, cómos y peros de todo el asunto, desde la instalación de la casilla hasta que nos despedimos al dejar las urnas y firmar las constancias. Mientras me explica en casa, en alrededor de hora y media, se toma al menos cuatro vasos de agua. Ese mismo día ha hecho esta presentación dos o tres veces en una de las semanas más calurosas en Ciudad de México. Tan sólo a él le corresponden dos casillas distintas y un puñado de funcionarios y suplentes que tienen distintas tareas. A cada uno tiene que explicarle el mismo asunto, pero con distintos énfasis y especificaciones. “Me da mucho gusto que hayas aceptado, casi nadie quiere y la verdad creo que se está armando un muy buen equipo”. Le digo que igual y escribo algo de esto para la revista donde trabajo. “Oye, pues si lo haces mándamelo. Y no importa, eh, puedes decir lo que estuvo bien y lo que estuvo mal”, me dice antes de tomar su quinto vaso de agua.

El 2 de junio inicia temprano. A las 7:15 los funcionarios acordamos estar en la escuela primaria donde se localiza nuestra sección electoral. Salvo el tercer escrutador todos llegamos a tiempo. También están los representantes de partido, en particular los de Morena, PT, PAN y PRI. MC no se tomó la molestia, tampoco hizo gran falta.

La primaria está cerrada y, para nuestra sorpresa, a las 7:20 ya hay personas afuera preguntando a qué hora se abren las casillas o haciendo fila. Según la capacitación y nuestros manuales a las 7:30 puede iniciarse la instalación (no antes) y hay que esperar a las 8:15 por si no ha llegado alguien. De lo contrario alguien de la fila puede unirse como funcionario.

La jornada inicia con mucho ánimo, algunos no han desayunado, otros lo hicimos en tiempo récord, uno más, el presidente, confiesa: “Ya iba a rajar, me sentía pésimo del estómago, pero me tomé una pastilla y ya me vine”. Iniciamos hacia las 8:20, después de que abrieron la escuela e instalamos todo. Una de las primeras votantes, una señora, le dice al presidente de casilla “¿ya vieron qué hora es? Es tardísimo”. Él, con dos pastillas encima para aguantar el estómago, prefiere no contestar y se limita a sonreír. Nuestros vecinos no saben lo que es desarmar un paquete electoral y ver que todo tiene un color, nombre y especificación distinta, que para cada cosa hay una indicación ultraprecisa. Nos dicen funcionarios, pero somos seis desconocidos que hasta esa mañana nos dimos cuenta en qué nos habíamos metido.

La fila de votantes llega hasta la esquina y le da vuelta a la escuela, por lo que la gente se sucede a olas. Dejamos pasar primero a las personas mayores, un escrutador les ayuda. Hay de todo: personas de hasta 90 y 94 años que vienen a votar felices, una persona en situación de calle que se tarda años y nos dice que es la primera vez que vota, un par de débiles visuales o personas que andan en silla de ruedas, en muletas, personas embarazadas o con bebés pequeños. Hay también un desfile de nombres y apellidos que me hacen pensar en ampliar la lista de nombres prohibidos del registro civil: un señor que se llama Perfecto, una chica que se llama Belinda Thalia, un Julio Jaramillo, una familia (más bien un clan) con un apellido impronunciable: Jhwests. “Disculpe, ¿cómo se pronuncia?” “Es justis” me dice como si fuese obvio. Una señora de mascada rosa enrollada en X, que dice al recibir sus boletas “ya ya ya, ojalá ya se vayan por Dios”. Sonreímos, no hace falta preguntar gran cosa.

Como cada tres años, es un asunto muy simple para quien vota: hacer fila, marcar unas boletas, depositarlas e irse. Pero es más. Es también un juego que jugamos con seriedad (como debe jugarse todo juego). Los seis funcionarios tratamos de ser profesionales, de hacerle honor al término funcionario. Nos preguntamos lo que no sabemos, nos corregimos, intercambiamos de a ratos un par de funciones cuando se junta mucha gente. En ningún momento nos preguntamos por nuestras simpatías políticas. No es el lugar y además en ese instante no importa.

Una vecina, en principio funcionaria suplente, nos trae café y agua, también sombreros y gorras para el sol que cada 45 minutos nos obliga a ir moviendo mesas y urnas, jugando al reloj para evitar quemarnos. Hacemos las cosas sobre la marcha porque es distinto el simulacro que la vida real: la tinta para el pulgar no sale bien, la perforadora para marcar las credenciales es durísima, no avisamos a la gente que hay que depositar las boletas sólo de un lado para no confundir los conteos al final… y no muy tarde cometo la primera estupidez: confundo dos credenciales al regresarlas a sus dueñas. Una llega enfurecida “yo no soy ésta”. Me gustaría reírme y decir que claro que no, que la foto de la credencial es de alguien al menos 20 años menor, pero la culpa es mía y sólo le pido disculpas que no escucha.

Las personas que madrugaron para votar muestran el ánimo de quien empieza el día: nos agradecen, nos dan motivación y aplausos por ser ciudadanos ejemplares, algunos nos piden que les marquemos bien el pulgar para que vayan por su café gratis o alguna promoción. Hacia mediodía el ánimo ya no es el del juego que estamos representando, empezamos a ser malos actores, nos cansamos de la tarea un tanto mecánica, de no poder ir al baño por temor a ralentizar la fila. Para la hora de la comida estamos agotados y, mientras mordemos una pizza algo fría, perforamos una credencial o entregamos boletas. Le convidamos algo a los representantes de partido. Son dos de Morena y uno del PRI. Cada uno trajo lo que pudo: manzanas, alegrías, algún sándwich. En algún momento les llegan a los de Morena un par de alimentos “cortesía de René Vivanco”, candidato del PVEM.

Hacia las 4 uno de nosotros empieza a ver el reloj cada tanto: “ya son 4:15, ya son 4:22, ya son 4:38… ya mero”. Ya a esa hora es más o menos tiempo muerto, del tsunami de gente sólo quedan pequeñas olas que apenas empapan los pies. Nos da tiempo de preguntarnos a qué nos dedicamos, enseñarnos algún meme o medio ver cómo van las cosas en el mundo externo. Por ley las urnas se cierran a las 6 pm si no hay nadie en la fila, y aunque ya hay una merma de personas, sé que cinco minutos antes va a llegar alguien. Es México.

Al finalizar la votación, cerramos la escuela y nos tomamos cinco minutos. Nadie quiere tomar ni un minuto más. Todavía falta tachar las boletas que no se usaron; separar los votos por partido, coalición, nulos, etc.; contar los votos, sumar y ver que coincidan los votos en urnas con las boletas que entregamos; falta llenar actas; hacer que todos firmen; separar y guardar el material; publicar resultados.

Como Segundo secretario (que se encarga de contar la elección de Ciudad de México) a mí sólo me ayuda una persona, a diferencia del Primer secretario que cuenta con dos escrutadores. Es decir, entre dos personas sacamos de las urnas, separamos y contamos los votos de tres elecciones: jefe de Gobierno, diputaciones locales y alcaldía. Por casilla nos dieron 596 boletas y la participación en la mía fue del 72 %. Eso nos obliga a contar un mar de votos: 1281 para ser exactos. Mi escrutador ha sido funcionario tres veces antes: es una bendición y un castigo. Lo primero porque sabe bien cómo hacerlo, es eficiente, rápido, conoce el detalle. Es un castigo porque de pronto es él el que me empieza a decir qué hacer y cómo hacerlo, como si de pronto mi escrutador fuese el mismísimo Lorenzo Córdova.

Después del maratón del conteo viene la parte más tediosa: llenar las actas. Hay poco margen de error porque cada cosa se cuenta hasta tres veces entre todos, en presencia de los representantes de partido. Por lo mismo es lentísimo. De mi lado, el de las elecciones de la ciudad, es fácil, el representante del PRI apenas dice algo. Pero en el lado de las elecciones federales veo que uno de los representantes de Morena quiere casi contar con ábaco los votos: es normal, mi sección está en la Benito Juárez, aquí cada voto para ellos cuenta.

De pronto vemos el reloj y es casi medianoche. Estamos ya en modo avión, las manos llenas de líquido para pulgares y algo entumecidas por usar las perforadoras. Escribimos de la manera más clara los resultados en unas mantas que se pegan afuera y firmamos hojas y hojas de documentos que se envían a los Institutos, y que se quedan los representantes de partidos y el presidente de la casilla. Cuando Carlos llega (porque se mueve entre nuestra sección y otra a un par de kilómetros de distancia) nos da las gracias y se queda con las urnas federales y otro CAE del IECM con las locales.

Los vecinos-funcionarios nos despedimos, ya tenemos guardados nuestros números. Carlos me recuerda que le mande la crónica si la escribo. No hay fortuna en lo que ocurrió en el transcurso de este día en términos de votación, pero sí hay un cambio en la manera en que observo la elección, a ratos tan ajena: ahora admiro más que alguien haga esta chamba tan pesada, en especial valoro lo que ha costado que sean mis vecinos y no un burócrata de Gobernación.

No lo sabemos todavía mientras caminamos a nuestras casas al filo de la medianoche, pero acabó una jornada e inició un sexenio.

 

Julio González
Ensayista y editor de nexos

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Política

7 comentarios en “La jornada de un escrutador electoral

  1. Excelente crónica, Julio
    Narra lo que viví en la casilla 1208 Básica en León, Gto
    Satisfactoria mi labor como Presidente: coordinador y apoyador.
    Tres días despúes, aun seguía cansado..
    Me sangró abajo de algunos dedos de las manos..mas aguanté a mano firme, jeje.
    Se impone un voto digital y mayor congruencia ciudadana.
    Saludos

  2. Me causa extrañeza que si lo que se ha estado publicando en redes sobre anomalías sean ciertas, tal como varias casillas zapato, casillas con muchísimos más votos que los habitantes de ciertos pueblos para la candidata oficialista y muchas más situaciones que no deben ser correctas en estos casos, aun así, se diga que después de los conteos distritales salgan más votos para Claudia y menos para Xóchitl. Será que los partidos de oposición también ya se vendieron igual que la mayoría de los medios de información masivos? A donde nos llevará todo esto a los ciudadanos que creemos en la democracia real?

  3. Excelente crónica, ilustrativa y entretenida para quienes no hemos sido funcionarios de casilla.
    Una reflexión: no será momento de modernizar un poco el proceso? Digitalización, automatización.
    O es que esa modernización traerá consigo mayor lejanía de los votantes al no “sentir” el proceso de forma presencial (ir, estacionar, acercarse, fila, marcar voto, poner en las urnas…y un largo etcétera).

  4. Estimado señor Julio. Yo fui representante de partido, y comencé desde las 7 am hasta las2 am del siguiente día. Mi papel fue un poco mas de hacer presión al Presidente que no nos dejaba acercarnos a ver el recuento, pero a pesar de los roses, fue admirable el trabajo que hicieron, y me quedó claro que cuando es copiosa la votación, es imposible que se preste a fraude ahí mismo, en la casilla. En lo demás quien sabe. No dejo de reflexionar que es inhumano el trabajo, y que cada vez menos gente quiere aceptarlo. Mi propuesta es que, ya que es un poder hegemónico y va a encontrar poca resistencia a cambios legales, que se de paso al voto electrónico. Es ahora o nunca. Sé que hay suspicacias por manipulación en el sistema, pero eso también es posible ahora, y apenas lo cuestionamos. Es una oportunidad única para imponer este cambio urgente y necesario. ¿que opina?

  5. Gracias por tu excelente crónica, l disfruté recordando el día que fui secreyaria de mi casilla en el año 2000 en que a las 6 de la tarde todos hicimos con gran e tusiasmo un conteo regresivo y aplausos. Qué fortuna haber participado!!! Muchas gracias por tu crónica.

  6. También tuve una interesante jornada como escrutadora suplente. Fui de esas personas «de la fila» o de «llama a alguien que conozca y se quiera aventar».
    En mi bendito desconocimiento, «me animé» y experimenté el momento preciso en que los vecinos nos desconocen y empiezan a exigir su derecho a votar a las ocho en punto y a que les prestemos el servicio para el que nos pagan con un volumen de voz más alto de lo que habría esperado.
    Disfruté el día de absoluto respeto a las preferencias partidistas, en el cual, sin importar nuestra ideología política, edad o actividad para generar ingresos, fuimos un equipo y nos reímos juntos de la «turba furiosa de la mañana» (nombramos así el momento como un chiste local, más que describir la situación un tanto revuelta).
    Me habría gustado que los vecinos que no fueron funcionarios de casilla recordaran en todo momento que algún día nos encontraremos en la farmacia, en la pollería o en la nevería. El pasado no puede cambiar, pero aun espero que nos podamos reír de aquel momento incómodo.

  7. Julio, muchas gracias, además de funcionario de casilla, fuiste un estupendo narrador de ese domingo especial. Tus sinceros y divertidos comentarios me ayudaron a recrear mi propia experiencia como votante, interesante, electrizante y agotadora.

Comentarios cerrados