La nueva guerra civil española

La nueva guerra civil española no se libra en el frente de Aragón, no implica una ofensiva en el Levante ni tampoco una batalla en el Ebro o un bombardeo sobre Guernica. Sí conlleva, sin embargo, y desde hace semanas, un asedio a Madrid, la capital de todas las Castillas y el epicentro de la península. Un cerco en torno a la ciudad que es sinónimo de España y de lo español y que, como España y lo español, es hoy en día objeto de una prolongada e inquietante crisis de identidad. Madrid se ha convertido en la última trinchera de una guerra política e ideológica que amenaza con sumir al país entero en un conflicto como no se había visto desde hace décadas, aderezado por más de un año de pandemia, una continua polarización y la más aguda debacle económica en 80 años.

Cuando los madrileños acudan a las urnas el próximo martes 4 de mayo, decidirán con su voto quién habrá de convertirse en la próxima o el próximo presidente de su comunidad, pero también, y en gran medida, elegirán el futuro de España.

Convocados a inicios de marzo por la actual presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso —delfín del Partido Popular (PP)— para evitar una moción de censura a su gobierno impulsada por el Partido Socialista (PSOE) y Ciudadanos, que se presentó casi de forma paralela a su convocatoria electoral, los comicios madrileños se celebrarán menos de tres meses después de haberse hecho lo propio en Cataluña, en donde los partidos independentistas, mayoría en el parlamento autonómico, no han logrado acuerdo para formar gobierno, y en medio de una revolución política que en cuestión de semanas ha hecho temblar a gobiernos en toda la geografía española, desde Murcia hasta las islas Canarias.

Agentes de la Policía Nacional española, máximo cuerpo de seguridad de ámbito nacional en el país europeo a la par de la Guardia Civil, declaraban en fecha reciente al diario El Español que los próximos días y semanas en Madrid serán “días de odio”, en referencia al incremento exponencial de incidentes perpetrados por extremistas tanto de derecha como de izquierda a lo largo de los últimos seis meses y que, a los ojos de las fuerzas del orden, no sólo estarán presentes en la campaña por la presidencia de Madrid sino que jugarán, incluso, un rol protagónico.

Los temores de la Policía Nacional se materializaron cuando un grupo de tres ultras de derecha increparon al grito de “comunista de mierda” al candidato de Unidas Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias, mientras se dirigía al que sería su primer acto de campaña en el municipio capitalino de Coslada. Acto que quedó trunco y que recuerda al protagonizado días atrás en Barcelona por el presidente del partido Vox, Santiago Abascal, mientras se encaminaba al Parlament catalán para tomar parte en la ceremonia de inicio de legislatura tras los comicios en dicha comunidad autónoma. A Abascal le cortaron el camino un par de activistas anárquicos al grito de “fascista de mierda”. Uno y otro incidente son, quizá, cara de la misma moneda. La de la polarización extrema, la de la ausencia de diálogo, la del debilitamiento del tejido social y la del resquebrajamiento y atomización del sistema de partidos políticos; principales intérpretes del actual asedio a Madrid y claves para entender y tratar de descifrar el futuro de España y de los españoles.

Todo está en juego. Es la respuesta escueta, pero clara, contundente y sin tapujos, que dan los analistas políticos en televisión, diarios y medios electrónicos al responder a preguntas sobre su vaticinio, opinión o comentarios al respecto de las elecciones en Madrid programadas para principios de mayo. La última gran batalla de una guerra política e ideológica en la que analistas, comentaristas, politólogos, políticos y electores parecen coincidir.

No es fortuito que el mismísimo Pablo Iglesias —fundador y polea del partido Unidas Podemos, hasta hace unos días vicepresidente de la administración en turno, en coalición no exenta de controversias con el PSOE comandado por Pedro Sánchez— se decantase por dejar su escaño y su encargo en el gobierno para contender por la presidencia madrileña. Tampoco lo es que Pablo Casado, líder de los populares, incorporase a la narrativa de su partido y de su candidata por Madrid —la presidenta en funciones Ayuso— temas prestados de la ultraderecha voxista como la migración. Las fuerzas políticas españolas —nuevas y viejas, de izquierda y de derecha— ven en los comicios del 4 de mayo en Madrid el triunfo o la debacle, de acuerdo con los resultados que logren obtener y, con ello, su lugar en el futuro inmediato de España. 

Por su parte, el electorado ve también, aunque bajo una óptica distinta, una llamada a decidir la España que ha de sobrevivir a esta batalla de titanes. Una que apuesta por más impuestos a los ricos, más ayudas ante la pandemia, más derechos para las minorías, mayor reconocimiento de la diversidad lingüística y cultural, el aborto legal y al muerte asistida; o una que aboga por menores tasas impositivas, un recorte a las subvenciones entregadas por el Estado, límites a los derechos de la comunidad transgénero, preeminencia del español en la enseñanza y la vida pública por encima de las demás lenguas habladas en el territorio, acotaciones a la regulación sobre el aborto y derogación de la ley de eutanasia. Rojos contra gualdas, ricos contra pobres, fachas contra progres: una España enfrentada consigo misma en la que parece no haber medias tintas ni grises, solamente blancos o negros y polos opuestos. Un escenario crispado y, de acuerdo con algunos puntos de vista, no muy diferente del que se respiraba por la primavera de 1936.

La cruenta Guerra Civil española que inició con el levantamiento armado contra la Segunda República encabezada por Manuel Azaña —y que terminó, miles de muertes y cientos de miles de desplazados y refugiados después, con la victoria falangista y la entronización de Francisco Franco y su dictadura de cuatro décadas— es un tema recurrente en la literatura, la cinematografía y la academia españolas. Algo que no es de sorprender: el desafortunado incidente, además de marcar de forma indeleble la historia moderna del país, dejó múltiples heridas abiertas, muchas de las cuales no han sanado ni cerrado al cien por cien, acarreando consigo hasta nuestros días no solamente cicatrices, sino también rajadas de pus sanguinolenta.

El conflicto armado que desbarató al país entre 1936 y 1939, y el régimen autoritario y dictatorial que le siguió, desembocaron en un proceso de apertura política y democratización que a inicios de los ochenta hizo de España un ejemplo aplaudido por el resto de Europa y Estados Unidos. Un proceso que, no obstante, fue poco efectivo, de acuerdo con un informe de Amnistía Internacional, pues impidió la reparación a las víctimas de la guerra y de la dictadura se quedó corto al no convertirse en un verdadero proceso de reconstrucción nacional.  

No son nuevas ni pocas las voces que equiparan escenarios contemporáneos de división política, de descalabro económico y de polarización social con aquél enfrentado por Azaña en los años 30 del siglo pasado. Opiniones que apuntan a que la guerra de entonces resulta un capítulo inacabado de la historia de España. A principios de 2016 el reconocido filósofo, escritor y académico miembro de la Real Academia, Félix de Azúa, afirmaba que su país “no como tragedia, sino como farsa” se asemeja, cada vez más, al de 1936. Mientras que el controversial historiador, sociólogo y politólogo francés, Emmanuel Todd, anotaba desde 2017  que España estaría entrando de manera progresiva en una nueva guerra civil, como resultado de una economía financiada constantemente por el déficit público, y a partir de su apreciación sobre las consecuencias ulteriores del conflicto catalán. Valga mencionar que al día de hoy ninguno de los factores subrayados por Todd se encuentra resuelto, si acaso, tanto uno como otro, han empeorado en proporción.

Las apreciaciones de Azúa y de Todd tienen entre cinco y tres años, pero podrían, quizá, y con mucha más razón, aplicarse al panorama actual. Un año alargado de pandemia por el covid-19 ha dejado mal cuerpo a los españoles, no sólo el vacío y la desazón tras ser uno de los países más golpeados por la epidemia en Europa, sino una inminente cuarta ola de contagios, una mal planificada y politizada vacunación y una economía, altamente dependiente del turismo, destrozada. Durante 2020, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística español, el PIB retrocedió en un 11 %, lo que constituye la peor caída en dicho indicador económico desde la Guerra Civil; se perdieron más de 600 000 trabajos, y la tasa de desempleo aumentó hasta el 16.3 %. Hoy, en España, es más difícil encontrar un trabajo, alquilar o comprar una casa o mantenerse en la clase media que en cualquier otro país de la Unión Europea. Esta situación, aunada al creciente descontento y cansancio de los españoles, ha hecho del país un caldo de cultivo para la polarización ideológica y la tensión social.

Los escándalos de la Casa Real, incluidos el autoexilio del monarca emérito Juan Carlos I tras conocerse sus problemas hacendarios y de tráfico de influencias, los numerosos e irresueltos casos de corrupción entre la clase política del país, la crisis humanitaria y las presiones migratorias en los corredores humanos del Mediterráneo y de Canarias, la fragilidad de los conflictos nacionalistas en Cataluña y en el País Vasco, entre varios otros factores, se suman al lúgubre escenario de división en España.

Las airadas manifestaciones y protestas en las principales ciudades del país que se produjeron en febrero pasado tras la detención y encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, considerado la voz de los que no tienen voz entre una juventud con rabia de futuro, fueron síntoma del crítico pulso actual en la península ibérica. Saqueos, enfrentamientos entre la policía y los manifestantes, contenedores de basura y mobiliario urbano quemándose en hogueras, fueron el pan de cada día por más de una semana desde La Coruña hasta Barcelona, pasando por Madrid, Valencia y Sevilla. Un país que, literalmente, arde.

Cuando los madrileños acudan a las urnas el 4 de mayo, llevarán consigo sus fobias y sus filias, la historia familiar acarreada a lo largo de décadas y el sello que desde la Guerra Civil carguen como rojos o como falangistas. Llevarán consigo a sus muertos por la pandemia y a las carencias vividas desde decretado el estado de alarma, aún vigente, el 14 de marzo de 2020. Traerán a las urnas su desencanto con un sistema de partidos políticos incapaz de romper con la corrupción y su apoyo o rechazo a una monarquía y a un rey que en ocasiones parecen serlo más en forma que en fondo. En suma, llevarán consigo a los colegios electorales esa nueva guerra civil española que lleva meses, quizá años, gestándose en tuiter, en los platós de televisión, en plazas universitarias y en chats familiares y de amigos.

Varias encuestas publicadas a la fecha dan indicios de qué partido o partidos podrían ganar los comicios madrileños en solitario y/o formando coaliciones; muchos vaticinios inundan la prensa española desde estos días sobre las repercusiones nacionales de uno u otro escenario, tanto para el gobierno de izquierdas, rotas, en turno como para uno posible de derechas, igual de rotas, en ciernes. Claro que ninguna predicción es certera o confiable, siempre hay indicadores imprevistos a tomar en cuenta. Lo único seguro es que en esta nueva guerra la que pierde es España y con ella los españoles.

 

Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es Cartas de Nueva York, crónicas desde la tumba del imperio.

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Publicado en: Internacional, Política