La personalidad autoritaria y sus afrentas

“En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.
— Carlos Fuentes, La región más transparente

El día que se dio cuenta que lo había alcanzado el destino que le había sido anunciado desde el principio, y al que había dedicado su vida a evadir, Edipo se sacó los ojos. El gesto ha sido interpretado como un asunto cognitivo. En la tragedia de Sófocles, quien revela a Edipo la verdad que el héroe había sido incapaz de ver es un vidente ciego. En ocasiones no podemos entender lo que estamos viendo, incluso si está frente a nosotros, porque nos hace falta el contexto que la haría inteligible. Cuando por fin logramos ver lo que antes no podíamos o no queríamos contemplar, logramos entender la realidad y nuestro lugar en ella, aunque la lección que aprendemos ahora que ya no estamos ciegos con frecuencia resulta amarga.

La noche del 2 de junio de 2024 nos invadió una abrumadora sorpresa mientras atestiguábamos la confirmación de los resultados que la mayoría de las encuestas nos había adelantado. Escuchamos las noticias como si se tratara de un rugido multitudinario, subterráneo y largo tiempo reprimido: la voz de una avasalladora mayoría. Vale enfatizar la paradoja de esa noche: anticipación y sorpresa al mismo tiempo y respecto de lo mismo ¿Cómo es esto posible?

Al inicio del sexenio de Claudia Sheinbaum, todavía no logramos explicarnos qué pasó y en qué país vivimos: si es otro o el mismo que era la semana pasada o hace seis años; si ya había cambiado y apenas lo notamos o si cambió por completo en ese instante; incluso si siempre fue el mismo que se manifestó esa noche frente a nuestros ojos incrédulos. De nuevo, una paradoja: lo nuevo es también lo histórico, el presente es también pasado, el país es y no es el mismo que era, nosotros somos y no somos quienes creíamos.

Ilustración: David Peón

Nos sorprendimos porque, entonces y ahora, aún no hemos terminado de entender el fenómeno frente al que estamos. Existe un déficit, producto quizá de una franca evasión, en nuestra aproximación a los acontecimientos públicos que nos deja con explicaciones que algo tienen de válidas, pero que también suelen ser tangenciales y por lo tanto ciegas ante el contexto que vivimos. Es como si, al describir un árbol, fuéramos infinitamente precisos en lo que toca a las hojas y flores, pero no dijéramos nada respecto al tronco y la raíz que lo nutre.

En las semanas que siguieron a la elección de este verano, surgió en el debate público una explicación sobre lo sucedido el 2 de junio: a saber, que estamos frente al fin de una etapa de la vida nacional, pues nos enfrentamos a un “cambio de régimen”. Es el fin del proceso que ha sido llamado Transición a la Democracia: un largo esfuerzo de renovación política —iniciado en 1977, 1994, 1997 o 2000, dependiendo a quién se le pregunte— que mediante reformas electorales logró formalizar la pluralidad política mexicana en un sistema de partidos, leyes, normas e instituciones propias de una democracia liberal. Todo aquello resultó frágil: para echar por tierra el legado de la Transición y erosionar la democracia, bastó un hombre armado con una narrativa populista y en posesión de una personalidad autoritaria, quien se las arregló para derrocar todos los contrapesos con los que estos partidos, leyes e instituciones pretendían limitar su ambición de poder unipersonal.

Estas explicaciones se centran en la personalidad de Andrés Manuel López Obrador. Al hacerlo, evaden la pregunta política más urgente de nuestro momento: ¿cuál es el contexto, la historia, la sociedad que hicieron que fuera posible el surgimiento de una figura como López Obrador? Centrarnos en el expresidente, su biografía, su personalidad nos permite evadirnos del dato más relevante: que la nación a la que López Obrador se dirige cuando habla responde a su arenga de forma contundente. Frente a estos dos factores —por un lado, un individuo con una personalidad autoritaria; por otro, una población que vota en masa por este individuo, su partido y sus sucesores— la pregunta más importante no versa sobre la personalidad del individuo, sino sobre la cuestión de por qué tantos mexicanos están dispuestos a seguirlo en su marcha hacia la concentración del poder.

A manera no de denuncia o reclamo, sino de estudio de caso de las cegueras de nuestra crítica política, que fueron especialmente graves en los meses antes y después de la elección, va un pasaje escrito por Jesús Silva-Herzog Márquez, publicado en la edición impresa de esta revista en mayo de 2024:

El sexenio de López Obrador fue un juego de vencidas entre la vocación autoritaria de la Presidencia y la resistencia de una arquitectura pluralista. Era, claramente, una lucha contra el reloj. Durante un tiempo parecía que la democracia constitucional lograba imponerse. Pero seis años son demasiados y las detonaciones sucesivas que iban derribando las columnas esenciales, las continuas ocupaciones de los espacios de neutralidad terminaron teniendo impacto en el corazón del régimen democrático.

En este análisis de nuestra tragedia griega existen solamente dos actores (López Obrador y las instituciones); queda ausente el héroe trágico (los electores) y, por lo tanto, la trama de la obra (las motivaciones que llevan al héroe trágico, que busca hacer el bien, a convertirse sin saberlo en el artífice de su propio destino funesto). Para esbozar una nueva lectura del drama que con suerte nos cure de este tipo de ceguera, pienso tomar como punto de partida un hecho tan notorio que resulta fácil de conceder: nos encontramos, no sólo en México sino también a nivel global, frente a una batalla entre el liberalismo y el populismo, tanto de izquierda o de derecha, entendido como modelo alternativo al viejo orden político de separación de poderes, Estado de Derecho y democracia electoral. Cualquier análisis localista y ahistórico —como lo fueron muchos de los que aparecieron inmediatamente antes y después de la elección y como lo siguen siendo hasta el día de hoy— será por necesidad superficial.

Si queremos entender lo sucedido en México el 2 de junio, debemos empezar por verlo como el correlato actual y local del contexto histórico y global en el que estamos inscritos. A pesar del aparente consenso respecto a que el 2 de junio fue un día histórico, y a pesar también de que el término “histórico” ha sido usado ad nauseam, muy pocos hemos aquilatado el carácter y las consecuencias propiamente históricas del fenómeno del que somos testigos. Hemos entendido el término “histórico” como un adjetivo que la enciclopedia o los libros de texto gratuito emplean como sinónimo de “muy importante”: un asunto para el almanaque o la trivia. Pero, en la mayoría de los casos, no entendemos que, cuando un evento es verdaderamente histórico, se trata de un parteaguas que inaugura un antes y un después; que modifica la realidad y trae a la luz aquello que antes era inimaginable. Parafraseando al filósofo francés Alain Badiou: un evento histórico ocurre cuando, mediante las reglas vigentes, se inauguran nuevas reglas que realizan posibilidades que antes eran imprevisibles. El evento histórico inaugura una realidad inconmensurable a la anterior. Los actores sociales, siendo los mismos, han cambiado; el horizonte de posibilidades es nuevo; se ha difuminado la línea que divide lo factible de lo impensable.

Things fall apart —escribió W. B. Yeats— the center cannot hold [….] surely some revelation is at hand”. Pero para acceder a esta revelación, esta luz que nos permitirá ver lo que antes no veíamos y así entender la lógica que se esconde detrás del aparente caos del desmoronamiento de las cosas del mundo del ayer, tenemos que entender el contexto histórico que produjo la realidad en la que estamos. Sólo así podremos comprender lo que se decantó el día de la elección y lo que se desatará en el sexenio que comienza, además de cómo cambiaron los actores y qué nuevas posibilidades se abrieron; de la misma manera que Edipo entendió quién era él y cuál era su destino sólo después de enterarse de dónde venía, quiénes eran su padre y su madre.

Pero, ¿en qué consiste nuestra evasión? ¿Qué es lo que hemos omitido ver? ¿De qué análisis escapamos? En el mismo texto Silva-Herzog abunda:

La radiografía que Theodor Adorno hizo de la personalidad autoritaria a la mitad del siglo XX es un retrato hablado de López Obrador. El autoritario no adapta sus ideas a la realidad, no cambia de estrategia, aunque el mundo cambie a su alrededor. A las sorpresas reacciona con el único resorte que conoce: la terquedad. Su sistema de creencias es a tal punto hermético que muestra un desinterés total por el efecto de sus actos. Creyéndose infalible, mirándose como ejemplo de moralidad, percibe cualquier discrepancia como una deslealtad imperdonable. Y, al mismo tiempo, puede exculpar los peores abusos si alguien le rinde pleitesía. Para el autoritario no hay más que sumisión o deslealtad. Quien discrepa o, incluso, quien duda, es traidor. 2018 no sólo le entregó la Presidencia a un hombre de este perfil, sino que le entregó un poder que ningún otro hombre había tenido desde fines del siglo pasado. Mayoría en el Congreso y, sobre todo, una oposición molida y extraviada. López Obrador tuvo por ello el camino despejado para rehacer el marco de la política como ningún otro presidente lo ha tenido. No tenía ninguna herencia que cuidar y se proponía explícitamente cambiar el régimen.

Esta es, por así decirlo, una lectura antiadorniana de Adorno. Adorno es quizá el más conocido pensador de la Escuela de Frankfurt, la corriente filosófica que surgió del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Goethe. Esta escuela se caracterizó por la crítica a la tradición filosófica de su tiempo, a la que reprochaban por referirse siempre al individuo y rara vez a la sociedad. El ejemplo más famoso es el de Jürgen Habermas, discípulo de Adorno, quién se apropió de forma crítica del racionalismo individualista de Kant para transformarlo en la “razón comunicativa", que es inminentemente social. Este es el mismo gesto de Adorno respecto a Freud en el libro que cita Silva-Herzog. La personalidad autoritaria es un clásico de la psicología social cuya línea conductora es una apropiación crítica de Freud que busca corregir el carácter individualista prevalente en el psicoanálisis, para transformar a esa escuela de pensamiento en una teoría de la sociedad.

Las primeras víctimas en Adorno de este tránsito de lo individual a lo social son, precisamente, las tipologías de los rasgos de la personalidad. La personalidad autoritaria no puede entenderse como un atributo del sujeto que lo conduce a comportarse de una manera determinada, como si se tratara de un signo zodiacal o de un quiz de personalidad publicado en una revista para adolescentes. Por el contrario, es el producto de un complejo contexto histórico, en el que las relaciones sociales de poder juegan un papel fundamental. Dice Adorno: “Desde el punto de vista de la teoría dinámica de la personalidad, se objeta que las tipologías tienden a encasillar y reducir características flexibles estáticas, cuasi biológicas, mientras que omiten, sobre todo, el impacto de factores históricos y sociales”.1 Sin embargo no las rechaza completamente, siempre y cuando sean entendidas de una manera crítica y social: “Nuestras tipologías tienen que ser críticas, en el sentido de que comprendan la tipificación de las personas como una función social. Mientras más rígido sea un tipo, más profundo lleva inscritas las marcas de los sellos sociales”.2

¿Qué es la personalidad autoritaria para Adorno? A riesgo de simplificar, la personalidad autoritaria consiste en la búsqueda de control frente a una amenaza social.3 En el contexto en el que escribe Adorno, la personalidad autoritaria es la reacción nacionalista frente a la población judía en la Alemania de la década de 1920. La figura nos resulta familiar en la actual política antimigrante estadunidense y europea. En la parte más propiamente psicoanalítica de su argumento, Adorno describe la personalidad autoritaria como la reacción sádica frente al miedo a la pérdida de control, que consiste en oprimir a la amenaza externa, o a los chivos expiatorios que la encarnan en nuestra fantasía, incluso si debemos pagar el costo masoquista de subordinarnos a un orden autoritario.

En la descripción de Adorno, los atributos individuales como la “terquedad” o la “infalibilidad” no juegan ningún papel. La personalidad autoritaria no es un rasgo de los individuos, sino de las sociedades. No es el producto de la biografía, sino de la historia. No es un retrato del líder, sino de sus seguidores. Lo relevante para entender el 2 de junio, entonces, no es la psicología de una u otra persona: no es AMLO, sino los votantes de Morena; no es el Gran Hombre o la Gran Mujer, sino el país y su realidad material. La pregunta que se evade al convertir a Adorno en un psicoanalista amateur, que diagnostica las patologías de personas que nunca han sido sus paciente, entonces, es la siguiente: ¿por qué tantos votaron por un proyecto liderado por una persona a quien atribuimos una personalidad aberrante? ¿Cuál es el contexto político mexicano que dio pie al surgimiento de nuestra personalidad autoritaria colectiva? ¿Cuál es la amenaza y cuál es la pérdida de control de la que esta patología social es una reacción maladaptativa?

Antes de saltar a la República de Weimar, quizá resulte útil buscar casos parecidos al nuestro en países que hoy atraviesan circunstancias similares a la que enfrentamos Existe una explicación compartida, que parte de Freud y pasa por Adorno, Lacan y Laclau, que trata de entender las motivaciones de quienes votan por líderes que, a pesar de haber sido electos democráticamente, buscan concertar todo el poder en sí mismos. Para Laclau, la condición de posibilidad para el surgimiento de los populismos tan generalizados en América Latina, de los cuales el momento que vivimos en México es un caso ejemplar, es la presencia en la sociedad de un mecanismo de defensa que Freud describe en Psicología de masas y el análisis del Yo: la identificación.

La identificación ocurre en un momento histórico concreto caracterizado por relaciones sociales de poder específicas. A riesgo de simplificar, este mecanismo de defensa se da de la siguiente manera. Los sujetos tienen una idea del tipo de personas que aspiran a ser, a la que Freud denomina su “Yo ideal”, en la que depositan una gran inversión emocional. Pero las personas también tienen un “Yo fáctico”: la persona que empíricamente son. Cuando las circunstancias históricas son tales que la distancia entre el “Yo ideal” y el “Yo real” es muy grande —por ejemplo, porque muchos grupos de personas se sienten marginadas o frustradas— y las personas que experimentan esta distancia entre quienes son y quienes les gustaría ser son capaces de señalar a un responsable real o imaginario de su situación, tenemos el caldo de cultivo para la identificación, y por lo tanto para el populismo. La identificación colectiva ocurre cuando un líder crea un vínculo (“articula”, diría Laclau) entre estos individuos infelices, de manera que estos se percatan de que su marginación (sus “demandas”, las llama Laclau) no es un problema privado sino uno social. Cuando el líder señala a quienes los marginados identifican como sus opresores, los culpables de sus agravios, el círculo de la identificación está completo.

Para resarcir sus egos dañados y reparar la idea rota que tienen de sí mismos, los individuos idealizan y se identifican con el líder, a quien atribuyen las características que quisieran tener. De esta forma, viven de manera vicaria la posibilidad de ser todo lo que quisieran ser y de reivindicar todos los agravios de los que se consideran víctimas. En su mente, el líder forma parte de ellos mismos. Adorno de nuevo: “Al hacer del líder su propio ideal el sujeto se ama a sí mismo, y por así decirlo, desaparecen las manchas de frustración y descontento que desfiguran la idea de su yo empírico”.4

La identificación parece una figura más relevante en el contexto mexicano que la personalidad autoritaria. Nos deja entender, no a López Obrador, sino a su vínculo con sus votantes. Cabe pensar que, en un país con los niveles de pobreza y marginación de México, un grupo amplio de personas se encontrara siempre en una situación de insatisfacción. No debería sorprendernos que se hayan identificado con un líder que no sólo enalteciera su dignidad y orgullo popular, sino que también encontraran en las élites al responsable de sus males. AMLO no se cansó de hablar de las élites corruptas, del racismo y del clasismo, de recrear rencillas con los adversarios más férreos de la historia de México, España y Estados Unidos —pleitos cuya memoria aún tiene eco, por lo que se ve, en un amplio sector de la población. He ahí el contexto idóneo para la identificación. Por eso un grupo amplio de personas viven las victorias y las derrotas de AMLO como propias y pueden perdonar y justificar sus errores y excesos: si los reconocieran como tales, algo de ellos mismos se rompería.

No hace falta recurrir al psicoanálisis o a la Escuela de Frankfurt para reconocer que en este momento de la historia, cuando el liberalismo se resquebraja y el populismo emerge, una de las motivaciones de los votantes es un complejo de profundos sentimientos que atañen a su dignidad y amor propio. Esto mismo apunta Michael Sandel en La tiranía del mérito, cuando explica que debe reconocerse que las motivaciones de los votantes que dan paso a los populismos provienen de “agravios no sólo económicos sino morales y culturales; no son sólo sobre los salarios y el empleo sino también sobre la estima social”.5

Vemos entonces que cambiar nuestra unidad de análisis del individuo a la sociedad no es una sofisticación metodológica, sino una con relevantes consecuencias prácticas. A partir del fenómeno de identificación, entonces, podemos interpretar mejor lo sucedido el 2 de junio y esbozar el mandato de la elección, así como ensayar algunos apuntes sobre el sexenio que comienza.

AMLO le habló a quienes sentían que nadie les hablaba, a quienes se sentían despreciados cada vez que se les tachaba de flojos por recibir programas sociales. Se dirigió a sus sentimientos más profundos, a su autoestima y dignidad. Al votar por ese proyecto, quienes se creían marginados levantaron la mano y mostraron que no podían ser ignorados. Así podemos ver el otro lado de la moneda de la elocuente frase con la que Silva-Herzog resume el sexenio de AMLO: no fue “un gobierno autoritario dentro de un régimen democrático”, sino un gobierno electo democráticamente por los habitantes de un país que ve en el populismo el camino a la redención de sus heridas psíquicas; un gobierno con el que votantes que se sentían marginados por los partidarios de la democracia liberal se sintieron identificados. El mandato de la elección, entendido como identificación, se manifiesta en el agravio de la marginación de la vida pública de una parte enorme de la población que exige que nunca más se gobierne sin ellos.

Pero la identificación puede ser al mismo tiempo la medicina y el veneno del obradorismo. Si bien el fenómeno de identificación explica las motivaciones del electorado, no por ello justifica la actuación de un líder que pretende representar a la totalidad del “pueblo”. Adorno señala que la identificación es una fantasía, una ensoñación cuya gran eficacia, pero también su enorme vulnerabilidad, reside en su naturaleza ficticia. La identificación, como los sueños, es transitoria: los anclajes de su eficacia simbólica pueden erosionarse muy pronto. Los votantes se identifican con el líder en tanto que éste los reivindica frente a las élites, pero no le han delegado aún ni su voluntad ni abdicado su propio bienestar en servicio de sus designios.

La identificación también muestra los límites interpretativos del mandato. No es el caso, como han argumentado tanto los obradoristas como sus críticos, que la elección haya sido un referéndum sobre un cambio de régimen. No lo fue ni concreta ni simbólicamente. La gente votó, en concreto, por la nueva presidenta; en lo simbólico, la identificación tiene un alcance reducido, pues su objeto no es Sheinbaum, sino la persona del expresidente. Con la persona: no con sus propuestas, acciones o errores. Por eso podemos ver alta popularidad presidencial y al mismo tiempo una alta desaprobación del gobierno sobre el que preside. Freud compara la identificación con el enamoramiento: los fenómenos son parecidos en tanto que, bajo su influencia, uno está dispuesto a hacerse de la vista gorda ante los defectos del objeto de nuestro amor. Por eso un sector amplio del electorado se siente profundamente vinculado con López Obrador y por tanto con Sheinbaum, pero al mismo tiempo es por lo general indiferente a sus propuestas. De no ser así, les habrían cobrado, por ejemplo, la militarización contra la que AMLO hizo campaña en 2018.

Silva-Herzog no es el único que ha intentado analizar la realidad política nacional a partir de la personalidad del líder. Esta aproximación tiene una larga data que tiene su origen en Daniel Cosío Villegas, y que tenía todo el sentido del mundo bajo el régimen autoritario del Partido Revolucionario Institucional. Pero tendríamos que reconsiderar la prevalencia de esta metodología ahora que la Transición ha llegado a su fin. Que en tiempos de democracia plena, como los que vivíamos en 2018, fuera posible que un solo hombre le imprimiera su carácter a la realidad nacional debiera haber sido la primera señal de alarma, pero no sobre su carácter, sino sobre la vulnerabilidad de nuestras instituciones y el corto alcance de nuestra Transición.

La administración de Sheinbaum tiene un mandato y una guía para el éxito: la reivindicación de la dignidad y la estima social de los sectores marginados, su inclusión en el goce de los derechos sociales y económicos. Pero la presidenta equivocará el camino si estima que su mandato consiste en ocupar la totalidad del espacio público. La reforma judicial es el mejor ejemplo: el cambio de reglas no se dio en las urnas, ni tampoco en la deliberación, sino en el contubernio y las alianzas de las que ni el más aferrado obradorista se enorgullece. Sheinbaum y los suyos se enfrentan a un dilema ético, pero también estratégico. En el momento que sus políticas públicas, como la reforma judicial, dejen de tener eficacia, se prueben fallidas, o que sean percibidos como aliados de la élite opresora, la ensoñación identitaria habrá terminado.

La oposición partidista es parte del problema y no de la solución. Hará bien en reconocer la complejidad del escenario, fortalecer el músculo de sus organizaciones y ponerlas al servicio de un liderazgo con arraigo en la sociedad. El momento histórico requiere de verdaderos contrastes. El Partido Acción Nacional, de abrirse a quienes antes rechazaba, entrará con Sansón a las patadas en una competencia que difícilmente saldrá airoso. Más le vale reconocerse como un partido de cuadros que de masas y volver a sus orígenes civilistas y de democracia cristiana. De manera similar, es deseable que los cuadros liberales y socialdemócratas del PRI y de Movimiento Ciudadano logren abrirse un camino en las cúpulas partidistas que no han sabido mostrar a sus organizaciones como un contraste verdadero frente a Morena. En esta disputa entre populismo y liberalismo, una defensa con buenos argumentos de lo que se logró en el periodo de la Transición, integrada a los reclamos sociales actuales para servir de contrapunto a los defectos populistas, tiene todo el espacio discursivo por ganar.

La desaparición del Partido de la Revolución Democrática, heredero del Partido Comunista, es un testimonio del final de la Transición. Las reformas electorales de los años setenta, ochenta y noventa inauguraron esta época al legalizar el registro del Partido Comunista para reconocer así la pluralidad política nacional. La seña de orgullo y el mayor logro de nuestra alternancia ha sido siempre el pluralismo. Resulta significativo que la Transición haya terminado al mismo tiempo que el PRD. Quizá nuestras instituciones confundieron pluralismo con pluripartidismo, y por eso el electorado manifestó su sentimiento de marginación, su resentimiento ante los partidos tradicionales que no los incluían.

Una de las primeras frases de La región más transparente de Carlos Fuentes,la novela que mejor explica el México que se enfrenta al fin de un periodo histórico, reza así: “En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”. El momento crucial en la estructura de toda tragedia es el “reconocimiento”, el momento en el que se pasa de la ignorancia a la verdad, cuando comenzamos a ver aquello que siempre estuvo frente a nosotros, pero que la hubris nos impedía ver. Así, dejemos por un momento a los personajes y a las instituciones y volvamos a ver a la sociedad —sus dolores, sus virtudes— para entender el país en el que habrán de vivir nuestros hijos.

 

José Ahumada Castillo
Analista político


1 Adorno, Theodor W., y coautores, The Authoritarian Personality. Harper, 1950, p. 744.

2 Ibid., p.749.

3 Para más al respecto ver Bernstein, Jay M. Adorno’s Uncanny Analysis of Trump’s Authoritarian Personality”, Public Seminar, 5 de octubre de 2017

4 Adorno, Theodor W., “Freudian Theory and the Pattern of Fascist Propaganda”, The Culture Industry: Selected Essays on Mass Culture, Routledge, 1991, pp. 132-157. Originalmente publicado en 1951.

5 Sandel, Michael J., The Tyranny of Merit: What’s Become of the Common Good?, Farrar, Straus and Giroux, 2020, p. 2.

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Publicado en: Política