Los animales usan herramientas: evidencia contra el discurso especista

El discurso especista, es decir, la discriminación de los animales no humanos por considerarlos especies inferiores moldea nuestro entorno. Uno de sus principales planteamientos es que las otras especies valen menos que nosotros en términos morales. Para convencernos nos han presentado distintos argumentos a lo largo del tiempo. Cuando uno es refutado, se plantea otro. Da la sensación de que la conclusión se decidió de manera arbitraria y que para sostenerla se afirma lo que sea necesario, tenga o no respaldo científico. Uno de los argumentos consiste en que los animales no humanos son incapaces de razonar, planear, aprender, crear o usar herramientas. Sin embargo, hoy sabemos que incluso las hormigas tienen algunas de esas conductas.

Las hormigas rojas utilizan arena como una herramienta para absorber el agua mezclada con azúcar y así poder extraer el azúcar sin ahogarse. En el 2020 el Dr. Aiming Zhou condujo un experimento que arrojó conclusiones interesantes. Las hormigas participantes distinguían los escenarios en los que usar arena resultaba necesario de los que no. En los casos en los que la mezcla era agua azucarada pura, los insectos podían flotar y alimentarse sin ahogarse. Sin embargo, cuando se agregó una sustancia llamada tensioactivo (compuesto que reduce la tensión superficial del líquido al que se añade) que aumentaba de forma significativa el riesgo de morir, las hormigas construyeron estructuras de arena. Reconocieron los riesgos y ajustaron el uso de herramientas para extraer el alimento sin sufrir pérdidas. Al igual que las hormigas, algunas aves desarrollan estrategias dependiendo del entorno.

Los pinzones carpinteros usan ramas pequeñas y espinas de cactus para extraer insectos de huecos en los árboles. Y si bien esa conducta se observó hace más de cincuenta años, en el 2001 Susan Milius escribió un artículo que explicaba algo nuevo: ese conocimiento no es producto de la observación de otros pinzones expertos. Estas aves aprenden ese comportamiento a través de pruebas de ensayo y error durante períodos de meses en el entorno adecuado. Mientras que los pinzones que habitan lugares húmedos en los que el alimento es abundante y accesible no muestran esa habilidad, el contexto de los que viven en zonas secas y con escasez de alimento los ha impulsado a desarrollar herramientas específicas. El uso de ramas para conseguir alimento no es único de esta especie.

Los cocodrilos también usan ramas para cazar, pero de forma distinta. En la época del año en la que las garcetas están ocupadas recolectando material para sus nidos, los cocodrilos colocan ramas sobre sus hocicos y permanecen quietos y encubiertos durante horas. En el 2007 el investigador Vladimir Dinets publicó un artículo en el que analizó la estrategia de forma detallada. Los cocodrilos camuflajeados esperan pacientemente a que una garceta se acerque para recoger el trozo de madera y en ese momento se abalanzan sobre ella para intentar comerla. Esta técnica no se practica durante todo el año, sino únicamente cuando es temporada de anidación y la demanda de ramas y material por parte de aves es alta. Es decir, los reptiles están conscientes de los comportamientos de sus presas y de cómo varían dependiendo de las estaciones. Esto se ha observado en cocodrilos que habitan en distintas partes del mundo. Otras especies utilizan animales vivos como herramientas para cazar.

Los delfines nariz de botella en Shark Bay, Australia usan esponjas como herramientas desde hace más de un siglo. En 2008 Janet Mann y otros autores publicaron un artículo en el que describieron esta conducta. Los delfines hembra dedican alrededor de diez minutos a buscar esponjas marinas para después llevarlas a las zonas en las que cazan su alimento. En ocasiones incluso continúan transportándolas después de ese primer uso para utilizarlas en el futuro. Las dos funciones de estas esponjas consisten en ayudar a descubrir peces enterrados en la arena y proteger su hocico de heridas y picaduras mientras buscan en el fondo del mar. Crear y utilizar herramientas para alimentarse es algo común entre especies, pero no es para lo único que las usan.

Los chimpancés han empleado objetos como representaciones de muñecas. La investigadora Sonya M. Kahlenberg condujo un estudio de 1993 a 2006 en Uganda en el que observó que estos primates acunaban, cuidaban y jugaban de manera maternal con trozos de madera utilizando su imaginación. Generalmente las hembras jóvenes tenían estas conductas antes de su primer parto. Una hembra de 8 años fue vista acariciando un tronco emulando darle palmadas en la espalda a un bebé, mientras su madre cargaba a su hermano enfermo. Los comportamientos no eran una enseñanza por parte de los adultos, sino un aprendizaje social entre jóvenes. La autora explica que este tipo de tradiciones juveniles sólo habían sido descritas con anterioridad en los seres humanos. De igual modo, hay especies que han adaptado herramientas creadas por los propios humanos para facilitarse la vida.

En el zoológico de Berlín, la elefanta asiática Mary desarrolló la habilidad de utilizar una manguera para bañarse de manera meticulosa. En el 2024 se publicó un artículo que narra cómo la elefanta coordina la manguera con movimientos de sus extremidades para abarcar todas las zonas. La mayoría del tiempo la sujeta justo por detrás de la punta para que sirva como una regadera rígida. No obstante, en el momento en el que requiere que el agua cubra su espalda, toma la manguera más lejos de la boquilla y aprovecha su flexibilidad para poder hacerlo. Además, basa su comportamiento dependiendo del tipo de manguera a la que tiene acceso. Si se trata de la de 24 milímetros, la usa más tiempo. Prefiere usar su trompa en lugar de las mangueras de 32 milímetros y es raro que utilice las mangueras de trece milímetros. Al igual que Mary, hay otros animales no humanos que han adaptado herramientas humanas para satisfacer sus necesidades.

Veronika es una vaca austriaca que desarrolló la destreza necesaria para rascarse cómodamente con una escoba de madera. En un estudio publicado hace menos de un mes se observó que utiliza los distintos extremos para alcanzar partes diferentes de su cuerpo. Es decir, al igual que el caso anterior, utiliza la misma herramienta de formas variadas para adaptarla mejor a sus necesidades. Los humanos que viven con ella explicaron que es una técnica que ha perfeccionado a lo largo de sus trece años. Veronika toma la escoba con su lengua, la sujeta con los dientes y apunta el extremo que prefiere a las distintas partes de su cuerpo. Utiliza la parte de las cerdas para rascar su zona superior y la parte del palo para darse golpes suaves en las ubres y en los pliegues del vientre. Los investigadores piensan que lo hace para calmar la picazón provocada por insectos que se encuentran alrededor de ella y la diferencia en el uso de la herramienta depende de las características de la parte del cuerpo que quería aliviar.

Este caso parece excepcional, pero la rareza no radica en la capacidad cognitiva de la vaca, sino en sus condiciones de vida. Distinto a lo que pasa con muchos otros animales de granja, Veronika es tratada como una mascota y sus días no consisten en producir y sobrevivir, sino en existir, disfrutar, observar su entorno y aprender de él. Este caso sugiere que los animales que han sido catalogados como de consumo y de cuyas capacidades y habilidades solemos dudar, quizás simplemente no han tenido la oportunidad de desarrollarlas porque la explotación a la que los sometemos no se los ha permitido.

Las razones por las que se les ha negado consideración moral a los animales no humanos tienen algo en común: se han planteado desde las diferencias que supuestamente existen entre ellos y nosotros. Se nos ha tomado como el estándar para determinar quién merece ver sus intereses protegidos. Mientras más características comparten con los humanos, más fácil nos resulta plantearnos dejar de excluirlos. El razonamiento es problemático por dos razones fundamentales. En primer lugar, asumir que un grupo es superior a otro de manera intrínseca y automática es arbitrario y discriminatorio. No es la primera vez que se da cuenta de la nocividad de esta idea: se ha planteado en las luchas contra el racismo, la misoginia, el capacitismo, la homofobia, entre otras. En segundo lugar, pretender excluir a otros por diferencias que no resultan moralmente relevantes es, al mismo tiempo, un atentado en contra de miembros del grupo estándar que por genética, infortunio o enfermedad no cumplen con todas las características que se describen como deseables. A pesar de lo anterior, incluso si se decide continuar defendiendo la idea de que compartir características cognitivas con nosotros es esencial para replantear el valor moral de los animales no humanos: las hormigas, vacas, pinzones carpinteros, chimpancés, cocodrilos, elefantes, delfines y muchos otros nos muestran que es hora de reconocerles lo que les ha sido injustamente negado en los términos que nosotros mismos impusimos.

 

Alina González Gallardo 

Abogada. Fundadora de Rescatalandia. 


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