La política del desencanto: entre extremas derechas y disentimientos nacionales

En las elecciones parlamentarias del pasado 25 de septiembre en Italia, triunfó la extrema derecha, encabezada por Giorgia Meloni. Como consecuencia, Meloni estará llevando su visión nacionalista al palacio Chigi, casa del gobierno italiano, ubicado en Roma. Tras su reciente victoria en Italia, circuló en redes un discurso que Meloni dio en Marbella en apoyo a una candidata del partido VOX. Discurso de maniqueísmos, de sí y no, reminiscente a esa obsesión por los opuestos de Carl Schmitt reflejada en su política dualista del amigo-enemigo. “Sí a la familia natural, no a los lobbies LGTBI; sí a la identidad sexual, no a la ideología de género; sí a la cultura de la vida, no al abismo de la muerte; sí a la diversidad de la cruz, no a la violencia islamista; sí a las fronteras seguras, no a la inmigración masiva”. También, dirigiéndose a las masas andaluzas en el Auditorio del Parque de la Constitución de Marbella, habló sobre la necesidad de defender la identidad nacional frente al globalismo y la necesidad de regresar a la defensa de los intereses nacionales.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Y ante tan difusa y repetida emergencia de figuras políticas con discursos xenófobos y nacionalistas, uno no termina más que preguntándose si no es ocioso ya hablar solamente de populismo o de extremas derechas. Hay un desencanto tan enraizado (y mal canalizado) en nuestras democracias que parece exigir preguntas y exploraciones más allá de la política. Y en este rubro, las exploraciones de Charles Taylor tienen mucho que aportar.1 La obra de este filósofo canadiense resalta con precisión cómo la transición de un orden regido alrededor de Dios a un orden secular ha dejado mucho qué desear y muchos vacíos sin llenar. En este segundo orden, bajo los auspicios iniciales de la Ilustración Europea, el cartesianismo y las teorías del liberalismo clásico, se consolidó gradualmente la idea de que nuestras sociedades eran maleables y que, bajo el nuevo orden racional del ser humano, se podía erigir sociedades ideales donde antes avasallaba la pobreza, la desigualdad y la inseguridad. El orden y progreso de Comte. El positivismo científico adoptó cierta especie de darwinismo social donde nuestras civilizaciones evolucionarían necesariamente a etapas de bienestar y felicidad generalizadas.

Puestas en práctica, sin embargo, estas teorías tuvieron sus primeros tropiezos. Crisis mundiales como la Gran Depresión de 1929. Dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Pero al finalizar esta última se vaticinó que, ahora sí, se tenía la ruta para llegar a nuestras versiones ideales. Las cartografías de nuestro progreso fueron ahora impulsadas por el discurso del desarrollo y la erradicación de la pobreza. Se habló de una Nueva Gestión Pública, de métodos (otra vez) racionales que corregirían equívocos anteriores. Y se habló también del comercio internacional, de Naciones Unidas, teorías de interdependencia económica y de inversión extranjera en el marco de correlaciones entre democracia y desarrollo hasta que se dio la Gran Recesión de 2008 y, de forma más reciente, la crisis económica resultante del Gran Encierro tras la pandemia. Y resulta no sólo que seguimos con índices preocupantes de pobreza extrema y con crecientes desigualdades socioeconómicas, sino que se han aumentado los testimonios de retrocesos o regresiones democráticas (democratic backsliding) a nivel global.2 Quisimos jugar a dioses, a dioses del desarrollo racional, y fracasamos. Ese fracaso parece estar más presente que nunca en el desencanto generalizado de la ciudadanía, un desencanto además que toma espíritus belicistas de todos contra todos con base ya sea en orígenes étnicos, nacionalidades o clases sociales.

Taylor también ha asociado este problema en el que ciudadanos confunden valores individuales con valores individualistas, y liberalismos con libertinajes, en búsqueda de una autenticidad que termina amenazando los cimientos de la vida en comunidad.3 En cierto sentido y como respuesta a diversas crisis que se enfrentan actualmente, los Estados contemporáneos parecen estar replicando estos mismos tropiezos en una búsqueda mal concebida de autenticidad, donde la comunidad internacional también se ha visto amenazada por posiciones aislacionistas, individualistas y nacionalistas.

Lo que los líderes nacionalistas (y sus seguidores) se rehúsan a reconocer es que nuestras nacionalidades están cada vez más escindidas y dispersas. Ahora el mundo está repleto de esos Kafkas que relata Claudio Magris. Kafkas que no logran explicar a oficiales o agentes migratorios cuál es su nacionalidad. Como lo retrata Magris, “Kafka ha nacido en Praga, pero no es checo; es ciudadano austríaco, pero el oficial no lo puede identificar simplemente como austriaco; es judío, pero un judío desarraigado”. “Kafka —concluye atinadamente Magris— es en sí mismo una frontera: su cuerpo es un lugar en el que se encuentran, se cruzan y se superponen, como cicatrices, muchas fronteras diversas”.4

Cuántos no somos ahora este testimonio de Kafka deambulando por el mundo con fronteras diversas, ya sea por pasados consanguíneos, traslados profesionales o crisis socioeconómicas. La ciudadanía global del también filósofo canadiense James Tully cada vez exhibe mayor relevancia.5 Pero este análisis o aceptación del fenómeno es lo que combaten ahora estas figuras asociadas con la extrema derecha, la ultraderecha o el neofascismo. El problema de sus discursos belicistas, entre muchos otros problemas más, es que pretenden atribuirles a fronteras nacionales un hermetismo que ya es, prácticamente, cosa del pasado. Y esto último es sólo una de tantas muestras de cómo el Estado se ha quedado rezagado ante la evolución del orden social.6 Si volvemos a Huntington, ahora lo que prevalece es el desorden político  —y no el orden— para las sociedades en cambio. Los fenómenos sociales parecen estar a años luz de la capacidad de adaptación y respuesta de nuestros sistemas políticos.

Y, curiosamente, fue Samuel Huntington quien presagió, desde el caso particular de Estados Unidos, cómo la migración se convertiría en uno de los principales retos de los llamados Estados-Nación en este nuevo siglo. “¿Quiénes somos?”, se preguntó Huntington en su libro.7 Las nuevas teorías institucionalistas (y constructivistas) del Estado sostenían que el imaginario colectivo de la nación y la asociación del ciudadano con su Estado-Nación era otro de los elementos esenciales del estado moderno.8 Sin embargo, es este último elemento el que resalta Huntington como uno de los principales retos del Estado contemporáneo: la asociación ciudadano-Estado mediada tanto por imaginarios o discursos políticos como por cuestiones de nacionalidad. 

El fenómeno migratorio a nivel global es sólo una muestra de este fracaso generalizado del Estado moderno. Pero hay muchos otros rubros más: la pobreza, la creciente brecha socioeconómica, la rendición de cuentas, la crisis del cambio climático. Por eso también hemos visto el desencanto y la decepción asumida como bandera por filósofos, novelistas y poetas alrededor del mundo, porque éstos son, como dice Charles Taylor, los principales “exponentes ilustrativos” de nuestro hastío, relatores de viva voce de nuestro fracaso, tanto colectivo como individual, por encontrar sentido en esta nueva etapa de nuestra civilización y de nuestras naciones. Y por ello surgen ya no sentimientos de la nación, sino disentimientos de ella como poemas generacionales. El poeta Javier Raya —que en paz descanse— ya no está entre nosotros, pero su obra seguirá retumbando en “tantos y tantos metros cuadrados de disentimiento” mientras los problemas de inseguridad, de pobreza y de salud no se resuelvan en ésta y otras naciones.

 

Walid Tijerina
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León


1 Taylor, C. A Secular Age, Harvard University Press, 2007.

2 Ver: Waldner, D., y Lust, E. “Unwelcome change: Coming to terms with democratic backsliding”, Annual Review of Political Science 21.1, 2018, pp. 93-113.

3 Taylor, C. The Ethics of Authenticity, Harvard University Press, 1992.

4 Magris, C. “Escrituras de frontera”, Revista de occidente, 2007, vol. 316, p. 5.

5 Tully, J. On global citizenship. Bloomsbury Academic, 2014.

6 Huntington, S. P. Political Order in Changing Societies. Yale University Press, 1968.

7 Huntington, S. P. Who are we?: The Challenges to America’s National identity. Simon and Schuster, 2004.

8 Jessop, B. The State. Past, Present, Future. Polity Press, 2016, p. 49.

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Publicado en: Política