Más allá del otro lado: la ciudad mafiosa

Esta es la última entrega de “Más allá del otro lado”, una serie de ensayos en torno a la vida en Tijuana.

Las entregas anteriores son:

Más allá del otro lado: la ciudad pecadora
Más allá del otro lado: la ciudad maquiladora


Hay lugares donde la historia parece definir su propio sentido, ya sea por acontecimientos planeados o fortuitos que dividen el transcurso del tiempo y enrarecen el ambiente de estos espacios. Basta con visitar alguno de los tantos sitios marcados por desastres, conflictos o revoluciones para sentir el peso de la historia en el aire. En Tijuana hay un lugar así, donde se enraíza una de las imágenes más potentes de la crisis contemporánea de violencia en México: el magnicidio de Luis Donaldo Colosio. Para llegar al punto infame que paralizó todo un país el 23 de marzo de 1994, primero hay que recorrer en paralelo varios kilómetros del muro internacional; circundar el aeropuerto de Tijuana hasta donde acaba la pista de aterrizaje; y, si uno es local y sabe moverse en esta ciudad improvisada entre cerros, descubrirá una colonia perdida en los barrancos llamada Lomas Taurinas. Ese día, en una de las zonas más pobres y marginadas de la ciudad el candidato Colosio realizaba un mitin de campaña.

Entre las laderas del aeropuerto, numerosas familias se establecieron en lo que hoy se conoce como Lomas Taurinas, impulsadas por la falta de tierra y vivienda asequible en el centro de la ciudad. La marginalidad de la colonia ofrecía una imagen de lo que prometía Colosio en su campaña: reencauzar el proyecto nacional de un PRI en decadencia y hacer justicia a los sectores más desatendidos por el Estado. Pero cuando Colosio pisó la ciudad se enfrentó con una realidad aún más compleja. La Tijuana de los años noventa, por su condición de ciudad fronteriza y zona maquiladora, simbolizaba el proyecto de liberalización de la era TLCAN. Hace treinta años —y todavía hoy en gran medida— Tijuana era un espacio urbano altamente desigual, carente de espacios públicos y de una presencia efectiva de las autoridades ante el dominio de facto de los cárteles de la droga. La ciudad albergaba una inmensa población flotante que esperaba a cuentagotas su turno para cruzar hacia Estados Unidos, y la mayoría de los tijuanenses dependía de las extenuantes labores en las maquilas para subsistir. Además de condiciones laborales y salarios paupérrimos, había graves problemas de contaminación ambiental por la falta de regulación a las actividades de la industria maquiladora. La llegada constante de turistas estadunidenses al centro de Tijuana empujaba la demanda de prostitución y comercio de drogas, situación que fortaleció la influencia del sector ilícito en la economía local. El manejo inadecuado de desechos urbanos; la criminalidad en constante aumento; y el crecimiento demográfico descontrolado impedían al Estado garantizar servicios y bienes esenciales para la población.

Sin profundizar en las causas de su magnicidio, resulta irónico que el último mitin político de Luis Donaldo Colosio haya tenido lugar en Tijuana. Implícitamente, una de sus aspiraciones era evitar que México terminara por “tijuanizarse”. Con “tijuanización” hacemos referencia al proceso por el cual la falta de control estatal, la violencia y el crimen organizado —fenómenos que alguna vez estuvieron considerados casi exclusivos de la Frontera Norte—, se extendieron al resto del país. Esta idea cobró mayor relevancia con la Guerra contra el narcotráfico en 2006, cuando las tasas de homicidios y presencia del crimen organizado dejaron de ser problemas focalizados en ciudades como Tijuana o Ciudad Juárez y derivaron en crisis nacional. Las escaladas de violencia ya no eran eventos aislados; se habían propagado por gran parte del territorio mexicano para terminar afectando a comunidades que antes se consideraban seguras.

Así, Tijuana se ha convertido en un símbolo de la crisis contemporánea en México, pues la ciudad materializa desde fines del siglo XX los desafíos que actualmente enfrenta gran parte del país en términos de seguridad, justicia y desarrollo social. En esta última entrega de Más allá del otro lado, exploramos la imagen de Tijuana como ciudad mafiosa. Al entender las raíces de la “tijuanización”, buscamos arrojar luz sobre el gran problema de las violencias que afectan no sólo a esta ciudad fronteriza, sino también al resto de México.

Ilustración: Ricardo Figueroa

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En sus primeros años, Tijuana era conocida por forasteros y locales como tierra de nadie. Bandidos comenzaron a merodear la zona fronteriza cuando, a finales del siglo XIX, se descubrieron yacimientos de oro en la extinta mina de Ojos Negros, situada cerca del puerto de Ensenada. El auge minero propició el desarrollo de Tijuana como punto de entrada a México. Por tal motivo, el régimen porfirista estableció la primera aduana para aprovechar el flujo de estadunidenses interesados en comerciar y hacer negocios en la región, y así cobrar los impuestos correspondientes. Según David Piñera y Gabriel Rivera, la presencia del Estado mexicano en Tijuana se limitaba a un par de militares procedentes de la capital, quienes también actuaban como oficiales para atender y proteger el punto de entrada al país. El control, sin embargo, era difuso. Por períodos no había autoridades mexicanas en esta zona fronteriza, y en ocasiones los bandidos destruían y robaban la oficina aduanal. Muchos de estos actos de sabotaje contaban con el apoyo de los habitantes de Tijuana, molestos por tener que pagar impuestos al importar mercancías de California. No fue hasta la década de 1920, con la implementación de la Ley Seca, que Tijuana consolidó su nombre en la cultura estadunidense como sitio predilecto de esparcimiento y juerga. La apertura de bares y casinos propició el enriquecimiento de mafiosos que invertían sus dólares en la localidad fronteriza, lo cual fomentó el desarrollo de una economía paralela e ilícita que sigue activa hasta la actualidad.

A pesar de que Tijuana ya tenía mala fama como lugar de vicios y excesos, el caso que consolidó su imagen como espacio criminal fue el suicidio colectivo de la familia Peteet, conocido como los Shame Suicides. Según las crónicas de los diarios locales recopiladas por Vincent y Juan Cabeza de Baca, en enero de 1926, la familia Peteet, compuesta por Thomas, su esposa Carrie y sus dos hijas, Clyde y Audrey, cruzó la frontera desde San Diego para pasar unos días en Tijuana. Se hospedaron en un hotel céntrico y —como muchas otras familias durante la era de la Prohibición— visitaron varios bares de la ciudad, incluyendo el famoso Bar Oakland en la Avenida Revolución. Según testimonios posteriores, en su estancia en Tijuana, las hijas fueron drogadas y abusadas sexualmente, presuntamente por el jefe de la policía local y el dueño del bar. El impacto del escándalo fue amplificado por el principal diario de la región, Los Angeles Times, que rápidamente bautizó el caso como los Shame Suicides, pues los periodistas atribuyeron la tragedia a las condiciones de inmoralidad e impunidad de Tijuana. La indignación pública en el sur de California fue tal que se presionó a las autoridades para que implementaran un toque de queda nocturno en la frontera, de seis de la tarde a ocho de la mañana, que estuvo en vigor hasta 1933.

El caso no sólo afectó la percepción de Tijuana en Estados Unidos, sino que también tensó las relaciones diplomáticas entre ambos países, pues las actividades económicas del lado mexicano dependían exclusivamente de la llegada de turistas estadunidenses. El caso de la familia Peteet no fue el único, y el morbo del público estadunidense incentivó que Tijuana se convirtiera durante la primera mitad del siglo XX en el escenario de leyendas insólitas. Al mismo tiempo, estas historias de crímenes enriquecieron la educación moral de los jóvenes californianos que ansiaban cruzar la frontera y ver con sus propios ojos lo que verdaderamente ocurría en aquel pueblo llamado Tía Juana, donde tantos iban a pasarla bien y “perderse”.

La relación de Tijuana con el crimen se limitó en un inicio al desarrollo de la economía ilícita: ampliación de la red de bares, casinos y prostíbulos. Esto fue así hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando ocurrieron dos hechos que transformaron el panorama de violencia de la región fronteriza.

En 1964 el gobierno de Estados Unidos dio por terminado el Programa Bracero, un acuerdo binacional que desde 1942 había facilitado la contratación de trabajadores mexicanos en el sector agrícola estadounidense. La abrupta finalización del programa generó un desplazamiento masivo de 200 000 trabajadores desempleados hacia los municipios fronterizos de México. La ausencia de nuevos acuerdos bilaterales redujo las oportunidades de migrar legalmente. Como resultado, tras el fin del Programa Bracero, emigrar a Estados Unidos se volvió considerablemente más costoso y complicado. Este vacío facilitó el surgimiento de un mercado de “coyotes” o “polleros”, como se conoce popularmente a los traficantes de personas que facilitan el cruce ilegal de la frontera.

A este fenómeno se le sumó la puesta en marcha de una estricta política antidroga en Estados Unidos. La War on Drugs impulsada por el presidente Nixon a principios de los años setenta buscaba perseguir y castigar la producción, comercio y consumo de drogas. Sin quererlo convirtió a Tijuana en un territorio ideal para el surgimiento y operación del narcotráfico en la ciudad, debido a su proximidad geográfica con Estados Unidos. La combinación del fin del Programa Bracero y la expansión del narcotráfico impulsada por la War on Drugs en los años setenta transformaron a Tijuana en un punto estratégico para el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Este nuevo contexto facilitó la aparición de estructuras criminales más organizadas y violentas, que darían lugar a una era de violencia sin precedentes.

La crisis contemporánea del crimen organizado en Tijuana inició a fines de la década de 1980, cuando los hermanos Ramón y Benjamín Arellano Félix consolidaron su red de tráfico de drogas en esta ciudad fronteriza. El Cártel de Tijuana, controlado por los Arellano Félix, tiene su origen en la fragmentación del Cártel de Guadalajara en 1989, tras la captura de Miguel Ángel Félix Gallardo, tío de los hermanos Arellano. La inacción del Estado ante los delincuentes de narcomenudeo dio paso a la formación de grandes cárteles de la droga en los años ochenta. En esa misma década, las luchas por el control de los mercados de consumo de narcóticos y los corredores de distribución convirtieron a Tijuana en escenario propicio de enfrentamiento entre el Cártel de Tijuana (CAF) y el Cártel de Sinaloa (CDS), liderado por Joaquín “El Chapo” Guzmán, tras el vacío de poder que provocó la captura de Miguel Ángel Félix Gallardo. Es decir, la política fallida de seguridad pública del Estado, que buscaba desarticular el funcionamiento de los cárteles al tratar de eliminar a los grandes capos, produjo la formación de nuevas organizaciones criminales que priorizaron el ámbito local, como el Cártel de los Arellano Félix en Tijuana. Estas nuevas entidades, derivadas de los liderazgos anteriormente capturados, se fragmentaron y, como la Hidra, regenera nuevas cúpulas al mismo tiempo que delimitaron su alcance y fortalecieron sus capacidades a modelos más acotados de dominio.

La inesperada descentralización del narcotráfico, generada por la estrategia ofensiva top-down, facilitó que cárteles locales, como el de los Arellano Félix, concentraran capacidades, recursos y personal. Esta situación hizo que el modelo de negocio del Cártel de Tijuana fuera más eficiente, además de facilitar el control de facto de la ciudad y la consolidación de redes transnacionales de contrabando de drogas. Uno de los primeros episodios que marcaron la confrontación entre el Cártel de Tijuana y el Cártel de Sinaloa fue el asesinato en 1989 de Armando López, alias “El Rayo”, un colaborador cercano de Joaquín “El Chapo” Guzmán, presuntamente a manos de Ramón Arellano Félix. Este suceso desencadenó una serie de enfrentamientos que duró a lo largo de los años noventa, incluyendo el ocurrido en 1993 en Guadalajara, donde murió el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en medio de un confuso tiroteo atribuido a la rivalidad entre ambos cárteles. La posterior ofensiva del gobierno federal contra el CAF culminó con la muerte de Ramón Arellano Félix en 2002 durante un enfrentamiento con fuerzas federales. Estos eventos ilustran la compleja y violenta configuración del crimen organizado en Tijuana, resultado de las luchas de poder y las estrategias de seguridad pública que intensificaron la violencia en lugar de disminuirla.

La lucha por el control territorial entre los Arellano Félix y “El Chapo” Guzmán convirtió a Tijuana en un campo de batalla, donde los homicidios aumentaron 186 % entre 1990 y 1999. El inicio del nuevo milenio trajo para la Frontera Norte un escenario sombrío, pues el auge del narcotráfico sólo agravó la recesión económica de la región, producto de las medidas de seguridad en la línea fronteriza tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la ralentización de la economía estadunidense y la adhesión de China a la Organización Mundial de Comercio que hizo perder competitividad a las maquilas mexicanas. El enfrentamiento abierto de los cárteles hizo común hablar y escuchar de “levantones” como herramienta de intimidación hacia la población tijuanense.

La violencia seguiría por disputas criminales, pero también con la llegada del empresario y magnate del Grupo Caliente, Jorge Hank Rhon, quien fue presidente municipal de Tijuana entre 2004 y 2007. Podríamos considerar la elección de Hank como un acontecimiento oscuro en la historia reciente de la ciudad. Su nombre ha estado vinculado a controversias importantes, como el asesinato del periodista Héctor Félix Miranda en 1988, reputado comunicador e ícono local de la libertad de expresión. Aunque los asesinos materiales fueron detenidos y condenados, el crimen continúa impune en cuanto al autor intelectual, y Hank Rhon ha sido mencionado como principal sospechoso, aunque nunca ha sido legalmente procesado ni acusado formalmente. Según el Semanario ZETA:

El tiempo pasó, los homicidas materiales del periodista Héctor Félix Miranda fueron detenidos, condenados y ya hasta salieron de la cárcel. El crimen ocurrido el 20 de abril de 1988 continúa impune, pues el autor intelectual nunca ha sido molestado. Jorge Hank Rhon, empresario y político, sospechoso del homicidio, siempre fue cobijado por exgobernadores que decidieron no investigarlo.

La vida extravagante y polémica de Jorge Hank Rhon ha sido objeto de intensa atención mediática. Hijo de Carlos Hank González, influyente político priista del poderoso Grupo Atlacomulco y uno de los hombres más poderosos de México en la segunda mitad del siglo XX, Jorge Hank heredó un legado de poder y riqueza opaca. Como uno de los hombres más acaudalados del país, debe su fortuna al control del Hipódromo de Agua Caliente en Tijuana y al Grupo Caliente, una de las principales empresas de casinos en América Latina. Conocido también por excentricidades como su afición desmedida por los animales exóticos, posee un zoológico privado en su residencia en Tijuana que alberga miles de especies y que incluye leones, tigres y jirafas. Esta colección le ha valido acusaciones de tráfico ilegal de especies y ha generado controversia en torno al bienestar animal y la legalidad de su posesión.

La escalada en la violencia relacionada con el narcotráfico coincidió con el fin de su administración, y la opinión pública ha señalado presuntos vínculos entre Hank Rhon y el desarrollo de actividades ilícitas en la ciudad. El estilo de vida extravagante, sus conexiones políticas y las controversias que rodean a su familia lo convierten en un personaje singular, al mismo tiempo que simboliza las complejas intersecciones entre el poder político, la riqueza y el crimen organizado en Tijuana. Es común escuchar entre nosotros, los tijuanenses, decir que las decisiones importantes de esta ciudad siempre giran en torno al poder de Jorge Hank, como si su persona encarnara una clase de Rey Sol de la Frontera, severo y omnipresente. El ascenso político de Hank al gobierno municipal trajo consigo acusaciones sobre el uso de las fuerzas policiales locales en actividades criminales. Hubo varios casos de policías municipales involucrados en actos de corrupción y de colaboración con el Cartel de los Arellano Félix, hecho que facilitó la circulación de drogas en la ciudad. Si la criminalidad durante la administración de Hank ya era significativa, en 2008 alcanzó niveles aún mayores, incluso con ejecuciones de policías municipales y ministeriales.

La violencia en Tijuana ha sido implacable durante gran parte del siglo XXI. Los grupos criminales que operan en la ciudad no han seguido una estrategia coordinada o coherente; sus criterios para ejecutar, torturar y “levantar” personas han sido mayormente arbitrarios, lo que ha generado un clima de terror entre la población. En una ciudad donde los secuestros y tiroteos se volvieron parte de la vida cotidiana, muchas familias de empresarios y comerciantes han decidido mudarse a San Diego para evitar perder contacto con Tijuana, pero sin exponerse directamente a sus violencias. Sin embargo, la actividad comercial local y el turismo han sido gravemente afectados por estas olas de violencia. En la cultura local, los tijuanenses han aprendido a identificar y a tener prejuicios sobre las personas que están involucradas en el crimen organizado: cierto tipo de vestimenta, las joyas, los vehículos blindados y las lujosas propiedades delatan señales de que alguien probablemente “anda en malos pasos".

El panorama contemporáneo de las violencias en Tijuana refleja un complejo entramado criminal en el que convergen varios factores. El incremento de agentes dedicados al narcomenudeo, la lucha por controlar las rutas fronterizas y las políticas migratorias de Estados Unidos han creado un contexto favorable para la consolidación de un ambiente de criminalidad imperante. Además, la deportación masiva de migrantes vulnerables genera un caldo de cultivo para actividades ilícitas. Estos hechos perpetúan la situación de violencia generalizada en la ciudad hasta nuestros días.

A modo de conclusión, Máximo y yo reflexionamos sobre lo que implicó para nosotros ser parte de la generación que creció en el período de la Guerra contra el Narcotráfico en la Frontera Norte. Máximo comparte el siguiente testimonio:

El ciclo escolar apenas había comenzado en 2008. Los kinders, primarias y secundarias de Tijuana recibieron a sus estudiantes como de costumbre, y mi primaria no fue la excepción. Recuerdo haber llegado temprano aquel día, cuando las profesoras empezaron a comentar sobre unos estruendos lejanos. Para nosotros, como niños, parecían fuegos artificiales, pero poco después nos enteramos de la verdad: se trataba de disparos. De inmediato, el personal escolar contactó a los padres, y en cuestión de minutos, la primaria fue desalojada. Al salir, vi cómo la avenida donde se encontraba mi escuela estaba abarrotada de policías. Los tijuanenses no podemos olvidar el fatídico año de 2008. Aunque muchos éramos niños, se volvió común escuchar a nuestros padres, tías y otros familiares hablar sobre la violencia que comenzaba a azotar con fuerza a Tijuana y los enfrentamientos entre autoridades federales y narcos. El gobierno federal comenzó a usar el eufemismo de “daños colaterales” para ocultar las decenas de personas inocentes que morían a causa de la nueva estrategia belicista de las autoridades. Desde la infancia hemos sido testigos de cuerpos abandonados en camionetas, narcomantas, policías muertos, y con esas imágenes nos tocó a muchos crecer y convertirnos en adultos. Tras el inicio de la Guerra contra el narcotráfico, los constantes enfrentamientos entre autoridades y sicarios, y sus “daños colaterales”, pasaron a formar parte de la cotidianidad local y de nuestra memoria generacional.

Tijuana, como tantas otras ciudades marcadas por su historia y geografía, se ha convertido en un símbolo de los desafíos actuales que enfrenta México en términos de seguridad, justicia y desarrollo. Desde el magnicidio de Luis Donaldo Colosio hasta la expansión del crimen organizado y el efecto de la “tijuanización” que ha permeado el país, la ciudad ha estado en el epicentro de la crisis nacional de violencia. Sin embargo, esta no es sólo una historia de crimen y corrupción, sino también de resistencia y adaptación. Tijuana ha visto de todo: desde el auge de los bares y casinos, y del boom maquilador, hasta la llegada de los cárteles que transformaron a la localidad en un campo de batalla. Hoy, esta ciudad fronteriza sigue siendo un espejo de los problemas más profundos de México, pero también es un recordatorio de la urgencia de entender y abordar las raíces de estas violencias. Al explorar su historia y las dinámicas que han moldeado su historia, no sólo comprendemos mejor a Tijuana, sino al país entero. El futuro de la ciudad y de la Frontera Norte, como el de México, dependerá de nuestra capacidad para enfrentar estos desafíos con inteligencia y sensatez, con el fin último de asegurar que los espacios que hoy evocan tragedia puedan, algún día, convertirse en símbolos de renovación.

 

Roberto Hernández Rodríguez
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Estudia una Maestría en Relaciones Internacionales con especialidad en Desarrollo Económico en la Universidad de California, San Diego (UCSD).

Máximo Augusto Navarro Sánchez
Estudiante de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)

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Publicado en: Política, Seguridad