Leonardo Morlino es uno de los estudiosos más reconocidos de la democracia contemporánea. Sus tesis son referencias indispensables para los interesados en los problemas actuales de los sistemas democráticos. Y diría que esto debería valer igual para los académicos que para los profesionales de la política o los actores de la vida pública en general.
Morlino es un investigador que ha enfatizado la necesidad de combinar los enfoques cuantitativos con los cualitativos; su permanente recurso a la política comparada le ha permitido introducir innovaciones de la mayor relevancia en este terreno.
En su más reciente obra, Cambios hacia la democracia. Actores, estructuras y procesos (México, Siglo XXI, 2019), el autor italiano insiste en que uno de los fenómenos recurrentes en los tránsitos a la democracia en latitudes como la latinoamericana ha sido la conformación de arreglos institucionales sin que antes se haya arraigado una cultura democrática. Este tipo de situaciones que, en efecto, vivimos desde fines del siglo pasado en nuestro país, explica, en parte, el momento por el que México pasa hoy en día.
De acuerdo con esto, el proceso tendría una primera estación a la que el autor denomina “transición e instauración”; a ésta le seguirían dos estaciones más. Por un lado, la “consolidación democrática” se movería al filo de la “crisis”; en la tercera estación, la “profundización de la democracia”, estaríamos al filo del “deterioro democrático”.
Sin duda, hay en México síntomas que revelan lo inacabado de nuestro proceso democrático. Entre ellos, para citar sólo un ejemplo, que de acuerdo con Latinobarómetro, hasta noviembre de 2018, un 84 % de los mexicanos no estaba satisfecho con la democracia o, digamos, con su democracia. De aquí la pertinencia de las variables con que Morlino trabaja para evaluar la calidad de las democracias, y en las que considera dimensiones como el Estado de derecho, la rendición de cuentas en sus distintas modalidades, la participación política, la libertad, la igualdad y la capacidad de respuesta institucional.
Entre los componentes de estas dimensiones se encuentra, desde luego, la eficacia de los regímenes democráticos para resolver “problemas sustanciales”, como los denomina el propio Morlino. Y aquí no se puede más que convenir con José Woldenberg cuando señala que las expectativas cifradas en el tránsito a la democracia en México desde los años noventa del siglo pasado fueron excesivas.
A semejanza de la polémica tesis del fin de la historia en Fukuyama, se dio en pensar que vivir en democracia, como se estiló decir entonces, permitiría resolver la mayoría de los temas pendientes de la agenda del desarrollo: igual el crecimiento económico que la redistribución del ingreso, la exclusión, el pluralismo (identidades étnicas, religiosas, de orientación sexual o de género, regionalismos, etcétera), la seguridad pública y el combate a la violencia. Todas estas asignaturas tendrían cauce, según esta optimista proyección, en un marco de elecciones libres y de discusión abierta, ordenada y plural.

Ilustración: Víctor Solís
Pues bien, las cosas no ocurrieron así. Como se ha dicho tanto, nuestra transición democrática de fin de siglo (nuestra tropicalización del fukuyameano “fin de la historia”) no pudo resolver los problemas de la exclusión realmente vivida por un 44 % de la población. Si a ello se suma la ofensiva corrupción, la inseguridad, la discriminación por razón de género o color de piel, la aplicación de políticas dictadas sólo por el interés de la macroeconomía, la fractura de los puentes entre la política y la vida social, y sí, la fatuidad de algunos de los hombres encumbrados en el poder, la explicación adquiere perspectiva histórica.
Para decirlo coloquialmente, el riesgo que corremos ahora mismo, y sobre eso advierte puntualmente el libro de Leonardo Morlino, es el de tirar al niño junto con el agua sucia de la bañera. Por eso hay que decirlo con toda claridad: de muchas maneras, en estos días se advierte una infravaloración del tránsito democrático en México. La cada vez más evidente centralización del poder en todos los ámbitos —con el consabido desprecio por el auténtico federalismo, la importancia de los organismos autónomos o el peso de la sociedad civil— es sólo una de sus manifestaciones.
Otra es la informalización de la política en no pocos espacios de la vida pública: movimientos identitarios de diferente signo, poderes fácticos que influyen en los poderes locales y, ya desde hace tiempo, las redes sociales que dan para todo y nada: para alimentar revoluciones de terciopelo, lo mismo que para la chabacanería, la iracundia o el encono y la polarización en los niveles macro y micro de la relación social.
En esta misma idea puede ubicarse la pérdida de confianza en los organismos que representan intereses como las centrales campesinas, patronales, las obrero-populares u organismos civiles diversos. De aquí, por lo menos declarativamente, la decisión del actual gobierno de la República de otorgar apoyos directos a jóvenes, campesinos, personas discapacitadas, infraestructura escolar, adultos mayores, amas de casa para servicios de guardería a sus hijos, entre otros.
La fractura de los puentes de relación entre los partidos políticos y los ciudadanos, el descrédito de las figuras públicas como los propios diputados o mandatarios, sobre todo a nivel local, son otras de estas manifestaciones.
De lo que se trata es de advertir de qué es síntoma todo esto. Y me parece que, para empezar, son síntoma de algo que forma parte del planteamiento de Leonardo Morlino: la falta de canales institucionales que procesen auténticamente la diversidad o la exclusión social, política y cultural.
Inspirado en este último libro de Leonardo Morlino, sugiero, a título personal, dos líneas de reflexión inmediata que, sin ser en absoluto suficientes, pueden contribuir a cerrar la segunda estación de nuestro arduo tránsito democrático, esto es, el momento de la consolidación:
1. Siguiendo a autores como Giovanni Sartori, tendría que pensarse en el desplazamiento de la centralidad del tema de la preparación, desenlace y resultado de las elecciones, para ocuparnos de las reformas al sistema político que de ellas emanen. Aquí deberíamos hacernos cargo de discutir propuestas orientadas a preservar el pluralismo, abatir la fragmentación, mantener la representatividad y fortalecer la gobernabilidad: la posibilidad del tránsito de un sistema presidencialista a uno parlamentario (cosa más bien difícil cuando se tiene una sola fuerza política dominante en el Ejecutivo y el Legislativo como actualmente sucede); la regulación más rigurosa de la aparición de nuevas opciones partidistas cada tres años en la boleta electoral; la formalización de un sistema de representación proporcional aritméticamente estricto; la introducción de la segunda vuelta electoral, y la construcción de gobiernos de coalición.
2. La segunda línea de reflexión apunta hacia el avance de formas de representación no irreductiblemente electorales, aunque sé que esto es complicado pues remite al inmediato (y deplorado) pasado del corporativismo mexicano del siglo veinte. El corporativismo fue desmantelado, y eso está muy bien, pero uno no puede dejar de interrogarse: ¿dejó el corporativismo un vacío en la negociación política y la representación de intereses en la política mexicana? Si así fue, tendríamos que hacernos otra pregunta: ¿de qué otras formas podría representarse en la esfera de lo político ese ámbito, como le llamaba Max Weber, de la constelación de intereses colectivos, heterogéneos pero organizados u organizables, que ahora mismo no están siendo tomados en cuenta en ninguna negociación, en ninguna decisión, salvo en los casos de aquellos que sí poseen una verdadera fuerza fáctica?
No somos pocos los que, otra vez con José Woldenberg, compartimos el temor de que el malestar en la democracia se convierta en un malestar con la democracia. Y por lo mismo me resulta muy pertinente atrevernos a pensar en la posible mezcla o hibridación de la experiencia democrática electoral con otras que tienen también su andadura histórica, doctrinaria y teórica (el corporativismo social de Emile Durkheim, el neocorporativismo de Philippe Schmitter, la negociación de intereses de Gian Enrico Rusconi).
De lo contrario, como lo ha advertido Leonardo Morlino, estaremos casi fatalmente condenados a volver a la simulación democrática de los regímenes híbridos que, tarde o temprano, degeneran en el autoritarismo sin más.
Ronaldo González Valdés