La polémica inauguración de los Juegos Olímpicos de París 2024 revivió la discusión sobre el rol que la política tiene —o no debería tener— en el deporte. Twitter (me rehúso a llamarlo X) y otras redes sociales se llenaron de quejas de cierto sector del público que, por no diferenciar al dios romano Baco de Jesucristo, creyó que su religión era atacada por impulsores de la ideología de género y del wokeismo. La inclusión de drag queens en el espectáculo ocasionó que miles de personas se volvieran aguerridos defensores del espíritu olímpico, asumiéndolo como un espacio neutro que debería existir sin la posibilidad de ser contaminado por fines políticos. Sin embargo, hay que recordar que el origen mismo de los juegos olímpicos modernos es político.
La motivación del barón de Coubertin —fundador de los juegos olímpicos modernos y organizador de la primera Olimpiada en 1896 en Atenas— para impulsar el movimiento olímpico fue el nacionalismo. Afectado por la derrota de Francia a manos de la coalición germana liderada por Prusia en 1871, Coubertin creyó que el deporte ayudaría a la juventud a prepararse físicamente para combatir a Alemania. El barón creía en la superioridad del hombre blanco frente a otras razas, permitiendo la presencia de las naciones africanas. La participación femenina en los juegos se prohibió y su organizador siempre se opuso a que fuesen incluidas, pues consideraba que las mujeres deberían practicar deporte, pero no de manera pública ni hacer un espectáculo de ello. Coubertin creía que su lugar en los juegos olímpicos era coronar a los ganadores, como en la época de la Antigua Grecia.
Pero los juegos no son políticos sólo por su origen o motivación, la decisión misma de albergarlos se toma desde una racionalidad política, ya que las olimpiadas —con el excepcional caso de Los Ángeles 1984— nunca han sido económicamente redituables. Organizar unas olimpiadas es increíblemente caro; supone la construcción de instalaciones deportivas de clase mundial; la renovación de las ya existentes para llegar a los estándares del Comité Olímpico Internacional; la creación y mantenimiento de infraestructura para acoger millones de turistas en un lapso corto; y la capacitación de funcionarios públicos. Los juegos olímpicos han llevado a la quiebra a algunas ciudades sede como Atenas en 2004, Londres en 2012 y Río de Janeiro en 2016.

El poder las olimpiadas
Entonces, ¿por qué las ciudades y los países están dispuestos a endeudarse por los juegos olímpicos? La razón yace en lo que se conoce como “poder blando”, acuñado por Joseph Nye, es decir, en la búsqueda de influencia política por parte de un Estado para incidir en las acciones de otro mediante atracción y persuasión, en contraste con el “poder duro” que se centra la coerción por medio de la fuerza o el chantaje económico. El poder blando se vale de herramientas culturales, —como el arte, los institutos de idiomas, intercambios estudiantiles o ayuda humanitaria— al instrumentalizar la imagen del país en el sistema internacional para proyectar valores políticos, confianza y superioridad frente a otros Estados. Desde los primeros Juegos Olímpicos de Atenas de 1896, los países han invertido cuantiosas sumas —con cada edición ha aumentando el costo de la realización— para albergar las olimpiadas con la esperanza de mostrar al mundo el esplendor de la nación.
El caso más paradigmático fueron los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, cuando el régimen nazi secuestró el espíritu olímpico y buscó demostrar la superioridad racial de los arios. Siempre se recuerda a Jesse Owens por amargar a Hitler con sus cuatro medallas de oro, pero poco se recuerda que Alemania lideró el medallero con una ventaja de 14 medallas de oro sobre Estados Unidos, y además, casi doblaron el total de medallas obtenidas por los estadunidenses. Aunado al éxito deportivo, las olimpiadas también sirvieron de escaparate para los avances tecnológicos de Alemania, como la transmisión en vivo de los eventos en teatros cercanos en Berlín y la excelsa infraestructura construida para celebrar los eventos. Las Olimpiadas del 36 fueron un éxito, ya que los testigos que visitaron Berlín en esas fechas quedaron impresionados por la organización, además de que apaciguó el recelo con el que otros países europeos veían al nuevo régimen alemán.
Muchos países han aprovechado el escaparate que representan los juegos para exportar una imagen al mundo entero. Ese fue el caso de los Juegos Olímpicos de Londres de 1948, impulsados por el rey Jorge VI para demostrar que el Imperio Británico podía resurgir de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Igualmente, en Tokio 1964 Japón buscó mostrar una cara nueva al mundo, que dejara atrás lo vivido en la Guerra del Pacífico, gastando 2.7 mil millones de dólares (de la época).
Los países en vías de desarrollo buscaron ser sede olímpica para impulsar su imagen. Buenos Aires buscó ser ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1936 para mostrar al mundo la prosperidad que la Argentina gozaba en esos momentos. La Ciudad de México buscó la sede en dos ocasiones hasta que la consiguió para los Juegos de 1968. Para el régimen posrevolucionario, los juegos olímpicos eran la oportunidad perfecta de reconocimiento mundial a los logros conseguidos y una muestra de que México completó la teoría de la modernización, por lo que la presidencia de López Mateos convirtió la realización de los juegos en una especie de razón de Estado. Díaz Ordaz, su sucesor, continuó con esa misión pese a sus reticencias en cuanto al gasto público requerido para albergarlos. Sin embargo, la represión estudiantil sucedida el 2 de octubre en Tlatelolco manchó para siempre la Olimpiada mexicana.1
Otro caso de interés es el gigante latinoamericano: Brasil. La presidencia de Lula da Silva consideró que la sede de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro era lo que el país necesitaba para dar el salto a ser potencia mundial. Impulsado por el éxito económico que Brasil consiguió en la primera década del siglo XXI, Lula creyó que ser anfitrión de la Copa Mundial de Fútbol en 2014 y los Juegos en 2016 sería la cereza del pastel en su ambiciosa política diplomática para exportar su imagen de líder del Sur Global. Tristemente para la causa brasileña, la inseguridad que existió en Río; los retrasos en las construcciones de las instalaciones deportivas; su absurdo sobrecosto; la carencia presupuestal generada por el fin del boom de las commodities; y el escándalo de Petrobras arruinó la imagen de la Brasil como sede.
Políticas deportivas
El interés de los Estados no sólo se queda en la organización de los Juegos Olímpicos, sino también en obtener buenos resultados en las competencias. Los países han llevado a cabo diversas políticas y métodos para generar talentos; destacar en alguna disciplina, y desarrollarse deportivamente.
Uno de los métodos más eficaces es especializarse en alguna disciplina, con lo que pueden garantizar medallas. Cuando Seúl consiguió ser la sede de los Juegos Olímpicos de 1988 (otro ejemplo de un régimen dictatorial interesado en impulsar su imagen internacional), el gobierno surcoreano decidió que el tiro con arco se convertiría en el deporte nacional y comenzó un ambicioso plan en el que impulsaron la adopción del deporte al invitar a los niños de todo el país a practicarlo. Después, lograron detectar a jóvenes prodigios, que comenzaron su entrenamiento profesional desde los diez años. Fue rotundamente exitoso, ya que el equipo femenino de Corea del Sur ha ganado la presea de oro desde Seúl, lo que quiere decir que por diez ciclos olímpicos han conseguido generar el talento necesario para mantenerse en el número uno. Tal es esa generación de talento que la absoluta campeona de las tres categorías —individual, mixta y por equipo— en Tokio 2020, An San, no consiguió clasificar a París 2024 al quedar fuera de las mejores dieciséis arqueras surcoreanas en el proceso de clasificación interno.
Otro ejemplo interesante de un país que ha combinado inversión y voluntad política para mejorar su posición en un deporte es Jamaica, que ha conseguido instalarse como el rey del sprint en un campo dominado por estadunidenses. El camino no fue fácil, ya que no era suficiente que existiera talento en la isla. Dos campeones mundiales en la década de los años noventa nacieron en Jamaica, pero migraron a otros países para desarrollar su potencial y representarlos en juegos olímpicos. Linford Christie, campeón de los 100 metros planos en Barcelona 1992 representó a Gran Bretaña y Donovan Bailey, campeón de los 100 metros en Atlanta 1996 fue parte de la delegación de Canadá. Para evitar la fuga de talento, Jamaica invirtió en desarrollar la infraestructura de atletismo; se alió junto con la iniciativa privada para patrocinar atletas, e impulsó la captación de talento formativo con la contratación de entrenadores de clase mundial para que la juventud jamaicana se quedara en la isla para desarrollar su potencial y representar a su país en las pistas de tartán. No se puede hablar de carreras de sprint sin mencionar a la pequeña isla de poco menos de 3 millones de habitantes.
También destaca el enfoque que siguieron los países del bloque comunista. Conscientes de la importancia del éxito deportivo dentro de la narrativa del régimen, es decir, la exaltación de las virtudes y la superioridad moral del comunismo, los países comunistas—especialmente la Unión Soviética, Rumania y Alemania Oriental— destinaron cantidades monstruosas de recursos para crear instalaciones deportivas y para desarrollar los talentos de las juventudes. Al centralizar los esfuerzos, consiguieron tener una amplia red de captación e identificación de los jóvenes más destacados en las disciplinas.
Los Estados comunistas también proveían todas las facilidades a los atletas para que sólo se enfocaran en su entrenamiento y en el desarrollo de su potencial. Con ello, pese a que eran presentados como amateurs, en la práctica eran profesionales (a diferencia de la mayoría de los atletas que debían equilibrar sus aspiraciones deportivas con su vida laboral). Asimismo, enfocaron sus recursos en disciplinas en las que era más probable que obtuvieran medallas: la gimnasia, el atletismo, la halterofilia y los deportes de equipo fueron dominados por el Bloque Oriental. China siguió este camino y se ha establecido como la segunda potencia deportiva en los últimos Juegos, con la especialización en el tenis de mesa, halterofilia, clavados, bádminton, entre otros deportes.
El caso mexicano
¿Y qué hay de nosotros? México nunca se ha caracterizado por ser potencia en algún deporte, más allá de extraordinarios atletas que consiguieron llegar a la cúspide, ni por el interés del Estado para que eso suceda. Sólo cuando fuimos sede conseguimos el doble dígito de medallas: diez en total. Es una absoluta vergüenza para un país con la cantidad de población y recursos. Más allá de las buenas intenciones, con sólo mirar el poco interés que el gobierno mexicano le ha dado a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) reflejado en poco presupuesto, poca prioridad. Sus titulares han sido deportistas sin ninguna formación en la administración pública (Carlos Hermosillo en el sexenio de Felipe Calderón) o políticos sin ninguna experiencia o conocimiento del deporte (Alfredo Castillo en el sexenio de Peña Nieto después de su fiasco en Michoacán).
La persona que, en teoría, cumplía con experiencia en la administración pública y en el deporte era Ana Guevara. Por fin se tenía esperanzas de que el deporte iba a ser tratado con la importancia que requería y que, al menos, los recursos estarían enfocados en los atletas. Pronto esas esperanzas fueron aplastadas por la terrible gestión de la actual titular. Envalentonada con su apoyo irrestricto de la cúpula del gobierno, Guevara se peleó con las federaciones deportivas y deportistas que no cedieron ante su deseo de poder. Claro ejemplo fue su trato a las atletas del equipo de nado sincronizado, a las que les retiró el apoyo e “invitó” a que vendieran tuppers o sus propios calzones.
Ana Guevara quitó becas a decenas de atletas y entrenadores, ocasionando que tuvieran que pedir patrocinios a la iniciativa privada o cooperación al público en general para costear sus gastos. Aunado a ello, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha encontrado 44 anomalías en su gestión, en donde se hallaron pagos “fantasma” a algunos entrenadores o sobrecostos en contratos o simplemente el gasto de dinero sin su comprobación correspondiente. En total, la ASF señala que existen posibles desvíos de recursos por más de 600 millones de pesos (que representa poco más de un tercio del dinero asignado a la Conade en 2023). Tampoco ayuda que la presidenta del Comité Olímpico Mexicano esté peleada con la directora de la Conade, haciendo que los escasos recursos disponibles no sean asignados por la animadversión entre ambas.
No sólo se trata de la figura de Ana Guevara, sino que también el presupuesto se ha ido reduciendo constantemente. Del pico máximo asignado en 2013 (9544 millones de pesos) durante el primer año de la administración de Enrique Peña Nieto, en 2022 fue la menor asignación presupuestaria, con poco menos de 2000 millones de pesos.
Esta falta de recursos repercute directamente en la calidad y preparación de los deportistas. Los centros de alto rendimiento se encuentran, en el mejor de los casos, con problemas de mantenimiento. La incertidumbre sobre el pago de salarios a los entrenadores desincentiva que los mejores vengan a trabajar a México o que se capaciten con los nuevos métodos de entrenamiento. Una verdadera política a largo plazo que esté enfocada en los deportistas y permita la creación de condiciones para que el talento mexicano se desarrolle plenamente es la única manera en la que los atletas olímpicos mexicanos compitan en igualdad de condiciones frente a sus pares.
Si una isla del tamaño del estado de Querétaro y una población casi similar se convirtió en potencia mundial indiscutible de toda una rama del atletismo, México también podría. Sólo se necesita voluntad política para conseguirlo.
Lo personal es político
Todo lo anterior es muestra de lo inherentemente conectado que los Juegos Olímpicos están con la política, aunque los defensores de la neutralidad del deporte dirán que son los Estados quienes desvirtúan el verdadero olimpismo. Los atletas son instrumentalizados por los países que representan. Contrario a lo que parece, no sólo son los Estados quienes aprovechan el escaparate que significan los Juegos Olímpicos. Los atletas también son conscientes de la maravillosa oportunidad que implica tener los ojos de todo el mundo sobre ellos.
El caso más famoso fue en los Juegos de México 1968. En la final de los 200 metros planos, los afroestadunidenses Tommy Smith y John Carlos consiguieron la medalla de oro y bronce, respectivamente. Durante la ceremonia de premiación y con el himno de su país, los dos atletas levantaron su puño con un guante negro, símbolo de la lucha de las Panteras Negras contra la segregación racial y por los derechos civiles en Estados Unidos. Miembros del Comité Olímpico Estadunidense y del Comité Olímpico Internacional expulsaron a los atletas de los Juegos por ir en contra de los ideales “de neutralidad política” que los JJ. OO. deben tener. En los Juegos de París de 2024, la escena se repitió. Durante su participación en la disciplina de breakdance, la bailarina afgana Talash, miembro del equipo de refugiados del COI, exhibió una manta azul pidiendo que liberen a las mujeres afganas. Ello le provocó la descalificación de la competencia y la posibilidad que su apoyo económico como parte de los atletas refugiados sea revocada.
El presidente actual del COI, Thomas Bach, declaró a principios de este año que “El Comité Olímpico Internacional (COI) reafirma su firme posición contra la politización del deporte”. Además, la Carta Olímpica establece que “[…] Reconociendo que el deporte se produce en el marco de la sociedad, las organizaciones deportivas del Movimiento Olímpico aplicarán la neutralidad política”. Sin embargo, el COI y Bach son los primeros en violar dicho principio. La creación y participación del equipo de refugiados en Río de Janeiro 2016 es una declaración política, más si consideramos que su impulso se da en el punto álgido de la crisis de los refugiados en Europa. Aunado a ello, la expulsión de los comités olímpicos de Rusia y Bielorrusia de los Juegos Olímpicos de París está motivada por tintes políticos. Aunque la medida trató de ser matizada con la posibilidad de que atletas con pasaporte ruso y bielorruso participaran bajo bandera neutral. Menos de 40 atletas aceptaron la invitación.
Pese a que la justificación oficial del COI es que Rusia rompió la tregua olímpica al comenzar su “operación especial” entre los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing en 2022 y la celebración de sus Juegos Paralímpicos, no queda claro por qué estos mismos principios no se aplican al caso de Israel, que atacó territorio palestino durante la celebración de estos juegos. Aunado a ello, tampoco hubo castigo a Azerbaiyán por atacar a Armenia en el mismo periodo o las escaramuzas entre Israel e Irán; Irán y Pakistán o las intervenciones unilaterales estadunidenses.
Los Juegos Olímpicos de París 2024 nos permiten recordar que, al igual que en muchos otros aspectos de la vida, la política está irremediablemente mezclada.
La participación de las drags queens en la ceremonia de inauguración tiene como lógica presentarle al mundo lo que el comité organizador cree que significa París; la prohibición del Comité Olímpico Francés de que las atletas francesas usen el velo islámico durante las competencias; los criterios establecidos para la introducción y el retiro de ciertas disciplinas en cada ciclo olímpico, y los motivos por los que se ha descalificado o expulsado atletas tienen tintes políticos. La discusión de si la boxeadora argelina Imane Khelif es mujer proviene de una disputa entre el Comité Olímpico Internacional y la Asociación Internacional de Boxeo, siendo ésta última presidida por un nacionalista ruso —movió la sede de la organización a Rusia y expulsó a Ucrania de la misma— y con dos ciclos olímpicos siendo desconocida por el COI, el cual alega actos de corrupción, entre muchas otras polémicas nacidas desde la disputa por el poder dentro del deporte.
Nos guste o no, es ingenuo creer que los Juegos Olímpicos pueden estar alejados de las dinámicas del mundo que los rodea. Así que es importante recordar —más en estos tiempos— que, contrario a lo que la Carta Olímpica establece como principio fundamental, los Juegos Olímpicos fueron, son y seguirán siendo políticos.
Alonso Mercado
Tesista de la licenciatura de Relaciones Internacionales de El Colegio de México
1 Sotomayor, Antonio, y Cesar R. Torres, eds, Olimpismo: The Olympic Movement in the Making of Latin America and the Caribbean University of Arkansas Press, 2020
Al parecer Francia tiene su propia policía de la moral para evitar el uso de símbolos religiosos en público.
Prohibir el velo islámico atenta contra el derecho a la libre expresión. En todo caso debe ser la propia mujer quien decida si llevarlo o no.
En el cuadro que la presentación en la inauguración pretendía representar, Baco está en primer plano, tirado sobre el piso y borracho; no estaba en la mesa como parte de los alimentos a degustar. Poner a Baco, dios del vino, como parte del baquete, es una referencia burlona al Pan y vinos consagrados.
Claro que existió toda la intención de ofender y crear polémica. quizá para encubrir que el COI prohibió la participación a deportistas trans en las categorías femeninas, o para no hablar de los problemas con la limpieza del Sena, o el traslado forzoso de los migrantes y pobres que viven en las calles a otras regiones del país.