Lecciones de geografía

Abro este espacio con la sencilla convicción de que la geografía enseña más de lo que solemos concederle. No me refiero a mapas y coordenadas, sino al hecho de que ubicarnos en el mundo, saber dónde estamos y con quién compartimos vecindad, es condición mínima para entender lo que nos ocurre. En estas líneas, intentaré desdoblar, con claridad y sin aspavientos, asuntos internacionales que importan para la vida cotidiana de las y los mexicanos. Porque si de algo estoy convencida, es que el gobierno de México comete un error al mirarse al espejo con tanta obstinación.

Hoy, todos los ojos están puestos en Oriente Medio. A estas alturas, quienes leen estas líneas saben que las consecuencias del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel se resienten ya en cada rincón del planeta. Vamos en la semana seis de esta guerra escogida, a war by choice, y no hay claridad real sobre cuándo terminará. Naturalmente, el conflicto es costoso en vidas humanas, pero también en estabilidad. Los mercados energéticos mundiales llevan semanas convulsos y, por momentos, el precio del Brent el petróleo de referencia, ha rozado los 120 dólares por barril. El régimen iraní sabe que la geografía es un arma poderosa y el estrecho de Ormuz lo demuestra de forma sencilla y contundente. Basta controlar esa franja angosta que canaliza cerca de un tercio del comercio mundial de petróleo para perturbar a la economía global. Primera lección: la geografía como recurso estratégico y como hecho político irreductible.

Para entender la segunda lección hace falta mirar al oeste del mapa, a América Latina. Y es que por su ubicación y la configuración de sus recursos naturales, esta región podría convertirse en una de las ganadoras del reacomodo geopolítico actual. Lo digo, primero, porque a pesar de sus rezagos estructurales y la persistencia de problemas de inseguridad y narcotráfico, se trata de una región que históricamente ha sido un territorio pacífico, una característica nada desdeñable en un mundo en el que los misiles sobrevuelan diariamente lo mismo el Golfo Pérsico que Ucrania. Lo digo, también, porque la región posee hidrocarburos lejos de Ormuz, un recurso que hoy cotiza al alza y que el mundo busca con urgencia.

Hay más. Las divisiones ideológicas en la región son claras y cada vez más marcadas, pero la mayor parte de sus gobiernos, sin importar si son de izquierda o de derecha, han mostrado un grado notable de pragmatismo en la explotación de hidrocarburos y minerales. El contraste con el pasado nacionalista reciente es revelador. Basta recordar la expropiación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en Argentina, las nacionalizaciones de Evo Morales en Bolivia o la renegociación forzada de contratos petroleros en Ecuador en la época de Rafael Correa. Hoy, en cambio, la tendencia dominante apunta a la apertura.

Hace un par de semanas tuvo lugar en Houston, Texas, CERA Week, la reunión anual más importante de la industria energética mundial. Ese foro congrega lo mismo a los directores ejecutivos de las principales petroleras globales que a secretarios de energía, inversionistas y analistas de todo el mundo. Este año, el consenso fue claro: la era del exceso de oferta terminó. Me explico. Antes del conflicto en Irán, los mercados apostaban por un excedente de petróleo y de gas natural licuado. Esas proyecciones ya no se sostienen. La escasez estructural de oferta dejó de ser un escenario hipotético para convertirse en la nueva condición de los mercados energéticos.

En este contexto, más de uno de nosotros habrá escuchado que esta crisis obligará a reevaluar el impulso a la transición energética, las fuentes renovables y los biocombustibles, así como mecanismos de almacenamiento. Es una posibilidad real, más no inmediata. Los hidrocarburos aún constituyen la columna vertebral de la mezcla energética mundial y se mantendrán por un buen rato. Lo que sí puede cambiar es de dónde provienen.

América Latina, con reservas probadas en el presal brasileño, en Vaca Muerta en Argentina, en el Pacífico colombiano y en el subsuelo de Guyana y Venezuela, tiene cartas que otros no. La crisis no creó esa ventaja comparativa. Sólo la hizo más visible. Y es que América Latina es una de las pocas regiones del mundo donde los precios sostenidamente altos del petróleo podrían traducirse en un crecimiento económico genuino, no sólo en inflación importada. Segunda lección: la geografía también es oportunidad. 

Pero la oportunidad no es automática. Los ganadores de este momento no serán quienes simplemente tengan recursos bajo tierra, sino quienes puedan movilizarlos. Es decir, construir infraestructura, atraer capital, ofrecer certeza jurídica y conectar su producción con los mercados globales. La diversificación de fuentes de energía es lo mismo una estrategia para los países importadores que una oportunidad para exportadores emergentes. Brasil lo entiende bien; Argentina lo intenta, y Guyana avanza a una velocidad que pocos anticiparon. 

Para el resto de la región, la ventana no permanecerá abierta indefinidamente. Los momentos de reordenamiento geopolítico no esperan a quienes están en deuda con su propia institucionalidad. Ahí están los ejemplos de la Venezuela de Maduro y de México. Tercera lección, y quizás la más incómoda: la geografía otorga ventajas, pero no suple la voluntad política. 

Desde hace siete años, el nacionalismo energético de la autodenominada Cuarta Transformación ha minado el atractivo del país como destino de inversión. En el sector de hidrocarburos, la inversión privada ha caído de manera sostenida, y los contratos mixtos, el mecanismo con el que la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum intenta enmendarle la plana a su antecesor, han fracasado, al menos en lo que se refiere a exploración y producción.

El resultado no ha sido más soberanía, sino mayor aislamiento. El problema no se limita al sector energético. México se aisló también de la mayoría de sus pares latinoamericanos. En un momento en que América Latina tiene una oportunidad real de posicionarse de manera estratégica, el país ha optado por una postura internacional reactiva, y desprovista de la ambición que alguna vez le dio liderazgo regional. La diplomacia mexicana, que en otro tiempo supo articular consensos y abrir espacios multilaterales, se replegó so pretexto de no intervención, una retórica que, en la práctica, funciona como excusa para no participar o para hacerlo sólo en casos ideológicamente convenientes.

Algunos países de la región ya giran hacia políticas más favorables a la inversión. Pero la convergencia que hace falta no es ideológica, sino de intereses. América Latina tiene varias fichas ganadoras, pero no para siempre. Por eso, lo que no admite demora es la decisión de aprovechar el momento. Esa es, quizá, la lección de geografía más elemental. El mapa no cambia, pero quienes lo leen, sí.

 

Alexia Bautista

Directora adjunta para América Latina en la consultora de riesgo geopolítico Horizon Engage, exdiplomática mexicana e internacionalista por El Colegio de México.

 

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Publicado en: Internacional

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