“Los ladridos de la OTAN a las puertas de Rusia”

Debo el título al Papa Francisco quién, en una entrevista publicada por el Corriere della Sera, el 3 de mayo de 2022, dio a entender que algunos de los agravios invocados por el presidente Putin, para justificar su guerra contra Ucrania, bien podrían ser legítimos: “Los ladridos de la OTAN a las puertas de Rusia” lo habrían empujado “a mal reaccionar y a detonar el conflicto… en un acceso de ira de la cual no sé decir si ha sido provocada, pero quizá facilitada”. Para los comentaristas, claramente, el Papa pensaba que Estados Unidos, quizá, lo empujaron adrede a la guerra. Así lo leyó una publicación china en francés: “Para el Papa, la OTAN podría encontrarse al origen de las acciones de Rusia en Ucrania”. Posteriormente, el Papa no volvió a tocar ese tema y publicó, en diciembre de 2022, una “encíclica”, redactada con el periodista Francesco Antonio Grana, Una enciclica sullo pace in Ucrania.

Intentaré presentar los argumentos a favor de la tesis de la insoportable provocación por parte de la OTAN, después, seguirá la defensa de la parte adversa, antes de un intento de síntesis.

Ilustración: Izak Peón
Ilustración: Izak Peón

La tesis de la defensa

La tesis es sencilla. La OTAN, instrumento manipulado por Estados Unidos es la responsable de lo que, oficialmente, Moscú no reconoce como una guerra, sino como una Operación Militar Especial defensiva. Nada más conveniente que escoger un abogado estadunidense para presentar ese punto de vista: John J. Mearsheimer, politólogo de la universidad de Chicago, autor de “Why the Ukraine Crisis Is the West’s Fault. The Liberal Delusions That provoked Putin”.1 Empieza por negar todo valor al discurso occidental que le atribuye toda la culpa de la crisis2 ucraniana al presidente Putin y a su voluntad de recrear el imperio, y considera que la expulsión del presidente Víktor Yanukóvich, en febrero de 2014, no fue más que el pretexto para realizar la agresión contra Ucrania.

Luego afirma:

Pero ese relato es una falacia: los Estados Unidos y sus aliados europeos comparten la mayor parte de responsabilidad en la crisis. La raíz principal del disturbio es la expansión de la OTAN, el elemento central de una estrategia más amplia para sacar a Ucrania de la órbita rusa e integrarla al Oeste. Al mismo tiempo la expansión de la Unión Europea y el apoyo occidental al movimiento prodemocracia en Ucrania —desde la Revolución Naranja en 2003— fueron también elementos críticos. Desde la mitad de los noventa, los dirigentes rusos se opusieron fuertemente a la expansión de la OTAN y, recientemente, han manifestado claramente que no se quedarían tranquilos si su estratégicamente importante vecino se volviese un bastión occidental. Para Putin, el derrocamiento ilegal del presidente de Ucrania, democráticamente electo y favorable a Rusia —que llamó justamente un “golpe”— fue la gota que derramó el vaso. Respondió con la toma de Crimea, península que temía ver con una base naval de la OTAN, y el inicio de la desestabilización de Ucrania, hasta que renunciara a unirse al Oeste.3

Ocho años después, en términos menos académicos, Serguéi Lavrov, el inamovible secretario ruso de Relaciones, en su rueda de prensa anual de enero de 2022, le hace eco:

Lo que sucede en Ucrania es resultado de la preparación, durante muchos años por Estados Unidos y sus satélites, del comienzo de una guerra híbrida global contra Rusia […]. Estados Unidos dejó de fortalecer sus posiciones por la vía legítima y ahora recurre a cualquier método que le permita mantener su dominación […]. Contra Rusia y otros países “indeseables” aplica sanciones que violan los postulados del modelo occidental de globalización. La Unión Europea se subordina por completo al dictado estadunidense […] Pretende que puede hacer lo que le dé la gana en cualquier sitio, aunque sea del otro lado del mundo. Los demás nada pueden emprender sin el consentimiento estadunidense, ni siquiera en respuesta a amenazas a su seguridad, que Estados Unidos crea en las fronteras de estos países […]. Igual que Napoleón movilizó a casi toda Europa contra el imperio ruso, lo mismo que Hitler movilizó y conquistó la mayoría de los países europeos para lanzarlos contra la Unión Soviética, hoy Estados Unidos creó una coalición contra Rusia y su objetivo es la solución final a la cuestión rusa.4

Siguiendo a los dos abogados, John J. Mearsheimer y Serguei Lavrov, se examinará la expansión de la OTAN; el papel de Estados Unidos en las guerras de Bosnia, Kosovo, Irak, Libia y Siria; la retirada unilateral de Estados Unidos, en 2002, del Tratado de 1972 (Tratado sobre Misiles Antibalísticos) y su proyecto de escudo antimisil en Polonia y República Checa: esos tres puntos representan lo que Rusia siente como amenaza militar; la amenaza política consiste en el apoyo/fomento de Estados Unidos y de la Unión Europea a las “revoluciones de color” y a las protestas de diciembre 2011 en Rusia; la amenaza cultural y civilizacional está ligada a la anterior: Rusia siente que el discurso prodemocracia y derechos del hombre disimula mal el intento de “occidentalizar” a Rusia, imponiendo el consumismo, el hedonismo pagano y demás no-valores sexuales que no tienen nada que ver con el “mundo ruso”.

La expansión de la OTAN

La Guerra Fría terminó en los últimos años de la perestroika. Nadie, en Moscú, pensaba en la desaparición de la OTAN, incluso, a la hora de la reunificación de Alemania (3 de octubre de 1990) consideraban a la Alianza como una garantía de paz. Eso sí, los dirigentes soviéticos y sus herederos de la Federación de Rusia no querían una expansión de la OTAN, porque les resultaba incomprensible a la hora de la “casa común europea” y de las nuevas y amistosas relaciones con los países occidentales.

Se tocó el tema en las discusiones que culminaron con la reunificación, pero, hasta la fecha, Moscú y Washington tienen versiones diferentes en cuanto a la OTAN, de modo que el debate sigue abierto para saber si los estadunidenses prometieron o no congelar a la alianza atlántica en el espacio. Desde Boris Yeltsin hasta Vladimir Putin, los rusos dicen que, a cambio de la reunificación alemana, los estadunidenses prometieron que no habría expansión de la OTAN; promesa que traicionaron puesto que, en varios movimientos, doce países del antiguo bloque soviético entraron. Mito ruso, contestaban en Washington. La historiadora Mary Elise Sarotte demostró que el asunto era un poco más complicado.5 Los documentos ahora disponibles señalan que la discusión sobre el futuro de la OTAN empezó en febrero de 1990 y la autora puede concluir que los Estados Unidos “presionaron a Gorbachov para que permitiera la reunificación de Alemania, sin hacer ninguna promesa escrita en cuanto al futuro plan de la Alianza. Para decirlo simplemente, no hubo nunca el acuerdo formal, como alega Rusia, pero los negociadores norteamericanos y alemanes occidentales dejaron pensar brevemente que semejante acuerdo podría estar en la mesa, y recibieron así ‘la luz verde’ para iniciar la reunificación”.6 Eso fue en septiembre de 1990. A cambio, le dieron un plazo de cuatro años para retirar las tropas soviéticas de Alemania oriental y dinero para construir vivienda para alojar a los 380 000 soldados y 165 000 familias. James Baker, el secretario de Estado y negociador, apuntó en sus memorias que “cualquier logro contiene en sí mismo la semilla de un futuro problema”. Un joven oficial del KGB que servía entonces en Alemania Oriental, entrevistado diez años después, ya en calidad de primer ministro de Rusia, recordaba con amargura cómo “la Unión Soviética perdió su posición en Europa”. “Su nombre era Vladimir Putin, y tendría algún día el poder de actuar movido por esa amargura”.7

Cuando Mijaíl Gorbachov aceptó la reunificación alemana, aceptó también la integración de esa nueva Alemania a la OTAN, de la cual Alemania occidental había sido miembro desde 1955; quizá por eso, en el otoño de 1990, Polonia y Hungría ya reclamaban públicamente su entrada a la OTAN —que observaba un prudente silencio para no fragilizar más a Gorbachov. Tenían buenos motivos para preocuparse por su “amigo”, amenazado tanto por Boris Yeltsin como por los duros del PCUS (Agosto de 1991, breve putsch fallido de esa vieja guardia; diciembre, desaparición de la URSS). Además Washington tenía en prioridad la guerra del Golfo (enero-febrero de 1991). Bush no logró un segundo mandato y el equipo del nuevo presidente, Bill Clinton, no conocía bien el tema, así que los años 1991-1993 fueron de indecisión y tanteo. Asesorado por veteranos de la guerra fría como Zbigniew Brzezinski,8 declaró el 12 de enero de 1994, en Praga, que la OTAN podría recibir nuevos socios y que la pregunta no era “sí o no”, era “cuándo”;9 el 11 de mayo de 1995, durante su visita a Rusia, aceptó, a petición insistente de Boris Yeltsin, temporizar. En efecto, la primera expansión no ocurrió sino hasta marzo de 1999, con la entrada de República Checa, Hungría y Polonia. En marzo de 2004 la segunda ola llevó a Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia. Para esa fecha todos los antiguos socios europeos del Pacto de Varsovia se encontraban en el seno de la Alianza. En abril de 2009 fue el turno de Albania y Croacia; en junio de 2017, Montenegro, y en marzo de 2020, Macedonia (del Norte). Dos candidatos, presentados en la conferencia de la OTAN, en Bucarest (abril de 2008) no habían podido entrar después de la guerra relámpago de Rusia contra Georgia: “A buen entendedor, pocas palabras”.

Rusia siempre fue muy clara. Lo había dicho Gorbachov y Yeltsin lo dijo mil veces; así, el 13 de septiembre de 1993: “Rusia no piensa renunciar a sus intereses geopolíticos, forjados durante siglos con inmensos sacrificios materiales y humanos”. El día 30, mandó mensajes a los principales líderes de la OTAN, Estados Unidos, Francia, Reino Unido: en pocas palabras les pide no incorporar a las antiguas democracias socialistas del Pacto de Varsovia. Si les preocupa la seguridad en Europa, lo mejor sería una alianza entre Rusia y la OTAN. Escribe que el acuerdo de 1990 sobre la reunificación de Alemania, en el seno de la Alianza, acuerdo negociado con Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, prohíbe explícitamente la admisión de nuevos miembros en la OTAN.10

Unos días después, el presidente ruso tuvo que enfrentar al poder legislativo y el asunto se resolvió a cañonazos. La victoria del ultranacionalista Zhirinovski en las elecciones de diciembre convencieron a los occidentales que no era el momento de admitir a los insistentes candidatos checos, húngaros y polacos. Tuvieron que esperar hasta 1999, cuando el caos parecía hundir a Rusia. Fue cuando Yeltsin pasó la estafeta a Vladimir Putin.

En 1990, la URSS seguía de pie, pero había dejado de ser la potencia militar que era unos años antes, cuando era difícil saber cuál de los dos bloques, Pacto de Varsovia y OTAN, había adquirido la supremacía. Según Jacques Isnard, experto en asuntos militares, en 1982, las fuerzas reunidas de los Estados Unidos y de la OTAN tenían la ventaja, pero preveía “la ventana de vulnerabilidad” de los años 1985 y siguientes. Concluía que con “los terroríficos progresos realizados por los dos bloques. Pasamos insensiblemente del concepto de la disuasión nuclear, fundada sobre el equilibrio del terror y el carácter apocalíptico e inaceptable del riesgo nuclear, a un sistema para excluir cada día menos la posibilidad de llevar, controlar y, si posible, ganar una guerra nuclear en Europa”.11

En 1992, el Pacto de Varsovia había dejado de existir, Rusia se encontraba en las fronteras de la primera mitad del siglo XVII, cuando no controlaba lo que hoy son los países bálticos, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia; el repliegue de sus fuerzas armadas en el territorio nacional cancelaba toda la estrategia, y la situación material del ejército era lamentable. Todo esto creaba un sentimiento de inseguridad, agravado por la desconfianza que no tardó en inspirar la OTAN, una vez pasada la breve euforia. Rusia, históricamente, desde los Caballeros Teutónicos y los suecos derrotados por Alexander Nevski, hasta la Wehrmacht de Hitler, había visto el invasor venir de Occidente. El tema del “cerco capitalista” de la URSS, a partir de 1991-1992, fue renovado como “cerco occidental”, por la desaparición del colchón de la Europa central y oriental, y de Ucrania.12

La expansión de la OTAN en dos olas principales, en 1999 y en 2004, interpretada como un cerco exaltó el sentimiento de amenaza y causó una verdadera “fiebre obsidional”, la que afecta la población que sufre un sitio. Las expansiones de la OTAN fueron resentidas como un engaño, no solamente como el incumplimiento de la palabra dada, sino como una amenaza más política que militar, la prolongación de la guerra fría. En 1999 Yevgueni Primakov observó justamente que “la expansión de la OTAN no es un problema militar; es un problema psicológico”.13 Las bombas de la OTAN sobre Belgrado, en Serbia, en ese mismo año, fueron duramente resentidas en Rusia, tanto por los dirigentes como por el hombre de la calle. Las guerras llevadas por la OTAN, si bien no iban directamente contra Rusia confirmaron que se podía esperar lo peor de los occidentales.

Las guerras de la OTAN

En 1989, la OTAN contaba con 2 300 000 soldados en Europa y el Pacto de Varsovia, unos 2 100 000. El Pacto tenía más artillería, tanques y aviones. En cuanto a armas nucleares, había paridad de modo que se cualquier agresión parecía muy improbable: la destrucción mutua estaba garantizada. Eso explica que la OTAN no haya realizado ninguna guerra antes de la desaparición de la Unión Soviética. Cuando desaparecieron el Pacto de Varsovia y la URSS, las naciones de la OTAN desarmaron, desmovilizaron, redujeron sus presupuestos de defensa.

La OTAN entró en acciones bélicas a partir de 1994, dos años después del inicio de las guerras balcánicas en el espacio de la difunta Yugoslavia. Eso ocurrió justo cuando Rusia y la OTAN discutían la entrada de la primera en la Asociación para la Paz —Partnership for Peace— la fórmula de colaboración limitada ofrecida por la OTAN a los países del antiguo Pacto de Varsovia. Desde 1993, los europeos tenían tropas desplegadas en Bosnia-Herzegovina, como fuerza de paz, bajo la bandera de la ONU que había decretado una zona de exclusión aérea (No Flight resolution) en el verano de 1993. El 6 de febrero de 1994, el secretario general de la ONU, Butros Ghali, pidió a la OTAN que aprobara los ataques aéreos contra los serbios que sitiaban la capital bosnia, Sarajevo; eso en respuesta al ataque contra el mercado de Markale que causó 68 muertos.14 El presidente francés, François Mitterand, fiel a una vieja tradición de amistad con Serbia, anunció que Francia plantearía durante el consejo de la OTAN que se diera primero un ultimátum a las partes beligerantes. Otros gobiernos de la Unión Europea compartían su reticencia contra “ataques de represalia”. El canciller ruso, Andréi Kozyrev, advirtió que un ataque aéreo estaba “fuera del contexto de las resoluciones de la ONU que lo autoriza sólo para la defensa de los cascos azules […]. La matanza del fin de semana en Sarajevo es una trampa bien colocada y quizá una provocación que viene de cualquier parte […]. Similar a la que desencadenó la primera guerra mundial”. El asesinato del archiduque en Sarazhevo en junio de 1914.

Lógicamente, el gobierno ruso quería impedir toda acción militar contra los serbios,15 por lo mismo se quedó consternado cuando la OTAN decidió mandar un ultimátum a Milosevic el 9 de febrero: si los serbios no retiraban su artillería alrededor de Sarajevo, se expondrían a bombardeos aereos. Moscú contestó que tal decisión no relevaba de la OTAN, ni del secretario general Butros Ghali, sino del Consejo de Seguridad de la ONU. Poco después, reconoció que el secretario no necesitaba una aprobación formal del Consejo. Luego, el día 11, propuso a Estados Unidos, Francia, Reino Unido y España un proyecto de resolución sobre la desmilitarización de Sarajevo, pero sin recurso a la fuerza. Después de hablar telefónicamente con Boris Yeltsin, Bill Clinton dijo que estaba de acuerdo sobre “el largo plazo —parar la guerra por la negociación— y el corto plazo: parar los bombardeos sobre Sarajevo”.16 Después de una semana de silencio, Boris Yeltsin declaró que “algunos tratan de resolver la cuestión bosnia sin la participación de Rusia. No lo permitiremos. Rusia tomará parte activa en las negociaciones para poner fin pacíficamente a la guerra en Yugoslavia”.17

Se dio un ultimátum a los serbios que sitian la ciudad bosnia de Sarajevo y Rusia, de manera sorpresiva, pactó con los serbios el retiro de su artillería en Sarajevo a cambio de la llegada de soldados rusos bajo la bandera de la ONU. Soberbia jugada realizada sin consultar a los occidentales que no la habían consultado en cuanto al ultimátum. Así se permitía a los serbios ceder sin humillación, calmaba a los nacionalismos rusos y evitaba a la OTAN entrar en acción.18 Así, Boris Yeltsin tomaba en serio lo que le había dicho Clinton , en enero, en Moscú, al manifestarle que entendía los motivos de Rusia: “Usted estará posiblemente más metido en algunas de esas áreas cercanas, como los Estados Unidos han sido metidos en los años pasados en Panamá, Granada y otros lugares próximos de nuestra zona”.19 En la noche del 20 al 21 de febrero, la OTAN anunció que la retirada de los cañones serbios era efectiva y permitía no realizar el bombardeo previsto. El 28 de febrero, Moscú anunció que pedía su incorporación a la Asociación para la Paz.

Pero la guerra seguía en Bosnia-Herzegovina de modo que varios incidentes enfriaron las relaciones entre Rusia y Estados Unidos. En abril del mismo año, la OTAN bombardeó las tropas serbias en Gorazde, zona de refugio bajo bandera de la ONU, atacada por los serbios. En agosto de 1995, dos semanas de bombardeos contra los serbios, después de la masacre efectuada por sus tropas en Srebrenica (6000 muertos), llevaron a las negociaciones y a los acuerdos de Dayton. La participación simbólica de 1500 soldados rusos en la fuerza de paz en Bosnia permitió salvar las apariencias, y la entrada de Rusia al Consejo de Europa en Estrasburgo compensó la ofensa sufrida por la imposibilidad de ayudar eficazmente a Slobodan Milosevic. La opinión pública rusa se identificó con el hermano serbio.

La guerra de Kosovo se puede considerar como la continuación de las guerras de la ex Yugoslavia , pero sus consecuencias fueron más graves en las relaciones entre Rusia y Occidente. La insurgencia de los nacionalistas kosovares y la represión serbia se sitúan en la culminación tanto lógica como trágica de la decisión de Milosevic, en 1989, de abolir la autonomía de Kosovo, provincia poblada en 90 % por albaneses de tradición religiosa musulmana, decisión que fue el inicio del final de Yugoslavia. La resistencia kosovar tardó más de ocho años en tomar el camino de la guerrilla, gracias a Ibrahim Rugova, líder que supo llevar a su pueblo por la vía de la lucha cívica; la guerra empezó a fines de 1997 y el último intento internacional de mediar (octubre de 1998) fracasó. El 16 de enero de 1999 la matanza de Rachak, en el sur de Kosovo, recordó a la de Sarajevo. Moscú, frente a la nueva determinación occidental, convenció a Milosevic de negociar en Rambouillet; después del fracaso de las conversaciones, la OTAN decidió, en marzo, por primera vez en su historia, una intervención militar de gran amplitud. Contra Serbia. Lo hizo sin pedir un acuerdo del Consejo de Seguridad de la ONU y sin consultar a Moscú.

El bombardeo de la OTAN duró 78 días, a partir del 22 de marzo, golpeando, entre otros lugares, a Belgrado (la embajada china sufrió el impacto) y logró la retirada de las fuerzas serbias de Kosovo, cuyo estatuto quedó en el aire, por una resolución de compromiso del Consejo de Seguridad, confiando su administración a las Naciones Unidas, bajo la protección de la OTAN. La guerra terminó el 3 de junio, pero no se olvidó ni perdonó nunca en Rusia. Para colmo, diez días antes del primer bombardeo, el 12 de marzo de 1999, República Checa, Hungría y Polonia habían entrado oficialmente a la Alianza atlántica, casi para los cincuenta años de la OTAN. Rusia se retiró del Consejo permanente Rusia/OTAN, creado en mayo de 1997, y sacó sus conclusiones de la crisis de Kosovo: Estados Unidos, la UE y la OTAN han creado un peligroso precedente que, si vuelve a ocurrir, puede desestabilizar el orden mundial; Rusia debe jugar un papel mayor en los asuntos mundiales; sin Rusia, no puede haber paz en los Balcanes y en Europa. Sobre esos tres puntos hubo consenso entre todos los grupos políticos rusos, desde los liberales proccidentales hasta los ultranacionalistas, desde Mijaíl Gorbachov hasta Vladimir Zhirinovski, pasando por el comunista Zyuganov.20 Bien lo dijo Aleksei Arbatov: “Escenarios apocalípticos de una tercera guerra mundial, que uno creía cosa del pasado, han vuelto a la agenda […]. La OTAN, de nuevo, se ve como el principal enemigo estratégico. Y, de nuevo, la principal amenaza se ve venir del Oeste, no del Este o del Sur”. Conclusión: hay que rearmarse y prepararse para una guerra.21

En octubre del año 2000, después de varios días de manifestaciones en su contra y de la negativa del Ejército a reprimirlas, el presidente Slobodan Milosevic renunció.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington se lanzó contra Afganistán con el apoyo de la OTAN. El presidente Putin manifestó una solidaridad activa con Estados Unidos, prestando apoyo logístico en Rusia y Asia central. En junio de 2002, el presidente Bush decidió su retiro unilateral del tratado ABM de 1972 y no tardó en anunciar su proyecto de escudo antimisiles en Europa oriental. El 20 de marzo de 2003, Estados Unidos, sin la aprobación del Consejo de Seguridad, con la firme oposición de Rusia, China, Alemania, Bélgica y Francia, atacó Irak con la participación militar de Australia, Polonia y Reino Unido. La invasión de Irak, la derrota de Sadam Huseín y la instalación de un nuevo régimen recordaron a Moscú la guerra de Kosovo.22

Así como la guerra de Irak afectó las relaciones entre Washington y Moscú, la de Libia, en 2011, puso fin a la relativa luna de miel (2009-2011) entre los presidentes Dmitri Medvédev y Barack Obama. En febrero de 2011, Vladimir Putin, en su calidad de poderoso primer ministro, había descrito las revoluciones árabes como “instigada por fuerzas exteriores[…]. Hay que enfrentar la verdad. Han sido preparados, el guión ha sido diseñado por los Estados Unidos y van a intentar, hasta con más fuerza, realizarlas”. En marzo, Moscú ofreció su mediación en la crisis libia, sin éxito. Putin afirmó su oposición a la No Flight Resolution sobre Libia, la 1973 adoptada por el Consejo de Seguridad, con la abstención de Rusia y China, Alemania, Brasil, y la India. Dijo que era “una cruzada”. El presidente Medvédev le reclamó sus críticas porque él había optado por no ejercer su veto; habría de arrepentirse unos meses después. En efecto, los occidentales que participaron en la operación —no todos participaron— rebasaron los límites de la resolución que cerraba el espacio aéreo a la aviación del gobernante Muamar Gadafi y no permitía el recurso a la fuerza, si no “para proteger a los civiles”. De hecho, la aviación occidental, la armada y algunos comandos destruyeron las fuerzas armadas del gobierno, lo que provocó la reacción airada de los otros miembros del Consejo de Seguridad. La convicción rusa se resume en dos palabras: “Nos engañaron”. Putin concluyó: “La OTAN hace lo que se le antoja”, y la muerte violenta —el asesinato— de Gadafi no fue olvidada.

Por eso, en febrero de 2012, Rusia y China vetaron el proyecto de resolución sobre una intervención en Siria contra el “gobierno legítimo” de Bashar al-Ásad. El ahora presidente Vladimir Putin comentó: “Nuestros camaradas no pueden pararse. Ya crearon el caos en muchos territorios, y ahora siguen con la misma política, incluso en Siria”.23 Lo que nos llevará al tema de las revoluciones “de color”, puesto que, en los análisis rusos, la guerra no es el único método empleado por Occidente para instaurar gobiernos enemigos de Rusia. Pero la lógica discursiva impone tratar primero, brevemente, el tema de los misiles, porque conecta con el de la guerra y el de la marcha de la OTAN hacia las fronteras de Rusia.

Del Tratado ABM al escudo antimisiles

En diciembre de 2014, en su conferencia de prensa anual, el presidente Putin contestó a una pregunta:

Usted dijo que Rusia, en cierta medida, ha contribuido a la tensión que vemos hoy en el mundo. Rusia ha contribuido, pero únicamente en la medida en que está más y más fuertemente defendiendo sus intereses nacionales […]. ¿Qué hacen las fuerzas armadas estadunidenses en Europa, también con sus armas nucleares tácticas? […] ¿Estamos nosotros llevando nuestras fuerzas a las fronteras de Estados Unidos o de otros países? ¿Quién mueve las bases de la OTAN y otras infraestructuras militares hacia nuestra frontera? ¿Quién se ha retirado unilateralmente del Tratado [de Misiles Antibalísticos], una de las piedras angulares del sistema global de seguridad? ¿Fue Rusia? No. Los Estados Unidos lo hicieron, de manera unilateral. Crean amenazas para nosotros, despliegan su defensa estratégica de misiles no sólo en Alaska, sino en Europa también —en Rumania y Polonia, muy cerca de nosotros. Y usted me dice que seguimos una política agresiva.24

Todo está dicho, o casi. Desde su primer encuentro, feliz encuentro, con el presidente Bush, el flamante presidente Putin dejó en claro que, sin excluir una reforma del Tratado de Misiles Antibalísticos de 1972 , Rusia se opondría a toda iniciativa unilateral en cuanto a un escudo antimisiles. Washington no tomó en serio la advertencia, abandonó unilateralmente el Tratado ABM y justificó su proyecto de instalar un escudo antimisiles en Polonia y República Checa, supuestamente contra una amenaza que vendría del Sur —¿Medio Oriente, Irán?—. Los rusos sintieron que eso era una amenaza para ellos y su gobierno no abandonó nunca su oposición; en 2007, Putin comparó el asunto del escudo a la crisis de los misiles en Cuba, en 1962.25 Ese grave motivo de fricción siguió hasta que la mejoría de relaciones entre Obama y Medvédev llevó al primero a abandonar el famoso escudo, en septiembre de 2009. Mientras, en julio de 2007, Putin había suspendido el Tratado que limitaba las Fuerzas Convencionales en Europa, precisamente para responder a la amenaza del escudo.

La salida americana del Tratado ABM significó para Moscú la ruina de treinta años de esfuerzos y una seria amenaza a la estabilidad.26 Quedaba obvio que las fuerzas convencionales no eran suficientes para defenderse contra una agresión, por lo mismo, en la nueva doctrina militar rusa, el arma nuclear se situaba en primera línea. En junio de 2018, la revista Communist and Post-Communist Studies publicó un número especial sobre NATO, Russia and regional security in Europe and Eurasia. Glenn Diesen y Conor Keane abren el número con “The offensive posture of NATO’s missile defense system”. Demuestran que el Sistema de defensa de misiles de la OTAN, si bien es teóricamente defensivo, termina siendo ofensivo porque, al disminuir la capacidad de respuesta rusa, aumenta el potencial ofensivo del armamento nuclear occidental.

La OTAN justifica el sistema para responder al progreso de la tecnología de misiles y al peligro nuclear manifestado en cada nueva versión de la doctrina militar rusa. El problema, dicen los autores, y eso aumentó la inquietud rusa, es que el aumento de la fuerza y del alcance de los misiles “defensivos” de la OTAN no va acompañado de un tratado para regular y limitar su futura expansión. Eso corresponde a una estrategia que busca la invulnerabilidad por medio de una contrafuerza y utilizando a la OTAN como una “póliza de seguro” contra Rusia, a activar cuando surja un conflicto. “Concluimos que la OTAN tiene la capacidad para distinguir entre ofensiva y defensiva al distinguir entre potenciales blancos, pero no ha manifestado intención alguna de hacerlo”. Por lo tanto, Rusia tiene buenas razones para preocuparse. El resultado es que “como quedó demostrado en los dos casos de Georgia y Ucrania, esa ‘póliza de seguro’ se activa a la hora del conflicto, lo que significa que el aumento de hostilidades entre EE. UU./OTAN y Rusia se vuelve una profecía autorrealizada”.27

Las revoluciones “de color”

La primera ocurrió precisamente en Georgia y la segunda en Ucrania. John J. Mearsheimer cuenta esas revoluciones entre las provocaciones, ofensas, agresiones cometidas, consciente o inconscientemente por Occidente. 28 En realidad, se puede considerar que la primera ocurrió en Belgrado en octubre de 2000; la segunda en Tbilisi, en noviembre de 2003, la revolución de las rosas; la tercera, la Naranja, en Kiev, en noviembre y diciembre de 2004; la cuarta, la de los Tulipanes, en Bishkek, Kirguistán, en 2005, y la última, la de las Mezclillas o del Aciano, fracasó en Minsk, en 2006. De noviembre de 2013 a febrero de 2014, Kiev fue el teatro de su segunda revolución, la de Maidán o Euromaidán.

En cada una, Moscú tuvo buenas razones para pensar que Estados Unidos y la Unión Europea tuvieron algo que ver, de modo que la teoría del complot, un complot contra Rusia, arraigó. Dos estadunidenses publicaron su participación. Robert Helvey, coronel retirado, asesoró directamente, en Serbia, a la organización estudiantil Otport (Resistencia), fundada en 1998, después de la represión contra los universitarios. Los estudiantes recibieron dinero de la NED, Fundación Nacional por la Democracia. Helvey estaba en contacto con Gene Sharp, influyente autor de libros sobre “la acción estratégica no violenta”, libros accesibles en la página web de su Instituto Albert Einstein.29

En Georgia, los estudiantes del movimiento Kmara! (¡Basta!), en Ucrania los de Pora! (¡Ya es tiempo!), en Kirguistán los de Kelkel, y en Bielorrusia los de Zubr (Bisonte) se movilizaron sobre el mismo modelo. 30

El papel de las fundaciones privadas europeas y estadunidenses en el apoyo a las ONG y a los movimientos cívicos fue muy importante, así como la atención de los medios masivos de comunicación a la hora crítica de las elecciones, de los fraudes electorales que detonaron las revoluciones. 31

En el caso de Ucrania, Vladimir Putin, como antiguo kagebista, recordó seguramente que, a lo largo de la Guerra Fría, los Estados Unidos habían ayudado de muchas maneras a la resistencia al poder soviético y la disidencia.32 Por eso pudo decir, en muchas ocasiones: “Es Occidente el que nos toma Ucrania, la levanta contra nosotros, con sus gobiernos nazis, Yushchenko, Timoshenko, Zelensky, es la historia de siempre. La de Berlín en 1954, Budapest en 1956, Praga en 1968, luego Solidarnosc en Polonia, y el apoyo vicioso a la perestroika, esas revoluciones…”.33 En ese sentido, la revolución naranja de Ucrania marcó definitivamente a Putin: Occidente armó el movimiento motivado por su odio a Rusia; y lo más grave es que piensa aplicar la misma técnica en Moscú. La revolución de Maidán, en 2013-2014, confirmó sus peores temores, por eso reaccionó tan prontamente con la anexión de Crimea y el inicio de la guerra en el Dombás.

Es una guerra de civilizaciones

Tanto la guerra abierta, como la manipulación de revoluciones alrededor de Rusia, obedece a un conflicto cultural radical, a una guerra de civilizaciones, la decadente, hedonista, inmoral cultura occidental, con su disfraz político en forma de democracia, contra la civilización cristiana, moral, tradicional del “mundo ruso”. El tema es demasiado importante y necesita más espacio. Como bien dice Andrei P. Tsygankov: “Al lado de su misión de seguridad, la OTAN ha servido a cementar las instituciones occidentales de economía liberal y sistema político que habían sido definidos en oposición al sistema soviético de ‘totalitarismo’ y ‘comunismo’ […]. La expansión de la OTAN se ha vuelto […] expansión del Occidente liberal institucional. La pertenencia a la OTAN debe ser estimada tanto en términos de seguridad como de orientaciones institucionales y culturales.”34 Andrei Tsygankov habla de “amenaza civilizacional” resentida por Rusia que ve en la Alianza, además de una amenaza militar, el instrumento de la expansión política y cultural en Eurasia.

El 20 de noviembre de 2013, cuando empezaba en Kiev el Euromaidán, Vladimir Putin, en Valdái, denunciaba “un Occidente que reniega de sus valores cristianos y morales, de sus identidades tradicionales, nacionales, culturales, religiosas y hasta sexuales”. Presentaba al “mundo ruso” como el salvador de los valores cristianos.

El abogado defensor de Rusia concluye evocando el sentimiento de humillación que ha podido marcar a los rusos. Cuando Putin dice que la desaparición de la URSS es la mayor tragedia del siglo XX, es sincero. No extraña al comunismo sino al estatus de Rusia como gran potencia. Las frustraciones sufridas por Rusia desde 1991 en sus relaciones con Europa y Estados Unidos nos remiten al siglo XIX, a las profundas conexiones emocionales entre Rusia y Europa a la hora de los occidentalistas y de los eslavófilos. El terremoto que representó la derrota en la Guerra de Crimea (¡Crimea!) en 1856 tiene sus ecos hasta hoy. Los rusos sienten que, en muchas ocasiones, entre 1990 y 2014, Occidente les ha faltado el respeto, no los ha tomado en serio. Putin no debe ignorar, mucho menos olvidar, las imprudentes y equivocadas palabras del presidente Bush padre, cuando en su informe sobre el estado de la Unión, el 28 de enero de 1992, declaró:

En el último año, el mundo ha sufrido cambios casi bíblicos en su magnitud […]. En este año ha muerto el comunismo y se ha producido el acontecimiento más importante al que hemos asistido nunca: Estados Unidos ha ganado la Guerra Fría por la gracia de Dios […]. La Guerra Fría no ha terminado: la hemos ganado.

Ciertamente, en privado, dijo a Mijaíl Gorbachov que no prestara atención a lo que se dijese en campaña electoral”.35 Su embajador en Moscú, Jack F. Matlock, protestó: “Nosotros no acabamos con la Unión Soviética, aunque algunos ahora (en Estados Unidos) pretendan atribuirse el mérito, y los nacionalistas (rusos) echarnos la culpa.” El desmantelamiento del régimen fue obra de los rusos y de las otras nacionalidades de la URSS.36

El abogado de la OTAN

Empieza por la justificación de la expansión de la organización. Argumenta que tardó bastante en empezar y que no fue el resultado de un diseño sino de un fenómeno de acción-reacción. Las antiguas democracias populares del Pacto de Varsovia le temieron a Rusia desde un principio, cuando a partir de 1992 las fuerzas armadas rusas intervinieron en Georgia, en sus provincias de Abjasia y Osetia, y en Moldavia, donde el XIV Ejército del general Alexander Lebed ocupó Transnistria.37 De 1992 hasta 2014, cada “acción” rusa provocó una “reacción” de parte de Estados situados en lo que Rusia llama su “exterior próximo”, blizhnii zarubezhe, near abroad. 38

La nueva doctrina militar anunciada el 2 de noviembre de 1993 por Moscú aumentó la preocupación de estos países que insistieron en su deseo de entrar a la OTAN. Un punto preocupante era el abandono de la “doctrina Brezhnev” que afirmaba que Moscú no sería la primera en usar la fuerza atómica. En ese momento, los occidentales, “adversarios vergonzantes de la adhesión,” no tenían nada que ofrecer. Para ellos, no había que aislar a Rusia y la prioridad era apuntalar a un Yeltsin amenazado por una coalición roja y parda, en particular por el pardo V. Zhirinovski. Unos acariciaban la idea de invitar a Rusia a la OTAN, otros decían que eso sería la muerte de la Alianza. “El problema de la frontera de la OTAN no es sino el otro nombre de la cuestión rusa”. 39

Vladimir Zhirinovski, el vencedor de las elecciones de diciembre de 1993, había publicado en agosto un verdadero programa/ manifiesto que explica su éxito: “La filosofía nacional-socialista es la del hombre ordinario […]. Necesitamos una Rusia que esté en las fronteras de principio del siglo (XX) […]. Pondremos fin a la tormenta en un vaso de agua que nos opone a Ucrania […]. Recibiremos a los hermanos eslavos (Ucrania, Bielorrusia, Moldavia) sin discusión, pero no habrá ninguna república ucraniana, sino una veintena de provincias directamente sumisas al centro”.40 Desde el primer día, las fricciones entre Moscú y Kiev fueron motivo de preocupación.

Yuri N. Afanasyev, historiador y rector de la Universidad de las Humanidades en Moscú, había sido un luchador democrático en tiempos de la perestroika, uno de los dirigentes del Grupo Interregional, con Andréi Sájarov y Boris Yeltsin, primer grupo de oposición en el parlamento soviético. Decepcionado por el gobierno de Yeltsin manifestó en 1995 sus temores frente a la actuación del gobierno, tanto en Rusia como al exterior, en Chechenia, Georgia, Moldavia, Ucrania. No era, como Zbigniew Brzezinski, un viejo luchador americano de la Guerra Fría, sino un patriota y demócrata ruso, preocupado por “el nuevo imperialismo” de su país.41

“Nuevo imperialismo” que se activa en el famoso blizhnii zarubezhe. Lo podemos calificar, de manera más suave, como “esfera de influencia”, pero es cierto que desde 1992, antes del fenómeno Zhirinovski, Moscú había empezado a ejercer presiones políticas, económicas —el precio del gas, la deuda, militares —en 1993 puso de rodillas a Georgia— para recobrar o mantener su influencia en las ex repúblicas soviéticas, en el Cáucaso, Asia Central, Báltico, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia.42 Moscú pedía la doble nacionalidad para los miembros de la diáspora rusa —estimada en 25 000 000 personas— en el espacio exsoviético, en particular en Kazajstán, Letonia y Estonia con sus grandes minorías rusas; el embajador ruso en Kiev aconsejaba a los representantes de los Estados del Pacto de Varsovia limitar sus contactos con el gobierno de Ucrania, porque “su independencia es transicional”.43

La OTAN y la Unión Europea protestaron por la forma y dejaron hacer, para no tener problemas con Rusia y no causar problemas a Boris Yeltsin, considerado como un campeón de la democracia. Entre 1993 y 1999, sin tener la fuerza necesaria para oponerse a las guerras de la OTAN en los Balcanes, Rusia mantuvo su línea en su “patio trasero”. El nuevo primer ministro, Vladimir Putin, afirmó, en noviembre de 1999, al presidente Clinton: “Nuestros intereses estratégicos incluyen las regiones al Sur de Rusia y el Báltico […]. Ustedes tienen América del Norte y la del Sur, ustedes tienen África y Asia. Bien podrían dejarnos al menos Europa.”44

En cuanto a sus guerras, la OTAN las justificaba, en el caso de la de Bosnia, en 1994-1995, y la de Kosovo, en 1999, como intervenciones “humanitarias” para poner fin a las masacres (Gorazde, Srebrenica, Kosovo) y a la “limpieza étnica” emprendida por el gobierno serbio. La segunda guerra de Irak, emprendida por Estados Unidos contra Sadam Huseín, no se podía justificar, pero no había comprometido a la OTAN como tal, puesto que Alemania y Francia, sus principales miembros, se habían opuesto a la guerra, al lado de Rusia. En el caso de la intervención en Libia, al lado de los rebeldes, contra el régimen de Gadafi, tampoco fue unida la OTAN, si bien, en este caso, Francia tuvo un papel tan decisivo como criticable.

La implicación occidental en las revoluciones de color no se puede negar, pero la violenta reacción rusa aumentó las inquietudes y sembró en Tbilissi y Kyiv las ganas de entrar a la OTAN y a la Unión Europea, movimiento que redobló la convicción de Moscú de que se trataba de un complot contra Rusia. Por eso, en febrero de 2007, en Munich, Putin se lanzó duramente contra Estados Unidos, calificados de “camarada Lobo”, la UE y la OTAN; su discurso alarmó a los occidentales. En abril de 2008, después de la junta de la Alianza en Bucarest, que evocó la posible entrada a la OTAN de Georgia y Ucrania, Putin advirtió a Bush que invitar a Ucrania a la Alianza significaría el desmembramiento de aquel país; ya reclamaba Crimea y había empezado a repartir pasaportes rusos en la península. El Blitzkrieg de cinco días contra Georgia en agosto tuvo sobre Occidente el mismo efecto que el bombardeo de Serbia en 1999 por la OTAN: un parteaguas definitivo. Los pesimistas diagnosticaron que, si no se hacía nada, Ucrania conocería la suerte de Georgia o se volvería un satélite de Rusia.45

Acción-Reacción: Junta de Bucarest / Guerra de los cinco días / Apoyo occidental a las sociedad civil ucraniana / Revolución de Euromaidan / Anexión de Crimea y guerra en el Dombás / Más apoyo occidental a Ucrania / Operación Militar especial iniciada el 24 de febrero de 2022 / Apoyo en material militar occidental a Ucrania / Escalada…

A la acusación formulada por Moscú, de un complot occidental, de una guerra híbrida para destruir a Rusia, Occidente responde con la del “imperialismo ruso.” En 1986, Hélène Carrère d’ Encausse, historiadora francesa y princesa georgiana, dijo: “La Unión Soviética tiene una visión geopolítica. Quiere conservar el espacio próximo, asegurar la seguridad en las fronteras, adquirir el rango de potencia mundial, lo que pasa también por el control de los mares”.46 Veinticinco años después, Dmitri Trenin le hizo eco al afirmar que la agenda posimperial de Rusia es seguir siendo una gran potencia.47

El abogado de la OTAN cita a Alexander Prokhanov, Mijaíl Leontiev, Dmitri Rogozin, defensores del proyecto neoimperial de Putin:

La historia de Rusia es la de una sucesión de imperios […]. El tercer imperio, de los Románov, duró tres siglos. Se derrumbó cuando triunfaron de nuevo los valores liberales. Stalin sacó a Rusia del abismo […]. Así nació el cuarto imperio […]. Cayó a principios de los noventa bajo los golpes del liberalismo […]. Después de la segunda guerra de Chechenia empezó el renacimiento del imperio […]. La guerra por Osetia del Sur —contra Georgia— demuestra ahora que Rusia está lista para volver a regiones de las cuales salió en el tiempo de su debilidad […]. Cada imperio tiene su percepción del espacio. Tenemos que acelerar la unión de Rusia con Bielorrusia y unir a nosotros Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria, Kirguizia. Ucrania podrá incluirse, si se deshace de su facción occidental […]. No hay límites a la ampliación. Olvídense de la intangibilidad de las fronteras. Para todo imperio, las fronteras son elásticas, se puede y se debe desplazarlas. Más espacio controlamos, menos posibilidad de que nos traguen.48

Dmitiri Rogozin, presidente de la Comisión de relaciones exteriores de la Duma, declaró: “No le toca a la OTAN expandirse hacia el Este, sino a Rusia expandirse hacia el Oeste. La guerra de Georgia es un guante abiertamente lanzado a la cara del líder global del mundo de hoy. El paraguas americano sobre Europa se derrumbó”.49 A buen entendedor, pocas palabras. Confesión no pedida, relevo de prueba.50

Después de la toma de Crimea y del inicio de la guerra por el Dombás, la OTAN se encontró una vez más frente a la dificultad de diseñar una estrategia; una vez más se dividió entre los que temían provocar a Rusia, si se optaba por una expansión de la Alianza (y de la Unión Europea), y los que pensaban que había que abandonar la esperanza ilusoria de tranquilizar a Moscú: la expansión como la única manera de consolidar la democracia y proteger a Europa oriental y a los países bálticos. La primera línea fue la de Alemania y Francia que intentaron imponer a Ucrania los acuerdos de Minsk; la segunda, la de las antiguas “democracias socialistas”, menos Hungría, y de los tres países bálticos, favorables a la inclusión de Ucrania. Era retomar el viejo debate sobre los orígenes de la Guerra Fría: ¿fue el resultado de malentendidos y errores de cálculo por ambos lados de la cortina de acero? ¿Fue la expresión de un antagonismo fundamental entre Occidente y la URSS, ahora entre Occidente y el Mundo Ruso?

Síntesis salomónica

La perestroika y el final feliz de la Guerra Fría no borraron la desconfianza entre los países occidentales y Rusia; el factor “memoria” se sumó a las definiciones divergentes de seguridad e intereses nacionales y al trauma de la Guerra Fría. Así como los polacos no olvidaban Katyn, y los ucranianos no perdonaban la mortífera hambruna de 1932-1933, los rusos recordaban que, históricamente, los asaltos (derrotados) vinieron siempre del Oeste, desde Napoleón hasta Hitler. Todos los esfuerzos, por ambos lados, para superar la desconfianza y encontrar una solución al conflicto de intereses, resultaron vanos. Ni la amistad entre “Bill y Boris”, ni la luna de miel entre Putin y Bush, ni la primavera entre Obama y Medvédev dieron fruto. Etnocentrismo, etnofobia, viejos prejuicios resucitaron conceptos decimonónicos en términos de eslavófilos y occidentalistas.

Eso explica las dos lecturas divergentes de la expansión de la OTAN: para los rusos, algo inicialmente inexplicable, no tardó en entenderse como una agresión permanente, la voluntad estadunidense de perpetuar unilateralmente su hegemonía y su control sobre Europa, no sólo Europa occidental, sino la del antiguo Pacto de Varsovia, llevando así la amenaza militar hasta las fronteras de Rusia. Para los socios de la OTAN, muchas veces en desacuerdo, se trataba de llenar un vacío de seguridad, o de calmar la angustia de las antiguas “democracias populares”.

El requisitorio ruso añade a la expansión de la OTAN, las guerras llevadas por Estados Unidos y, no siempre, por la OTAN; el retiro unilateral americano del tratado ABM y su proyecto de escudo; el apoyo y fomento a las revoluciones de color, con promoción de la democracia al estilo occidental, algo que culmina con la amenaza cultural y espiritual contra el “mundo ruso”. En resumen, Rusia es y quiere ser reconocida, tratada, respetada como una gran potencia, un deseo que Estados Unidos nunca tomó en serio, a diferencia de varios países de Europa occidental. Las emociones, las frustraciones, son un elemento importante en esa historia, como bien dice Andrei P. Tsygankov: “Rusia vive emociones de esperanza cada vez que siente que su honor está respetado, y de frustración, miedo y enojo cuando el Kremlin piensa que no reconocen su identidad/honor”.51

Rusia es un continente obsesionado por la amenaza real o imaginaria presentada por sus vecinos, el mundo islámico del Sur, la eventual pérdida de la inmensa y despoblada Siberia a manos de los chinos, la presencia de Japón y Corea del Sur en el Oriente, y last but not least, la OTAN, vanguardia de Estados Unidos, promovidos a la dignidad de enemigo hereditario, en una renovada Guerra Fría, cada día menos fría.

Sus vecinos occidentales, los que estuvieron incluidos en el bloque soviético a partir de 1944-1948, viven también obsesionados por la amenaza, más real que imaginaria, representada por Rusia. Su sensación de alivio, a la hora de la disolución de la URSS, no duró más de unos meses, no sobrevivió a las primeras intervenciones militares rusas en Georgia y Moldavia, a la reticencia moscovita en retirar sus tropas del Báltico, a sus promesas de proteger a las minorías rusas en estos países, a la doctrina militar adoptada en 1993. La nostalgia rusa de la grandeza pasada y sus manifestaciones los convencieron de que la OTAN y la UE eran su única garantía contra el “imperialismo” ruso.

Las ilusiones son otra dimensión de la cuestión. Estados Unidos y los europeos del Oeste cultivaron dos: que Rusia marchaba a la democracia; que su debilidad era tal que no podía militarmente desafiar a Occidente. Los hechos demostraron la falsedad de esos espejismos que tuvieron como corolario que, finalmente, la OTAN se podía expandir sin riesgo. No entendieron que eso era un desafío, una humillación. Rusia, efectivamente débil, no pudo defender a Serbia en 1995 y en 1999, pero Rusia, ya consolidada, derrotó en cinco días a Georgia en 2008 y paró, un tiempo, la expansión otanesca.

Moscú, como Washington, tuvo sus ilusiones. La incapacidad occidental a proteger Georgia o Ucrania, la dependencia europea del gas ruso, la retirada de Obama en Siria a la hora del empleo de armas químicas por Bashar al-Ásad, convencieron a los dirigentes rusos de que Estados Unidos y la OTAN eran un “tigre de papel”, y que el uso de la fuerza era, no solamente posible, sino provechoso y sin riesgo. En ambos casos, subestimación del socio/adversario, que transforma al posible socio en adversario real.

En el caso ruso, una pasión: la revancha; un temor: el contagio democrático. Y una memoria histórica peligrosa para Rusia misma. No tanto la memoria de la Guerra Fría y de la estrategia occidental de contención (1949-1989), sino la de los imperios moscovitas, desde el siglo XVII. En ese sentido la memoria histórica puede ser catastrófica porque ofrece como futuro el retorno al pasado. Ucrania es el país del “traidor” Mazeppa que se alió al rey sueco Carlos XII contra Pedro el Grande, Polonia es el agresor que toma el Kremlin a principios del siglo XVII, con sus jesuitas que celebran la misa en latín en la catedral de la Virgen. La presente resurrección o modernización de antiguos discursos va mucho más allá de la época soviética. La “mayor tragedia del siglo XX” no es el fracaso del comunismo, sino la pérdida del imperio; la Federación de Rusia es la heredera legítima no sólo de la URSS, sino del imperio de los Románov, los que expulsaron a los polacos, derrotaron a los ucranianos, tomaron las riberas del Báltico. Al heredar los imperios el “mundo ruso”, Rusia hereda a la vez sus enemigos y la confrontación con ellos.52

La historia pudo haber sido diferente, pero después de 2014, las dos visiones del “otro” no cambiaron . Occidente enumera como agravios la anexión de Crimea, la guerra del Dombás, la intervención militar rusa en Siria y Libia, la amenaza nuclear, el apoyo a Irán, los ciberataques, y la represión en Rusia misma. Rusia denuncia el imperialismo americano detrás de la expansión de la OTAN, la amenaza a su seguridad, la intervención estadunidense en los asuntos internacionales, y en la vida interna de Rusia misma, a través de las ONG. Las dos listas de agravios son muy largas de modo que, antes mismo de la Operación Militar Especial lanzada el 24 de febrero de 2022 contra Ucrania, el observador más optimista tenía que reconocer que los resentimientos recíprocos, tan profundos, iban a durar más allá de la era Putin.

 

Jean Meyer
División de Historia, CIDE

2 de febrero de 2023, Día de la Candelaria


1 Foreign Affairs, September/October 2014, pp. 77-89.

2 Crisis, del griego krisis, momento importante en la enfermedad; decisión; toma sentido político en el siglo XVIII de momento importante en la historia de un país, del mundo.

3 Ídem, pp. 77.

4 La Jornada, 19 de enero de 2022, pp. 23.

5 Mary Elise Sarotte, “A Broken Promise? What the West Really Told Moscow About NATO Expansion”, Foreign Affairs, Septiembre/Octubre 2014, pp. 90-97. Es la autora de The Collapse: The Accidental Opening of the Berlin Wall, luego completado como 1989: The Struggle to Create Post -Cold War Europe, Princeton University Press, 2014.

6 Ídem, pp. 91

7 Ibidem, pp. 97.

8Zbigniew Brzezinski and William E. Griffith, “Peaceful Engagement in Eastern Europe”, Foreign Affairs, Julio de 1961, pp. 642- 654; Henry A. Kissinger, “The Unsolved Problems of European Defense”, Foreign Affairs, Julio de 1962, pp. 515-541. Z. Brzezinski, “The Cold War and its Aftermath”, Foreign Affairs, 1992, pp. 31-47; “The Premature Partnership”, Foreign Affairs, 73-2, marzo-abril, 1994; “La Gran Transformación”, Política Exterior, 38, abril-mayo de 1994; “Getting Real in Central Europe”, New York Times, 28 de junio de 1994.

9 Benoit D’Aboville, “La Russie et l’Europe, les limites du débat”, Commentaire, 169, Primavera de 2020, pp. 21- 29.

10 Ídem.

11 Jacques Isnard, “Le face à face militaire en Europe”, Le Monde, 17 de enero de 1982, con tres cuadros: potencial naval; potencial terrestre y aéreo; armas nucleares.

12 Sobre el “cerco” en el pensamiento militar soviético: Herbert S. Dinerstein, “The Revolution in Soviet Strategic Thinking”, Foreign Affairs, Enero de 1958. Sobre la situación de Rusia y del espacio de la difunta URSS, todo el número 64 de Hérodote, revue de géographie et de géopolitique, enero-marzo de 1992.

13 Andrei P. Tsygankov, “The Russia-NATO mistrust. Ethnophobia and the double expansion to contain “The Russian Bear”, Communist and Post-Communist Studies, 46, 2013, pp. 186.

14 El País, Le Monde, 7 y 8 de febrero de 1994.

15 Jan Krauze, “La Russie veut empêcher toute action contre les Serbes”, Le Monde, 9 de febrero de 1994; Paul Lewis, “Russia a Barrier to NATO Air Strike. Western Allies Must Conform to Existing U.N. Policies”, New York Times, 9 de febrero 1994.

16 Alain Frachon, “Les Etats-Unis tentent d’obtenir l’appui de la Russie”, Le Monde, 14 de febrero de 1994.

17 New York Times, 16, 18 y 19 de febrero de 1994; Moskovskie Novosti, del 13 al 20 de febrero de 1994.

18 Moskovskie Novosti, 19 de febrero 1994; New York Times, editorial del 19 de febrero, “Russia’ Sarajevo Gambit”.

19 Las palabras de Clinton las cita Elaine Sciolino, “Contain Your Joy: Russia’s Back on the World Stage”, New York Time, 20 de febrero 1994. Jan Krauze, “Le double “rétablissement” de Boris Eltsine”, Le Monde, 22 de febrero de 1994.

20 Andrei P. Tsygankov, “The Final Triumph of the Pax Americana? Western Intervention in Yugoslavia and Russia’s Debate on the Post- Cold War Order”, Communist and Post-Communist Studies, 34-2, 2001, pp. 133-150. Igor Ivanov, “La crisis de Kosovo, un año después”, Nezavisimaya Gazeta, 23 de marzo de 2000. Embajada rusa en México, Boletín de Información, n. 20, marzo 2000. Menciona que el presidente Putin no descarta la entrada de Rusia a la OTAN “ en caso de que sus intereses sean respetados y tenga estatuto de pleno derecho.”

21 Aleksei Arbatov, citado por Andrei P. Tsygankov, loc.cit., 1999, pp. 142 y Nezavisimaya Gazeta, 16 de abril de 1999.

22 Andrew C. Kuchins, “Russia, the 360 grados Regional Power”, Current History, octubre 2011, pp. 266-271.

23 Russia Today, 27 de septiembre de 2012.

24 Putin in Valdai, citado por Valerie Sperling, “The Purpose of Putin’s Machismo”, Current History, octubre 2015, pp. 283.

25 El País, 27 de octubre de 2007, después del fracaso de la cumbre UE/Rusia.

26 Celeste A. Wallander, “Russia’s new security Policy and the Ballistic Missile defense Debate”, Current History, octubre de 2000

27 Glenn Diesen y Conor Keane, pp. 91 y 99.

28 John J. Mearsheimer, “Why the Ukraine Crisis Is the West’s Fault”, Foreign Affairs, septiembre/octubre 2014, pp. 78-80.

29 Gene Sharp, La lucha política no violenta: criterios y métodos; De la dictadura a la democracia. De Robert Helvey, el manual On Strategical Non Violent Action. Thinking About the Fundamental.

30 Lincoln Mitchell, “Georgia’s Rose revolution”, Current History, octubre 2004, pp. 342-348. La Fundación de George Soros apoyó a la Sociedad civil. Del mismo, The Color Revolutions, y Uncertain Democracy. Us Foreign Policy and Georgia’s Rose Revolution, Philadelphia, University of Pennsylvania, 2008 y 2012.

31 Por ejemplo, en el caso de Ucrania, Adrian Karatnycky, “Ukraine’s Orange Revolution”, Foreign Affairs, marzo-abril 2005, pp. 43.

32 Taras Kuzio, “U.S. Support for Ukraine’s liberation during the Cold War: A Study of Prolog Research and Publishing Corporation”, Communist and Post- Communist Studies, marzo-junio 2012, pp. 51-64.

33 Vladimir Shlapentokh, “Perceptions of foreign threats to the regime from Lenin to Putin”, Communist and Post- Communist Studies, 42, 2009, pp. 305-324.

34 Andrei P. Tsygankov, “NATO, Russia, and regional security in Europe and Eurasia. Introduction to the issue”, Communist and Post-Communist Studies, junio 2018: 89 y del mismo “The sources of Russia’s fear of NATO”, pp. 101-111.

35 Citado por Serhii Plokhy, El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética, Madrid, Turner, 2015, pp. 442.

36 Jack F. Matlock, Autopsy of an Empire: The American Ambassador’s Account of the Collapse of the Soviet Union, New York, Random House, 1995, pp. 667-672.

37 Jean Meyer, “Apuesta Imperial”, Foro Internacional, 1994/5.

38 John W.R. Lepingwell, “The Russian Military and Security Policy in the “Near Abroad”, Survival, 36/3, Otoño 1994, pp. 70-92.

39 Le Monde, 4 de noviembre de 1993, “La OTAN fuera de sus muros”, la cita es de Daniel Vernet.

40 Izvestiya, 28 de agosto de 1993.

41 Yuri N. Afanasyev, “Seems Like Old Times?”, Current History, octubre de 1994 y entrevistado por Jean Meyer, en Moscú, en junio de 1995.

42 Bruce D. Porter and Carol R. Saivetz, “The Once and Future Empire: Russia and the “Near Abroad”, The Washington Quarterly, 17/3, Verano de 1994.

43 Financial Times, 17 de marzo de 1993.

44 Putin citado por André Fontaine, “Pourquoi l’Occident soutient Poutine”, Le Monde, 20 de marzo 2000.

45 Andrew Wilson, The Ukrainian Crisis: What it Means for the West, Yale University Press, 2015.

46 Le Monde, 11/12 de mayo 1986, entrevistada por Pierre Milza, “Ni paix, ni guerre”.

47 Dmitri Trenin, “Russia’s Post- Imperial Condition”, Current History, octubre 2011, pp. 272-276.

48 Alexander Prokhanov, “Debemos expandirnos, porque si no nos van a tragar”, Argumenty i Fakty, 29 de octubre 2008.

49 Zavtra, 20 de agosto de 2008

50 Para la profundidad histórica del tema imperial, Jean-Sylvestre Mongrenier, Le Monde vu de Moscou. Géopolitique de la Russie et de l’Eurasie Postsoviétique, Paris, PUF, 2020; Serhii Plokhy, Lost Kingdom: The Quest for Empire and the Making of the Russian Nation, from 1470, to the Present, New York, Basic Books, 2017.

51 Andrei P. Tsygankov, “The frustrating partnership: Honor, status, and emotions in Russia’s discourses of the West”, Communist and Post-Communist Studies, diciembre de 2014, pp. 345-354.

52 Jean Meyer, “ Historia compartida, memorias enfrentadas: Rusia y Ucrania”, Nexos, enero 2023, pp. 48-60.


2 comentarios en ““Los ladridos de la OTAN a las puertas de Rusia”

  1. Mi querido Juanón: Terminé agotado de leer tu profundo ensayo, artículo, crónica, reportaje o el género periodístico que tú le des; me tuve que echar primero una siesta para reponerme porque ya estoy «rufles» o sea, ya soy un adulto mayor o un viejo o anciano o como tú lo quieras ver; nací a los seis meses de iniciada la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias, luego me toco la era atómica y sus consecuencias, después la era espacial y sus consecuencias y por último, la era cibernética, tmbién con sus consecuencias, hasta ahora, incluida la 4T, así que como comprenderás, todavía me cuesto al primer hervor (bueno eso digo yo) ¡ah! y soy mexicano de acá «deste lao», considerándome siempre, un hombre libere y de buenas costumbres, que tiene un modo honesto de vivir y después de este rollo, deja escribirte que qué bueno que la OTAN ya le va a ladrar al expansionismo ruso actual, pero la OTAN también necesita darle un buen mordisco al autócrata y cretino del Vladimir y detenerlo en sus afanes de invasión, antes fue el expansionismo yanqui, ahora es el de Putin, aunque los comunistoides de hurache de hoy, no lo acepten, los pueblos como el individuo, son libres y soberanos, ojalá la OTAN ponga en su lugar al nuevo oso ruso. Si te ofendí, perdón, si en algo te engañe, perdón mi Juan. Vale

    1. Excelente artículo, incluye todos los elementos por lo cual la preocupación de Rusia es de considerarse legítima, quizás no fueron los medios adecuados, pero era algo que de años atrás se venía venir, pareciera que algunos mexicanos no recuerdan como es EEUU y atacó a México en distintas ocasiones logrando quedarse con la mitad de su territorio.

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