Lecciones del Estado de México

Tras casi un siglo de gobernar la entidad más poblada del país, el PRI perdió el Estado de México. Con ello, se cierra un ciclo histórico inaugurado hace 34 años, cuando la oposición ganó por primera vez una elección local, en Baja California. Desde entonces, prácticamente todos los estados —menos Coahuila— han experimentado la alternancia. Y el Revolucionario Institucional ha ido perdiendo el control territorial del país.

En cierta medida, el resultado de la elección estaba anunciado. Todas las encuestas publicadas en las semanas anteriores a la jornada pronosticaban el triunfo de Juntos Hacemos Historia sobre Va por México. Lo único incierto era la diferencia de puntos porcentuales con la que habría de imponerse Delfina Gómez Álvarez. No obstante, aún había esperanza en que la movilización de la ciudadanía inconforme con el gobierno de López Obrador se tradujera en un respaldo suficiente para favorecer a la alianza, tal como sucedió en las elecciones de 2021. No fue el caso.

El proceso electoral mexiquense se caracterizó por distintos factores: una polarización social cada vez más marcada, como fue posible constatar durante y después de los debates entre las candidatas; violaciones sistemáticas a la legislación electoral; así como la normalización de campañas de desinformación en redes sociales. Y la baja participación ciudadana en la jornada del pasado 4 de junio.

Con todo, el Estado de México nos ofrece lecciones que vale la pena tener en consideración. En las siguientes líneas, elaboro un breve balance de la elección para cada uno de los bloques partidistas que compitieron en ella. Y de sus implicaciones, de cara al proceso electoral de 2024.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Va por México

En el Estado de México, la estrategia electoral de la coalición PAN-PRI-PRD fue, en el mejor de los casos, confusa. En su discurso, Alejandra del Moral fue una candidata de oposición al gobierno federal, con un mensaje de unidad y reconciliación. En sus propuestas, fue la candidata del gobierno estatal, que prometía ampliar los beneficios de programas sociales como el Salario Rosa. Y en la percepción ciudadana, fue la candidata de la continuidad, para bien y para mal.

Tras la elección, más de un análisis pretende explicar el triunfo de Morena argumentando que la baja participación ciudadana siempre beneficia al partido en el gobierno. En la valoración de la dinámica local con una óptica nacional, se pasa por alto que en el Estado de México el partido en el gobierno es el PRI.

Con base en la experiencia relativamente exitosa de 2021, Va por México se convenció de que el objetivo fundamental de su campaña era movilizar el voto de castigo de las clases medias mexiquenses contra el obradorismo. Y que eso sería suficiente para vencer a Morena. No consideró la posibilidad de que el gobierno priista también enfrentara un voto de castigo. O que un sector históricamente panista de esas clases medias no estaría dispuesto a respaldar a una coalición encabezada por el PRI.

Sin embargo, acaso el problema de fondo radique en haber construido una candidatura local a partir de un acuerdo de las dirigencias nacionales. La designación de Alejandra del Moral como candidata no fue el resultado de una negociación entre los grupos locales de poder, como dictaba la tradición del priismo mexiquense (sirva como ejemplo el caso de la candidatura de Eruviel Ávila, de un grupo distinto al del entonces gobernador Enrique Peña Nieto), sino una concesión de Alejandro Moreno para el gobernador Alfredo del Mazo, con el propósito de evitar una posible operación del gobierno estatal en favor de Morena, como sucedió en más de una entidad en 2021 y 2022.

El balance de la elección para la coalición Va por México es más que negativo. La derrota más dolorosa, sin duda, es para el PRI, que pierde su principal bastión en todo el país: la plataforma que ofrecía un piso mínimo para una eventual reconstrucción con alcances nacionales. Si bien el partido está en crisis, mantiene una estructura territorial sólida, que le permitió obtener el 28 % de la votación total.

La derrota más contundente, en mi opinión, es para el PAN. Se trata de la principal fuerza de oposición nacional, pero sólo logró convocar a poco más del 11 % de la ciudadanía mexiquense que ejerció su voto. Es erróneo pensar que, tras estos resultados, Acción Nacional tiene buenas razones para apostarle a una coalición sin el PRI en 2024. De hecho, tanto en Coahuila como en el Estado de México, fue el PRI quien aportó la amplia mayoría de los votos de la alianza. El PRD, en la irrelevancia, está condenado a perder su registro en los dos estados que celebraron comicios.

Sin embargo, la derrota más significativa —y preocupante— es para la alianza en conjunto, que cada vez tiene menos argumentos para sustentar su viabilidad y defender su competitividad, a menos de tres meses del inicio del proceso electoral federal. El Estado de México era la prueba de fuego para la coalición opositora. Y fracasó.

Frente a los resultados adversos, es notable la falta de un ejercicio serio de autocrítica. Mientras la dirigencia priista se ha dedicado a culpar al gobernador de “darle la espalda a la militancia”, Marko Cortés le cargó la responsabilidad de la derrota a Movimiento Ciudadano. Y de paso a la ciudadanía que no salió a votar. Otras voces relevantes en la oposición se apresuran a demostrar, con caprichosas operaciones aritméticas, que la alianza es competitiva frente a Morena, sin considerar el peso electoral de sus aliados —ni el contexto local de cada elección.

La realidad es que la alianza no logró convencer a la ciudadanía. Sin embargo, en las dirigencias de la oposición partidista no parece haber ninguna intención de hacerse responsables de los resultados, ni mucho menos de cambiar la estrategia rumbo a 2024. Se hace tarde.

Juntos Hacemos Historia

Independientemente de los números, el triunfo de Morena en el Estado de México es un verdadero acontecimiento histórico: por el peso estratégico de la entidad; pero, sobre todo, por el significado simbólico de derrotar al PRI en el estado de Enrique Peña Nieto.

La estrategia de Morena fue efectiva: una candidatura probada, respaldada por una plataforma consolidada durante años; con poca exposición mediática durante la campaña, pero un intenso despliegue territorial. Un discurso profundamente emotivo —el oficialismo no ha dejado de recordarnos que Delfina Gómez es una humilde profesora normalista, hija de un albañil, que vive en la modesta casa de su familia en Texcoco—. Y una gran operación el día de la elección, con la participación de operadores federales, locales y de distintos estados vecinos.

Sin embargo, más allá del éxito de la campaña en términos políticos, es imposible ignorar todas las ilegalidades cometidas en el marco del proceso electoral. No es exagerado decir que, en el Estado de México, el oficialismo ensayó una elección de Estado. Y puso en práctica algunas de las tácticas que muy probablemente serán utilizadas el próximo año.

Primero, la manipulación de los sondeos de opinión pública. En las semanas previas a la elección, todas las encuestas publicadas otorgaban a Delfina Gómez una ventaja en las preferencias electorales significativamente mayor a la que finalmente obtuvo en las urnas.

Durante la jornada del domingo, se documentó una infinidad de delitos electorales. Las autoridades detuvieron a decenas de personas en todo el estado. Y no sólo simples “mapaches”, también funcionarios y exfuncionarios de distintos niveles. Destaca el alcalde de Chucándiro, Michoacán, Iván Guadalupe López, quien fue detenido con un arma de fuego, un cuchillo y medio millón de pesos en efectivo. O el exalcalde de Cuautitlán Izcalli, Ricardo Núñez Ayala, quien fue detenido con propaganda de la candidata de Morena. Lo más preocupante: la detención de presuntos elementos de la Marina, armados, que amenazaban a la ciudadanía que acudía a ejercer su voto en Tlalnepantla. Entre muchos otros casos denunciados por la ciudadanía en redes sociales.

Y de nuevo las encuestas. Tan pronto como cerraron las casillas, se publicaron supuestos sondeos de salida que pronosticaban una victoria de Morena con una diferencia de dos dígitos: la de El Financiero estimaba hasta 18 puntos porcentuales de ventaja para Delfina Gómez.

Todas estas acciones, más que un evento aislado, representan una clara advertencia del oficialismo: no habrá nada que no esté dispuesto a hacer para garantizar un resultado favorable a sus candidatas y candidatos. Y la ley no será ningún impedimento.

Gracias a este resultado, Morena —solo o con sus aliados— gobernará 21 entidades federativas a partir de septiembre. Al mismo tiempo, mantiene la mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso de la Unión, controla 21 Congresos locales y encabeza 473 gobiernos municipales. Es el único partido que gobierna al menos un municipio en cada estado del país. Con esa fortaleza llega al proceso electoral que está por comenzar.

Por su parte, el Partido Verde y el Partido del Trabajo utilizaron las elecciones de este año para calibrar sus estrategias de negociación con Morena de cara al 2024. El convenio de candidatura común que suscribieron en el Estado de México no sólo asegura cómodamente su supervivencia, también les garantiza un respetable porcentaje de prerrogativas que les permitirá seguir ampliando sus estructuras territoriales en la entidad. Gracias a la distribución de votos pactada en dicho convenio, el peso electoral del PVEM (10.04 % de la votación total emitida, de acuerdo con el PREP) será prácticamente igual que el del PAN (11.28 %).

Con los resultados del domingo, el oficialismo llega fortalecido al proceso electoral que está por comenzar. Tiene el control territorial de la gran mayoría de los estados, una estrategia efectiva y probada. Y la disposición de violentar la ley, si es necesario, para imponerse a toda costa. Su desafío más importante será garantizar la unidad en torno a una candidatura, para evitar una ruptura como la de Coahuila, que tuvo un saldo desastroso.

Conclusiones preliminares

Los resultados de la elección en el Estado de México son una llamada de atención para las oposiciones partidistas. El simple rechazo al oficialismo no será suficiente para articular una alianza competitiva, capaz de convocar a una mayoría ciudadana.

Acaso la lección más importante de la elección mexiquense sea la creciente importancia de las dinámicas locales. Los partidos nacionales están en crisis. Entre todas las malas decisiones de sus dirigencias, la más grave ha sido ignorar esta realidad. Los acuerdos cupulares no sirven para ganar elecciones. Los grupos locales, los acuerdos locales y las alianzas locales son fundamentales para consolidar resultados favorables para la oposición.

El caso de Coahuila es ejemplar: el PRI tenía el respaldo del gobernador, pero también legitimidad ciudadana, así como el apoyo de la clase política local. Lo mismo podría decirse del caso de Durango. Los líderes nacionales de la oposición deben abandonar la falsa noción de que la ciudadanía votará por la alianza porque es la única alternativa al obradorismo. Los partidos deben prestar más atención a los liderazgos locales. Y construir acuerdos locales que permitan fortalecer el proyecto opositor desde los municipios hasta el Congreso de la Unión.

El buen desempeño de 2021 para la integración de la Cámara de Diputados se dio gracias a la participación de una ciudadanía convencida de la necesidad de fortalecer los contrapesos institucionales, más allá de la coalición. El voto de esa ciudadanía fue un mandato para trabajar hacia 2024, no una muestra de respaldo a los partidos que la integraron. Es tiempo de entenderlo.

 

J. Francisco Morales Pineda
Asesor político

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Publicado en: Política