Para Angie, que conoce su historia y me ayuda a entender mejor la mía.
El pasado 4 de octubre se estrenó Beckham, una serie documental de Netflix en la que el exfutbolista inglés narra su ascenso al estrellato, al tiempo que se cuenta la historia de su relación con Victoria Adams y la familia que han construido juntos. En los últimos días, un fragmento del documental captó la atención de las redes sociales, al punto de volverse “viral”. Se trata de una pequeña conversación en la que se revela uno de los mecanismos más llamativos de la ideología meritocrática: la manera en que las élites reconstruyen sus historias de vida para desviar la atención sobre su privilegio.
En la escena, Victoria —exmiembro de las Spice Girls y esposa de Beckham desde hace más de veinte años— cuenta a un entrevistador que su familia tiene orígenes muy humildes. “Éramos realmente clase trabajadora”, asegura la diseñadora de moda al hablar de su infancia. La cámara enfoca a Beckham, que escucha escéptico en el marco de una puerta hasta que dice a su esposa: “Sé honesta”. La así llamada Posh Spice mira un tanto desconcertada. Parece genuinamente creer que la suya es una historia familiar de esfuerzo y movilidad social, hasta que el exfutbolista le pide decir en qué coche la llevaban a la escuela cuando era niña. Luego de tratar de evadir la pregunta con un “depende”, Victoria responde finalmente que en los años ochenta su padre manejaba un Rolls-Royce. “Gracias”, dice Beckham antes de desaparecer.
Se podrá discrepar sobre las cualidades deportivas del mediocampista del Manchester United, pero lo que es indudable es que tiene un buen olfato sociológico. Historias como la de Victoria Adams, en las que hombres y mujeres argumentan venir de un origen humilde pese a tener una experiencia de vida marcada por la riqueza es más que una disonancia cognitiva: es una narrativa compartida por miembros de la élite alrededor de todo el mundo, que tratan de desviar la atención sobre las ventajas de las que disfrutaron desde la cuna por medio de historias intergeneracionales de trabajo duro, sacrificio y talento. El sociólogo inglés Sam Friedman llama a este proceso “encubrimiento o desviación del privilegio” (privilege deflection).
Las distancias que hay entre la forma en que las personas se identifican a sí mismas en términos de clase y su posición objetiva en la estructura social no son nuevas. En México, este tipo de confusiones son viejas conocidas, especialmente cuando hablamos de la clase media. Sea por una cuestión aspiracional o el efecto de los llamados “grupo de referencia”, lo cierto es que la mayoría de los mexicanos, incluídos ricos y pobres, nos consideramos clasemedieros. Lo que planteo aquí es otra cosa: el proceso por medio del cual las personas que pertenecen a la élite socioeconómica intentan rehacer sus historias de vida para que su trayectoria sea coherente con el guión de la de movilidad social ascendente, sin importar si esta construcción retórica tiene un correlato en la realidad o no.

Según la narrativa meritocrática, una posición acomodada se legitima cuando es producto de una batalla cuesta arriba a base de “sangre, sudor y lágrimas”. La cosa se complica cuando, desde la élite, este credo se suscribe sin tener realmente una biografía que se corresponda con sus planteamientos. Y es que es difícil pensar en uno mismo como producto de una cultura del esfuerzo cuando vas a la escuela primaria en un Rolls Royce —o cuando se nace en Las Lomas o el Pedregal. Por eso es que a menudo, explica Friedman, las élites se remontan a las experiencias de sus padres y sus abuelos, o incluso más allá, como prueba de que su familia viene de muy atrás y muy abajo. Al hacerlo, estos discursos crean una especie de “ser intergeneracional” en el que el mérito pasa de ser un atributo individual a convertirse en una cualidad familiar que puede “heredarse”. El merecimiento pasa a ser resultado de una inversión que rinde frutos a lo largo de generaciones. No es algo exclusivo del Reino Unido. En México, que vivió una etapa de gran movilidad ascendente durante el siglo XX para miles de familias, no es extraño que una persona que pudo estudiar en escuelas privadas (o incluso en el extranjero) tenga abuelos que no terminaron de cursar ni la primaria. Sin ir más lejos, es mi caso.
Como explica Friedman, estas historias no suelen ser fruto del cinismo —las personas a las que entrevistó y explicaban así su posición actual con frecuencia lo hacían no sin cierta incomodidad. Incluso a la defensiva: “Fui a una escuela privada, pero estaba becado”. “Mi padre es ingeniero, pero mi abuelo trabajó en una fábrica”. Lo que es un hecho es que estas historias tienen siempre una dimensión performativa: desvían la atención sobre los privilegios que estos individuos gozaron en su vida, ante sus propios ojos y frente a los demás. El resultado de esta reconstrucción, argumenta el profesor de LSE, es que los logros de estos individuos se vuelven más valiosos y meritorios. Hace más de cien años, Max Weber escribía que el hombre afortunado necesita saber que merece su fortuna. Sobre todo, que la merece más que otros. El valor de estos relatos de esfuerzo intergeneracional es, precisamente, que vuelven a quien lo enuncia un individuo más merecedor de su suerte. Una especie de prueba viviente de la meritocracia.
En una coincidencia casi poética, al mismo tiempo que el video de Beckham, Adams y el Rolls Royce se viralizó, Eugenio Derbez compartía una conversación con un influencer en la que el humorista daba su propia versión del encubrimiento del privilegio. En la entrevista, el humorista contaba que su éxito en la farándula había sido consecuencia de una mentalidad poco común (“en lugar de pedir trabajo, ofrecí trabajo”), guardándose mucho de recordarnos que su madre, Silvia Derbez, fue una reconocida actriz de cine y televisión durante más de cincuenta años. No es casualidad que, en la investigación de Friedman, el mundo del espectáculo es donde más abundan estos relatos, pues es una de las profesiones en las que el éxito depende más de tu privilegio de familia.
Todo este asunto no pasaría de una simple anécdota sino fuera porque la fetichización de la meritocracia y los relatos que estudia Friedman contribuyen a dos grandes problemas en cuyo centro está la desigualdad: el primero es lo que el filósofo Michael Sandel llama la “hibris meritocrática”, la creencia por parte de los exitosos y los ganadores de la lotería del nacimiento de que efectivamente merecen las recompensas que reciben.1 En los casos de quienes enmarcan su historia en una lucha intergeneracional de movilidad social, esta soberbia se vuelve incluso mayor, pues en su mente partieron de una posición de “desventaja” frente a sus pares. El segundo problema es el de la propia ceguera hacia el privilegio. Las historias que recoge Friedman no sólo hacen ver a quienes las utilizan como más merecedores sino que, de forma concomitante, restan importancia a las ventajas que efectivamente gozaron en su curso de vida, sea el apoyo financiero de sus padres al inicio de su carrera, una red de conocidos o una pequeña herencia, así sea modesta y producto del ahorro.
A su manera, historias como la de Victoria Adams o Eugenio Derbez muestran cómo, incluso entre nuestras élites, el mérito es el criterio más extendido para pensar en la justicia. La idea de una sociedad estructurada como una meritocracia, algo que en los tiempos de Michael Young —escritor que acuñó el término en una novela satírica— parecía una distopía, hoy es probablemente una visión compartida por las mayorías. Sin embargo, es preocupante que, en el discurso habitual, la meritocracia se convirtió en algo más: una ideología que, en lugar de tratar de convertir al mundo en un lugar más justo, es empleada para mantener el statu quo. Para mantenerlo y reforzarlo, pues la fetichización del concepto del mérito le da a las desigualdades de nuestras sociedades una justificación natural y moral que, cuando no cuadra del todo con la biografía de las élites, se estira hasta sus antepasados en una especie de “acumulación originaria” de merecimiento.
Parece un signo de nuestro tiempo que hoy casi nadie (enfatizo el “casi”, porque siempre habrá un Salinas Pliego) que busque hacer una carrera pública se olvida de construir una historia de esfuerzo y trabajo duro, así sea hijo de un expresidente. Y no hablo sólo de la venta de gelatinas. Este panorama tiene un lado positivo: muestra hasta qué punto hay un consenso en nuestra sociedad sobre el valor objetivo del mérito. El problema es que la construcción y autoconsumo de este tipo de cuentos muestra que quienes más han disfrutado de las ventajas de una posición inicial privilegiada en un contexto de desigualdad son los que más creen que la meritocracia funciona. Suponen que es el trabajo duro —y no las circunstancias en las que se nace— lo que en mayor medida determina el lugar que cada quien ocupa.
Decía Oskar Lafontaine que ser pobre no era una condición necesaria para ser un político de izquierda, sino luchar contra la pobreza. En el caso de la meritocracia podríamos pensar algo similar: el punto no es maquillar o justificar los privilegios por medio de historias sobre el trabajo de nuestros antepasados, sino de reconocerlos, pues sólo a partir de ahí —siendo honestos, como Beckham— se puede luchar para que desaparezcan.
César Morales Oyarvide
Politólogo, maestro en políticas públicas por la Universidad de Chicago
1 Véase Michael Sandel, La tiranía del mérito, Debate, Madrid, 2020.