Maradona: canibalizar al ídolo

La profunda sensación de incredulidad frente a una noticia como la muerte de Diego Armando Maradona tiene, por supuesto, un componente de tristeza pero también de respeto por la historia. La historia como una de las bellas artes que, en algún punto, trasciende cualquier hecho empírico, pero también la historia como un período concreto que termina para siempre y, por qué no, la historia personal y afectiva de cada persona (argentina o de cualquier nacionalidad), que alguna vez se haya visto conmovida por algunas de las muchas facetas de un personaje tan polifónico como Maradona.

Hablar sobre él es algo tan difícil como contener el peso específico de la palabra “poesía”, de la palabra “nación”. No sólo en un día como hoy, ante una noticia como ésta que hace temblar el pulso de la historia. Por el contrario, uno podría pensar que, desde siempre, referirse a Maradona significa quedar condenado al equívoco, la imprecisión y, sobre todo, la falta de perspectiva.

Nunca estuve de acuerdo con esa obsesión —argentina, seguramente, pero quizás también mundial— de pretender separar las distintas facetas de futbolista, padre, persona y un largo etcétera, como si alguien pudiera detentar el privilegio de elegir el aspecto que mejor nos cae dentro de un todo por definición indivisible. Porque, finalmente, los seres humanos no somos más que una mezcla más o menos coherente de contradicciones. Y ni siquiera alguien tan extraordinario como Maradona fue, en ese sentido, la excepción.

Es cierto que su figura funciona como una metáfora casi perfecta de lo que muchas veces se entiende como el ADN argentino; el cual, a falta de una nitidez mejor, podría identificarse, quizás, como una inmadurez colmada de recursos. En efecto, los saltos tan marcados en una vida que tuvo permanentes oscilaciones entre el cielo y el infierno, entre el abismo y la plenitud, se ajustan bastante bien a los constantes vaivenes argentinos. Sin embargo, también es cierto que además de ser un símbolo nacional la propia construcción que la sociedad argentina hizo de Maradona y que, en algún punto, tuvo muy poco que ver con él mismo, es también algo profundamente argentino.

En ese sentido, en vez de juzgar por ejemplo sus adicciones sería interesante advertir que el propio Maradona fue —y probablemente seguirá siéndolo— una de las grandes adicciones de los argentinos.

Ilustración: Pablo García

No sólo de quienes quedamos rendidos ante su magia como le pasaba, en el diálogo de Platón, a Ion respecto a Homero; sino también, y esto quizás sea lo más llamativo, de sus más acérrimos detractores que, al parecer, necesitaban alimentar su propio ropaje moral con el combustible de los vicios, impertinencias y supuestas deficiencias éticas de Maradona.

Creo que eso sí es algo muy argentino, y no sé si sucede tanto en México o cualquier otro país del mundo: esa adicción casi inexplicable por canibalizar a los ídolos, por vivir bien pegoteados a ellos y vigilarlos muy, muy de cerca para poder acceder con los nutrientes de su autodestrucción vaya a saber a qué extraña clase de integridad humana.

Como dije al principio de esta nota: es muy difícil escribir sobre Maradona y tengo muy claros los riesgos. No pretendo tampoco negar sus errores, defectos y contradicciones pero sí me gustaría decir que ahondar tanto en ellos fue también una señal inequívoca de esa adicción argentina. Esta adicción consumió a muchas personas que, durante cuánto tiempo, sucumbieron a sus propias contradicciones al corear, escudados en el anonimato, ese ensordecedor himno unimembre que, al grito de “Maradooooo, Maradooooo, Maradooooo”, sonaba cada vez (por no decir siempre) que la selección argentina (por no decir el país) entraba en alguna zona de peligro (por no decir crisis absoluta) que sólo ese héroe de la oscuridad podía llegar a pilotear. Eso es lo que sucedió, por ejemplo, cuando casi al quedar fuera del Mundial de Estados Unidos 94, Maradona entró por la ventana de la selección de Alfio Basile para disputar el repechaje frente a Australia para culminar trágicamente poco tiempo después con la detección de efedrina y una derrota en octavos de final que no deja de confirmar la profunda dependencia argentina por Maradona.

Como yo solo tenía tres años cuando mi país salió campeón del mundo en México 86, solo viví en forma retrospectiva esa consagración soñada. Pero sí experimenté con una intensidad absoluta esa otra epopeya que fue el mundial de Italia 90. Y la verdad es que más allá de aquella ingeniosa hipérbole de la palabra “D10s”, ante mi mirada infantil Maradona significaba algo incluso más importante que dios: un humano capaz de intervenir y cumplir mis rezos desesperados al cielo. Nunca voy a olvidar lo que viví durante ese increíble partido de octavos de final contra Brasil en el que la selección argentina se vio ampliamente superada por su rival: cerré los ojos para pedirle un milagro a dios; apenas volví a abrirlos y vi cómo Diego Armando Maradona producía magia desde la varita mágica de su inflamadísimo talón para dejar a dos brasileños en el camino y darle una asistencia imposible a Claudio Paul Caniggia. El resto también es historia: Argentina terminó ganando un juego que, aun con el empate, parecía perdido.

Creo que tal como sucede con un puñado de extraordinarios artistas sobrevivientes —pienso en Milan Kundera, Bob Dylan y no muchos más— que son historia viva, con la muerte de Maradona se va no sólo el mejor jugador de todos los tiempos sino también una clase de futbolista que no va a volver a surgir.

En ese sentido, muchas veces he pensado que si nadie es capaz de ponerse totalmente en el lugar del otro, esa dificultad se potencia mucho más en el caso de Maradona. Porque, aunque se diga fácil, no creo que nadie se haya puesto a ponderar lo suficiente los efectos colaterales que puede llegar a sentir alguien que, casi sin aviso, se transforma, de repente, en la personalidad más importante de un país, luego del mundo.

De hecho, cuando el 30 de octubre pasado se celebraba en muchas redes sociales el cumpleaños de Maradona, con una efusividad que hoy por supuesto parece resignificarse, me invitó un amigo checo a ver el documental de Asif Kapadia sobre su vida, el cual proyectaban ese mismo día en el estadio del equipo Bohemians de Praga. Por supuesto que para mí fue algo muy emocionante pero no dejé de advertir, más allá de mi propia emoción, la gran cantidad de espectadores checos que, a pesar de su fama de fríos y distantes, miraban hipnotizados cada una de las escenas de Maradona en Argentinos Juniors, Boca, Barcelona, Napoli y la selección albiceleste. Y ni hablar de la increíble mezcla entre exaltación y carcajadas masivas que resonaron con la traducción al checo de ese relato mítico en el que el periodista Víctor Hugo Morales le preguntaba a un imbatible Maradona, en el segundo gol a los ingleses en los cuartos de final de México ’86, de qué planeta había venido, barrilete cósmico.

El escritor argentino Eduardo Galeano marcó muy bien el hecho de que, durante ese mismo partido, en apenas cinco minutos de diferencia, Diego Armando Maradona convirtió “el gol del ladrón” —en referencia al primer gol que hace con la mano— en aquel tanto digno de un malabarista que, con toda razón, suele definirse como “el mejor gol de la historia de los mundiales”.

Sin entrar en el terreno de lo que significaba esa doble conversión ante un rival con el que, cuatro años atrás, la Argentina, por una patética decisión del por entonces gobierno militar, había entrado en guerra, me gustaría contar algo quizás no tan conocido: seis años antes de ese mundial que terminaría ganando la Argentina de la mano de Maradona, el 10 había realizado una jugada muy similar a la que llevó a cabo eludiendo a la mitad del equipo inglés, justamente contra el mismo rival, pero en el contexto de un partido amistoso en el estadio de Wembley. Maradona tenía por entonces 19 años, superó de manera consecutiva a cuatro defensores y, al enfrentarse al guardameta Shilton, disparó un remate que voló apenas afuera.

El propio Maradona contó que ese día, después del partido, su hermano menor Hugo le reprochó no haber gambeteado al arquero.

Es probable que esas palabras hayan seguido resonando en su cabeza, porque aquel mítico 22 de junio de 1986 en el también mítico estadio Azteca Maradona repite de manera idéntica la jugada pero, esta vez, cuando se enfrenta a Shilton decide amagarlo para quedar a solas con la red.

En lo personal me fascina esa anécdota porque me hace pensar muchas cosas: en primer lugar que incluso alguien con el talento inconmensurable de Diego Armando Maradona necesitó, en algún punto, una segunda oportunidad. Por otro lado que, a pesar de la soberbia que puede provocar semejante talento, Maradona haya tenido la humildad de advertir su falla y mejorar la puntería justamente en el momento donde más necesario era acertar.

Tal vez en esa mismísima autocorrección que implicó eludir al arquero en vez de patear al arco podría cifrarse lo más parecido a esa porción de inmortalidad a la que un simple humano puede aspirar.

 

Juan Pablo Bertazza
Periodista cultural.

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Publicado en: Deportes