Voy en el auto rumbo a la guardería. Mi hijo viaja atrás entregado a esa confianza absoluta que tienen los bebés, convencidos de que el mundo funciona. Llego a una avenida de un solo sentido, bajo la velocidad y miro a la izquierda, el siga me concede el paso. Un ciclista avanza en sentido contrario, no se detiene, me mira y sostiene esa mirada larga –acusatoria– como si yo tuviera el alto. Días antes en esa misma vuelta un hombre en scooter actuó con la misma lógica. Mi esposa cruzaba con el bebé en brazos. El alto no lo interpeló y pasó de largo, intacto. “¡Trae un bebé, fíjate!”, le grité. Respondió con una seña obscena, ese gesto mínimo que condensa toda una filosofía urbana.
No tomo partido: ciclistas, motociclistas, automovilistas, peatones… todos participan en este pacto tácito contra cualquier norma.

Después del mal trago, pasamos junto a la ciclovía de Tlalpan que aparece ocupada por una multitud sin bicicleta. Filas de trabajadores y trabajadoras esperan el camión sobre el carril. Las unidades que llegan se estacionan en doble fila, abren la boca y engullen gente. De vez en cuando aparece un ciclista. Desde lejos las trabajadoras sexuales lo siguen con la mirada. No hay curiosidad ni simpatía en ese gesto. Desde el inicio de las obras, cuentan, el ingreso cayó más de la mitad. Ahora se manifiestan con una pancarta que dice: “Clara Brugada no cumple acuerdos”.
Un político capitalino me ofreció una explicación en voz baja, como si revelara un secreto de Estado. La ciclovía buscaba despejar la avenida, empujar a las trabajadoras hacia las calles laterales, limpiar el trayecto que conduce al Estadio Azteca. “El mundial exige que nos veamos bien”, dijo. Escuché con escepticismo. No suelo atribuir tanta sofisticación estratégica al gobierno local.
Gente cercana a lo ocurrido me explicó qué fue lo que pasó entre el gobierno y las trabajadoras sexuales. Un político se acercó a ellas con la promesa de entregarles mil pesos y una despensa para compensar los problemas. El gesto sonaba a arreglo rápido, de esos que buscan apagar el incendio antes de que llegue la prensa. Pero los días pasaron y no llegó ni el dinero ni la despensa. Tampoco volvieron a contestarles el teléfono. Ni siquiera cuando se mencionó que la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo intervendría para apoyarlas.
Por eso ahora las trabajadoras se manifiestan y repiten que la jefa de Gobierno no cumple acuerdos. Clara Brugada respondió que ella nunca acordó nada. Tal vez tenga razón. Para aclararlo bastaría con preguntar en la Secretaría de Gobierno. A veces los acuerdos no desaparecen, sólo se incumplen en otra oficina.
Por cierto, la ciudad se prepara para el mundial con el entusiasmo de quien organiza una kermés. Un poco de pintura. Un poco de movimiento. Comerciantes desplazados, como si el problema dependiera de la geografía exacta del desorden. Nadie regula el costo del hospedaje. Nadie anuncia un plan de seguridad. El sarampión circula con más eficiencia que cualquier política pública. Eso sí, los eventos públicos exaltan la historia, somos una ciudad tres veces mundialista: Pelé, Maradona, Hugo Sánchez…y luego “chiquitibum a la bimbomba, Clara, Clara, ra ra ra”.
Sigo al volante y en la radio discuten la reforma política. Mencionan la “Ley Maduro”, la forma en que la oposición nombra la iniciativa electoral del gobierno, con la que afirman se busca reducir contrapesos. Mientras tanto, otros siguen atrapados discutiendo la sobrerrepresentación, como si el país dependiera de un adjetivo bien colocado. Que si favorece a la derecha, que si beneficia a la izquierda, que si la interpretación literal, que si el espíritu de la norma… Afuera, la legislatura acumula medio año de vida real, con decisiones tomadas, presupuestos ejercidos e inercias.
Las reglas que ordenan el poder interesan primero a quienes viven de ellas. Después, a quienes las estudian. Luego, a quienes encuentran en ese interés una forma discreta de superioridad moral. Por último, a uno que otro politizado. Yo pertenezco a esa minoría improbable por mi profesión. Llevo semanas leyendo fórmulas, porcentajes, escenarios. Mi editor en nexos lee mis argumentos con paciencia profesional, pero desesperación íntima.
Sobre la reforma, por cierto, sólo puedo decir que me gustaría tener la inteligencia y la comprensión de lectura de Leo Zuckerman, quien dice que es una buena propuesta de plurinominales. Yo llevo tiempo tratando de entender a qué se refiere la reforma con esto:
La asignación de las 200 diputaciones será alternada de acuerdo al inciso a) y b) anteriores.
Iniciará con la relación del sistema de personas que no habiendo obtenido el triunfo, obtuvieron los mejores porcentajes de votación distrital emitida de su partido político, por circunscripción, alternada con el sistema de mayor porcentaje de votación individual correspondiente. Las diputaciones elegidas por las ciudadanas y los ciudadanos que residen fuera del territorio nacional se asignarán al partido político que corresponda, en cada circunscripción, iniciando por aquella en la que el partido haya obtenido un mayor porcentaje de votación.
Los muros repiten nombres. Arturo Ávila promete defender algo más allá de sus negocios. Sergio Mayer anuncia su existencia en Coyoacán, como si la casa de los famosos necesitara confirmación permanente. Más abajo la pintura cambia de tono. “Te seguimos buscando, carnal”. “Te buscaré hasta en la luna, Fanny”. Las paredes conservan una memoria que ningún instituto registra. Hasta hace poco la Línea 12 recordaba su propia herida con una frase escrita a mano: fue el Estado.
El bienestar es inventado. La jefa de gobierno pide moderación a la nota roja, como si la muerte dependiera del estilo narrativo. La Secretaría de Salud evita nombrar las alcaldías donde avanza el sarampión, por respeto a la reputación del virus. No sabemos nada de Ximena y Pepe; pero sí que un registro mal tapado no es lo mismo que un bache.
De hecho nadie tapa los baches. Los funcionarios enfrentan tareas más urgentes. Cubren escándalos y administran silencios. La deuda de la ciudad crece –en documentos que sólo los periodistas leen– para financiar la kermés mundialista. El asfalto se hunde y no respeta ni a los visitantes de la mañanera. Un camión de Coca-Cola cayó en un socavón justo afuera del Estadio Azteca.
Los protagonistas del cambio verdadero aprendieron a vivir bien sin trabajar. Departamentos en Polanco aparecen como premio por la lealtad correcta. Periodistas militantes descubren vocaciones empresariales repentinas y políticos de primer nivel encuentran vivienda sin renta. Empresas millonarias florecen en ese ecosistema donde la honestidad valiente encuentra remuneración inesperada. La consigna exige disciplina: tapar la incidencia, neutralizar la mala onda, desactivar la envidia. La ciudad queda en segundo plano.
En paralelo algunos opositores descubrieron un nuevo talento: fabricar símbolos. Eligieron a una alcaldesa. Los consultores hablaron con precisión quirúrgica, dijeron que su perfil tenía potencial en redes, que su imagen podía escalar, que su tono confrontativo facilitaba la conversión en emblema. La estrategia encontró sentido. Cada aparición pública tiene formato de episodio. Cada vez que declara algo ante medios busca el eco digital que transforma figuras locales en fenómenos nacionales.
Mientras tanto, en los tianguis de su propia alcaldía, el orden cambió de manos. El crimen avanzó con discreción administrativa: ahora regula los espacios, decide quién vende, define quién permanece. La autoridad observa desde la periferia de su propia jurisdicción. Los comerciantes pagan cuotas que no figuran en ningún reglamento. La protección adquiere nuevos intermediarios. El lenguaje cambia, el mecanismo permanece.
La política, sin embargo, insiste en el espectáculo. La alcaldesa escenifica confrontaciones contra una antigua aliada. Ella y los opositores responden con la misma intensidad performativa. Ambos entienden el valor de la imagen, las pantallas importan más que la plaza. Nadie discute el costo real del metro adicional en el tianguis. Nadie explica a dónde van los pagos que garantizan seguridad. La disputa hace visibles ciertas cosas, aunque la realidad continúa sin cámaras.
En fin, antes de llegar a mi destino, un letrero antiguo resiste el paso del tiempo. La pintura está desgastada y el diseño pertenece a otra época. Todavía dice Distrito Federal. Las letras, D.F., conservan esa tipografía institucional que prometía orden administrativo y continuidad histórica. La ciudad acumula capas sin borrar las anteriores.
Recuerdo un mensaje en WhatsApp. Un colega, obsesivo profesional de la política y que vivió la grilla de aquella época, me escribe con ironía: “Desde que somos CDMX todo se fue al carajo. Make D.F. Great Again”. Sonrío al recordarlo. No sé si alguna vez existió esa grandeza. La memoria también edita. Pero, por Dios, ¡ojalá que alguien regule al scooter!
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente