Las elecciones y el despecho en la política mexicana

Despecho: m. Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad.

 

Hace unos años, en los días previos a las elecciones de 2021, publiqué un breve texto en el que discutía lo que bauticé como oposición incel. En ese entonces vivía temporalmente en Estados Unidos, y desde la distancia era testigo de un fenómeno cada vez más frecuente, sobre todo en redes sociales: opositores a la 4T que, en lugar de intentar convencer a sus interlocutores sobre las bondades de su proyecto, se dedicaban a insultarles.

Como los “célibes involuntarios” —esa subcultura de hombres frustrados que consideran que las mujeres les niegan un supuesto derecho a tener sexo—, los opositores incels pasaban de un cortejo más bien torpe al más violento desprecio, tan pronto un votante les rechazaba. En su mente, que alguien apoyara al proyecto obradorista sólo podía indicar que se trataba de un corrupto o un idiota. Esta práctica era mucho más notoria cuando se refería a quienes, por algún motivo, habían apoyado a AMLO y ahora estaban decepcionados. “Disfruten lo votado”, respondían los opositores incels, con el despecho de un adolescente desairado.

El tono regañón y de superioridad moral de estos personajes me parecía exasperante, en especial por su tendencia, propia también de los incels, al victimismo y las teorías de la conspiración. Sin embargo, lo que más llamaba mi atención era lo poco estratégico de su conducta. ¿A quién podría parecerle buena idea insultar a las mismas personas que, según la lógica democrática, deberías tratar de convencer?

Tres años después, lo sorprendente del caso no es sólo que dicha práctica existiera, sino comprobar que hizo escuela. Y es que los opositores incel eran sólo el síntoma de un problema mayor: el estilo despechado en la política mexicana.

Ilustración: Estelí Meza

El despecho entra en campaña

Subrayar el papel que desempeñan las emociones en política es casi un lugar común. Una de las consecuencias de la nueva irrupción del populismo fue despertar a muchos de la fantasía racionalista en la que tener una propuesta bien argumentada o un perfil técnicamente solvente bastaba para ganar elecciones.Tanto o más que sobre políticas públicas o ideologías, la democracia tiene que ver con afectos e identidades.

Mi planteamiento es que la emoción que define nuestra conversación pública no es la esperanza ni el miedo. Tampoco el resentimiento. Es el despecho. Sostengo que esta malquerencia producto del desengaño y la vanidad de quien cree que ofrece algo que nadie podría rechazar, es el rasgo que mejor define la relación de nuestra clase política y sus voceros con los ciudadanos, en particular con los que no se identifican con su partido.

En teoría, las campañas políticas son momentos en que los políticos muestran su faceta más obsequiosa. Llegando a veces al ridículo, durante estas semanas quienes aspiran a un cargo de elección popular buscan congraciarse con los ciudadanos, no sólo con quienes son de los suyos, sino con los indecisos que definen elecciones. Sin embargo, desde hace tiempo nuestras campañas funcionan como un escenario en el que candidatos, comunicadores e influencers se dedican a reprender a los votantes, sobre todo a quienes les rechazan. Se trata de una práctica en la que la oposición es pionera, pero de la que no se escapa tampoco el obradorismo, con consecuencias muy serias para nuestra convivencia democrática.

Una “sorpresiva” derrota tras seis años de regaños

Entre los despechados, la oposición sin duda ha marcado la pauta. Durante los últimos seis años, la práctica de insultar a las mayorías que les rechazan se volvió la estrategia de campaña de facto de muchos detractores de la 4T. El tono podía variar —del regaño clasista que habla de “nacos”, “huevones” y “resentidos” al del paternalismo que nos ilustra sobre la “matriz histórica” autoritaria del mexicano—, pero la lógica era siempre la misma. El problema no está en la pobre oferta de los partidos de la transición, sino en la ignorancia, venalidad o masoquismo de los ciudadanos.

En las campañas de este año, los llamados cívicos y apartidistas a salir a votar, seguidos casi siempre por un sermón que advertía de las consecuencias de votar por Morena, se convirtieron en un género en sí mismo, en el que participaron lo mismo Eugenio Derbez que Enrique Krauze y Martha Debayle. Quizá la principal novedad fue la participación de influencers en la regañiza, lo que dio al discurso despechado opositor, con frecuencia catastrofista, un aire de frivolidad y farsa que generó sus propias parodias.

La lógica del despecho es inmune a los hechos, sean 30 millones de votos o 30 puntos de diferencia. Un video del canal Atypical TV es una muestra útil por su candidez. Luego de manifestar su odio hacia Claudia Sheinbaum y barajear la idea del fraude, el publicista Carlos Alazraki se atreve a conjurar lo inconcebible: ¿Y si es verdad? ¿Y si la gente en efecto votó de forma mayoritaria por la 4T? De inmediato se responde: “Si esto es cierto, ¿en qué pinche país estoy viviendo?”. Por increíble que parezca, incluso tras semejante golpe de realidad, la reacción del opositor despechado no ha sido la reflexión autocrítica, sino el insulto a los millones que le llevan la contraria. En redes sociales, las reacciones al 2 de junio siguieron una tónica similar, con mensajes que llaman a dejar de dar propinas o abstenerse de hacer donativos en caso de desastres cuando se sospeche un posible votante de Morena.

Más allá de estas conductas antisociales, lo grave de esta política despechada es que ha revivido, cada vez con más descaro, ideas antidemocráticas como la del sufragio censitario, es decir, limitar los derechos políticos de acuerdo con cierto nivel de formación o riqueza. La supuesta noticia de que en los países nórdicos quienes reciben un apoyo gubernamental no tienen derecho al voto dejó de ser un simple meme para ser una propuesta respaldada públicamente por personajes como Francisco Martín Moreno y José Ángel Gurría, ambos cercanos a la campaña presidencial de Xóchitl Gálvez.

Todo esto quedaría como una muestra más de la burbuja en la que parecen vivir algunos opositores, si no fuera porque la política del regaño ha llegado también a sus rivales. Y es que, si bien PRI, PAN y PRD son decanos entre los despechados, el obradorismo no es ajeno a esta práctica. Para verlo, hay que volver a 2021.

El triunfo no quita lo despechado

No había pasado ni una semana de las elecciones de ese año cuando los hechos rebasaron por mucho mi comentario sobre la oposición incel. El mismo día de la elección, eran voceros del obradorismo quienes se lanzaban contra el electorado de sus rivales, sobre todo en la Ciudad de México, en donde la coalición de la 4T perdió seis alcaldías. Los culpables eran múltiples: de la “izquierda verdadera” a la “progresía buenaondita”, pasando por la “clase media aspiracional”. Salvo la propia gestión morenista, todos eran juzgados como responsables del descalabro. Y como tales, fueron reprendidos. En el mundo de la política del regaño, el voto de castigo es moralmente imposible.

Lo llamativo de la reacción morenista una vez pasadas esas elecciones fue no sólo decidir, en la práctica, prescindir del apoyo de progresistas y clasemedieros dentro de la coalición gobernante, sino volverlos sus nuevos adversarios. De manera progresiva, como advirtieron Humberto Beck y Patrick Iber, la retórica antioligárquica contra la mafia del poder del obradorismo dio paso a una andanada de críticas centradas en un grupo de periodistas, movimientos sociales y la clase media urbana en su conjunto. Se trataba de aliados históricos de AMLO que, tras desencuentros con su proyecto siendo presidente, pasaban a integrar las filas de un nuevo conservadurismo que parecía concebido a la medida del despecho. Una muestra reciente de esta lógica la dio el presidente mismo cuando, tras conocerse su nivel de aprobación en la Ciudad de México, llamó a la capital “sede de los fifís” y regañó a sus habitantes por “aspiracionistas” y “manipulados”.

Durante las últimas semanas, cuando la incógnita no era si Morena ganaría la Presidencia sino si tendría o no mayoría calificada en el Congreso, cualquier reserva ante la idea del carro completo era respondida con insultos o reprimendas. ¿Contrapesos? Le haces el juego a la derecha. ¿Votarás cruzado? Conservador de clóset. Aunque en una escala menor, esta política del regaño existe también en quienes apoyan al gobierno. El triunfo no quita lo despechado.

En lo que sí están de acuerdo morenistas y opositores es en regañar a coro a quienes plantean no votar por unos ni por otros, sino anular o abstenerse. “Infantiles”, “tontos útiles” o responsables, según sea el caso, de la muerte de la democracia o la vuelta del neoliberalismo. En ningún caso salen bien librados. Incluso alguien como Derbez se pudo dar el lujo de querer sermonear a los jóvenes abstencionistas. En un video les advertía: “Si no votas, luego no te quejes”.

La degradación de nuestra convivencia democrática

Hay muchas cosas que hoy degradan nuestra convivencia democrática: la polarización que convierte a los militantes partidistas en hooligans o las cámaras de eco que confirman nuestros prejuicios, por poner sólo dos ejemplos. Uno más es esta política del despecho, el insulto y el regaño. Se trata de una forma de relacionarse con los ciudadanos marcada por un complejo de superioridad moral profundamente antidemocrática, que impide a políticos y sus voceros escuchar las razones de quienes no son afines a ellos. Más aún: implica negar la posibilidad de que dichas razones existan y, con ello, cancela la agencia y autonomía de millones de mexicanos, que son vistos como ignorantes, manipulados o vendidos. Además de antidemocrático, el estilo despechado de hacer política es también irresponsable. Se esté en la oposición o el gobierno, cualquier percance o traspié electoral es producto siempre de los votantes, que por esa razón necesitan ser amonestados.

Los primeros discursos de Claudia Sheinbaum como presidenta electa están marcados por el signo de la reconciliación y la búsqueda de una democracia para todos. Bien: superar la política del despecho, el insulto y el regaño es un primer requisito para lograrlo. No se puede sostener una república en donde la clase política —en las instituciones, medios, redes sociales— cree que su labor no es escuchar a los ciudadanos sino reprenderles.

 

César Morales Oyarvide
Politólogo. Estudia un doctorado en El Colegio de México.

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Publicado en: Política

2 comentarios en “Las elecciones y el despecho en la política mexicana

  1. Hago mío al 100% el análisis. Una manera de hacer política que nada tiene que ver con la prudencia, con la escucha de las razones ajenas, rencorosa e infantil; que se reproduce no solo en quienes hacen la política desde «arriba», incluídos quienes contribuyen a la formación de la opinión pública, sino los mismos ciudadanos, todos encerrados en su propia burbuja.

    Raras veces coincido con alguien de esta manera incondicionada, inclusive con el tipo de expresión escrita: precisa, correcta, ordenada.

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