muina: s f (Popular) Enojo muy fuerte que siente uno:
“Según ella mi abuela murió de una muina que le hicimos pasar”,
“Yo no lo saludo; todavía tengo harta muina”
—Diccionario del Español de México
Me tiene usted muy preocupado, don Andrés Manuel. De un tiempito pa’ cá se le nota mucho la muina, de la fea, esa que se encaja en el rostro y nos hace sentir el apretón donde se nos arremolina el cuero. No se nos enmuine, don Andrés: la muina es mala consejera y le va a acabar el hígado y su amuinado corazón. Ni se achicopale ni se amuine, usted sereno y adusto como la estatua en la que está a punto de convertirse. Mire que yo sé de qué le hablo: la muina es caramba, jija de su . . . Pero, veamos don Andrés, ¿qué le enfada tanto si el país está mejor que nunca, como usted nos promete cada mañana? ¿Pa’ qué amuinarse si nos quedan, don Andrés, unos cuántos meses para irnos a la Chingada (su ranchito, don Andrés, su ranchito)? Pero de muinas yo sé, don Andrés, por eso le escribo.

Veamos, don Andrés, ¿qué lo hace desatinar tanto? Tranquilo, tranquilo, no se sulfure, veamos las cosas con calma. ¿Son los pinches vendepatrias periodistas, culeros, y esos pinches gringos soltando prenda, y aquella mamada de #NarcoPresidente? ¿Es eso? Lo entiendo, don Andrés, a cualquiera le entraría una muina cabrona con esas calumnias. Pero escúcheme don Andrés, tómeselo con calma, no le vaya a dar un soponcio de muina. Claro, sólo los gringos saben lo que saben y sólo usted sabe o sospecha lo que los gringos saben, pero, vamos a ver, no es pa’ tanto, don Andrés. Hagamos las de López Velarde: “Yo quisiera acogerme a la mesura, / a la estricta conciencia y al recato / de aquellas cosas que me hicieron bien…”.
Y hagamos esto: usted flojito y cooperando, cada que le vengan con esas cosas los pinches periodistas o los comentaristas mamones piense en Chicoché y en la mata de jagüey que crece en la Chingada. Usted diga que no a todo, qué más da, vea usted al Calderón y al Peña Nieto, ni quién les toque un pelo, y eso que es usted su rival jurado y es presidente. Si a ellos nadie los tocó, contimás a usted, don Andrés. No se me agüite, usted acuérdese: tonadita de Chicoché y mata de jagüey.
Eso sí, vamos a hacer esto don Andrés, pero no me pregunte mucho, sólo hágame caso: vamos a decir que sus muchachos, pos por una prueba de ADN o por una mística revelación, han decidido ir en busca de sus raíces judías a Jerusalén. Ya le dije, don Andrés, no pregunte, sólo mandé a sus muchachos pa’ allá, ahí estarán bien y quién quita se reencuentren con algún buen Dios, el del Santo Sepulcro, el del templo de Salomón o el de la mezquita de Al-Aqsa. Hagamos eso, don Andrés, usted pa’ la Chingada; y sus criaturas, pa’ Tierra Santa. No pregunte: hágalo.
Ahora bien, don Andrés, si lo que le sube la muina es doña Claudia, no se preocupe, es buena muchacha, de muertita va a llegar a la presidencia a terminar su gran obra, don Andrés. Además, no se amuine presidente, ahí está la cábula del ñor Zaldívar que, como usted mismo nos ha dicho, cuida rebien de sus intereses por todos lados. Calma, don Andrés, no se amuine porque…
¡Ay, don Andrés! No bien termino de escribirle lo anterior, me entra una muina tremenda. Ya me dio un váguido. ¡Ay dios! Ahora entiendo, don Andrés, lo burro que he sido. Ahora acato: usted, nuestro Heródoto de Mascupana, lo ve muy claro. ¡Qué pendejo que soy, don Andrés! No había caído en la cuenta. Pos claro, usted sabe muy bien lo que históricamente suelen hacer los delfines y delfinas con sus meros meros jefes. Ya sabe usted, don Andrés, Plutarco Elias Calles llamaba a Cárdenas “el Chamaco”, pero don Lázaro se chamaqueó feo al cábula de don Plutarco.
¡Ay, don Andrés! Ya entendí su muina. El Zaldívar, ese es tan cábula que igual acaba cabuleándolo a usted y a doña Claudia. Pero, vamos a ver, don Andrés, ¿qué podemos hacer? Desde que el mundo es mundo, así son las cosas: si usted no mete mano, doña Claudia o se lo chamaquea o sale tan buena presidenta que hará que usted sea olvidado. Entiendo la muina, don Andrés, pero nada gana amuinándose, sólo daña su noble imagen y su ya mermada salud. A todos nos toca tragar sapos, contimás a un presidente, y usted, don Andrés, apersona la humildad. Entienda que la muina es una forma de ostentación, como un hombre altanero que echa gritos porque han puesto en duda su ser muy fiel o muy don Juan. Usted no es de esos, don Andrés. A usted lo que el aire a Juárez. No se amuine, que no se le note la muina, y que digan de usted lo que Machado del don Juan: “Aunque a veces sabe Onán / mucho que ignora don Juan”.
En los meses que le quedan don Andrés, hagamos esto: una tila antes de cada mañanera; a medio día, caldito de gallina vieja, desgrasado, con arrocito blanco, nada de aguacate, que dicen que mezclado con la muina es mortal, y sin chile porque ese amuina más. Y antes de acostarse, don Andrés, dése una vuelta al museíto privado que tiene usted en Palacio Nacional, ese que un día nos enseñó en un video. Ande, vaya ahí antes de dormir, y párese enfrente de esa sublime pieza que cuenta la historia nacional en concha nácar, y repare en su persona ahí enconchada como el final feliz de la historia nacional. Amuínese ahí unos minutos, véase a sí mismo como quien reza y, pa’ paciguar la muina, repita tres veces: escondí, cocha nácar, mis penas en ti; escondí, cocha nácar, mis penas en ti; escondí, cocha nácar, mis penas en ti. Y luego, Andrés Manuel, a dormir el sueño de los justos. Mañana será otro día; la historia lo absolverá, ¡presidente!. O no. Nada que hacer.
Mauricio Tenorio Trillo
Profesor de historia en la Universidad de Chicago