Más allá de las manufacturas: lecciones del desarrollo económico polaco

En medio del creciente diálogo sobre política industrial en México, con aportaciones desde la sociedad civil a través del INADI y el IMCO, así como las políticas de estímulos fiscales y el desarrollo del Istmo de Tehuantepec, surge la oportunidad de plantear preguntas fundamentales. Por ejemplo, ¿cuál es la visión que tenemos para el futuro económico de México en los próximos treinta años? ¿Una basada en las manufacturas norteamericanas o una que incluya el desarrollo de otros sectores? ¿Cuáles son las tareas ineludibles, con o sin política industrial, para impulsar el desarrollo de México? Una de las virtudes de la apertura comercial fue transformar a México de una economía dependiente del petróleo a un país manufacturero. No hay duda de que, para nuestra siguiente fase de desarrollo, será importante promover el desarrollo regional incluyente, la innovación y la digitalización industrial. Sin embargo, el sesgo manufacturero puede hacer que perdamos de foco a otros sectores que pueden generar alto valor agregado como los servicios digitales, profesionales, de salud e, incluso, el turismo. Polonia, en ese sentido, nos ofrece dos interesantes reflexiones para este diálogo: primero, es un contrafactual virtual de un país que se desarrolló sin política industrial; segundo, muestra las virtudes de un modelo económico que va más allá de las manufacturas tradicionales y de las fronteras inmediatas.

Ilustración: Estelí Meza

Por casi setenta años, el distrito de Praga en Varsovia, fue símbolo del pasado sombrío de Polonia. Separado del centro histórico por el río Vístula, el distrito era conocido por su pobreza, delincuencia y edificios históricos en ruinas; un lugar al que pocos varsovianos se aventuraban después del anochecer. Pero hoy, Praga es irreconocible. Las fachadas de los edificios históricos se han preservado, pero ahora galerías de arte y panaderías de moda ocupan los espacios que antes estaban abandonados. Se han establecido Startups y apartamentos modernos en los esqueletos de antiguas fábricas. Lo que antes era el barrio más problemático de Varsovia se ha convertido en un centro creativo y cultural de la ciudad: un microcosmos de una transformación más amplia.

A inicios de los noventa Polonia era una de las naciones más pobres del antiguo Pacto de Varsovia. Treinta y cinco años después, es el tercer país más próspero entre ellos, sólo superado por Chequia y Estonia. En años recientes, Polonia ha superado los ingresos de Portugal y Grecia. Y, de continuar su tendencia de la última década, estaría próxima a ser la líder e incluso superar los ingresos de España.

¿Cómo logró Polonia revertir su suerte? ¿Qué la diferenció de sus vecinos que alguna vez fueron más prósperos? ¿Qué lecciones pueden extraer países como México?

La transformación de las ideas políticas

La respuesta a la primera pregunta está en Gdańsk, una ciudad portuaria en el Báltico. Ahí, un imponente museo rinde homenaje al pasado obrero de la zona y a Solidaridad, el sindicato que se convirtió en el movimiento social que impulsó la transformación democrática en Polonia. Un lugar que nos permite entender la arraigada relación que hay entre la forma en la que se dan las transiciones democráticas y el fondo de la cohesión institucional que resulta de ellas.

La arquitectura del Centro Europeo de Solidaridad es un juego de significados históricos. El exterior del edificio, acompañado de las grúas oxidadas que alguna vez fueron parte del Astillero Lenin, se asemeja al de un barco incompleto con piezas de acero oxidado que magnifican la sensación del paso del tiempo. En contraste, al entrar al museo, un largo y alto pasillo, llamado el Camino a la Libertad, da una cálida bienvenida con un diseño industrial modernista, áreas verdes y bancas que invitan a una pausada y reflexiva visita para entender las fuerzas que amalgamaron la historia moderna de Polonia.

La década de los ochenta en Polonia estuvo marcada por tensiones crecientes: tensión económica, con tasas de inflación que en algunos años alcanzaron los tres dígitos; tensión fiscal, debido a la incapacidad del gobierno para pagar sus deudas, sostener a improductivas empresas estatales y proveer insumos básicos a la población; y tensión social, provocada por la reducción en la calidad de vida y las libertades.

Estas tensiones se desataron el 14 de agosto de 1980, cuando 16 000 trabajadores del Astillero Lenin iniciaron una huelga para exigir la reincorporación de una operadora de grúa, mejoras laborales y la creación de un sindicato independiente. En sólo diecisiete días lograron casi todas sus demandas, entre las que destaca el reconocimiento oficial de Solidaridad como sindicato independiente. Este hecho introdujo una contradicción ideológica clave, ya que el Partido Obrero Unificado Polaco, el partido de Estado, dejó de ser el único y legítimo representante de los trabajadores. Lo que siguió fue una ola nacional de afiliaciones a Solidaridad y más huelgas.

La respuesta del gobierno mediante la imposición de la Ley Marcial en 1981 fue brutal y violenta. Pero, paradójicamente, al encarcelar a los líderes sindicales contribuyó a que Solidaridad se transformara en un movimiento social descentralizado que unió a trabajadores y clases medias. Estos factores, junto a cambios políticos y la crisis económica en la Unión Soviética, crearon las condiciones necesarias para iniciar un proceso de transición democrática que culminó con los Acuerdos de la Mesa Redonda en 1989.

La democratización desde la sociedad civil con una transición negociada, caracteriza la transformación de tres países excomunistas: Polonia, Checoslovaquia y Alemania del Este. En estos procesos hubo una participación social más amplia en el nuevo diseño institucional; se reemplazó a la élite gobernante, pero se permitió a exmiembros de la nomenclatura comunista reinventarse y ser parte del sistema. Esto contrasta con la transición capturada por élites desde el poder. En estos casos las élites en el poder utilizaron recursos públicos y redes de influencia para mantenerse relevantes con las nuevas reglas electorales. A veces permitiendo mayor competencia, como en Hungría, Rumania y Bulgaria; en otras restringiendo el ascenso de nuevas élites, como en Rusia, Ucrania y Albania; o de plano teniendo regresiones autoritarias como en Bielorrusia y Turkmenistán.

La transformación de las ideas económicas

Construyendo sobre una transformación política desde la sociedad civil, las reformas económicas de principios de los noventa crearon el primer ingrediente para el rápido crecimiento de Polonia.

En enero de 1990 se anunció la implementación del Program Transformacji Gospodarczej, mejor conocido como el Plan Balcerowicz, con el objetivo de ordenar las finanzas públicas y transicionar hacia un modelo de mercado. El plan fue una estampa de la economía neoclásica: estabilización macroeconómica mediante una tajante austeridad; reducción de la oferta monetaria; liberalización de precios; apertura al comercio y a la inversión global, y privatización de empresas estatales.

El proceso de privatización, como en muchos países, tuvo defectos en su ejecución, como la subvaloración de activos y algunos casos de corrupción, pero cabe mencionar tres virtudes distintivas. Primero, fue gradual, extendiéndose por más de cinco años y comenzando por las empresas de menor tamaño. Segundo, se procuró la gobernanza corporativa de los fondos a cargo de la privatización de empresas grandes mediante su inclusión a la bolsa de valores. Y tercero, se procuró que la distribución de las propiedades fuera entre un diverso grupo de personas, con esquemas como el reparto de acciones para empleados y ciudadanos, subastas abiertas con participación de inversionistas extranjeros y privatizaciones parciales.

En el corto plazo, el resultado fue doloroso: el desempleo aumentó y el descontento social creció, influyendo en un reacomodo del espectro político cargado hacia los extremos. Pero, en menos de un año y medio, la inflación se controló y, para mediados de la década, la economía se estabilizó. Pero, tal vez más importante, la privatización pausada dio una mayor distancia y equilibrio a las relaciones público-privadas. Mientras que en Rusia, Ucrania, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria y Hungría las privatizaciones apresuradas dieron lugar al dominio de una nueva clase de oligarcas y un mayor descontento social, en Polonia se mantuvo una mayor distancia entre las nuevas fuerzas políticas y económicas.

La transformación de las instituciones

Apenas liberada de la represión política y los problemas económicos, Polonia trazó un claro camino hacia Occidente. En 1994, Polonia, junto a otros nueve países, comenzó oficialmente un proceso de armonización institucional y legal para cumplir con los criterios de Copenhague para la adhesión a la Unión Europea (UE). A esa transformación institucional se le ha atribuido gran parte del crecimiento en el ingreso de la región. Además, una vez dentro de la UE, a partir de 2004, los fondos estructurales de desarrollo ayudaron a modernizar la infraestructura, lo que permitió a los nuevos miembros recibir un flujo de inversiones complementarias significativas.

El Plan Kolodko en Polonia, cómo señala Marcin Piątkowski, fue un amplio proyecto de construcción institucional que incluyó dar mayor poder de negociación a los empleados, estableció un nuevo sistema de pensiones, introdujo controles fiscales, independencia al banco central y medidas para mejorar la competencia de la administración pública.

Cabe mencionar que otros autores le han dado importancia a una política fiscal con bajos impuestos corporativos y zonas económicas especiales (ZEEs). También se podría decir que algunos legados históricos del periodo comunista contribuyeron a su posterior desarrollo, como la participación laboral de las mujeres por encima del promedio mundial, altas tasas de escolaridad, una de las tasas más altas de propietarios de vivienda en Europa y una de las tasas más altas de acceso a transporte público del mundo. Sin embargo, Rusia, Ucrania y Bielorrusia, que también crearon ZEEs y comparten legados históricos, muestran una trayectoria de ingreso divergente a la de los que ahora son parte de la UE. Esta diferencia sugiere que el fortalecimiento institucional postliberalización fue clave para fomentar una economía más dinámica.

Dicho esto, queda una segunda pregunta por contestar: ¿cómo fue que Polonia pasó del fondo de este grupo en términos de ingreso a proyectarse como su futuro líder?

Ver más allá de las manufacturas

La ruptura ideológica con el comunismo provocó un cambio cultural profundo en los países excomunistas. Polonia se destacó por canalizar rápidamente su entusiasmo por Occidente hacia la creación de oportunidades, enfocándose en dos estrategias complementarias: una política educativa multilingüe y la atracción de inversiones sin sesgo hacia las manufacturas.

La política educativa multilingüe de Polonia se desarrolló en tres fases clave. Primero, en 1991, se reformó el sistema educativo mediante la ley Ustawa o systemie oświaty, eliminando el ruso como segundo idioma obligatorio e invirtiendo para que las instituciones educativas ofrecieran inglés, alemán y francés; el inglés como idioma preferido por padres y alumnos. Segundo, en 1998, Polonia se unió al programa de intercambio universitario europeo Erasmus, exponiendo a una nueva generación al mosaico cultural europeo. Finalmente, en 2008, una reforma educativa introdujo la enseñanza del inglés desde el primer año de primaria y agregó un examen de competencia a nivel secundaria y para el ingreso a las universidades públicas.

Como resultado, en solo tres décadas, Polonia pasó de ser un país donde pocos hablaban inglés a ocupar el decimotercer lugar mundial en competencia de inglés como segunda lengua.

El círculo virtuoso se completó cuando las oportunidades de aprendizaje de idiomas se vincularon a incentivos tangibles. Si bien su proximidad geográfica con Alemania y otros países más desarrollados le ha dado una ventaja a Polonia y a Chequia para atraer empresas manufactureras europeas, Polonia también se distingue por una política deliberada de atracción de inversiones enfocada en la exportación de servicios, conocimiento e innovación. Redujo las tasas de impuestos corporativos y ofreció incentivos fiscales para atraer centros de investigación y desarrollo tecnológico, empresas de tecnologías de la información y corporaciones globales que buscaban relocalizar procesos corporativos. Esto permitió que algunas de sus ciudades se volvieran parte de la red neurálgica de corporaciones globales. Basta caminar por las calles de Varsovia para ver las oficinas de servicios globales de Microsoft, IBM, Cisco, Samsung, instituciones financieras y de consultoría global. Lo mismo ocurre con la presencia de Google, Oracle, HSBC, Shell y BP en Cracovia, al sur de Polonia, y de Amazon e Intel en Gdańsk.

La combinación de esta política de inversiones con una población cada vez más competente en idiomas extranjeros construyó una economía con dos motores: uno basado en bienes y otro en ideas y servicios. Ambos sectores atraen significativos flujos de inversión y permiten una matriz exportadora diversificada que trasciende sus fronteras geográficas inmediatas.

Mientras la mayor parte de los países se concentraron en las manufacturas, Polonia apostó por una estrategia que incluyó a los servicios, la cual presenta costos de entrada significativamente menores. Los servicios, especialmente los digitales, requieren menos inversión en infraestructura física y capital fijo para conectar personas a los mercados globales. Con un tercio de la población, Polonia acumuló desde los noventas la mitad de los niveles de inversión extranjera de México e incluso los superó en 2021 y 2023. Hoy en Polonia las exportaciones de servicios generan alrededor del 14 % del PIB. En contraste, estas exportaciones solo alcanzan el 2.5 % en México.

Conclusiones

La revitalización del distrito de Praga en Varsovia y del Astillero Lenin en Gdańsk son un recordatorio de la capacidad que han tenido los polacos de reconstruir y resignificar. Esa misma nación que alguna vez luchó por encontrar su libertad en medio del silencio impuesto ha creado una de las economías más vibrantes de Europa en solo 35 años.

La transformación económica polaca es interesante porque se distingue de otras. A diferencia de Corea del Sur y Taiwán, que se desarrollaron desde la mitad del siglo XX con gobiernos autoritarios, suprimiendo derechos laborales y haciendo uso intensivo de herramientas de política industrial para las manufacturas, Polonia pasó a ser un país de ingreso alto con un gobierno democrático, empoderando a las y los trabajadores y, destacablemente, con una política de promoción comercial sin sesgo manufacturero. Si bien hay lecciones valiosas en las experiencias de política industrial asiáticas (como he escrito aquí y aquí), Polonia nos muestra que, al menos, la “trampa del ingreso medio” del desarrollo globalizador tiene un techo mucho más alto del que algunos economistas anticipaban.

Polonia no está exenta de retos. La ralentización del crecimiento de las exportaciones manufactureras, la invasión de Ucrania, la necesidad de modernizar el sistema eléctrico, el envejecimiento de la población y el alza de los populismos nacionalistas son desafíos formidables. Este último llevó a Polonia a un truncado intento de captura del Poder Judicial. Hecho que acentuó los conflictos políticos domésticos y dañó las relaciones con sus principales socios comerciales.

A pesar de los retos, hay razones para creer que los efectos de la transición seguirán expandiéndose. Mientras las exportaciones de manufacturas tradicionales parecen estar cerca de su pico, el motor de ideas y servicios sigue rindiendo frutos y atrayendo nuevas inversiones. Esto puede observarse en el repunte de las exportaciones de alta tecnología, la creciente industria de baterías, la maduración de su mercado de capital de riesgo, y un ecosistema de empresas digitales polacas que han conquistado mercados globales en tecnologías de la información y la industria de los videojuegos. Factores que reflejan una economía que se está moviendo hacia productos de mayor valor agregado.

Al igual que Polonia en la década de los noventa, el gobierno de México hoy tiene la oportunidad, mas no parece tener la voluntad, de trabajar con sus principales socios para una integración regional mucho más profunda. La revisión del TMEC en 2026 presenta una oportunidad especial para trascender la discusión más allá del comercio de bienes y de energía para, a lo menos, plantear iniciativas de convergencia económica y el fortalecimiento conjunto del Estado de derecho. Por el lado doméstico las prioridades son evidentes: fortalecer la seguridad pública desde lo local, impulsar la calidad educativa y mejorar la conectividad del sur. En el segundo punto, habría que ser ambiciosos y hacer hoy las inversiones necesarias para que todas las niñas y los niños que están por entrar a primero de primaria egresen de preparatoria con capacidades básicas de programación, uso de herramientas de inteligencia artificial y con competencia profesional básica en alguna de las lenguas más usadas en el comercio como el inglés, mandarín, francés o alemán.

Los últimos 35 años de Polonia no solo destacan el alcance que pueden tener las economías emergentes al apoyarse en sus aliados para crear un marco institucional común y modernizar la infraestructura, sino también subrayan la tarea doméstica de crear las instituciones que permitan que el ingenio y la creatividad de las personas puedan florecer y llegar más allá de las fronteras inmediatas. Tareas que para México son ineludibles y, en el contexto del nearshoring, urgentes.

 

Fernando Valdés Benavides
Especialista Senior para Bain & Company y consejero del Instituto para el Desarrollo Industrial y la Transformación Digital (Inadi)

Agradezco a Guillermo Cejudo, Mauricio Aguilar y Saúl Ascencio por sus comentarios a las versiones anteriores de este artículo.

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Publicado en: Economía, Política