
Emilia Pérez y Jacques Audiard se bañan en premios mientras la realidad de México sigue ahí, sin musicalizarse. En verdad no importa qué está sucediendo en ese país, no hace falta. Nada impide que se convierta en un espectáculo exótico, lugares comunes y sangre que fascina a audiencias que observan de lejitos.
Audiard ofrece una idea de México que resuena en todo el mundo y Francia, es evidente, no es la excepción. J’ai été en Amérique Latine! J’adore! En el reparto de la otredad francés, los malos son de África, sobre todo los musulmanes. También están los antisemitas. Los latinos, en cambio, huelen a maíz, sí, tienen acentos marcados, se ven coloridos, y, aunque no nos mezclamos demasiado con ellos, tenemos esperanza. Somos los buenos salvajes.
El mismo Audiard lo reconoce en una entrevista: él quería hacer la producción en español porque: 1) hace a la película internacional y 2) “es un idioma de país modesto, de pobres, de migrantes”. La lista de otras declaraciones similares, explícitas e implícitas, dentro de la película es larga: México, como cualquier otro país al sur del Río Bravo, es violencia, balazos, machos, corrupción, desaparecidos, ‘guacamole con mezcal’, ‘Coca-Cola con limón’… pero también es alegría, colores, la gente más amable, las mejores playas, santos patronos, comida deliciosa y, claro, Frida. De esto ya han escrito mejores plumas.
Lo interesante es el contexto. Si en Estados Unidos el mexicano es el patito feo, acá los buenos salvajes son multiusos. Si la violencia en Marsella es la mexicanización de Francia, esta convive con el grandeur de sus civilizaciones expuestas en el Quai Branly y la proliferación de taquerías en la rive droite de París. (¿Se imaginan lo insensible que sería usar una palabra como “explosión” en vez de “proliferación”?). Un México comodín que se ajusta a la narrativa según convenga: exótico, trágico, sabroso, violento, pero siempre distante. Importa poco: el producto está ahí.
No es la primera vez que algún francés tiene delirios sobre la bondad de los salvajes de América. Tampoco es la primera vez que el cine muestra la miseria de México en tono sepia o blanco y nergro. Pero si los montajes del caso Cassez eran una telenovela mal producida por agentes federales, esto es un bodrio que combina lo peor de La Rosa de Guadalupe, High School Musical y la peor versión exportable de la ‘idea de México’.
Sobre la película, poco y nada. Los personajes no tienen profundidad. Soy exesposa de un narco; tengo un amante narco; mi solución es que mi amante narco secuestre y mutile a mi exesposo narco, que ahora es mujer, para que me pague mi lana. La abogada que, oprimida por su jefe machista, decide convertirse en la defensora de una narcotraficante trans, santa patrona de los desaparecidos. Sólo vemos personajes haciendo cosas, pero jamás ponderando sus acciones. Las canciones parecen aquellas que cantábamos en la infancia donde se forzaba la rima, quedándonos sin aire. Pura forma, poco fondo.
Y aunque la película no genera ningún sentimiento –no provoca nada–, no es sorpresa que haya causado molestia en el contexto actual. Hubo discursos patrioteros o regaños moralizantes subrayando que ‘México es más que eso’. Honte! Están también las críticas sobre el tratamiento de la comunidad transgénero. Lo que realmente incomoda de ver Emilia Pérez galardonada no es sólo que perpetúe la idea de México como un cártel de drogas con mariachis y luces de espectáculo, sino que lo haga desde una historia inverosímil y con una estética de Disneylandia kitsch que anula la importancia de la tragedia.
Un tema tan sensible como la guerra contra el narco y los desaparecidos debería causar algo en el espectador. Miedo. Tristeza. Enojo. Frustración. ‘1-2-3’ de Café Tacvba causa algo. Hasta una gráfica de los homicidios por cada 100,000 habitantes de 1990 para acá, comparando a México con países con guerras interestatales, causa algo. La toma de una glorieta que representa la historia de bronce, tapizarla con fotografías de hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, desaparecidos en Jalisco y renombrarla ‘La Glorieta de los Desaparecidos’, eso sí mueve. El abuso político de un caso como Ayotzinapa, mueve, encabrona, causa desesperanza. La película no.
Y aunque en México las salas de cine estaban vacías, en Francia no. Fuera de un par de titulares que retomaron las críticas desde México, la verdadera indignación en los medios franceses alrededor de la película fueron los tweets racistas e islamofóbicos de Karla Sofía Gascón. De nuevo, antes la forma que el fondo.
Emilia Pérez arrasó en los Premios César. Y ganó, pese a sus muchas nominaciones, sólo dos estatuas en los Oscar. Sabemos que estos premios no son garantía de nada. Pero la espina queda: ¿Por qué se premia? Y, ¿por qué hay un público para eso? Si este film ‘audaz’ es garantía de algo, la vara está muy baja. Planteamos un par de explicaciones, todas sin ninguna prueba formal.
Una primera explicación es la del chivo expiatorio. Reportajes recientes muestran que el consumo de cocaína en Francia se ha duplicado en los últimos seis años. Tranquilos, aunque ‘la familia sea la mejor institución de seguridad social’, seguramente en México también pasa. Pero quizá sea que parte del público asustado con la mexicanización encuentra cómodo ver a los buenos salvajes bailando al ritmo de 100,000 desaparecidos mientras se echan un jalón con cierta paz mental. Lo dudamos.
La segunda explicación, más plausible, es que a la gran mayoría de personas en Francia, y Europa en general, no le podría importar menos México, y América Latina en general. Si los gringos tienen su patio trasero, el de acá son las excolonias en África y el sudeste asiático. Y sus problemas son sus respectivas migraciones. Además, de nuevo, el verdadero elemento que distorsiona el ideal europeo no es el latino, sino el musulmán. Su idea es que nosotros traemos a la tierra laica y jacobina el tequila, los tacos, reguetón y fiesta; los otros, el hiyab. Así que si Audiard no cuenta la realidad factual de México, qué más da. On s’en fout!
Finalmente, la última explicación no involucra a ningún francés. El principal responsable de que Audiard agarre su musical neón para tocar un tema con una sensibilidad nula como espectáculo inofensivo para las pantallas internacionales es México y quienes han vendido su idea. I am Mexican! No one loves to live the way we do because we are so conscious about death […] we are going to live, we are going to have beauty and love. Falta pensar a profundidad y reinventar esa idea de México que llega al exterior. Al país mismo también, si algunos cotos de poder nos dan chance.
Sí; México es más que Emilia Pérez, pero también hay mucha realidad que es sumamente jodida, que va junto con pegado con todo aquello folklórico y bello. Toca dejar la campechana mental y reinventar esa idea que llega a audiencias extranjeras. Nomás que ojo, esa realidad jodida no jala parejo: es la gente de menores ingresos quien vive esa miseria, mientras otros, incluso paisanos, pasamos también como audiencia lejana. No siempre es el caso, pero en promedio, así es. Y tocará reconocerlo.
Los salvajes de Audiard, e implícitamente la novela Écoute de Boris Razon, amigo de Audiard, son quienes se llevan los aplausos a la par que los cuerpos y el sufrimiento de miles de personas se convierten en un número más entre tanta mierda de canción. No deja un buen precedente ni pinta para bien. No todo francés piensa así. Nos queda muy claro y lo sabemos. Pero esta idea del México bronco y su folclore sangriento no ayuda en nada.
Al ganar el premio César a la mejor película el viernes pasado, Audiard no dijo nada. En mi opinión, hubiera ahorrado la producción y el tiempo para grabar este absurdo y no haber dicho nada desde el principio. Pero, en cualquier caso, ya entrados en gastos y ya reconocido su genio artístico, si a Audiard en verdad le interesa México, como lo declara en entrevistas, le invitamos a que lo demuestre con acciones: que donen las ganancias a colectivos de madres buscadoras en México.
Eso no quitará el hecho de que sea una película malísima y una muestra más de que el arte que se premia significa poco para crear sensaciones humanas. Pero Audiard tendría un impacto mínimo en el país y sus salvajes que dice querer retratar. De pérdida.
María Montoya Aguirre
Economista sinaloense. Candidata a doctora por la Paris School of Economics.
Guillermo Woo Mora
Economista. Candidato a doctor por la Paris School of Economics.