La (otra) crisis de América Latina

En 2003, con humor negro y sobrada razón, Moisés Naím escribió: “América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras: nada nuevo”. Pues bien, el panorama no parece haber mejorado a juzgar por casi todos los indicadores y evidencias en casi cualquier terreno: debilitamiento democrático e institucional; mala calidad de la educación, la salud y los servicios públicos; improductividad histórica; inseguridad y violencia; populismo y autocracias al alza, y tráfico ilegal e incesante de drogas e inmigración, entre otras cosas. Y a ello hay que agregar ahora, en consonancia con la velocidad a la que ha corrido la revolución industrial 4.0 en estas dos décadas, el extraordinario rezago en investigación de frontera, innovación y generación de conocimiento. En conclusión, diría el clásico, la región ya no es competitiva ni como amenaza.

Esta es la otra crisis de América Latina.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Desde hace décadas, con precios altos o bajos, la región se acostumbró a depender de la producción y exportación de commodities y, con las relativas excepciones de Brasil y México, prácticamente ningún país emprendió con éxito una transformación estructural sostenida que los condujera a construir economías más complejas, flexibles y diversificadas donde los pilares fueran el capital intelectual, las innovaciones puestas en valor y el aumento de la productividad. La región no se dio cuenta, o no quiso hacerlo, de que al mismo tiempo otros países estaban impulsando el crecimiento de sectores donde la producción y generación de bienes y servicios se convirtió en masiva y a gran escala para dar paso a eso que ya se conoce como economía compartida o colaborativa de “costo marginal cero”, o bien hechos sobre medida para solucionar problemas únicos que aparecen y desaparecen de un día para otro de acuerdo con lo que demanden o dejen de demandar grupos específicos de ciudadanos, clientes o consumidores.

En consecuencia, llegaron crisis macroeconómicas, horas bajas en los precios de las materias primas, el imparable dinamismo de Asia o la pandemia, y América Latina (ALC) no advirtió que lo que estábamos viviendo no era un cambio de época sino de paradigma en cuyo centro está una educación de excelencia, investigación aplicada y pertinente, vinculación con la economía real, productividad y crecimiento alto y sostenido. Muchos de los saldos actuales como el estancamiento, la pobreza, la desigualdad y el malestar ciudadano tienen su origen justamente en la incapacidad para articular virtuosamente aquel círculo. Lo sintetizó de manera descarnada Ricardo Lagos hace poco: “América Latina está en el peor de los momentos. No recuerdo un momento más malo que éste”. Y lo más grave es que hoy, en lugar de entender el mundo tal como es, aceptar hacia dónde va e intentar subirse al vagón de nuevo paradigma, parece haber un proceso de endogamia intelectual que “aconseja” rechazar lo externo y volver a eso que extrañamente algunos líderes políticos llaman un “modelo propio”. El problema es que, dicho con pragmatismo, como ese modelo no existe, al menos para regiones con las características de ALC, es crítico promover una reflexión y una acción distintas que faciliten reorientar el rumbo e impedir que esta parte del mundo se vuelva definitivamente irrelevante para todo efecto práctico.

¿Por dónde empezar? Veamos.

Primero por identificar que, si bien a menor velocidad que otras regiones y con claras heterogeneidades, la modernización relativa de la economía latinoamericana ha cambiado en cierta medida la estructura industrial, manufacturera o de servicios de varios de los países grandes, pero también de algunas economías pequeñas como Panamá y República Dominicana.  Este proceso tiene un efecto en los mercados que consiste en que, en tanto las economías de ALC van cambiando, reasignan recursos y personal en amplios sectores económicos, ocasionando que si los países experimentan, como sostiene un informe del Banco Mundial, una “desindustrialización prematura”, entonces supone que hay relativamente menos puestos de trabajo en el sector industrial, mientras que el empleo en el sector terciario, donde las calificaciones pesan más, ha aumentado drásticamente.

Al ingresar al siglo XXI, sin embargo, la expansión de la educación superior y esa gradual transformación económica, por sí mismas positivas, exhiben una disfunción entre la composición de la oferta educativa y la investigación y la naturaleza de lo que demanda, en un sentido integral, ese tipo de desarrollo. Más aún, los indicadores en materia de empleabilidad de los egresados, retornos financieros de la educación y capacidades base parecen confirmar que la sola obtención de un título universitario ya no garantiza automáticamente movilidad económica y social relevante. Por ello, la primera urgencia es estimular una discusión seria, franca y ordenada acerca de cuál debe ser el nuevo modelo de la educación superior en la región en función de su aportación a la formación de talento, la generación de conocimiento e innovación, y la elevación de los niveles de productividad y crecimiento económico.

Por otro lado, ALC no muestra progresos relevantes en esos aspectos. En un reporte reciente la OEI documentó que la inversión de ALC en I+D+i representó apenas 0.63% del PIB regional (2018) mientras que Corea e Israel destinaron casi el 5% de su PIB; por consecuencia, el rezago en materia de invención es notable: las solicitudes de patentes, registro de marcas y diseños industriales,  según la OMPI, alcanzó en 2021 solo 1.7% a nivel global, y el 82% de ellas procedieron de empresas extranjeras que resguardan productos en la región. En cambio, Asia contribuyó con el 67.6%. El balance en este aspecto, en síntesis, es más que deslucido: dispersión, financiamiento escaso, bajo impacto, limitada llegada al mercado y falta de foco acerca de las prioridades estratégicas en materia de innovación e investigación aplicada.

Ahora bien, además de superar eventualmente ese rezago, la región tendrá que abordar una carrera contra los años perdidos en los que el conocimiento avanzó a una velocidad inédita. Richard Buckminster Fuller notó que hasta 1900 el conocimiento humano se había duplicado aproximadamente cada siglo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, esto sucedía cada 25 años. Hoy la situación es mucho más vertiginosa; diferentes tipos de conocimiento tienen diferentes velocidades de multiplicación. En promedio, el conocimiento humano se duplica cada 13 meses. Por ejemplo, en nanotecnología se estima cada dos años y el conocimiento clínico cada 18 meses, y, según IBM, innovaciones como el “internet de las cosas” llevaría a duplicar el conocimiento cada 12 horas. En congruencia con esto, el camino para que la producción del conocimiento se consolide introducirá una enorme presión en el diseño conceptual y curricular de las carreras y de la agenda de investigación, lo que tiene al menos dos implicaciones de la mayor relevancia. Por un lado, en el lapso que media entre el ingreso de un estudiante a la universidad y su egreso, unos 4-5 años, su área de conocimiento podría haber cambiado significativamente; es decir, conforme avancen ciertas disciplinas, según predice Geoffrey Carr, “el modo exacto en que converjan biología, nanociencia y ciencia de la información gobernará en gran parte las innovaciones que se produzcan” en el futuro, y no está claro si la región está interpretando correctamente esta transformación. Por otro lado, aunque en ALC ha aumentado la matrícula de posgrado, la incorporación de docentes a la labor investigadora y las publicaciones en revistas especializadas, parece que todo ese esfuerzo no se está reflejando en innovaciones que impacten la diversificación y la complejidad de las economías.

La segunda consideración es que por razones muy diversas, que van desde la automatización y la especialización de los procesos hasta el tránsito de la manufactura a la mentefactura, el mundo laboral ha cambiado radicalmente en las últimas tres décadas y, con ello, la naturaleza y las posibilidades de inserción de los egresados universitarios así como las modalidades y contenidos del aprendizaje a lo largo de la vida para el caso de los adultos, los cuales van a necesitar cada vez más pasar por programas de upskilling o de reskilling que les permitan adquirir o actualizar habilidades y con ello mejorar sus posibilidades de permanencia en el empleo y evitar que se conviertan en los nuevos parias del mundo laboral. La tendencia a disponer de habilidades generales, jerárquicas e intercambiables con otras donde prevalecen la colaboración horizontal, las competencias específicas novedosas y las personas capacitadas para ejercerlas llegó para quedarse, y, no obstante, la región parece carecer de esos perfiles lo que explica, en parte, la dificultad para cubrir las vacantes laborales. Cualquiera que visite alguna de las modernas plantas en clusters como el automotriz, la energía o el aeroespacial en Brasil o México se quedará con la sensación de que son un fiel reflejo de las distintas revoluciones que se han producido en las últimas décadas en la economía, el empleo o la educación, y de la forma como éstas interactúan.

Por tanto, es urgente entender esas disrupciones para generar pronósticos más acertados de la demanda educativa; identificar con precisión las necesidades de los futuros empleadores; adaptar las instituciones educativas al contexto actual e identificar áreas de oportunidad o superar las limitaciones de la enseñanza tradicional.

Y la tercera asignatura es cómo vincular de manera mucho más estrecha y eficiente la actividad de investigación de las universidades con la innovación, la productividad y el desarrollo integral de un país. A nivel global, hay ejemplos muy exitosos de que las universidades y tecnológicos más enfocados en la investigación son fundamentales para incrementar el acervo de conocimientos y utilizarlos en la concepción de nuevas aplicaciones, y en algunos casos han impulsado decisivamente la transformación de países. Por un lado, es cierto que una relación causal entre tener recursos humanos más educados y conseguir mayor productividad, como estudió Santiago Levy, “no es automática porque está mediada por el entorno que puede asignar mal a aquellos trabajadores más educados”, es decir, depende mucho de la diversificación, formalidad y complejidad de cada economía.

Por otro, aunque la matrícula del posgrado crezca en ALC, es aún incipiente como para generar una masa crítica de talento de tal alcance y sofisticación que produzca una investigación pionera, aplicada y de excelencia que favorezca mayor densidad de las economías nacionales, como sugieren los informes globales sobre innovación. Véase el ejemplo de Israel, donde sus principales universidades mantienen una política agresiva de formación, atracción y retención de talento: el país cuenta con apenas 9.3 millones de habitantes, tiene entre seis y ocho universidades entre las mejores del mundo y genera el mayor número de patentes por habitante. Es decir, la clave es conjuntar muy buenas universidades, compañías competitivas, start-ups y talento tecnológico dentro de un ecosistema que ensamble esas piezas y apueste al capital humano de alto nivel y a la complejidad económica. Dicho de otra forma: va todo junto y esta es probablemente la mayor asignatura pendiente en ALC.

Finalmente, es urgente un enfoque distinto que lleve a preguntarnos, como propone Fernando Reimers, “no qué graduados necesita el mercado para satisfacer las necesidades actuales, sino más bien qué industrias y puestos de trabajo podríamos crear en esta región, dadas sus ventajas comparativas, si tuviéramos el talento adecuado”. Así de simple. Y mientras ALC no comprenda a cabalidad este nuevo paradigma, el progreso seguirá llegando demasiado tarde y será, como de costumbre, la región de las décadas perdidas.

 

Otto Granados
Consultor internacional en educación e innovación