Los procesos de renovación urbana ¿mezcla social o fragmentación?

En mi investigación en la colonia Doctores he observado que absolutamente todos los casos de hogares —ricos, medios y pobres— comparten una narrativa común sobre las colonias populares. Describen estos entornos como históricamente habitados por hogares empobrecidos, sin acceso a la educación y, por lo tanto, con empleos precarios que no permiten superar sus condiciones de vida, razón por la cual —como estrategia de supervivencia— se integran a los mercados informales e ilícitos que han otorgado el “ambiente” de inseguridad que las caracteriza.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

¿Por qué es relevante decir esto? Porque a partir de esta idea común es que se identifican a sí mismos, se posicionan frente a los demás y despliegan diferentes estrategias. Mientras que los hogares más privilegiados se identifican como más educados, limpios y civilizados que los habitantes con mayor antigüedad, los más empobrecidos consideran que transforman positivamente la colonia con base en su esfuerzo, distinguiéndose de casos muy puntuales de vecinos dedicados al robo o al narcotráfico:

Luego los de aquí enfrente nos andan diciendo que nosotros somos los conflictivos, de toda la vida siempre nos han tachado de lo peor. Como nos ven que tenemos dificultades [económicas] luego-luego piensan que somos nosotros y nos mandan a la patrulla. Pero pues todos sabemos, hasta los policías, quiénes son los conflictivos […] los de Dr. XXXX y Dr. XXXX son el foco rojo. Pero pues pagan justos por pecadores.
—Antiguo habitante: Jose Luis, 59 años1

Sin embargo, la percepción positiva que estos hogares tienen de sí mismos y sus esfuerzos de integración no son tan efectivos como suelen serlo sus recursos económicos y sociales. Como es de esperarse, los hogares más empobrecidos encuentran constantemente restricciones económicas que limitan su acceso a espacios físicos y sociales. Sencillamente no pueden costear los elevados precios de los nuevos sitios de consumo alternativo que han aparecido a borbotones en los alrededores de la colonia, aunque queden en la misma cuadra y no tengan ni siquiera que bajarse de la banqueta para llegar a ellos. Hablo de que el ticket de consumo promedio por persona es de un salario mínimo —alrededor de los 200 pesos— y que los ingresos por hogar de este tipo de familias es de tres salarios mínimos, lo que quiere decir que tendrían que invertir una tercera parte de sus ingresos para “formar parte” de estos espacios. Así, a pesar de vivir en una de las alcaldías con mayor oferta cultural, en el epicentro de vertiginosos procesos de “renovación”, en realidad se encuentran confinados al ámbito doméstico o popular. Prácticamente su vida cotidiana no se desdobla fuera de sus colonias y, en ocasiones, ni siquiera fuera de su cuadra:

-¿Vas seguido a [una cafetería que queda a dos calles de su casa]?
¡Naaah! ¿Cómo crees? Con lo que cuesta un café me compro mi caldito [de gallina] y mi coquita […] Además, ni siquiera le entiendo a lo que venden ahí, está su menú en inglés […] y la verdad eso es cuando hay, porque cuando no hay, que es casi siempre, pus lo que se prepare en casa.
—Antiguo habitante: Jose Luis, 59 años

 

Mientras que los sectores vulnerables despliegan sus prácticas al interior de la colonia, con todas las limitaciones materiales que ello implica, los nuevos habitantes desarrollan estrategias de autosegregación residenciales, laborales y recreativas. Esto resulta en la coexistencia de mundos aislados, donde la interacción entre sectores es prácticamente inexistente.

Las ideas del “trabajo colaborativo” inundan el marketing de espacios educativos y laborales que se promocionan como puntos de encuentro y reparación de “tejido social” —lo que sea que eso signifique—, pero sólo funcionan para personas que comparten los mismos rasgos de origen social. Ahí se ofrecen sesiones gratuitas de yoga o meditación, talleres de cerámica o catación de café y clubes de debate de lectura o películas que se promueven como circuitos de socialización “para los vecinos”. Realmente tienen dos funciones: publicitar el espacio entre potenciales consumidores y densificar las redes sociales de exclusividad, en las que circulan montones de recursos, en forma de inversiones o contactos laborales.2 Resulta paradójico —y contradictorio— que espacios que justifican su existencia con la idea de lo “tradicional”, el “barrio” y de “volver a lo genuino”, sean los mismos que configuren fronteras físicas tan beligerantes a partir de sofisticados —y a veces engorrosos— mecanismos de vigilancia y seguridad que regulan el ingreso y terminan por romper la promesa de un supuesto mejoramiento barrial o la eventual generación de lazos comunitarios.

La nueva clase urbana, como propone Sharon Zukin en Naked City (2011), valora positivamente las formas “auténticas” de la ciudad, como edificios antiguos, galerías de arte, boutiques, mercados de alimentos de lujo, barrios antiguos, restaurantes étnicos modernos y tiendas antiguas. Sin embargo, esta demanda generalizada de autenticidad no tiene nada que ver con los antiguos habitantes que aún permanecen, sino con criterios estéticos cuidadosamente seleccionados y una curaduría que rescata y enaltece su “originalidad”:

-¿Por qué decidiste mudarte aquí? [a la Doctores]?
… porque tiene esencia, otras colonias ya se me hacen muy plastificadas.
—Nuevo habitante: Oscar, 43 años

El costo de estas narrativas es ocultar y, desde luego, alejarse del “otro”. No es casual que los antiguos habitantes no tengan ni idea de las acciones de vinculación social en las que estos espacios buscan deliberadamente “contribuir” a la comunidad; éstas suelen suceder por medio de criterios selectivos de infancias, adultos mayores o personas con discapacidad. Así, intentan justificar esta especie de servicio social, sin realmente atender problemas del entorno, mejorar o al menos contribuir a paliar los aspectos negativos de la población mayoritaria que los rodea.

En el mejor de los casos, cuando la interacción entre grupos sociales sucede, se constriñe a un intercambio comercial efímero y poco significativo. En no pocas ocasiones, los hogares más privilegiados reconocen que en estas interacciones diluyen estrategias para consolidar alianzas y sentirse protegidos en un territorio que consideran peligroso:

-¿Con quienes interactúas en la colonia?
Ahora que lo dices… pues casi nadie… bueno, no, sí me llevo con el viene-viene porque lo prefiero de amigo que de enemigo. Como dicen, mantén a tus enemigos de cerca […] Otro cuate con el que sí me llevo es el don de los calditos de gallina, la verdad como ahí bastante seguido.
—Nuevo habitante: Oscar, 43 años

Esta calle es muy peligrosa, si la buscas en internet te va a salir pura nota roja de balaceras y cateos, yo por eso intento llevarme bien con los vecinos. Todavía más con los mecánicos que están todo el día en la calle viendo el movimiento. El mecánico de aquí a la vuelta cuando llegué ni me saludaba, siempre con su cara de enojado, pero poco a poco, de verme todos los días y sonreírle, decirle los buenos días, me empezó a ubicar y ahora ya me pregunta hasta cómo estoy […] y así con otros personajes de la cuadra con los que ya sé que hay cierta complicidad y que me dan la sensación de que no me va a pasar nada.’
—Nueva habitante: Montserrat, 31 años

Cuando por algún motivo los hogares más empobrecidos consiguen burlar estas limitaciones, se enfrentan a una serie de estigmas asociados a “cómo se ven, cómo hablan y dónde viven” que contribuyen a crear fronteras espaciales a partir de cartografías imaginadas. En una de mis conversaciones informales con una de las entrevistadas, hablaba sobre un restaurante de comida regional que está en una de las calles más transitadas de la colonia. A pesar de todas las referencias que le dije, en su rostro no cambiaba su expresión: no tenía idea. Esa conversación no estaba siendo grabada, pero me dijo algo como “No conozco más que X calle y X calle que son las que uso para salir a trabajar […] la verdad la colonia me causa mucho estrés, me da pavor, me pongo muy nerviosa sólo de ver ciertas calles.” Le pregunté por qué y me dijo algo como: “porque ves a la gente afuera de sus casas viendo qué te pueden quitar y no solo eso, sino que las calles están feas, sus casas descuidadas”.

A pesar de los esfuerzos de los hogares empobrecidos por derribar las barreras sociales, se ven limitados por restricciones materiales y fronteras simbólicas ampliamente aceptadas por otros actores, lo que dificulta el acceso a determinados espacios:

El otro día mi hija y mi nieta me enseñaron un video de internet de una cafetería que abrieron. Se me hizo interesante que eso estuviera en la colonia porque luego yo paso por ahí y se ve solo, solo. Y pues ya, nos hicimos un tiempito y fuimos. Se me hizo raro que la cafetería estuviera con la puerta cerrada, como que no te invita a pasar. Pero bueno, tocamos y en una rendijita en donde se asoma un policía y nos dijo en un tono bien feo que a quién buscábamos. Nosotras no nos sabíamos el nombre de la cafetería, solo sabíamos que era una cafetería y eso le dijimos, pero ni así quiso abrirnos que porque necesitaba el nombre. Total que ya mi hija se puso a buscar en su celular. En eso que llegan unos chavos y piden pasar también a la cafetería y pum que les abre. No sabes el coraje que me dio. Pero bueno, yo quería darle el gusto a mi hija y no hice relajo. En eso que ya le dice el nombre del lugar y ya nos dejan pasar y nos pasan a un filtro para poner nuestros datos de las dos, de mí y de mi hija. ¿Para qué si íbamos juntas? Pero bueno. Ya pasamos y a mí no se me hizo la gran cosa aunque si vendían cosas muy bonitas. Venden muebles y como obras de arte. Hasta el final estaba la dichosa cafetería. Ahí nos atendieron muy bien la verdad, pero híjole, nada más de las tres fueron como quinientos pesos. Muy rico, pero por ese precio como en la calle toda la semana y hasta me sobra
—Eugenia, 63 años

Eugenia se refiere a uno de los llamados hub que reúne actividades y talleres de industrias creativas que se han instalado en espacios fabriles en desuso de la colonia Doctores. Su viñeta ilustra los prejuicios que sobre su posición social utilizan los nuevos habitantes para evaluar su pertinencia a un espacio. Lo que sin duda contribuye a la delimitación de fronteras que contribuyen a la estigmatización, condicionando las formas que adquiere la sociabilidad urbana frente a los hogares que habitan ahí.

En un contexto de mayor heterogeneidad y proximidad espacial, la cercanía física no garantiza necesariamente la interacción o integración social. O en otras palabras: que  sectores sociales muy diversos convivan en la misma colonia no significa que interactúen o que estas interacciones sucedan en condiciones de igualdad.

Las interacciones sociales que promueven las ciudades fragmentadas no son necesariamente vínculos de integración. Al contrario, crean nuevas fronteras basadas en criterios económicos y prejuicios sobre la seguridad; esto dificulta cualquier esfuerzo de inclusión y limita el acceso de los sectores populares a otros espacios de socialización (restaurantes, cafeterías, hubs o nodos culturales). Además, las características físicas de las viviendas y los vecinos son utilizadas como indicadores de la posición social, estableciendo patrones estéticos y morales que perpetúan la estigmatización y la desigualdad. En este contexto, es esencial considerar políticas y acciones que promuevan una mayor inclusión social, superando las barreras físicas y simbólicas que separan a los diferentes grupos sociales. La transformación urbana no debe ser únicamente impulsada por criterios de rentabilidad y exclusividad, sino también por la búsqueda de una ciudad más justa y equitativa, donde la convivencia y la integración sean posibles para todos los residentes.

 

Maria Gala
Estudiante de la maestría en Sociología en El Colegio de México

Referencias

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_______ Las reglas del desorden: habitar la metrópoli. Siglo XXI, 2008

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Zukin, S., Naked city: The death and life of authentic urban places, Oxford University Press, 2009


1 Los nombres y algunos datos de los entrevistados fueron modificados para proteger su información personal.

2 Está ampliamente demostrado que las redes sociales en las que se encuentran las personas se componen de individuos con los que comparten características sociales, económicas y culturales similares. Además, tienen un ‘efecto multiplicador’ de condiciones positivas y negativas, en el que los recursos económicos y sociales que circulan permiten mejorar (o empeorar) las condiciones iniciales de la persona. Para ejemplificarlo: un emprendimiento es más probable que se desarrolle en un entorno social de exclusividad porque ahí se encuentran potenciales inversionistas, mientras que en un entorno de privación esta posibilidad es más distante en la medida en que “se conocen” menos personas con recursos (DiMaggio y Garip, 2012)

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Publicado en: Economía

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