La otra historia de México

“Only Mexicans can turn disgraceful defeat into mythic victory”.
Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades

La historia de siempre

Cuánta oscuridad tiene el pasado; y cuán grande es nuestro afán de ocultarla. Lo hacemos, en México, con mitologías postreras enfocadas, casi siempre, en la política. Preferimos los cuentos claros y patrióticos a la abrumadora tristeza de tragedias pretéritas. Hemos hecho de ello una fórmula desgraciada. Sumando los intentos por aclarar el pasado con la afición por sus personajes, resulta la historia nacional.

Dichas prácticas, en realidad, nos han engendrado una serie de vicios. Nuestro gobierno, por ejemplo, pareciera nuestro único motivo de curiosidad histórica; los presidentes, a su vez, el objeto eterno de memorizaciones escolares. Ya lo decía Krauze, México se asemeja al discurso de Carlyle; la historia de esta nación es “la biografía de [sus] grandes hombres”. No de la independencia; de Hidalgo y de Morelos. No de la Reforma; de Juárez y Maximiliano. ¿Revolución? Mejor una familia inventada con Madero, Zapata y Carranza. ¿El PRI hegemónico? Hablemos de Cárdenas, Alemán y Díaz Ordaz.

No podemos ignorar el sujeto de nuestra adicción: aquellos que controlan el poder formal. Nada queda para los actores que influenciaron nuestro país desde su concepción, dígase empresarios, artistas o luchadores —y eso, sin hablar, de los millones de mexicanos “comunes” olvidados por la historia—. Viendo el índice de nuestra historia, me pregunto: ¿dónde ha quedado la gente? Pintando el mural nacional, agrandamos a los personajes de renombre y a los pequeños hemos de ignorar. Un error garrafal, como espero este ensayo llegue a demostrar.

Escogí un solo caso para hacer eficaz mi análisis, ese que representa la mayor amenaza al México contemporáneo y sus obsesiones históricas. Pues, en su estudio, hemos que nuestra patria no es sólo resultado de políticos y caudillos; de aquellos personajes icónicos que encajan en un México marchando hacia el progreso. Nuestra historia es, también, una de retrocesos e intereses adversos. Tanto de los que quisieron hacer de México potencia económica como los que potenciaron sus economías a costas de México. Es un cuento de importancia, pero sólo cuando lleva al país hacia el progreso. Es una crónica de mitos y cómo los hacemos verdad. Esta es la historia del narco que, aunque nos cueste, es también la historia de México.

La otra historia de México. Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

La otra historia

Es sorprendente lo poco que hablamos del tema en la academia. La falta de interés hacia los Chapos y Señores de los Cielos en la historia formal. No es, claro está, por carencia de importancia. El narco no sólo importa. ¡Importa de más! Importa cambiar la siembra del país de maíz a marihuana. Importa al quitarnos miles de personas con sus enfrentamientos —350 000 en los conteos recientes. E Importa, por supuesto, al darnos una guerra que ha marcado a una generación entera. El presente lo ha demostrado; las heridas de la droga son grandes y han dejado cicatrices que no podemos ignorar.

El narco, entonces, importa; pasa, sin embargo, que lo solemos evitar. Es, primeramente, una cuestión de tiempos. Pensamos en la droga como un fenómeno contemporáneo que aún no se ha ganado un lugar en el pasado. En parte, esto se entiende. Los mayores problemas con el narco —su cúspide, si es que ha llegado— es relativamente reciente. La guerra contra el narco inicia, formalmente, durante el sexenio de Calderón tiempo que fácilmente todo lector puede recordar. No han pasado siquiera veinte años de los primeros operativos en Michoacán; siguen frescos sus colores en el mural de la historia —un movimiento errado y se han de difuminar—. Para complicar aún más el argumento histórico del narco, esa guerra sigue hoy en día. En México, mientras escribo estas palabras y usted las lee, aún mueren decenas ante las balas del crimen organizado o de nuestro Ejército. ¿Cómo puede hacerse historia de eso que aún no termina de pasar?

Muy sencillo: con un mapa.

La cima es sólo una parte de la montaña; sus faldas también importan. El narco no es un fenómeno del presente. Es, a su vez, parte del telar nacional que venimos tejiendo desde la Revolución. Aunque no podemos ver sus costuras finales —o estimar el tiempo que nos ha de tardar— somos capaces de vislumbrar el color en sus hilos iniciales.

Hace más de doscientos años, al comenzar el siglo XIX, nuestra relación con las drogas ya era complicada —podríamos ir más lejos y analizar el vínculo de los mexicas con el peyote, pero eso, quizá, está de más—. Supongo que esta distancia primeriza es suficiente para colocar al narcotráfico en la categoría de “historia”. Dudo que alguien diría lo contrario sobre cualquier otro detalle en los 1800. Para probar lo contrario, basta con contabilizar —si es que eso fuera posible— el número de volúmenes que plagan bibliotecas universitarias sobre la Independencia o la Reforma. Los años hicieron de esos movimientos historia; lo mismo ha de pasarle al narco aunque nos cueste más. Algo con tanta distancia del ahora, se ha ganado un lugar en los anaqueles empolvados.

Démosle, entonces, el peso que merece. Desde que se concebía México como estado, ya venían creciendo las semillas del narco en nuestra tierra. De pasada, se puede hablar del opio que se vendía comúnmente en mercados de toda ciudad, o de la marihuana, ausente del tabú que tiene en el presente. Durante la guerra civil de nuestro vecino al norte, inclusive nos volvimos proveedores masivos de opio. Fueron tantas las heridas sufridas por soldados estadunidenses que la amapola mexicana se hizo elemental. Tras los fuegos de la Revolución, ya era tan presente la droga que el naciente PNR —abuelo olvidado del inescapable PRI— se fue a los golpes en su contra. Calles, en cálculos macabros de estabilidad, emprendió una guerra contra los narcóticos aun si, en su momento, no existían los cárteles que hoy conocemos.

Esos vendrían después. Fueron producto del norte, donde la amapola germinaba y se formaban, escasas, las primeras bandas de traficantes. Lentamente, fueron cruzando la frontera y, con los años, consolidándose para ganar fuerza. De esos capos primerizos, destaca Pedro Áviles Pérez, ese que bautizaron El León de la Sierra. Para una nación obsesionada con los personajes, este caudillo sin ideología debería fascinarnos tanto como Pancho Villa —indicio suficiente que nuestra obsesión con las figuras sólo va ante aquellas que quisieron mover a México; ignora las que fueron parte de sus tierras sin intención de hacer historia—. El León unificó a productores de opio para crear el antecedente de un cartel de la droga. Negoció, inclusive, con la mafia italiana para vender a través de la frontera. Es una historia que habría de dirigir la carroza de nuestra patria hacia el sendero belicoso en que hoy nos encontramos. Fue tan importante como los caudillos, pero su figura va muriendo en el olvido. Al no querer ser parte de la historia, se le quita de sus libros.

Hay otras tantas figuras de antaño que bien podríamos documentar con la misma influencia sobre el pasado. Sigamos, brevemente, la cronología de la droga nacional; probemos, al hacerlo, que nuestra patria tiene un par de personajes por estudiar. Al morir el León, siguieron sus cachorros. Aquellos nombres suenan más para los que vivimos en el presente. Era inevitable. Su impacto sobre México es tan grande que ignorarlo sería una injusticia aun si no son los guerrilleros o presidentes que acostumbramos. Hablo de los sucesores del imperio norteño; esos que fundaron el Cártel de Guadalajara y, lentamente hemos ido olvidando. No lo digo yo, lo dice la conciencia del momento. El nombre de uno que entonces fue un titán, va quedando en el olvido: Ernesto Fonseca Carrillo, que llamaban “Don Neto”. Sus dos colaboradores, por su parte, están grabados, de momento, en la conciencia mexicana: Rafael Caro Quintero, recién capturado por el gobierno en turno, y el Jefe de Jefes: Miguel Ángel Félix Gallardo. Su Cártel cambiaría el rumbo de México y haría de la droga una verdad incómoda para nosotros. Siguieron los carteles modernos tras su derrota. De esos capos fantasmales para la historia podemos rastrear al de Sinaloa y Tijuana; eventualmente llegaríamos al presente y la guerra de Calderón. Pero, como vemos, son producto del pasado como lo fue la Reforma y la Revolución. No es, entonces, meramente un problema de antigüedad. El narco bien la tiene.

Tampoco, necesariamente, sobre mitificar. Aunque hemos olvidado al León de la Sierra, el presente ha sabido glorificar los excesos de Caro Quintero y los abusos de Félix Gallardo —piénsese en las novelas que les dedicamos y las series que les hacemos—.  a veremos si estos han de durar al paso del tiempo como los de soldados revolucionarios o caudillos independentistas. Quizá el crear mitos sea parte de la naturaleza del mexicano; hacerlos héroes eternos corresponde a nuestra historia. El proceso se extiende más allá de los caudillos; llega a los cantautores y actores. Donde antes había hombres —casi siempre hombres— nosotros creamos dioses efímeros. Pero el que sean iconos no implica que sean historia. Lo son por un instante, luego se han de apagar. Los narcos pertenecen a la misma categoría de los mariachis y luchadores; bien conocemos sus nombres, pero no forman parte del progreso nacional. Una cuestión de cultura y no de historia. Los ponemos en corridos e imágenes populares, mas temblamos al pensar que son tan importantes como Obregón y Carranza. Al hacerlo, reconoceríamos algo grave para nuestra conciencia: la historia de México no está solamente en manos de la política. A este país no lo controla solamente el gobierno.

Llegamos, por este sendero, a la gran dificultad de nuestra historia. La ausencia del narco en nuestra conciencia es, a su vez, una cuestión de ética —o, para ser claros, de pudor—. Nos cuesta pensar en lo que ha sufrido México sin tener oportunidad de agrandar nuestro valor. A veces lo hacemos con comedia. De la invasión francesa, sobrevive solamente el chiste de una guerra por pasteles. Otras tantas, con patriotismo. No recordamos las derrotas al avanzar Estados Unidos, pero todo mexicano recuerda el valor de los niños héroes muriendo por la patria que perdíamos. Tenemos que hacer un cuento de progreso, sólo entonces se hacen históricos los mitos.

¿Qué nos dice el narco? Que nuestra historia tiene sesgos. Son figuras poderosas que tanto han impactado a México. Son personajes influyentes con el mismo carisma de nuestros jefes de Estado. Pero, al crear la historia, los hemos olvidado. Nos duele pensar que ellos sean también artífices de nuestro destino. Nos cuesta admitir que el narco, así como tantos otros actores cotidianos, también sean parte de nuestro pasado.

La historia que ha de ser

El problema fundamental al que ha de enfrentarse nuestra historia es nuestra inhabilidad de verla cara a cara. Octavio Paz una vez dijo que las naciones son como adolescentes viéndose al espejo; buscan en un cuerpo cambiante los rasgos que perduran. Yo creo, más bien, que somos pintores. En lugar de espejos, tenemos cuadros sobre los que plasmamos la realidad que queremos. Quitamos las arrugas; las suavizamos. No nos vemos con honestidad; nos vamos creando de manera gustosa.

En el museo de nuestra historia, pintamos murales de grandeza. En ellos hay soldados bigotones marchando hacia el progreso; pueblos subyugados peleando por libertad. Son aquellos que escogemos vanagloriar. ¿Y los narcos que tanta sangre nos ha quitado? A ellos no los hemos de pintar. Evadimos el problema al no poder glorificarlo. Nos cuesta hablar del narco porque el narco tanto nos cuesta. No queremos un mundo donde nuestros hijos, al voltear la página de un libro, pasen de las hazañas de Zapata a la proeza del Chapo. Son, desgraciadamente, aquellos capos que no avanzan el proyecto nacional. Plagan la conciencia de nuestros tiempos, pero de la historia los hemos de eliminar. Este es un error fatal. Viendo el poder que han tenido en estos años —los ejércitos que manejan—, ya no los podremos esquivar. El narco ha formado a México La historia ha de incluir todo; ha de ser un espejo. Poco importa si en él no nos queremos mirar.

El México contemporáneo, donde el narco está eternamente presente, se enfrenta a una crisis histórica. No podemos ignorar el papel de la droga en nuestros tiempos y, al vernos incapaces de escapar, nos es imposible seguir con la gloria que le hemos dado a los políticos. Creamos un cuento donde grandes hombres guiaban el sendero nacional. Hoy, son hombres los que nos guían al sendero del mal. Hombres que no cuentan con el apoyo de la política; que, ni siquiera, se interesan por gobernar. Capos y no caudillos; narcos sin ambiciones presidenciales, pero con el mismo poder que yace en palacio nacional. La historia del país que tan cómodamente construimos alrededor de héroes nacionales, ha de expandirse para incluir la sombra del narco.

No tenemos opción y en no tenerla, nace nuestra esperanza. Nos percatamos del gran problema del narco: nos muestra los errores de nuestra historia. Al hacerlo, sólo queda preguntar si no debemos incluir a otros tantos para remediar nuestros problemas. Regresar al vicio inicial de este ensayo. Hemos de abandonar nuestros patrones acostumbrados y enfrentarnos, con valor, a narrativas más grandes. No basta con decir, ¿dónde están los narcos? Hemos, también, de preguntar, ¿dónde están los mexicanos? Esa es la otra historia, la que no encaja tan cómoda pero, en ella, nos hemos de encontrar. El narco fue solo un principio; faltan muchos más.

 

José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford

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Publicado en: Política