Pertenezco a la generación que transitó por la Facultad de Economía de Ciudad Universitaria (CU) durante la primera mitad de los ochenta. En ese entonces, el plan de estudios imperante provenía de una reforma de 1974 que había hecho de la facultad no una escuela de enseñanza, sino un foro y una plataforma de movilización “para el cambio social”. El subtexto, por supuesto, es que la única forma válida de “cambio” era a través de la visión programática marxista en cualquiera de sus vertientes. El plan de estudios convirtió a la primera mitad de los diez semestres de la carrera sen una cámara de eco de la doctrina incuestionable. La economía política —a la que se confundía con la “crítica de la economía política”— era el eje de la carrera. El programa incluía también materias de sociología para leer a Lenin y Gramsci. Había por ahí una clase de metodología en donde las lecturas eran sobre materialismo dialéctico y unos pseudo-talleres, llamados CIES, que en realidad eran plazas para colocar agitadores en la facultad y reclutar al alumnado para las interminables “movilizaciones”. CU, en fin, era una especie de parque temático revolucionario donde se ensayaba el guión de la lucha de clases y del asedio del conservadurismo a las instituciones. Algún día llegaría la versión mexicana de la toma del palacio de invierno, tal y como lo plasmó Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional.

Ilustración: Alberto Caudillo
El resultado de la primera mitad de la carrera era que el alumnado no sabía la diferencia entre Banco de México y Banamex, pero podía trabarse en bizantinas discusiones de teoría marxista. Durante la segunda mitad de la carrera, algunos de los que allí estudiamos nos percatamos del tiempo perdido y tomamos conciencia, con melancolía socrática, de lo poco que sabíamos en el área de conocimiento que nos identificaría a lo largo de nuestra vida profesional. El clima, discurso y atmósfera de la facultad nos parecía cada vez más solipsista y asfixiante. Lo bueno de aquello es que nos impulsaba a buscar la vida que, como diría Kundera, está en otra parte.
Descubrimos que interesarnos por el cine, la narrativa, el ensayo literario y la música era una salida magnífica de una doctrina que exige compromisos incondicionales. Sabíamos que la vida era más compleja y que las artes lo entendían; que jamás podríamos confiar en doctrinas grandilocuentes y en su pretensión de explicar la totalidad de la experiencia humana. Comprendimos lo que quería decir Camus cuando hablaba de “rebeldía” en contraposición a la revolución, con sus sujetos programados dotados de sarcasmo pero incapaces de reírse de sí mismos o de sus banderas. Fue una revelación trabar amistad con alguno que otro maestro que coincidía en que la vida estaba en otra parte. Los compañeros de generación que seguían siendo entusiastas del pensamiento único nos parecían tristes y predecibles. Aquellos años de juventud fueron los mejores para adquirir esa conciencia de la libertad interior, desde la que muchos forjamos amistades de por vida.
Tuvimos sin duda el privilegio, no solo de estudiar una carrera, sino de encontrar trabajo interesante sin que nos pidieran demasiados requisitos, donde podíamos aprender haciendo lo que no aprendimos en las aulas. Pero, sobre todo, tuvimos la suerte de estar en CU y zonas aledañas de la Ciudad de México, de experimentar la densidad cultural de la zona más vibrante, en ese sentido, del país. Al recordar esos años, no dejo de pensar en el clima ideologizado de las normales rurales, en donde llevan generaciones enteras de adoctrinamiento marxista-leninista. Ese calabozo mental no conoce el escepticismo. Quienes habitan allí dan por buenas las premisas del guión rudimentario: que la realidad social se reduce a un sordo conflicto; que la pertenencia a una clase o grupo lo decide todo; que el egoísmo es individualista por definición. Se conducen así porque sus educadores les han repetido ad nauseam que ellos son los bienaventurados de la Historia con mayúscula.
Como consecuencia de los siete cursos de economía política del viejo programa de estudios de la Facultad, nuestros maestros nos hacían leer El Capital (1867) de principio a fin, como si fuera una novela. El primer tomo tiene pasajes sinfónicos, pero después del tedio sin fondo del segundo, el tercero regresa a temas ricardianos clásicos para proyectarlos en una escala especulativa sin fundamento empírico. Lo único que Marx consigue es caminar en círculos, pues nunca deja de presuponer lo que trata de demostrar. Leyendo El Capital, uno no aprende economía sino a filosofar sobre la economía. La originalidad de Marx fue aplicar métodos de crítica filosófica a algo que no es filosofía. Eso lo hace diferente y descaminado al mismo tiempo. Terminó buscando una contradicción fundamental en el capitalismo, como si este fuera un argumento defectuoso y no un fenómeno de la realidad, flexible y moldeable por los cambios tecnológicos y demográficos, así como por toda clase de contingencias históricas. En Marx, la tensión entre la historia y la especulación culmina con el dominio absoluto de lo segundo. Las conclusiones de los filósofos se imponen como necesarias e ineludibles sólo en el mundo artificial de la argumentación abstracta. En la realidad histórica, las cosas nunca son tan sencillas.
Al igual que la Suma Teológica de Tomás de Aquino, El Capital es un tour de force, un monumento intelectual. Cambia el paisaje, rompe el horizonte, obliga a hablar de él, pero no queda claro cuál es su valor en términos cognitivos. Una cosa es un monumento a la navegación que incluye un compás y un sextante; otra muy distinta es que dicho monumento sea, en sí mismo, compás y sextante. Como en su momento lo fue Aristóteles, Marx ha sido un pensador sobrevalorado, con la diferencia de que su sobrevaloración resultó trágica. Podrá decirse de él lo que se dijo del estagirita: su pensamiento mostró el alcance y los límites de las construcciones puramente conceptuales, por más alusiones que hiciera a la praxis como forma de conocimiento. Acaso sus aportes fueron una necesaria fase previa a otras formas de pensamiento capaces de dialogar fructíferamente con la realidad y aceptar retos y refutaciones. Tal es lo que conocemos como ciencia, cuya práctica por definición no puede reducirse a un sólo discurso o a una sola autoridad filosófica. Aristóteles y Marx son personajes precientíficos, aunque sin duda con un lugar en la historia del pensamiento. Esto último no se discute.
La autodenominada “crítica de la economía política” es una aproximación que no puede sustituir al conocimiento positivo. Un economista, para serlo cabalmente, tiene que ser capaz de explicar cómo operan mercados clave, tales como el laboral o el financiero; tiene que ser capaz de comprender distintos modelos —su poder explicativo y sus limitaciones— para visualizar problemas de eficiencias; tiene que dominar diversas técnicas estadísticas, entender la importancia de los incentivos y el enfoque de consecuencias no deseadas, etc. El economista que cree que El Capital es el alfa y omega de su disciplina está extraviado en un laberinto donde el pensamiento económico fue capturado por la metafísica alemana sin siquiera sospecharlo.
En 1994 se reformó el programa de estudios de la Facultad de Economía de la UNAM. Esta reforma fue un avance importante que mi generación hubiera agradecido. Aún así, el nuevo programa refleja una inercia y un compromiso negociado con lo que le precedió. La economía política, abusivamente identificada con el marxismo, todavía está presente a lo largo de cinco semestres. No deja de ser sintomático que sólo en uno se atiende a un curso sobre pensamiento no-marxitsa. En otras palabras: Karl Marx es el pensamiento económico; el resto, un apéndice. Marx es el marco general en el que hay que situar a los demás pensadores.
No deja de ser irónico que, siendo la perspectiva histórica el aporte más valioso del marxismo, los estudiantes de economía de la UNAM llevan solamente dos semestres de materia de historia económica universal. El fracaso de las economías de planificación centralizada debería estudiarse con la misma dedicación con la que se estudia la secuencia de eventos que condujo a la crisis económica de la globalización neoliberal en 2008. Se dice equivocadamente que uno de los problemas en las disciplinas sociales es la imposibilidad de experimentar como lo hacen las ciencias duras, pero esto ignora el hecho de que las economías socialistas planificadas centralmente fueron los experimentos económicos más colosales jamás emprendidos. Un economista está obligado a entender por qué fracasaron estos modelos y así aprender enormidades sobre la importancia de los mercados y sus procesos de formación de precios.
Asimismo, el estudiante de economía tiene la obligación de saber que los sistemas “comunistas” fueron tan hostiles con el medio ambiente como las formas más depredadoras del capitalismo. La Unión Soviética practicó tan sistemáticamente el genocidio como el ecocidio; la antigua República Democrática Alemana llegó a ser la nación europea con más contaminación en el agua, suelo y aire. Hoy en día, el ejemplo más cercano sería la destrucción de la cuenca del Orinoco, uno de los humedales más importantes del planeta, por parte de las prácticas mineras del régimen venezolano. El reto ambiental desborda los esquemas político-económicos, y no hay sistema que tenga la bala de plata para resolverlo.
Cuando uno se asoma a las redes sociales de la Facultad de Economía, si bien detecta preocupaciones más profesionales y menos militantes que en mi época, queda claro que Karl Marx y El Capital siguen siendo tabú. De esto puedo dar testimonio directo: cad vez que hago algún comentario al respecto se agita como avispero. Pareciera que Marx es parte indisociable de la identidad de esa Facultad, tanto como irle a mis queridos Pumas de capa caída. En todo caso, la Facultad que observo es una que practica lo que Ludwig Wittgenstein llamaba “juegos de lenguaje”. Aquí el juego es condenar al capitalismo y adoptar desplantes condenatorios. Eso establece un tono y un tipo de pronunciamiento socialmente aceptable en la comunidad.
Se trata de juzgar a un conjunto de mecanismos económicos de interacción compleja como si fuera un individuo sociópata o un ente maligno. La crítica del fetichismo de la mercancía terminó creando un nuevo fetiche de valencia negativa. Todo ello ha fascinado a filósofos, sociólogos e ideólogos latinoamericanos, porque reduce y simplifica la comprensión de la economía política a un drama con el que se sienten cómodos. Pero cuando uno estudia economía, la obligación es entender de qué se está hablando antes de deconstruir o de emitir juicios categóricos. El problema de practicar esos juegos del lenguaje es que, con hábitos adquiridos en una comunidad artificial, hay que enfrentar más adelante a la realidad.
El resultado, en cualquier caso, es que el marxismo se apodera de una institución educativa que presume ser la cumbre del pensamiento crítico. Exige ser el tamiz, la criba por donde ha de pasar cualquier pensador, cualquier idea, cualquier reflexión sobre historia y sociedad. El marxismo invita a los juicios categóricos. Su impulso holístico facilita que su pensamiento se degenere en una doctrina desagradablemente agresiva. Su práctica del desenmascaramiento de la “falsa conciencia” induce una actitud de repudio, sospecha y acusación tanto por maestros como alumnos, destruyendo la buena fe y la cordialidad, esenciales para el funcionamiento de cualquier comunidad educativa. Pone en marcha, además, una absurda y neurótica competencia de quien es más marxista o quien domina mejor los códigos del profeta y sus intérpretes consagrados.
Los marxistas nunca ven al marxismo como una herramienta más en la caja de herramientas. Para ellos el marxismo es lo que define qué es una caja y qué es una herramienta, reproduciendo un metadiscurso que nunca se somete a las reglas comunes con las que se examina a cualquier otra idea. Termina convirtiéndose en la posición por default; la que decide qué amerita aprobación o repudio, de tal forma que llega a ser el código de un establishment que no sabe que lo es.
A mi modo de ver las cosas, la fascinación que el marxismo ejerció y aún ejerce en ciertos círculos intelectuales obedece a que le otorga un poder fatal a las ideas: un poder sobre vidas individuales y colectivas como jamás pretendieron Spinoza, Hume, Kant o Mill. El marxismo restaura la noción del rey filósofo y el orgullo herido del pensador que en otras épocas hubiera sido teólogo o profeta; permite hacer juicios sumarios sobre totalidades como la historia o las sociedades. Revolucionario desafiante, inquisidor y verdugo, todo en uno, ¿cómo podría resistir eso el ego de quienes nunca asumen responsabilidad de nada?
Rodrigo Negrete
Economista y ensayista
Citando las palabras del economista Xavier Salas i Martin «un economista es como un médico», ayuda a curar al enfermo no a prevenir que no existan las enfermedades, pero al igual que yo antes de emprender mis estudios en la carrera, no comprendía al 100% el trabajo de un economista, pero coincido que el modelo capitalista actual tiene sus límites, y es muy seguro que en las próximas décadas se vean cambios del sistema capitalista, pues son muy necesarios.
Si bien es cierto que existe un tabú al hablar del marxismo en la facultad, no puede asegurar que es lo único que aprendemos a lo largo de la carrera. A mi parecer es importante entender la economia desde todas sus corrientes, ya cada economista sabrá a que inclinarse, no todos debemos pensar ni guiarnos por la misma doctrina. Y además cada alumno escoge a sus profesores por lo tanto sabemos que corriente economica sigue antes de inscribirlo, así que no, no leemos al capital como si fuera nuestra biblia.
Por otro lado, es cierto que se requiere un cambio de estudios y no es él primero ni el último que lo ha mencionado, han sido horas de discusión, intenciones existen.
Y espero sus siguientes criticas para las demás instituciones, no señalemos sin saber que pasa adentro.
Sera el sereno pero ante el fracaso del capitalismo, el.marxismo esra mas vivo que nunca
Si la crisis del 2008 no fue prevista, eso deja mal parados a los economistas y su supuesta base científica. Sin mencionar que los economistas siguen creyendo en el crecimiento ilimitado, y que la exportación de la contaminación a los países del tercer mundo no fue una consecuencia no deseada, sino parte central de cómo se planeó el sistema económico en los últimos 30 años.