La marcha de la Revolución trans

El 20 de noviembre es un día tres veces conmemorativo: es el aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, el Día de la Remembranza Trans y el Día de la Consciencia Negra. La Revolución Mexicana, como sabemos, fue la primera revolución latinoamericana del siglo XX y luchó por acabar con todas las formas de opresión que emulaban la administración colonial en un Estado mexicano que se decía libre e independiente. El Día Internacional de la Remembranza Trans, por otro lado, surge en honor a Rita Hester —una mujer afroamericana trans que fue asesinada el 28 de noviembre de 1998 en Boston, Massachusetts— y se ha convertido en un momento para nombrar a las personas trans que han sido asesinadas y para combatir el odio transfóbico en todas sus formas. El Día Internacional de la Consciencia Negra, por su parte, nos recuerda el asesinato en 1695 de Zumbí, líder del Quilombo dos Palmares, un espacio de organización de personas negras que luchaban contra la esclavitud en Brasil.

Ilustración: Estelí Meza

Para mi, como persona no binariæ, el 20 de noviembre es un día de inmensa densidad histórica: una fecha que me obliga a reflexionar sobre la manera en que los aprendizajes que tuve al crecer me hacen reproducir sin querer formas violentas de interacción con læs demás. En este texto usaré el sufijo “-æ”, una letra que no existe en el español tradicional, para reflejar la distancia y extrañeza que vivo y que viven otras personas cada vez que me nombro fuera de la dicotomía que pretende dividir al espectro del género en la disyuntiva binaria de masculino o femenino. Esa enunciación no-binaria se vuelve un espacio de aprendizaje constante, de creatividad y de lucha; una apertura social que se construye en comunidades dispuestas a la experimentación y al respeto por lo que aún no se entiende y que apenas se está gestando. Es un sitio que aún no se puede escribir en español de manera sencilla, pero que, sin embargo, se vive en México.

Digo que el 20 de noviembre es denso históricamente porque la lucha negra, trans y revolucionaria en México nos obliga a pensar distinto, sin temerle a la confusión o a la extrañeza. Esta desorientación viene de reconocer lo poco que nos dice la educación que hemos recibido del Estado sobre la pluralidad de experiencias de læs mexicanæs. En el caso de la Revolución Mexicana, nuestra educación oficial nos enseñó muchos nombres de hombres cisgénero: Pancho Villa, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, etc. Recientemente, sin embargo, hemos comenzado a hablar de las mujeres cisgénero que tomaron las armas —como María de la Luz Barrera, zapatista, o Petra Jiménez, maderista— y que adoptaron momentaneamente apariencias masculinas para no ser violadas o para no ser cuestionadas en las batallas. Se trata de mujeres que, pese a cambiar su expresión de género, nunca cambiaron su identidad de género femenina.

Sin embargo, aún hoy en día la mayoría de mis conocidæs me ven con extrañeza cuando les hablo de Amelio Robles, un coronel transmasculino que luchó en el ejército de Zapata y cuya identidad de género masculina la socializó por primera vez durante el período revolucionario. Sorprendentemente, el Estado posrevolucionario reconoció en sus documentos oficiales su identidad de género masculina. En 1974 Robles fue condecorado por la Secretaría de la Defensa Nacional como Veterano de la Revolución. Ahora, si pensamos en la Independencia o incluso en la Conquista, también nos vienen a la mente los hombres y las mujeres criollas que nos enseñaron en la escuela. Pero, ¿cómo reaccionarías si te dijera que Vicente Guerrero era negro, o que personas negras como Juan Garrido fueron también colonizadoras? ¿Te sentirías extrañæ y confusæ?

Esta misma confusión y extrañeza también está presente al marchar en México. Aparece, por ejemplo, cuando las fuerzas policiales se cubren el rostro, de manera que no sabes si puedes confiar en tu intuición sobre si la persona que tienes enfrente es hombre, mujer o una persona no-binariæ. Puedes estar a la espera y mantener el respeto. Sin embargo, en ocasiones el respeto se rompe cuando te gritan que te van a violar y que te va a gustar. Con esa enunciación, la persona se vuelve un hombre machista, pues el machismo no tiene que ver con su identidad de género sino con sus acciones. La extrañeza y confusión también aparece cuando no sabes si es suficiente que unæ policía sea mujer o no-binariæ para que no te agreda física y verbalmente.

Fue en este contexto que el 20 de noviembre el Tianguis Sexo Disidente Trans Marica Lencha —un espacio de comercio libre de discriminación abierto al público y que es gestionado por personas disidentes de la sexualidad y del género de la Ciudad de México— convocó a una marcha por la remembranza trans y por las infancias libres. El llamado me situó en la densidad histórica que describí al inicio y que sitúa los pensamientos que aquí plasmo.

La marcha del 20 de noviembre no fue la primera manifestación trans del año. El 30 de agosto, por ejemplo, asistí a una protesta contra la incapacidad del Congreso de la Ciudad de México de construir los consensos que les permitirían dos cosas: subir al pleno y votar la Ley de Infancias Trans, y derogar el artículo 159 del Código Penal, que criminaliza a las personas que viven con VIH. Las comisiones de la legislatura aprobaron la propuesta de la Ley de Infancias Trans en noviembre de 2019. Por lo tanto, el proyecto de ley no se pudo desechar en la transición de legislaturas y sigue en el Congreso. De aprobarse, la nueva ley permitiría a las infancias menores de doce años cambiar su nombre y su género en sus actas de nacimiento por la vía administrativa con el consentimiento de unæ tutær, tal y como sucede desde agosto de 2021 para adolescentes de 12 a 18 años y desde 2015 para personas mayores de 18 años. Más recientemente, el 8 de octubre, el Tianguis convocó a otra marcha para protestar contra la inacción de funcionarios y policías de la Ciudad de México ante sus denuncias contra las agresiones que sus miembros sufrieron el 23 de septiembre de parte de un grupo de comerciantes a los que algunæs miembros del Tianguis vincularon con Diana Sánchez Barrios —una mujer trans que se encuentra en prisión preventiva y que es considerada la lideresa más importante del comercio informal de la Ciudad de México— y que dejó al menos cinco personas con heridas graves.

En la marcha del 20 de noviembre conocí a infancias y adolescencias que estaban en su primera acción de resistencia en público. Algunas de ellas se reconocieron como personas trans durante los meses de la pandemia, de manera que no fue sino hasta la marcha que conocieron a muchas amistades trans con las que sólo habían dialogado en redes sociales. La mayoría iban acompañadas por sus familias. Además, la marcha convocó a muchæs activistas trans y aliadæs.

El punto de partida fue la estación del metro Revolución e inició alrededor de la 1:00 p.m. Al inicio todo parecía pronosticar una marcha pacífica. Sin embargo, la represión policial inició a las pocas cuadras. Algunæs asistentes me mencionaron que la policía vigilaba al contingente desde las 11:30, la hora inicial de la reunión. Las estrategias policiales de control durante la marcha incluyeron el encapsulamiento, que consiste en rodear al contingente, y el lanzamiento de un gas irritante de un extintor de color azul. Estas estrategias ya se habían utilizado en marchas feministas y en marchas contra la criminalización de las personas que viven con VIH, lo que me obligó a pensar en la forma en que se enseña y practica la represión policial ante diversos grupos de personas históricamente oprimidas.

La justificación de la policía para tanta violencia era que no querían que la marcha pasara por el Paseo de la Reforma, donde los medios de comunicación cubrían el desfile de la Revolución Mexicana, y por donde teníamos que pasar para llegar al Tianguis, que se encuentra en la Glorieta de Insurgentes. Diversas personas representantes del Gobierno de la Ciudad de México, incluida gente de la Comisión de Derechos Humanos que llegó ante la presión y denuncia pública de activistas trans y aliadæs, nos afirmaban que nos estaban protegiendo. Nos decían: si llegan a Paseo de la Reforma, se tendrán que enfrentar a la milicia federal que está ahí protegiendo el desfile.

El encapsulamiento duró dos horas. La mayoría del tiempo nos retuvieron en Ribera de San Cosme a la altura de Santa María de la Ribera. El cerco de policías apretaba cada vez más a la marcha y nos mantenían en el lado de la calle donde tocaba el sol. Las fuerzas de seguridad pública nos provocaron en todo momento con insultos machistas, transfóbicos, lesbofóbicos y homofóbicos. Algunas personas encapsuladas recibieron golpes y amenazas de violencia física y sexual por parte de las fuerzas policiales. Otras salieron del contingente con miedo de que algo les pasara a ellas o a sus acompañantes menores de 18 años.

Al principio la policía sólo dejó salir a las infancias y adolescencias espantadas por el gas. Más que una concesión, sin embargo, esta estrategia era una técnica violenta de separación familiar que mantenía a las infancias y adolescencias fuera del contingente y a sus familiares dentro. Mucha gente decidió quedarse pese a momentáneas aperturas que la seguridad pública creó para debilitar al contingente. Dos agravantes que nos llevaron al límite de la consternación y preocupación fueron, en primer lugar, que una persona adolescente trans de 13 años tuvo que ser llevada a una ambulancia en compañía de su madre, donde estuvieron por unas horas y, en segundo lugar, que las autoridades no permitieron que el personal médico atendiera a otra persona lesionada dentro del encapsulamiento. Tal fue la primera experiencia de resistencia de muchas infancias y adolescencias trans en una ciudad que dice ser de derechos y amiga de la comunidad LGBT+.

Alrededor de las tres de la tarde, y una hora después de que el desfile del Estado pasó y los medios de comunicación y las unidades de protección recogieron sus cosas, las personas trans y aliadas fueron liberadas y lograron llegar al Tianguis. Ahí, algunæs marchantes leyeron comunicados políticos ante un público de transeúntes que miraba con incredulidad nuestra existencia en toda nuestra diversidad, ante algunos medios que nos tomaban fotos y ante personas trans, familiares y activistas que llamaban a sus redes de apoyo para decirles que estaban bien.

No todo fue odio. El voguing —una forma de baile político que surgió en la década de 1960 en el barrio de Harlem, Nueva York, entre comunidades disidentes del género y de la sexualidad negras y latinas— y las risas nunca pararon, ni siquiera ante la violencia. Con frecuencia, personas trans y aliadas dentro y fuera del encapsulamiento gritaban: “¡Aquí está la resistencia trans!” Así fue como las personas civiles encerradas por la policía se llenaban de valor y generaban lazos.

La pregunta que me martillaba la cabeza mientras estaba en el encapsulamiento era: ¿a qué le temen? ¿A qué le teme el gobierno estatal y federal que siente la necesidad de encapsular a una marcha pacífica con más policías que manifestantes? ¿A qué le temen las personas transfóbicas y conservadoras que nos obligan a salir a las calles en un día en que muchas infancias y adolescencias pueden sentarse con su familia en la calle o en su sala a ver un desfile del Estado? ¿Será que vernos en las calles y en las pantallas de televisión es un recordatorio de que el odio y la desigualdad en sus formas actuales se conectan con toda una pedagogía colonial de control, explotación y dominación? ¿Será que vernos les recuerda su propia vulnerabilidad ante el Estado y su indiferencia social?

Repetía esas preguntas en mi cabeza, pero algunas cosas me quedaban claras. La liberación de las personas trans es la liberación de todas las personas en el ecosistema social en el que vivimos. No hay trans-formación sin las personas trans en sus múltiples localizaciones en las intersecciones de entramados de opresión. Al terminar la marcha, me quedó claro que las luchas sociales contra el odio y la desigualdad se arropan y se refuerzan mutuamente; que gritamos por la gente que la Revolución aún no libera; que las personas negras y racializadas nos acompañaban; que la resistencia trans sobrevive al Estado. Te dejo, lectoræ, con mi pregunta actual: ¿por qué nos temes?

 

Julio César Díaz Calderón
Centro de Estudios Alonso Lujambio del Instituto Tecnológico Autónomo de México

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Publicado en: Crónica, Política

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