Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la marea política estuvo muy alta. El mar era tan turbulento y el panorama tan tormentoso que no se divisaba el horizonte político con claridad. Una nueva hegemonía estaba en disputa: algunos luchaban por su consolidación y otros contra ella.
Tras el triunfo de Claudia Sheinbaum, sin embargo, la marea política ha bajado. Esta relativa calma se debe a que la disputa central ha concluido: el tránsito hacia la nueva hegemonía se ha consumado. En el terreno electoral, Morena afianzó su condición de partido dominante y redujo a las fuerzas opositoras a una posición no sólo minoritaria, sino casi testimonial. En la arena ideológica y del debate público, el obradorismo ha logrado establecer los términos de la discusión, llegando incluso a orillar a sus adversarios a expresarse en el idioma del oficialismo (un claro ejemplo es la defensa de los programas sociales que hizo Xóchitl Gálvez). Más importante aún: Morena ha construido y consolidado un amplio consenso social en torno a un lenguaje común y a un discurso público con tintes más moralistas que ideológicos. Entre muchos sectores de la población, los mantras del oficialismo (por ejemplo, “por el bien de todos, primero los pobres”) se han convertido en un nuevo “sentido común”.
Ya pasada la tormenta de la lucha por la hegemonía, en fin, el horizonte luce más claro. Cabe entonces preguntar: ¿qué deben hacer los intelectuales y los críticos políticos ante esta nueva realidad mexicana?
Como bien dicen Ana Sofía Rodríguez Everaert y Luciano Concheiro, el intelectual es una especie en peligro de extinción.1 Desde las décadas finales del siglo XX, los medios favorecen la figura del especialista (centrado en analizar un área específica de la cosa pública y en resolver los problemas asociados a ella, casi siempre desde un punto de vista técnico más que filosófico) por encima del intelectual (una figura más universalista y más enfocada en grandes temas que en minucias concretas). Por otro lado, las redes sociales han fomentado la cultura de la inmediatez, el consumo de contenidos simples y breves, el posicionamiento de figuras referentes que carecen de profundidad intelectual y la pulverización de la esfera pública en micropúblicos que consumen contenidos que ratifican sus puntos de vista.2
Con todo, pienso que es hora de reivindicar a los y las intelectuales, pues su labor es necesaria para entender, criticar, moldear y disputar la nueva hegemonía política de México. Para ello, resulta urgente que surjan nuevas figuras y que los intelectuales ya consolidados tomen nuevos bríos.
“Intelectual” es un término controvertido, entre otras razones porque los propios intelectuales son los encargados de definir el concepto. Para efectos de este ensayo, propongo que entendamos al intelectual como una persona que se dedica al ejercicio del pensamiento crítico para analizar asuntos públicos contemporáneos y delinear posibles soluciones a los problemas sociales desde perspectivas amplias y comprehensivas. Por lo tanto, aunque los intelectuales a menudo poseen un alto reconocimiento académico, deben dirigirse al público en general y no sólo a sus pares. Al dialogar con amplias audiencias, los intelectuales desempeñan un papel crucial en la formación, la disputa o el desmantelamiento de hegemonías o consensos ideológicos y políticos. Así, las funciones principales de los intelectuales son influir en la opinión pública y establecer límites o directrices para las decisiones de los grupos de poder, tales como funcionarios, partidos políticos, élites económicas, votantes, movimientos sociales e incluso otros intelectuales.
Hoy más que nunca, México necesita a sus intelectuales, tanto aquellos que están a favor de Morena como aquellos que ejercen la crítica frente a esta fuerza política. Si lo intelectuales comprometidos con el oficialismo renuncian a su vocación y se convierten en propagandistas —como ocurrió con muchos de ellos durante el sexenio que termina—, el gobierno podrá continuar dándole la espalda a causas políticas que juró impulsar (como ocurrió con la relación entre el gobierno y las víctimas de desapariciones y violaciones a derechos humanos en el sexenio de López Obrador).3 Si los intelectuales de la oposición se siguen negando a entender las causas del cambio de régimen, quedarán encerrados en una caja de resonancia en la que sólo escuchan los argumentos de sus correligionarios, hacen proyecciones políticas basadas en el deseo —no en la evidencia— y rechazan el diálogo con todo aquel que no coincide con su visión. Si los intelectuales independientes no actualizan su pensamiento para analizar el país con todos los cambios que ha sufrido recientemente y no encuentran nuevas formas de dialogar tanto con los intelectuales del oficialismo como con los de la oposición, entonces su contribución a la deliberación pública será marginal.

Intelectuales militantes o comprometidos con Morena
Durante el sexenio que termina, muchos intelectuales del obradorismo se convirtieron en propagandistas. Como apunta el politólogo Hugo Garciamarín en un ensayo sobre la diferencia entre quien se dedica a pensar de forma crítica y quien se dedica a defender acríticamente las posiciones de los poderosos, “la función del intelectual es la de ser un generador de sentido” capaz de “cambiar la forma en la que se entiende el campo de la política”. En contraste, los propagandistas “no se cuestionan sobre lo que difunden, ni tampoco les importa, pues su papel, estrictamente, es el de propagar una idea o creencia sin importar si es cierta o falsa”. Un intelectual, nos dice Garciamarín, “no es un repetidor, sino un generador y agitador de las ideas”. Mientras tanto, la razón de ser de los propagandistas es “repetir los guiones del relato oficial, aunque éste sea contradictorio con los postulados fundamentales que dicen defender”.
El compromiso del intelectual militante, a diferencia de aquel del propagandista, no es con una personaje ni con un gobierno, sino con un proyecto político, con una concepción de la ética y con causas sociales definidas. Tomemos como ejemplo una declaración de Epigmenio Ibarra: “Hasta el último minuto de la última hora del último día de su mandato, yo he de estar con Andrés Manuel López Obrador. Un privilegio, un gran honor, el más grande en mis 72 años de vida, ha sido para mí seguir los pasos del hombre que inició el proceso de transformación de la vida pública en México. […] Si la vida me alcanza, he de estar con Claudia hasta el último día de su mandato”. Tales juramentos de lealtad incondicional a personalidades —y no a sus ideas o a sus proyectos— son propios de los propagandistas y ajenos a los intelectuales.
Si el oficio de Ibarra y sus colegas fuera pensar y no celebrar, por ejemplo, hubiesen criticado a López Obrador cuando incumplió su promesa de regresar al Ejército a sus cuarteles. Un buen intelectual militante actuaría como guardián del proyecto político que Morena dice representar; precisamente por esa razón, criticaría a los líderes del partido cuando se desvían de las causas que dicen defender. Más aún: un buen intelectual comprometido con Morena se daría a la tarea de delinear la agenda ideológica del partido, y no solamente repetir las consignas de López Obrador y Sheinbaum.
En su estudio sobre el panorama intelectual de Francia durante las décadas de 1940 y 1950, Tony Judt se pregunta por qué intelectuales como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir apoyaron al estalinismo, aun después de que sus atrocidades se volvieran bien conocidas. Judt sostiene que los intelectuales comprometidos con la causa comunista perdieron su brújula moral y su compromiso con la evidencia empírica. Con tal de defender a Moscú frente a Washington, preferían cerrar los ojos ante las purgas; con tal de no coincidir con, digamos, Raymond Aron, preferían defender al gulag. De acuerdo con Judt, los intelectuales comprometidos de la Francia de la posguerra eran más “anti-anticomunistas” (críticos contra quien se oponía al comunismo soviético) que comunistas (auténticos marxistas-leninistas). Era más importante estar “del lado correcto de la historia” que defender un sistema de valores e ideas o proteger la vida humana.4
México no es la Unión Soviética y López Obrador no es Stalin, pero muchos propagandistas e intelectuales comprometidos con el obradorismo han actuado de manera similar a Sartre y Beauvoir. Si bien es obvio que las malas decisiones que han defendido no son en modo alguno comparables con los juicios sumarios y las ejecuciones masivas del estalinismo, es igualmente innegable que muchos obradoristas han renunciado a la crítica con tal de permanecer en “el lado correcto de la historia” y de no coincidir con los “conservadores”.
La buena noticia es que el fin del sexenio ofrece una oportunidad para corregir el rumbo. Si los propagandistas quieren volver a ser intelectuales y así contribuir a que el gobierno de Sheinbaum se valga de su hegemonía para impulsar la igualdad sustantiva, la disminución de la pobreza, la separación del poder político y el poder económico y la construcción de un Estado fuerte pero no autoritario, deben atreverse a contradecir al gobierno cuando éste se equivoque. Si no lo hacen, estarán condenados no solamente a compartir la responsabilidad por tales equivocaciones, sino también a la irrelevancia: es muy fácil desechar y conseguir nuevos propagandistas (véase, por ejemplo, el caso de John Ackerman), pero es muy difícil formar cuadros que doten de sustancia ideológica a un partido político.
¿Y cómo deberían ser estos cuadros de ideólogos? Michael Walzer asegura que los intelectuales comprometidos con una agenda progresista deben poseer las siguientes virtudes:
- Valentía y congruencia para criticar los abusos de poder, la opresión y la injusticia; para cuestionar a quienes son cómplices de estas acciones; y, más importante aún, para señalar a compañeros de causa que se han desviado de las agendas que decían defender;
- Compasión y empatía para “siempre estar del lado de las víctimas y los que sufren” y jamás justificar a quienes perpetran abusos;
- Un “buen ojo” acompañado de “sentido de proporción”, una capacidad de estar conscientes de la realidad social del país y de distinguir los problemas importantes de los secundarios;
- “Humildad intelectual” para jamás dar por descontado que uno siempre tiene la razón simplemente por estar “del lado correcto de la historia”.5
En complemento del ideario de Walzer, Mark Lilla sugiere dos virtudes adicionales: templanza y prudencia. Los intelectuales deben ser conscientes de que sus ideas tienen consecuencias materiales. Al emitir una opinión, deberían saber que ésta se puede convertir en política pública o en parte del discurso de los poderosos. Así, es condenable que un intelectual sostenga un argumento y después se esconda cuando éste sirva para legitimar una decisión nociva para la sociedad. Si un intelectual defiende la militarización de la seguridad pública, haría mal en fingir que no tiene nada que ver con las atrocidades cometidas por el Ejército que él mismo defendía.6
Por mi parte, a las virtudes deseables de los intelectuales militantes que proponen Judt, Walzer y Lilla agregaría aquella de la congruencia. Si un intelectual criticó la militarización de la seguridad pública promovida por Felipe Calderón, debería hacer lo mismo con la militarización de la Guardia Nacional promovida por el actual gobierno; si denunció a Peña Nieto por proteger al Ejército en el caso Ayotzinapa, habría que hacer lo mismo con López Obrador; si señaló la incongruencia del “PRIAN” por competir en alianza electoral, debería actuar de la misma forma frente a la coalición de Morena con el Partido Verde.
Todos estos postulados también aplican para los intelectuales de la oposición, de quienes me ocuparé en el siguiente apartado. El hecho, sin embargo, es que los intelectuales del oficialismo, al formar parte de la coalición hegemónica, tendrán una mayor responsabilidad en este sexenio. Se enfrentan a una gran decisión: o bien convertirse en propagandistas del discurso oficial, o bien asumirse como orientadores de la ideología y guardianes de los límites éticos del partido hegemónico.
Intelectuales de la oposición
Los intelectuales de la oposición desempeñaron un papel ambivalente durante el sexenio de López Obrador. Por una parte, en temas sociales, jurídicos y de política pública, esgrimieron críticas válidas y precisas; señalaron errores y deudas del gobierno; identificaron riesgos y oportunidades perdidas; y cuestionaron la constitucionalidad de ciertas acciones del gobierno. Por ejemplo: durante la pandemia, la labor de los intelectuales de oposición fue crucial para dejar un testimonio sobre el desastroso manejo de la emergencia sanitaria y sobre las divergencias entre el discurso triunfalista del gobierno y la realidad de muerte y duelo. Lo mismo ocurrió con temas como el desabasto de medicamentos o la inseguridad, la corrupción y la violencia.
No obstante, en cuanto al análisis político, cegados por la nostalgia del régimen de la transición, amedrentados por las intimidaciones del Poder Ejecutivo y enfrascados en pleitos estériles con el presidente y sus partidarios, muchos intelectuales de oposición no entendieron el tamaño del cambio político en marcha. Confundieron el combate “contra el autoritarismo” y “en favor de la democracia” con el apoyo a partidos que la mayoría de la sociedad consideraba desacreditados.7 Uno de los críticos políticos más avezados del país, Jesús Silva-Herzog Márquez, bautizó a este fenómeno con el mote de “la suspensión de la crítica”. A decir suyo, se escuchaban en el país voces que pedían “un estado de emergencia sobre la deliberación nacional”, toda vez que amplios sectores de la oposición concluyeron que el ascenso de Morena representaba un riesgo tan grande que “debería suspenderse el ejercicio de la crítica” a las fuerzas políticas que competirían contra el oficialismo. Esta renuncia a pensar resultó desafortunada, según Silva-Herzog, porque “la gravedad de la crisis democrática no pide menos sino más crítica”.
Coincido con Silva-Herzog. Al sostener una lectura nostálgica de la realidad política y una defensa a toda costa de la alianza PRI-PAN-PRD, algunos intelectuales de la oposición contribuyeron a la autocomplacencia que caracteriza a las élites partidistas mexicanas. En el camino, renunciaron a cultivar el “buen ojo” del que habla Walzer y el sentido de la realidad que defiende Judt. El resultado fue que se perdieron en las brumas de la nostalgia y en la enjundia antiobradorista. Al hacerlo, prepararon el terreno para que el gobierno los caricaturizara como una oposición “moralmente derrotada”. Desacreditados por el aparato de propaganda del Estado y por lo tanto incapaces de apelar al gran público de forma efectiva, terminaron por hablarse exclusivamente los unos a los otros y a sus lectores de siempre.
El resultado, a decir de la crítica del arte María Minera, fue que los intelectuales de oposición se convirtieron en “el eco del eco”: repetidores indirectos del discurso de López Obrador. Debatieron en los términos que dictaba el presidente, no en sus propios marcos; discutieron las “mentiras oficiales”, en vez de desenmascarar la realidad. “¿Cómo se resquebraja, entonces, la superficie pulida de la mentira organizada?”, se pregunta Minera, reflexionando en torno a las ideas de Hannah Arendt. Y responde: “Esto me parece un buen punto de partida: dejar de dirigirnos a los que piensan igual que nosotros; apuntar en otras direcciones; elegir un campo de estudio relativamente inobservado. Y, sobre todo, dejar de glosar las mañaneras, pues eso, en el fondo, se parece mucho a aceptar, aun a regañadientes, las cosas como son”.
Es probable que Sheinbaum no consiga dominar la discusión pública tan intensamente como López Obrador: pese a que ha anunciado que continuará con las conferencias matutinas diarias, dudo mucho que tenga la misma efectividad para controlar la agenda. Eso será saludable para el debate público del país, pero ello no significa que los intelectuales de la oposición queden eximidos de la responsabilidad de llenar ese vacío discursivo de forma inteligente y realista. Ante la nueva hegemonía, y con los partidos opositores debilitados, los intelectuales tienen la oportunidad de fungir como uno de los contrapesos más importantes al poder presidencial.
Para lograr erigirse en un contrapeso efectivo y para disputar o incidir en la nueva hegemonía, los intelectuales de oposición deben redefinir su escala de prioridades. Durante el sexenio de López Obrador, sus críticas agudas sobre temas sociales, jurídicos y de política pública terminaron por perder alcance y fuerza, al ser opacadas por sus intervenciones nostálgicas y abstractas “en defensa de la democracia” (que, para muchos ciudadanos, significaba “en defensa del PRIAN y de los privilegios de la élite”) y “en contra del autoritarismo” (que, para muchos votantes, quería decir “en contra de Morena y López Obrador”).
En el sexenio de Sheinbaum, los intelectuales de oposición deben concentrarse más en los problemas reales de la gente, como la inseguridad, la violencia, las desapariciones y la falta de servicios de salud y medicamentos, en lugar de obstinarse en la defensa de nociones ambiguas como “democracia” o “pluralidad”. O, para ponerlo en los términos de Walzer: deben enfocarse en estar siempre del lado de las víctimas. No se trata de renunciar a las agendas ideológicas o programáticas (en la mayoría de los casos de talante liberal) que estos intelectuales sostienen, sino de que empaten éstas ideas con los problemas cotidianos y urgentes del grueso de la población.
En otras palabras: los intelectuales de oposición deberían pasar de una defensa reactiva de la democracia liberal a una defensa proactiva: en lugar de insistir, con Churchill, que la democracia es el sistema menos malo, deberían explicar por qué la democracia es mejor que otros sistemas. También deberían reflexionar sobre cómo la democracia podría ayudar al grueso de las mexicanas y los mexicanos a tener una mejor calidad de vida, pues la realidad es que la transición democrática de México no significó una mejora en la cotidianidad de las mayorías.8 Imaginar una democracia mexicana distinta a la que se construyó con los arreglos institucionales, políticos y legales de la transición es otra tarea pendiente de los intelectuales de oposición: no se trata de renunciar a la promoción de la democracia, pero sí a la defensa a ultranza de la transición; no se trata de dejar de promover agendas democráticas, pero sí de vincularlas con las necesidades de las personas de carne y hueso.9
Intelectuales independientes
Para concluir, tocaré brevemente el punto de los intelectuales independientes: aquellos que no están comprometidos con una u otra fuerza política. No les dedicaré muchas líneas porque son una minoría, pero también porque hace no mucho Silva-Herzog publicó en nexosun ensayo al respecto. Lo cito:
El [intelectual] moderado no deja de pronunciarse sobre los asuntos quemantes de su tiempo, pero lo hace desde la plataforma de sus dudas y sus convicciones. […] Los extremos describen a los moderados como desertores: diletantes que abandonan el compromiso y se fugan de la realidad. Nada de ello: lo que rechazan es la trampa de las simplificaciones. Los extremos chantajean con una disyuntiva definida en sus términos. Ahí radica la fibra de la moderación: resistencia a la intimidación de los vehementes. No entrega las armas, usa las suyas.
Yo añadiría que los intelectuales independientes no deben quedarse en una torre de marfil, en un mirador alejado de su sociedad. Como sugiere Walzer: si un crítico político escribe desde una excesiva distancia, desde una falsa —por imposible— neutralidad, su crítica pierde valor, pues la lejanía se refleja en los textos, ya por imprecisión, ya por insensibilidad. Quienes se consideran intelectuales independientes, además, cumplen una función clave: señalar las inconsistencias, los errores, las traiciones y los puntos ciegos de los intelectuales comprometidos y opositores, para así dirigir la conversación pública de vuelta a los temas realmente urgentes e importantes. Ésta será una labor fundamental en el nuevo panorama político mexicano, marcado por la hegemonía morenista.
Puesto que el obradorismo ha absorbido —y, dirían algunos, desactivado— a buena parte de las izquierdas mexicanas, será muy importante que quienes sostienen posiciones de izquierda y no militan en el obradorismo señalen las contradicciones del gobierno de Sheinbaum y lo empujen a asumir posiciones progresistas en temas como derechos humanos, igualdad de género, cuidado al medio ambiente y reforma fiscal.10 Todos estos son temas en los que el obradorismo ha renunciado a ser un movimiento de izquierda, por lo que los intelectuales progresistas deben señalar esas deudas y proponer caminos para avanzar en esos asuntos.11 Este diálogo entre intelectuales de distintas corrientes progresistas podría incluso convertirse en el germen ideológico de un nuevo partido de izquierda rumbo a 2025.
El regreso de los intelectuales
“La vida”, decía Ortega y Gasset, “es una serie de colisiones con el futuro: no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser”. Tal es el caso del México actual: el futuro político ha chocado con el presente. No tiene caso lamentarse por el pasado perdido, pero tampoco aplaudir ciegamente al nuevo partido hegemónico. Si queremos que la próxima coalición con el futuro sea más suave, si queremos contribuir a moldear a este nuevo México que ahora está en construcción, debemos reivindicar la labor intelectual. Y es que, en estos tiempos de un nuevo partido hegemónico, México no necesita influencers, propagandistas, analistas o “líderes de opinión”, sino intelectuales.
Jacques Coste
Historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición a la democracia de México.
1 Ana Sofía Rodríguez Everaert y Luciano Concheiro, El intelectual mexicano: una especie en extinción, México, Debolsillo, 2017
2 Gibrán Ramírez argumenta que la pulverización de la esfera pública en muchos micropúblicos ha contribuido a la muerte de las democracias liberales, al menos como las conocemos: Gibran Ramírez, “El populismo ha muerto”, nexos, abril de 2024
3 Al respecto, recomiendo: Mariano Sánchez Talanquer, “La izquierda oficialista”, Otros Diálogos, julio de 2024
4 Tony Judt, Past Imperfect: French Intellectuals, 1944-1956, Berkeley, University of California Press, 1992. Para conocer la crítica que Raymond Aron hizo a los intelectuales militantes de su tiempo, sugiero revisar: Raymond Aron, El opio de los intelectuales, Madrid, Página Indómita, 2018.
5 Michael Walzer, The Company of Critics: Social Criticism and Political Commitment in the Twentieth Century, Basic Books, 1988
6 Mark Lilla, The Reckless Mind: Intellectuals in Politics, New York Review Books, 2001,
7 Una buena crítica a esta posición de los intelectuales comprometidos con la oposición se puede leer en: Jorge Iván Puma Crespo, “El fantasma de Luis Echeverría”, nexos, junio de 2024,
8 Un buen ejemplo de defensa activa y no reactiva la democracia liberal es: Timothy Garton Ash, “The Future of Liberalism”, Prospect, diciembre de 2020, Además, el ensayo de Garton Ash tiene la virtud de vincular la defensa de la democracia con las preocupaciones de los ciudadanos de carne hueso. En la arena mexicana, Raudel Ávila ha esgrimido argumentos similares de defensa de la democracia en relación con las necesidades del grueso de la población, por ejemplo:“Un nuevo liberalismo y movilización electoral” o “La vitalidad del liberalismo”,
9 Así lo hicieron varios intelectuales durante los primeros años de la transición y sería pertinente recuperar ese espíritu. Un buen ejemplo de promoción democrática con vocación social se encuentra en: Hécto Aguilar Camín, Después del milagro, México, Cal y Arena, 1989
10 Un buen ejemplo de un intelectual no comprometido, que ha esgrimido críticas certeras a AMLO, Sheinbaum y Morena desde la izquierda es César Pinedaa. En su sitio web, se pueden consultar sus textos. Otra gran intelectual progresista que escribe sobre violencia, desapariciones, despojo y desplazamiento ambiental es Natalia Mendoza. Sus textos se pueden encontrar cada mes en nexos.
11 Gracias a los buenos oficios de Nicolas Allen, sostuve un debate con Viri Ríos y Edwin Ackerman para evaluar al gobierno de AMLO desde distintas posiciones de izquierda. Fue un ejercicio muy fructífero y enriquecedor. Sería positivo organizar más debates de este tipo durante el sexenio de Sheinbaum, para dar seguimiento a su gobierno desde las izquierdas. Nicolas Allen, “How Will AMLO’s Presidency Be Remembered?”, The Nation, mayo de 2024
En Nicaragua, no se si Ortega ha usado al ejército para reprimir o sólo a la policía.
Me gustaría que se haga un análisis comparado de las tendencias a la militarización y los estados de excepción en toda latinoamérica, incluyendo al Salvador, Ecuador y Argentina.