La traición al ánimo de cambio y la necesidad de conciliar

A casi cinco años del gobierno de López Obrador y ya metidos de lleno en el proceso de la sucesión presidencial de 2024, me interesa discutir qué ha hecho el obradorismo con el rechazo de un sector de la sociedad —predominantemente las clases populares— al proyecto derrotado en las urnas: el de la transición democrática y del relato neoliberal. También me interesa perfilar si hay riesgos de que este ánimo de cambio decaiga y aventurar ideas para su persistencia más allá de la figura de Andrés Manuel López Obrador.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Desde que Morena se fundó como partido político en 2014 su avance territorial ha sido indiscutible. Luego de las pasadas elecciones tres de cada cuatro mexicanos viven en entidades gobernadas por Morena. La victoria morenista en el Estado de México se perfilaba desde las elecciones de 2017, cuando el priista Alfredo del Mazo derrotó a la ahora gobernadora por sólo dos puntos porcentuales. Considero que este buen resultado respondió a tres factores. En primer lugar, el perfil de Delfina Gómez era fresco frente al del entonces candidato priista Alfredo del Mazo, heredero de las élites políticas que hasta este año habían gobernado la entidad por casi un siglo. Además, tenía una historia de vida con la que muchos mexicanos podían identificarse: maestra de primaria, hija de padre albañil y madre costurera. En segundo lugar, ya era claro el desgaste del PRI como marca política, lo cual sólo se ha profundizado en los últimos años. Finalmente, desde 2017 el rechazo de un sector de la sociedad ya permeaba en la gran mayoría de los mexicanos y no hizo más que confirmarse en 2018.

Así pues, el reciente triunfo de Delfina Gómez era esperado. Sin embargo, hay que anotar que, a diferencia de 2017, en esta elección pesó mucho menos el perfil de la candidata, pues ya contaba con un paso por la política nacional como titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), donde poco hizo para combatir el rezago educativo generado por la pandemia, tomó decisiones cuestionables como la cancelación de las escuelas de tiempo completo e implementó el programa La Escuela es Nuestra, el cual ha sido señalado por casos de corrupción. En ese sentido, la victoria de la maestra Delfina respondió más al ánimo de cambio reflejado en la alta aprobación del presidente López Obrador, así como a la pésima imagen del PRI. Muy distinta fue la elección de Coahuila, donde la división al interior de Morena y sus aliados dejaron el camino abierto al candidato de la alianza PRI-PAN-PRD, Manolo Jiménez.

Pese a la derrota de Coahuila, la victoria del Estado de México deja fortalecido al oficialismo rumbo a las elecciones de 2024 y consolida su avance territorial. Queda preguntarse si los triunfos electorales contribuyen por sí solos a la persistencia del ánimo de cambio. Me gustaría tratar de responder esa pregunta con un breve recuento de lo que sucedió en las elecciones de mi pueblo. En 2021, en Atlautla, Estado de México, las elecciones federales coincidieron con las elecciones municipales. Ahí, los comicios municipales despiertan mayor interés, a veces más que los presidenciales y ni se diga de los de gobernador.

El triunfo de Morena en mi municipio era bastante predecible, más por el ánimo de cambio que por el carisma del candidato. Pese a no ser un candidato brillante, tenía atributos que lo hacían compatible con el discurso de Morena: joven, sin participación previa en la política municipal y sin historial de militancia en otros partidos. Salvo algunos fundadores de Morena en Atlautla que le reprochaban no haber repartido el periódico Regeneración antes que ellos, para la mayoría de los atlautlenses el joven morenista se trataba de un candidato fresco, que no era de los mismos de siempre. El día de las elecciones el candidato de Morena superó de manera contundente a su más cercana competidora, la candidata del PRI quien, además de caminar con el desprestigio de su partido, cargaba con el hecho de ya haber sido presidenta municipal.

Debido a unas pintas del equipo de campaña del candidato de Morena, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación anuló las elecciones al considerar que se había ejercido violencia política de género en contra de la candidata del PRI. Esta resolución tuvo el doble efecto de aumentar el antipriismo entre los atlautlenses y de alimentar las versiones que concedían demasiado poder a la candidata priista,1 pues se decía que sus contactos de arriba operaron la anulación de los comicios. En estas condiciones lo más esperable era que las elecciones extraordinarias dieran nuevamente el triunfo a Morena, pero lo impidieron una serie de malas decisiones del partido que molestaron a la militancia local y desencantaron al pueblo en general.

Para las elecciones extraordinarias el candidato de Morena cedió la candidatura al presidente municipal en funciones, que buscaba su reelección con el mismo partido. A diferencia del primer candidato, que era nuevo en la política municipal, el segundo ya había sido candidato por el PAN en dos ocasiones y consiguió el triunfo hasta 2018 con un efímero partido local. Nunca había militado en el obradorismo, lo cual, sumado a que era visto como parte de los mismos de siempre, lo hacía un candidato poco atractivo tanto para la militancia morenista como para los atlautlenses en general. El resultado de estas decisiones de Morena fue que —de forma sorpresiva— el descontento con el PRI lo capitalizó el candidato del PRD, quien ya había sido presidente municipal. Así termina la crónica de una derrota autoinfligida de Morena.

Con el relato de mi pueblo he querido mostrar que el ánimo de cambio no basta por sí solo para que Morena siga acumulando victorias electorales. Esto es más evidente en procesos locales, pues se impide que el ánimo de cambio nacional sirva de velo para cubrir los descontentos y agravios locales. Si de buscar lecciones se tratara, considero que Morena debería volver a las elecciones de 2021 y 2022 para sacudirse un poco el triunfalismo que hoy lo rodea. Lo sucedido en Atlautla seguramente se replica en muchos otros municipios a lo largo del país, por no mencionar las derrotas estatales de Nuevo León (con Clara Luz Flores), Durango (con Marina Vitela), así como el avance de la oposición en diversas alcaldías de la Ciudad de México. Se me podrá rebatir que los casos que refiero son episodios aislados, que los árboles no me dejan ver el bosque completo. Elijo ver los árboles.

Sin embargo, lo más interesante es que el presidente López Obrador y su partido han hecho muy poco con el ánimo de cambio, si no es que ya lo han traicionado. No exagero al decir que el triunfo de López Obrador fue fundacional, en el sentido de que era un claro rompimiento con el pasado. La llegada de la izquierda a la Presidencia se presentaba no como una segunda transición democrática, sino como la culminación de las luchas que permitieron la alternancia partidista en el 2000. Su mandato era formular algo distinto al modelo neoliberal, pues la democracia sabía a poco en un país herido por profundas desigualdades. Lo que ha ofrecido el obradorismo, en cambio, ha sido el estancamiento en viejas rencillas que han puesto en riesgo algunos logros del régimen de la transición, además de que en varios aspectos el neoliberalismo sólo se ha profundizado.

El gobierno de López Obrador no ha sido antineoliberal ni populista,2 si por populismo entendemos la construcción de un sujeto colectivo a partir de “la conversión de dolores en agravios, y de agravios en demandas”.3 Su victoria en 2018 no sólo fue gracias al rechazo del régimen de la transición y al proyecto neoliberal, sino a la promesa de atender los dolores de la gente —pienso, sobre todo, en las personas víctimas de la violencia o en los familiares de desaparecidos—. Ya se superó la cifra de los 40 000 desaparecidos en este sexenio y poco se habla de ello desde el gobierno. Sorprende que un presidente que presume conocer el territorio no entienda que la violencia —aquí parafraseo a Fernando Escalante Gonzalbo— es el hecho político de nuestro tiempo. Me temo que para el presidente y su partido el conocimiento del territorio se limita al reparto del periódico Regeneración y a la pinta de bardas de apoyo a su gobierno.

En lugar de la construcción de un nuevo sujeto colectivo que enarbole los dolores de la gente, lo que ha ofrecido el presidente es una retórica encendida que se presume radical. Es una retórica estéril: no por confrontativa, sino por pueril e inocua. El presidente ha elegido confrontarse con medios de comunicación e intelectuales a los que acusa de golpistas, así como con organizaciones sociales —sin reparar en que varias de las que señala tienen una historia de lucha invaluable—. Al confrontarlos, el presidente no libra ninguna batalla épica como a él le gustaría creer. Cito a Alberto Fernández: “Hay una carencia de ética en el hecho de librar batallas que en nada alteran lo injusto del sistema que se dice querer transformar”.4 En todo esto hay una traición al ánimo de cambio.

“La política estaba en todas partes, todos los días, y todo era inmediatamente político: los exámenes de la Universidad, las rivalidades literarias, lo que fuera. La política era casi todo y bien mirado era muy poca cosa”.5 Estas palabras con las que Fernando Escalante Gonzalbo describe lo que fue el fin de siglo en México podrían aplicarse al momento político que hoy se vive. Para unos, son tiempos estelares, inéditos. Para otros, son tiempos catastróficos y añoran un supuesto paraíso perdido. El presidente y su gobierno tienen una alta estima de sí mismos y de sus logros, pero con más ceguera la oposición sobreestima el que considera su legado derrotado. Son tiempos de desmesura.

Estamos instalados en un clima político más fértil para las narrativas que para la discusión de proyectos de nación. La oposición no termina de dimensionar su derrota política de 2018. Su agenda sólo se dirige a los pocos convencidos de que el régimen de la transición no tuvo falla alguna, de modo que habla el mismo lenguaje de la sociedad civil, los organismos autónomos y la democracia procedimental. No es que estos temas no importen, pero no interpelan a las mayorías y no sirven para entender el consenso popular en torno a la coalición encabezada por López Obrador. El presidente se ha lanzado contra algunos de los consensos de la transición sin alterar en lo más mínimo el modelo neoliberal, y en lugar de ello nos ha ofrecido un ramillete de frases efectistas y simplonas que pretenden definir su proyecto.

El partido se ha estancado en una retórica confrontativa y estéril. La falta de discusión de proyectos al interior de Morena hace más difícil la persistencia del ánimo de cambio en el mediano plazo. Sin plataforma para la discusión de proyectos, ofrecer posiciones y cargos a los aspirantes perdedores de la encuesta que definirá al candidato presidencial, más que una jugada maestra —como la denominó Jorge Zepeda Patterson—6 que garantiza la unidad y el nacimiento de una corriente política por encima de las personas y los cargos, parece el simple reparto de cuotas. Un obradorismo sin López Obrador sólo es posible si se discuten proyectos entre los posibles sucesores y con una política de conciliación que incorpore sectores de la oposición. La pregunta es cómo hacer que la política de conciliación no sea sólo reciclaje de los mismos de siempre en detrimento de los militantes de base y los millones de simpatizantes del obradorismo.

Uno de los éxitos de López Obrador al haber adelantado la sucesión presidencial es que el proceso ha sido acaparado por sus posibles sucesores. Los partidos de la oposición no tienen claros sus candidatos y apenas han hecho planteamientos sobre el método con que habrán de seleccionarlo. Si a esto le sumamos el avance territorial de Morena, pareciera que desde 2018 el partido del obradorismo no ha atravesado ninguna crisis. Esto no fue así en 2020, cuando el partido estaba sumido en disputas internas por la renovación de su dirigencia. Se reclamaba la oligarquización de Morena al alejarse de sus bases, y una de las salidas que se proponía era la apertura del partido con institucionalización.7 La apertura acercaría el partido al pueblo y la institucionalización evitaría la formación de tribus, el reciclaje de la clase política y el control del partido por parte de las cúpulas.

Retomo el planteamiento de la apertura institucionalizada, pero voy un paso más allá y sugiero la necesidad de la conciliación del obradorismo con la oposición, en particular con aquellos con la inteligencia política para reconocer como un hecho irreversible de este gobierno aspectos como la política social y, al mismo tiempo, plantear la necesidad de discutir temas como una política de seguridad y de salud más allá de colores partidistas. Se trata de un acuerdo nacional que acepte que los grandes problemas del país sólo se solucionarán con una visión de Estado que trascienda la lógica de cada gobierno. Sólo así, con la coalición obradorista a la cabeza, se conseguirá la estabilización de un nuevo régimen.

Para concluir, cabe preguntarnos quién de los posibles sucesores del presidente tendrá la estatura política para conciliar.

No tengo una respuesta para esto, pero sí estoy seguro de que, para consolidar el nuevo régimen a partir de la conciliación, al igual que el presidente de La conspiración de la fortuna de Aguilar Camín, López Obrador tendrá que reconocer frente a alguna de sus llamadas corcholatas: “Mi voluntad te pertenece por entero. Pero mi voluntad no es mayor que la voluntad política del país”. Esperemos.

 

Emmanuel Rosas Chávez
Politólogo por la UNAM. Editor en la Revista Presente.


1 Quizá aquí estoy cayendo en el vicio de la política mexicana que Héctor Aguilar Camín ha llamado prilogía: hacer que todo se trate del PRI. Sin embargo, no creo exagerar al afirmar que todo el ánimo de cambio en mi pueblo se podía resumir en “sacar al PRI”. Véase Aguilar Camín, H.“Prilogía”, Milenio, 07 de octubre de 2021.

2 Garciamarín, H. “La Cuarta Transformación: ni populista ni antineoliberal”, nexos, 23 de junio de 2022

3 Ramírez Reyes, G. Populismo y democracia. Un esclarecimiento conceptual y el caso de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia, UNAM, Ciudad de México, 2019, p. 26. (Tesis de doctorado).

4 Fernández, A. “Los Kirchner frente a frente”, Nexos, 1 de diciembre de 2018.

5 Escalante Gonzalbo, F. “México, fin de siglo” en: Aguilar Camín, H., y Florescano, E. (eds.). Pensar en México, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.

6 Zepeda Patterson, J. “Una jugada maestra, AMLO resuelve la sucesión”, Milenio, 08 de junio de 2023.

7 Morales Oyarvide, C. “¿Adiós a MORENA?”, Este País, 01 de septiembre de 2020.

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Publicado en: Política