Las semanas negras de Culiacán

Desde los infames “Culiacanazos”, la población de la ciudad y sus alrededores ha tenido que crear y acomodarse a un nuevo estilo de vida. Desde el primer incidente el 17 de octubre de 2019 quedó claro que el crimen organizado podía tomar el control de la ciudad en cuestión de minutos. Lo que parecía una situación excepcional se convirtió en una amenaza recurrente, y, recientemente la ola de violencia ha obligado a los habitantes a adaptarse a un entorno que parece más cercano a una zona de guerra que a una ciudad próspera. En este contexto nació un nuevo término en boca de los culichis: la “narcopandemia”.

Culiacán ha sido golpeada por las olas del crimen con la misma fuerza con la que un desastre natural puede arrasar una ciudad. Las autoridades tienen protocolos para sismos y huracanes, pero un “Culiacanazo” demuestra ser tan devastador como cualquiera de estos fenómenos: afecta gravemente la economía, la vida social y la salud mental de los habitantes. Es una realidad con la que viven los culichis, diario a la sombra de un posible brote de violencia, un miedo que se incrementa los jueves. Es coincidencia que ese día han sido la mayoría de los incidentes de violencia. El primer “Culiacanazo” en 2019 fue conocido también como “Jueves Negro”; la captura de Ovidio Guzmán, el 5 de enero de 2023 fue un jueves; la captura de “El Mayo”, el 25 de julio de 2024 sucedió un jueves también.

Ilustración: Patricio Betteo

¿Pero por dónde comenzar? Quiero aclarar que esta historia se centrará en la gente de Culiacán y no en los hechos violentos, aunque estos no pueden dejarse a un lado.

Tras la insólita captura de “El Mayo”Zambada junto con Joaquín Guzmán López, hijo de “El Chapo” Guzmán, los habitantes de Culiacán han sido víctimas colaterales de la guerra entre los carteles, una guerra que ha cambiado sustancialmente cómo se vive y se siente la ciudad.

Los jueves siempre provocan miedo en la población. El 25 de julio no fue la excepción, cuando atraparon a “El Mayo” en Texas. Esa tarde, luego de que se confirmara su captura, yo había salido del trabajo cerca de las 4 de la tarde y me dirigía a recoger a mi novia. Recuerdo que ese día caluroso se sentía peculiarmente extraño, como la calma antes de la tormenta, y yo no era el único con esa paranoia, pues la población se mantenía en alerta ante cualquier acontecimiento del crimen organizado. Sin embargo, a pesar de la tensión, parecía que no había pasado nada. Todo se sentía sospechoso, como que algo andaba mal; es común que los habitantes se acostumbren al movimiento de “punteros” o halcones, esos jóvenes en motocicletas que suelen vigilar la ciudad, los cuales no estaban por ninguna parte ese día. Pero esa misma noche, antes de que terminara el jueves, se confirmó la muerte de un líder político. Rápidamente la gente hizo sus teorías y suposiciones relacionando el asesinato con la captura, pero las autoridades atribuyeron ese hecho a un intento fallido de robo.

Conforme pasaron los días, el abogado de “El Mayo” Zambada reveló una carta escrita por su cliente el sábado 10 de agosto. Ésta contenía revelaciones sobre los acontecimientos que se registraron el jueves 25 de julio, donde se enlistaron nombres de personajes sinaloenses y se reveló la razón por la que se desató esta guerra en Sinaloa. El contenido de la carta provocó una sensación de miedo y alerta en todos los culichis, todos veían venir algo peor que un “Culiacanazo”, algo que hasta el momento no tiene nombre, ya que no sólo sería un “jueves negro”, sino varios días sin paz, que yo llamaría “semanas negras”.

Desde el primer incidente, los culichis han vivido en constante temor. Tras el segundo, el 5 de enero de 2023, quedó claro que podría volver a ocurrir en cualquier momento. Y ahora, con los nuevos enfrentamientos y narcobloqueos, la población ha tenido que adaptarse a vivir como si estuviera en zona de guerra. Culiacán ha quedado atrapado en esta “narcopandemia”, cuyas secuelas económicas, sociales y psicológicas se sienten a diario. La pregunta que muchos se hacen es: ¿cuándo comenzó realmente? Desde que se filtró la carta del abogado de “El Mayo” el miedo ha ido en aumento. Y el 29 de agosto, otro jueves, ocurrió un enfrentamiento en El Limón de los Ramos, al norte de la ciudad. Ese día, los delincuentes quemaron camiones, lo que reactivó el estrés postraumático en la población. WhatsApp se inundó de advertencias sobre bloqueos y ponchallantas.

Muchas personas consideraron ese jueves 29 de agosto como el tercer “Culiacanazo”. Afortunadamente, las autoridades lograron controlar la situación antes de que se desatara el caos total. Pero la psicosis ya había sido sembrada.

A pesar de que los bloqueos del 29 de agosto no fueron de la misma magnitud que las últimas dos ocasiones, ese día la población tuvo un recordatorio de lo que podría ocurrir, y fue la histeria colectiva lo que causó el desorden. Las actividades cotidianas quedaron interrumpidas: los estudiantes salieron temprano de las clases, los padres recogieron a sus hijos de las escuelas, los trabajadores huyeron de sus empleos, y el transporte público colapsó cuando los choferes decidieron abandonar sus rutas por miedo a que les quitaran sus unidades. El miedo paralizó a la ciudad. Muchos se quedaron varados sin forma de llegar a sus hogares. Pero la solidaridad culichi salió a flote: algunos conductores ofrecieron "raite" para llevar a quienes se habían quedado sin transporte.

A partir de ese día, el miedo y la ansiedad se apoderaron de la ciudad. Los culichis comenzaron a imponer un “toque de queda” no oficial. Como alguien que ha vivido los culiacanazos, sé que la resiliencia es inevitable. En esos días escribí algunas recomendaciones para quienes buscan sentirse más seguros: mantener la calma, refugiarse en un lugar seguro, evitar zonas conflictivas, mantenerse informado y en comunicación con familiares, y no grabar ni tomar fotos que puedan ponerlos en riesgo. Sin embargo, incluso con estas medidas, la paranoia se ha instalado en la vida diaria. Los culichis se sienten abandonados por las autoridades y con temor de que el próximo evento bélico esté a la vuelta de la esquina.

Durante ese tiempo de incertidumbre, Culiacán ya era noticia nacional por todas las cosas que habían ocurrido. El 5 de septiembre tuve que ir a Ciudad de México a cubrir un evento y me di cuenta de cómo piensan muchas personas, y la impresión que tienen de la gente de Sinaloa y la “narcocultura”. Reporteros de otros estados, o incluso el conductor de Uber, me preguntaron si Culiacán es como lo pintan en la series o si todos siguen la moda “buchona”; las canciones que denotan poder y estatus, a lo que muchos jóvenes aspiran, se han vuelto tendencias en TikTok. Me quedó claro cómo nos ven a los sinaloenses, y cómo en ocasiones se hacen comentarios poco empáticos o completamente carentes de indignación —que implican que estamos exagerando la situación.

Volviendo al tema, desde el jueves 29 de agosto no se había registrado otro hecho delictivo de gran magnitud en Culiacán. Si bien los incidentes policiacos son una constante diaria, fue hasta el domingo 8 de septiembre cuando ocurrió un fuerte enfrentamiento en la ciudad, seguido por el hallazgo de vehículos abandonados el lunes 9. Este evento llevó a la suspensión de clases en varias escuelas, ante el temor de que continuaran los enfrentamientos y para evitar poner en riesgo a los estudiantes. Las clases virtuales volvieron, más instituciones se sumaron a esta modalidad, y muchos trabajos optaron nuevamente por el home office. Las calles de Culiacán quedaron desiertas, pues los habitantes evitaban salir por miedo a quedar atrapados en un tiroteo, ser víctimas del robo de autos o de los “ponchallantas”, una técnica que se ha vuelto recurrente en la ciudad.

En este contexto, las redes sociales se convirtieron en la única herramienta de protección. A través de ellas, se comparte información, fotos y videos para alertar sobre balaceras y mantenerse a salvo. Una de las estrategias que adoptaron los habitantes fue el autoproclamado “toque de queda”, lo que limitó aún más las actividades cotidianas. A pesar de ello, las autoridades han hecho reiterados llamados para “regresar a la normalidad”, instando a los padres a enviar a sus hijos a la escuela y asegurando que los medios exageran los hechos.

En redes sociales, muchos expresaban que Culiacán se había convertido en una “ciudad fantasma”. Y justo cuando parecía que la situación comenzaba a calmarse, el sábado 21 de septiembre estalló un tiroteo en una zona céntrica de la ciudad, conocida por sus centros comerciales, restaurantes y residencias privadas.

Las ganas de los culichis de retomar su vida diaria se vieron frustradas una vez más, ya que aquellos que habían salido a comer o a pasar el día con la familia quedaron atrapados en una balacera que duró horas. Los videos que se viralizaron mostraban las intensas detonaciones y la movilización de las Fuerzas Armadas, que se enfrentaban a civiles armados frente a una plaza comercial llena de personas. El terror regresó y con él la desesperanza. Muchos sienten que la normalidad es ya inalcanzable y que las autoridades son indiferentes, repitiendo que “todo está bajo control”, mientras la violencia sigue desbordándose.

La inseguridad en Culiacán ha escalado. No hay policías, y los servicios de emergencia no responden en la noche, para evitar exponerse. Esto ha afectado gravemente a tiendas, supermercados, cines y restaurantes, que ahora cierran más temprano. A esta situación se suma el aumento de asaltos, robos de vehículos, saqueos en tiendas y extorsiones telefónicas, en un ambiente en el que la ausencia de las autoridades es cada vez más evidente.

La violencia no se ha limitado a Culiacán, sino que se ha extendido a otros municipios del estado. Los días de enfrentamientos continúan, y los negocios operan bajo horarios especiales, sumándose al “toque de queda fantasma”. En las noches recientes se ha registrado un incremento en asaltos y robos de vehículos, además de llamadas de extorsión, lo que ha llevado a que la población únicamente salga para lo estrictamente necesario. Los bloqueos de semanas anteriores también causaron desabasto en los supermercados. La última vez que fui a abastecerme había personas en fila con carritos llenos de víveres, como si se prepararan para un desastre natural. Sin embargo, esto se terminó pronto.

Más allá de la violencia física, el impacto emocional y psicológico que esta “narcopandemia” ha tenido en los culichis es muy relevante y no puede dejar de mencionarse. El miedo no sólo reside en la posibilidad de ser víctimas de la violencia, sino también en el aislamiento, la pérdida de la vida social y la incertidumbre de cuándo terminará todo esto. Hablando con amigos y conocidos, muchos mencionan la posibilidad de mudarse de ciudad, o incluso pedir asilo en Estados Unidos. Me relatan cómo la ansiedad y la confusión se ha apoderado de ellos; sienten que ver las noticias les afecta emocionalmente, pero no pueden dejar de hacerlo porque necesitan mantenerse informados.

La paranoia es generalizada. Escuchar el sonido de motocicletas o ver pasar camionetas con vidrios polarizados desencadena temor, aunque esas personas no estén relacionadas con el crimen organizado. La mayoría teme ser confundida o ser víctimas de robo. Cuando salen de casa, lo hacen con la idea de que podría ser la última vez. Hasta las relaciones románticas se han visto afectadas, pues muchos han dejado de ver a sus parejas durante semanas. Amigos que no viven en Culiacán se sienten preocupados por sus familiares ya que sólo saben lo que ven en las noticias.

Los comentarios son claros: “Culiacán es tierra de nadie”. Los culichis se sienten abandonados por las autoridades y las personas viven “al día” intentando mantener la calma mientras los negocios cierran y la gente se refugia en sus hogares. Aquellos que necesitan salir a trabajar o recibir terapias de rehabilitación han tenido que interrumpir sus rutinas. La sensación generalizada es la de estar en una pandemia prolongada, que al principio se pensó duraría unos días, pero que ahora parece extenderse indefinidamente. La gente planea minuciosamente sus salidas, ingenia formas de moverse por la ciudad y, en última instancia, lucha por sobrevivir.

En Culiacán, la incertidumbre y el miedo se han arraigado tan profundamente que la normalidad es un recuerdo lejano. La violencia, más allá de un riesgo físico, se ha infiltrado en la mente de los culichis, que ahora viven con la paranoia constante de ser víctimas colaterales, sin estar relacionados con los conflictos.

Sinceramente, veo lejana la posibilidad de que la situación se calme. Cada vez parece peor, y es como si quisieran demostrar que la violencia todavía puede crecer más.

 

Carlos Narvaes
Periodista del periódico El Debate

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Publicado en: Justicia, Política, Seguridad