Algo que caracterizó la contienda del partido demócrata para determinar quién sería su candidato para enfrentar a Donald Trump en 2020 fue el enorme número de personas que participaron: en total hubo 29 precandidatos, incluyendo senadores, gobernadores, alcaldes, empresarios, multimillonarios, y hasta a la asesora espiritual de Oprah Winfrey. Pero poco a poco se fueron retirando tanto los candidatos menos relevantes y conocidos, así como los perfiles que más llamaron la atención, dígase candidatos como la senadora por California, Kamala Harris, el exalcalde de South Bend, Indiana y supuesto erudito, Pete Buttigieg, y la senadora por Massachusetts y experta en temas de bancarrota, Elizabeth Warren.
Al final sólo quedaban dos personas en la carrera, ambos hombres, heterosexuales, blancos y septuagenarios, pero con proyectos políticos diametralmente distintos. Por un lado, Bernie Sanders, el senador de Vermont que se identifica abiertamente como socialista y abandera causas como el Green New Deal, un programa de salud universal conocido como Medicare for All, y la legalización de la marihuana. En contraste, lo que Joe Biden, el vicepresidente de Barack Obama, le ofreció al electorado demócrata fue más un retorno al statu quo preTrump —del cual él fue uno de los principales arquitectos en sus más de cuarenta años en la política— abrazando un centrismo trillado y sin imaginación. Eventualmente, Sanders suspendió su campaña el 8 de abril, admitiendo que era “virtualmente imposible” vencer a su contrincante y despejándole la ruta a la nominación.
Una vez que quedó claro que Joe Biden sería el candidato demócrata a la presidencia, empezó la especulación sobre otro asunto de gran importancia, i.e. el o la running mate (compañero de fórmula y candidato a la vicepresidencia) cuyo nombre aparecerá junto al de Biden en la campaña y en las boletas. Si bien en cada ciclo electoral estadounidense ésta es una decisión estratégica considerable, tal como la decisión de Trump de nominar a Mike Pence para ganar el respaldo de los evangélicos en 2016, en el caso de Biden se vuelve aún más apremiante, pues en caso de derrotar a Trump en noviembre (lo cual según las encuestas y la reprobación de la respuesta del gobierno a la pandemia de covid-19, es lo más probable), se convertiría en el presidente más viejo en la historia de Estados Unidos con 78 años el día que tome posesión, batiendo el récord de Donald Trump de 70 años. Esto a su vez implica que, de terminar su primer periodo, Biden tendría 82 años en las elecciones de 2024, destacando aún más lo imperativo del rol de vicepresidente.

Ilustración: Víctor Solís
El 15 de marzo, en el último debate de los precandidatos demócratas, Biden anunció inequívocamente que nombraría a una mujer como su running mate, lo cual impactó tanto a la prensa nacional como a su único rival en el debate, Bernie Sanders. Irónicamente, Biden derrotó a varias mujeres en lo que fue el campo más diverso en la historia de las primarias demócratas, pero al dar este anuncio, abrió la puerta a la posibilidad de la primera vicepresidenta y por ende, tal vez a la primera presidenta de nuestro vecino del norte. Hubo quienes tacharon esta promesa de simple formulismo, una jugada política condescendiente hacia las mujeres para ganar sus votos sin tener que ofrecer políticas que protejan sus derechos, mientras que otros la aplaudieron como un triunfo de la representación de las mujeres, argumentando que reflejaba no sólo el futuro del partido demócrata, sino también de la política en Estados Unidos. Inmediatamente los medios de comunicación y expertos se dieron a la tarea de elaborar distintas listas y rankings sobre las mujeres que podrían ocupar el puesto, entre las que figuraron varias ex rivales de Biden, como Kamala Harris, Elizabeth Warren y Amy Klobuchar.
Como era de esperarse, dichas listas cambiaron con el tiempo, pero siempre estuvo incluida en ellas la mujer que el martes 11 de agosto fue anunciada como candidata a la vicepresidencia: Kamala Harris. Harris no tardó en aceptar la oferta públicamente en Twitter, expresando que “Joe Biden puede unir al pueblo americano porque ha pasado su vida luchando por nosotros”. Aunque los elogios y camaradería podrían hacernos pensar que Biden y Harris siempre han cooperado, la realidad es distinta.
Antes de suspender su campaña en diciembre de 2019, Harris era una de muchos precandidatos demócratas intentando destronar a Joe Biden como representante del ala centrista del partido, lo cual produjo una buena cantidad de momentos tensos y confrontaciones entre los dos. Quizás el más memorable fue cuando, en el debate demócrata de junio del año pasado, Harris pasó a la ofensiva después de que Biden se jactara de su capacidad para colaborar con personas que no pensaban igual que él, por lo cual Harris lo atacó por haber trabajado con senadores republicanos que apoyaban la segregación racial. Aclaró que no creía que Biden fuera racista, pero que “era hiriente escucharlo hablar de la reputación de dos senadores de los Estados Unidos que construyeron sus carreras sobre la segregación por raza en el país”, y le recordó que él trabajó con ellos para oponerse al busing, la política de los sesenta que consistía en trasladar a niños blancos y negros en autobuses a escuelas donde predominaba otra raza para favorecer la integración racial. Harris continuó compartiendo la anécdota de una niña negra de California, que fue parte de los primeros grupos en ser integrados con los niños blancos en las escuelas, sólo para revelar que se trataba de ella misma. “That little girl was me” o “esa niñita era yo”, se convirtió en la frase por la cual muchos analistas la consideraron la ganadora del debate. Este ataque demostró ser exitoso, pues inmediatamente después del debate, Harris subió en las encuestas considerablemente, prácticamente igualando a Bernie Sanders, mientras que Biden cayó algunos puntos.
Incluso antes de que empezaran los debates, y de que Biden siquiera anunciara formalmente sus intenciones de ser presidente, Harris ya había hecho algunas declaraciones inconvenientes para el precandidato. En Washington, Biden ha tenido una reputación desde hace años de “meter la pata”, lo cual le ganó el apodo de gaffe machine, algo así como una “máquina de osos”. Parte de estas meteduras de pata es que aparentemente Biden tiene dificultad respetando los límites personales de otras personas, especialmente mujeres y niñas, o haciendo comentarios a jóvenes sobre sus novias como “tienes buen gusto”. Lucy Flores, una candidata demócrata de Nevada, afirmó que en un encuentro con Joe Biden en 2014, él “se paró detrás de ella, puso sus manos sobre sus hombros, olió su cabello, y le plantó un beso en la cabeza”. Cuando a Kamala Harris le preguntaron su opinión de las mujeres que han aseverado que Biden las ha tocado sin su consentimiento o hecho sentir incómodas, declaró “les creo, y respeto que sean capaces de contar su historia y de tener el coraje de hacerlo”. Hace unos meses Tara Reade, quien era parte del equipo político de Biden en los 90, lo acusó de haberla agredido sexualmente, algo mucho más grave que las situaciones antes mencionadas. Esto pone a Harris en una situación peculiar, de la cual sin duda intentarán sacar provecho sus rivales políticos: o reafirma que les cree a las mujeres que se han presentado para hablar sobre sus experiencias con el antiguo vicepresidente, o defiende el carácter de su compañero de fórmula.
Entonces, ¿por qué a pesar de estos roces pasados, y del hecho de que la candidatura de Joe Biden les robó el oxígeno a otras campañas moderadas como la de Harris, la eligió para ser la próxima vicepresidenta? La respuesta es más simple de lo que uno esperaría: Kamala Harris juega para el mismo equipo que Joe Biden. El equipo que se encargó de bloquear las candidaturas progresistas de Bernie Sanders, Elizabeth Warren y Tulsi Gabbard. El equipo que desde el siglo pasado ha adoptado por completo la política e ideología neoliberales. El equipo que transformó a los demócratas de un partido proobrero a un partido proélites. El equipo que sustituyó la verdadera justicia social y económica, por apoyar nominalmente causas sociales progresistas sólo cuando resulta políticamente conveniente.1 El mismo equipo que tras la crisis financiera del 2008, decidió gastar cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes para rescatar a los mismos bancos que la causaron –Citigroup, JP Morgan Chase, Wells Fargo, etc.– mientras que miles de ciudadanos norteamericanos perdían sus ahorros y hogares. Harris y Biden son dos políticos de la misma cepa, por lo que no resulta sorprendente que la hayan seleccionado en lugar de otras alternativas femeninas a la izquierda del centro como Elizabeth Warren. El comentarista político Cenk Uygur de The Young Turks lo expresó sucinta y elocuentemente en un tuit: “Esto no es para restregárselos, es para explicar lo que sucederá de nuevo en el futuro – progresistas como @ewarren (Elizabeth Warren) intentando congraciarse con el grupo en el poder NUNCA funciona. Después de hacer todo lo que le pidieron, la rechazan de nuevo”.
El hecho de que Harris haya resultado la ganadora del concurso para convertirse en la compañera de fórmula de Biden, y con ello su posible ascenso a ocupar la Oficina Oval, sólo cementa lo que el triunfo de Biden al obtener la nominación demócrata ya sugería: la derrota de la izquierda del partido a manos de su facción corporativa. La élite del partido está empecinada en continuar con la política frívola y corporativa de la presidencia de Obama (pero ahora con su vicepresidente) y en convencer a su base de conformarse con lo que hay, de no imaginar que son posibles las políticas públicas ambiciosas como Medicare for All o la educación superior universal y gratuita. En efecto, una de las razones por las que el rol le viene como anillo al dedo es que Harris es la perfecta personificación del partido demócrata contemporáneo. La senadora de California ha sido muy exitosa al presentar una imagen suya que tiene poco que ver con los hechos.
Antes de ganar su escaño en el Senado en las elecciones de 2016, Harris ocupó los puestos de Fiscal General de California y Fiscal de Distrito en San Francisco. Kamala Harris se identifica como una “fiscal progresista” (palabras que suenan a oxímoron), pero incluso en un partido que supuestamente ha sido duro con el crimen, resaltan sus acciones. En 2010, cuando era fiscal de distrito de San Francisco, fue acusada de retener información sobre un técnico de laboratorio de la policía que estaba saboteando su trabajo y robando drogas del laboratorio, lo cual afectó negativamente al acusado del caso. El resultado fue que más de 600 casos manejados por ese técnico fueron desestimados. Por otra parte, Harris abogó a favor de una ley estatal en la cual los padres de niños que se ausentaran seguido en la primaria podían ser enjuiciados o multados por hasta 2,000 dólares. Los parámetros de dicha ley eran bastante estrictos, ya que un niño que llegara a clase 30 minutos tarde en más de tres días escolares, o un niño que perdiera más del 10 % de los días escolares sin una razón válida, entraba en esta categoría y sus padres podían ser acreedores a distintas multas y castigos, incluyendo un año de encarcelación. Los críticos de dicha ley se preocupaban de que afectaría desproporcionadamente a familias de bajos recursos, particularmente negras y latinas.
Existen muchos otros ejemplos de las tendencias severas de Kamala Harris. En 2014, después de que un juez federal dictaminó que la pena de muerte2 era anticonstitucional debido a los retrasos que podían durar décadas y a la incertidumbre de los condenados sobre cuándo serían ejecutados, Harris interpuso un recurso de apelación, argumentando que la decisión del juez “socavaba protecciones importantes que las cortes le otorgan a los acusados”. Actualmente hay 724 presos condenados a muerte en California, cuyos derechos Harris profesó defender cuando apeló el fallo del juez. Difícilmente se puede afirmar que defender la pena de muerte es señal de ser un “fiscal progresista”.
También en 2014, cuando Harris ya era Fiscal General, su rival republicano, Ron Gold, se declaró a favor de legalizar la marihuana para fines recreativos. Cuando un reportero le preguntó a Harris qué opinaba al respecto, respondió que Gold “tiene derecho a su opinión” y se echó a reír, demostrando que su contrincante republicano tenía una posición más progresista que ella. Sin embargo en 2018, cuando la opinión pública sobre el tema había cambiado, Harris dio marcha atrás a su postura, citando que es cuatro veces más probable que un afroamericano sea arrestado por posesión de marihuana que un blanco. Este cambio de postura no pasó inadvertido, ya que en uno de los debates demócratas de 2019 Tulsi Gabbard, congresista de Hawaii, atacó a Harris por su trabajo como fiscal, acusándola de haber puesto a más de 1,500 personas en prisión por infracciones de marihuana y de haberse reído cuando le preguntaron si alguna vez la había fumado.3 Además, la acusó de bloquear evidencia que habría liberado a un hombre inocente del pabellón de la muerte, de haber usado prisioneros como mano de obra barata para el estado de California, y de mantener el sistema de libertad bajo fianza, el cual impacta más a los pobres. Cuando tuvo la oportunidad de defenderse, Harris respondió que había reformado el sistema de justicia penal de su estado y que había “hecho el trabajo que era necesario”.
Todos estos y otros aspectos del historial de Kamala Harris han quedado escondidos bajo la alfombra, particularmente por su tiempo como senadora y su campaña, en los que se hizo pasar (exitosamente) por una política “progre”. En 2019, Joe Biden le prometió a un grupo de donantes millonarios que “no quiere demonizar a los ricos” y que de convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos “nada cambiará fundamentalmente”. El mismo día que Biden anunció a Harris como su running mate, varios ejecutivos de Wall Street expresaron su dicha por esta elección. Kamala Harris es el cumplimiento de esa promesa. La apuesta del partido demócrata es que en noviembre los votantes progresistas, un grupo cada vez más numeroso e influyente en Estados Unidos, voten aunque sea a regañadientes por el ticket de Biden/Harris, todo con tal de no sufrir cuatro años más de una presidencia Trump. Y lo más probable es que este chantaje funcione.
1 Para muestra un botón: recordemos que no fue hasta 2012 que Barack Obama expresó su apoyo al matrimonio igualitario, cuando pasó años creyendo que “las uniones civiles eran suficientes”, o que fue su predecesor demócrata, el presidente Bill Clinton, quien firmó el Defense of Marriage Act (DOMA) para definir el matrimonio a nivel federal como la unión legal entre un hombre y una mujer, y la política de Don’t Ask, Don’t Tell, la cual permitía a gays y lesbianas servir en el ejército, siempre y cuando mantuvieran su sexualidad en secreto. Hillary Clinton, quien en su campaña presidencial de 2016 trató de pintarse como una férrea aliada de la comunidad LGBT, opinó en el Senado en 2004 que “el matrimonio es una unión sagrada entre un hombre y una mujer”, pero en 2013 apareció en un video profesando su apoyo incondicional por la misma causa a la que se opuso hace menos de una década. Esto no es simple coincidencia, estos políticos demócratas cambiaron sus posiciones conforme cambió la opinión pública.
2 California es uno de los 28 estados donde la pena de muerte es legal. La última ejecución ocurrió en 2006.
3 En un programa de radio llamado The Breakfast Club Harris admitió haber fumado marihuana cuando estaba en la universidad. Cuando le preguntaron qué música escuchaba cuando fumaba, dijo que Snoop Dogg y Tupac, lo cual generó sospechas, ya que ninguno de esos artistas estaba produciendo música cuando ella estaba en la universidad.
Muy interesante y ameno articulo, con amplia información actualizada.