Tijuana es un estrecho valle entre el océano y el desierto de California. Aun cuando el clima puede ser agradable por la bruma del Pacífico, la tierra es seca, pobre en recursos naturales, y una docena de cerros rojos limita el horizonte y la potencial expansión urbana. Hay ciudad aquí sólo por el hecho fortuito de compartir frontera con Estados Unidos, límite internacional entre dos mundos opuestos y complementarios que los locales llaman la línea, ese límite imaginario impuesto hace casi dos siglos que determina la realidad material y las posibilidades de cinco millones de personas que habitan el área binacional de Tijuana y San Diego. La línea impone hasta el sentido de orientación de las personas, pues cuando los tijuanenses se dirigen a un destino suben o bajan al sentir la frontera como punto de referencia omnipresente.

Tijuana nació hace poco más de cien años, y el desinterés de sus habitantes por el pasado es tal que nadie sabe con certeza el origen de su nombre. La mitología popular dice que, a finales del siglo XIX, habitaba una vieja señora conocida por forasteros y locales como la Tía Juana, ranchera y personaje fundacional de la localidad fronteriza. Más allá del cuento, lo más probable es que el nombre surgiera de los propios kumiai, pueblo nativo que ya habitaba la región antes incluso de la Conquista. A diferencia de otras ciudades de México, Tijuana no surgió por voluntad de sus propios habitantes. Tijuana nació para satisfacer la demanda de alcohol y recreación de los consumidores estadunidenses durante el período de la Ley Seca a principios del siglo XX. La ciudad es uno de los pocos sitios en el mundo fundado por intereses económicos exclusivamente extranjeros.
Desde aquí, todos conocen el resto de la historia. Es de conocimiento popular la leyenda negra del ruido “tronador” de las apuestas y las ruletas, la mezcolanza del jazz con la música ranchera en las cantinas; las carreras de caballos; los puestos de divorcio exprés para parejas de gringos infelices; las carcajadas de los burdeles; la venta masiva de baratijas y antibióticos; el bullicio, el humo y el olor a fritanga invadiendo todos los resquicios de Avenida Revolución. Puede ser también que Tijuana haya sido la primera ciudad secular en México ante la ausencia de una catedral católica como eje central de desarrollo urbano. Así, la leyenda negra de Tijuana como epicentro nacional de perdición y pecado ha pasado por prevalecer hasta la actualidad frente a la multiplicación de crisis y problemas, como los flujos migratorios irregulares, la llegada del narcotráfico, la trata de personas, la prostitución, el magnicidio de Colosio y el paisaje distópico que ofrecen las cientos de plantas maquiladoras y los operadores que salen de las fábricas agotados por las extenuantes jornadas de trabajo repetitivo y mal pagado.
La gente de afuera ve a Tijuana como mero lugar de paso, sitio de perdición y escenario contemporáneo de realidades sociales lúgubres al estilo Charles Dickens. Releo una y otra vez Tijuana la horrible de Félix Berumen (El Colegio de la Frontera Norte, 2003), investigador que analiza y critica la leyenda negra de Tijuana, y que menciona que su identidad ha sido creada, reproducida y consumida por todos excepto por sus propios habitantes.
¿Qué es Tijuana para nosotros, los tijuanenses? La pregunta me persigue desde hace tiempo y en este texto no trato de definir una imagen independiente de los prejuicios ni creencias del mundo exterior porque eso sería imposible, pero sí de reivindicar la experiencia de ser tijuanense y vivir en Tijuana. Quiero aclarar desde un principio que me opongo al cometido puritano e ingenuo de ocultar la leyenda negra de nuestra ciudad como ciertos sectores conservadores de la élite local han tratado fallidamente desde los años ochenta. Yo no quiero “borrar” un pasado de juerga y excesos que sí ocurrió a principios del siglo XX, ni “limpiar” el nombre de mi ciudad por mero sentimiento de culpa judeocristiana. Me limito a defender la idea de que Tijuana es luz y sombra como cualquier ciudad, y afirmo que Tijuana como ciudad puede ser de fea a horrible, muchas veces generosa y otras tantas medio sádica y masoquista, pero sobre todo, como tijuanense de tercera generación, quiero que se escuchen las voces locales de la frontera, sus historias, motivos y aspiraciones, y que nosotros como habitantes adquiramos la capacidad de incidir en la representación estética, social y cultural de Tijuana. De ahí nace este proyecto, que se compone de tres textos que dividen a Tijuana en tres imágenes distintas que compiten y confluyen por consolidar la identidad local de mi ciudad: la ciudad pecadora, la ciudad maquiladora y la ciudad mafiosa.
La ciudad pecadora
A principios del siglo XX, en Estados Unidos era tan reconocida la imagen infame de Tijuana que a mediados de 1920 el New York Times mandó a un corresponsal al sur de la frontera para comprobar de primera mano la supuesta existencia de una Sodoma y Gomorra moderna, capaz de hundir en el pecado a los habitantes del sur de California. Nesbit, el corresponsal, escribió una crónica donde, para su sorpresa y decepción, el pueblo de Tía Juana no era tan maligno ni macabro como alertaban las asociaciones religiosas de San Diego, sino un incipiente pueblo fronterizo en desarrollo, con casinos y bares de mala muerte. Según Nesbit, los estadunidenses promovían la siguiente creencia sobre la localidad: “Todo vale en Tía Juana. Hay una multitud de máquinas de juego, largos bares de bebidas, salones de baile, burdeles, cuartos para prostitutas, peleas de gallos, peleas de perros, corridas de toros, robos e indecibles obscenidades. La ciudad es ahora la meca de prostitutas, vendedores de alcohol, jugadores y otros indeseables estadunidenses”.
En 1932, Hernán de la Roca publicó la primera novela sobre Tijuana, Tijuana In. En el libro, del la Roca representa a la ciudad como una joven mexicoamericana perdida en los excesos. ¿Su principal pecado? Perder su virginidad y enamorarse de un hombre casado. El autor describe a Tijuana como: “Bañada en todas las fuentes cenagosas del pecado, alimentada en las savias del vicio, era Tijuana In una soberbia flor de inconsciencia y lujuria, arrebataba a los hombres con su hermosura maciza de amazona y su cara de rasgos perfectos, angelicales, tras los que sabían asomase con picardía los siete diablillos que dan vértigo a los sentidos y degeneran el ánima. Todas las incitaciones de la lascivia, todas las morbosidades de la carne fueron escanciadas por su espíritu inquieto, elevado como una antena de corrupción para captar cualquier onda de espasmo y deleite”.
En un principio, la ciudad nació para satisfacer los deseos lícitos e ilícitos de los consumidores estadunidenses. Así fue y ha sido hasta hoy, pues al caminar por las calles del centro, uno se puede encontrar con multitud de casinos, bares y prostíbulos abiertos al público en general. Sin embargo, la relación con el placer y los deseos es más compleja que la mera encarnación de habitantes y turistas “pecadores”. Tijuana es el espacio de outsourcing generalizado de Estados Unidos. San Diego es considerada “the finest city in America” mientras que Tijuana es el infierno en la tierra, porque los estadunidenses han tenido la capacidad de relocalizar históricamente no sólo sus residuos y maquiladoras, sino también los actos de placer prohibidos por la moral de su cultura protestante. Es decir, Tijuana es la fuga de escape de lo indeseado y lo indebido para nuestros vecinos del Norte. No reconocer esta relación de dependencia existencial entre ambas ciudades sería faltar a la verdad y a la dinámica propia de la región fronteriza.
La reputación de Tijuana como la “Sodoma y Gomorra” de México se consolidó con la apertura del Casino Agua Caliente en 1928. Este casino inmediatamente posicionó a Tijuana en el mapa del jet set internacional. En pleno período de entreguerras, Estados Unidos experimentó un auge económico sin precedentes, acompañado de una reacción conservadora que prohibía el consumo de alcohol, y en general cualquier expresión pública de placer. Tijuana puede considerarse un precursor directo de Las Vegas. Agua Caliente no sólo era un casino, sino también uno de los resorts más lujosos y exclusivos del mundo a finales de los años veinte. Según Will Chandler, “las 300 habitaciones, los bungalows privados, los exuberantes jardines y el magnífico servicio de comidas del hotel garantizaron su popularidad como refugio de Hollywood. Entre los invitados a la cena de inauguración se encontraban Al Jolson, Dolores del Río, Charlie Chaplin, Sid Grauman, Raoul Walsh, Renée Adorée, Mabel Normand, Lupe Vélez, Jack Dempsey y el presidente de United Artists, Joseph Schenck, que se convirtió en accionista mayoritario del complejo en 1932”. Sin embargo, el cambio de década trajo dos crisis al vibrante pueblo fiestero de Tijuana: el inicio de la Gran Depresión y el giro nacionalista del presidente Lázaro Cárdenas. Las secuelas de la Crisis de 1929 afectaron gravemente el flujo constante de turistas y los ingresos que Tijuana había disfrutado en los años veinte. Finalmente, la llegada al poder de Cárdenas significó un cambio del gobierno federal a las localidades fronterizas. En su intento por “mexicanizar” Tijuana, Cárdenas ordenó la clausura del Casino Agua Caliente, argumentando que la ciudad estaba amenazada por el dominio de intereses y capitales estadunidenses, aunque es probable que también haya influido el hecho de que el expresidente Abelardo L. Rodríguez era socio del proyecto.
A mediados del siglo XX, frente a la percepción de placer y deseos incontrolables, grupos de poder comenzaron a presionar a las autoridades para castigar y purificar a la ciudad de su imagen como sitio de vicio y perdición. Areli Veloz señaló que el viraje moralista y punitivo de las élites locales y la represión policiaca afectó a personas de la población LGBTI+: “En Tijuana, a finales de los sesenta y en los setenta, el Estado implementó, como medida coercitiva contra la sexualidad, la autorización de la presencia policiaca en los bares gay de las llamadas zonas rojas […] Los arrestos a transexuales y travestis en la vía pública, en los bares y en el cine Zaragoza, fueron frecuentes”. Los castigos fueron acompañados con campañas de moralización, promovidas por las “familias de bien” de la ciudad. Es contradictorio pensar que, aun cuando la ciudad debe mucho de su crecimiento económico a la explotación comercial del “deseo” desde sus orígenes, las élites locales trataron de promover la consolidación de valores conservadores en la sociedad: “Tijuana está viciada, pero podemos dignificarla”.
La dignificación derivó en embellecimiento, y los programas de mejoramiento urbano no fueron otra cosa que la extinción de espacios y grupos considerados como indeseables por materializar en carne propia la imagen de la pobreza extrema en una ciudad que luchaba por verse digna y moderna. La migración masiva que sufrió la ciudad desde los años cuarenta llenó las laderas, cerros y cañones de asentamientos irregulares. Tijuana está partida en dos por un río y, durante los años setenta, el gobierno federal invirtió para canalizarlo y evitar las continuas inundaciones que aquejaban al centro de la ciudad. En los cauces del río llegaron a habitar más de 500 familias en condiciones de pobreza y la zona se llenó de casas de cartón. Era tal la miseria en las construcciones improvisadas del área y en las condiciones de vida de sus habitantes que los locales comenzaron a llamar al cauce del río como Cartolandia. Según Rodolfo Stavenhagen, las autoridades aprovecharon el proyecto de canalización para desalojar a la población no deseada del cauce y destruir Cartolandia. Hoy, en esta misma zona, se localiza el centro financiero de Tijuana con los principales edificios públicos y privados, además del centro cultural más importante, amplias avenidas arboladas, centros comerciales al estilo californiano, restaurantes de primera categoría y hoteles de lujo. Los antiguos habitantes de Cartolandia fueron abandonados a su propia suerte y relocalizados en la zona oriente de Tijuana, la parte más pobre y olvidada de la ciudad, fuera de la vista de los habitantes de la Zona Dorada, término con el que se denomina a la zona occidental: el área urbana de Tijuana donde viven los sectores con mayor poder adquisitivo. El río, por tanto, sirve como división de dos realidades socioeconómicas dispares que recuerdan de forma análoga al Muro de Berlín. Tijuana del Oeste es rica, dinámica y moderna. Tijuana del Este es el área que habita la mayor parte de la población y donde se concentran las plantas maquiladoras de la ciudad; es pobre, mucho más densificada, carece de bienes y servicios públicos, y con infraestructura limitada. Sobre la destrucción de Cartolandia por parte de las autoridades locales, Jesús Bojórquez y Renato Pintor concluyen que este proyecto “sirvió para higienizar el paisaje urbano y reubicar lo antiestético y poco lucrativo, lo que para los detentadores del poder se pudiese materializar una ciudad más acorde con sus intereses”.
Las autoridades locales no quisieron diferenciar entre pobreza y juerga; de esta manera, el impulso de modernización urbana de los años setenta intentó, sin éxito, extinguir o al menos ocultar en las periferias orientales de la ciudad los elementos —y sujetos— visualmente indeseables para las élites y las clases medias que habitaban y reclamaban sólo para sí las colonias céntricas de Tijuana. La confrontación de clases refuerza uno de los principales problemas de la ciudad: al ser un estrecho valle limitado por el océano y la frontera, la tierra y las posibilidades de expansión urbana son escasas. Este hecho intensifica la crisis derivada de la acelerada densificación del municipio y la carencia de infraestructura básica para una población que ha pasado de poco menos de 250 000 personas en 1970 a aproximadamente 2 millones de personas en 2020. Así, las campañas de dignificación impulsadas conjuntamente por autoridades locales y grupos de la sociedad civil a mediados del siglo XX arrojaron resultados mixtos. El acelerado desarrollo industrial, que promovió la llegada masiva de maquiladoras desde los años setenta, transformó la percepción de la ciudad, dejando de ser vista únicamente como un sitio de recreación. No obstante, el crecimiento económico derivado de las maquilas no ha generado mejoras sustanciales para la mayoría de los tijuanenses, ya que el 48 % de la población local sigue viviendo en condiciones de pobreza.
A poco más de cien años de la creación de Tijuana, la infame reputación de la ciudad como un lugar de perdición moral no sólo permanece vigente, sino que sigue atrayendo a consumidores estadunidenses a los numerosos bares y prostíbulos del centro. La importancia e influencia de este sector económico es tal, que en 2015 las autoridades locales y empresarios del rubro participaron en uno de los episodios más curiosos de la historia reciente de Tijuana. El gobierno local pasó de promover campañas de dignificación y de intentar ocultar la vida nocturna del centro a participar abiertamente en la promoción de la prostitución y el turismo sexual. La campaña de promoción internacional de la ciudad, apoyada por los dueños de los principales bares y burdeles, llevó el curioso nombre de “Tijuana Coqueta”. Según Jorge Nieto, “la idea de Tijuana Coqueta surgió de los empresarios del área [Zona Norte] que con recursos propios quieren promover la zona y mejorar la imagen para así atraer más visitantes e incrementar las ganancias económicas”. Es interesante considerar este viraje de puritanismo a cinismo por parte de las autoridades y los empresarios como una consecuencia de los cambios económicos de las últimas tres décadas en el país. En el contexto de apertura comercial posterior al TLCAN, y por motivos de eficiencia, las sociedades deben especializarse en aquello que represente su ventaja comparativa. Bajo esta mentalidad utilitaria, ¿qué otra cosa podría ofrecer Tijuana al mundo que no sea su mano de obra barata para las maquiladoras y la explotación comercial del goce y el deseo? Por razones evidentes, el proyecto de “Tijuana Coqueta” no fue bien recibido por la población, ya que el turismo sexual en las ciudades fronterizas suele ocultar delitos graves como la trata de personas y la explotación sexual de menores. Finalmente, debido a la presión de la sociedad civil y la condena de la opinión pública internacional, las autoridades locales se vieron obligadas a poner fin anticipadamente al proyecto de Tijuana Coqueta.
Tijuana es una ciudad de extremos, donde sus élites han oscilado entre intentar extinguir la leyenda negra de la ciudad como un lugar de perdición y promover los aspectos más turbios de esta imagen, como el turismo sexual. Entonces, ¿qué podría hacer Tijuana con su identidad conflictiva como sitio de juerga y excesos? Quizá lo primero sería aceptar la realidad en lugar de ocultarla. Tijuana surgió y creció económica y demográficamente al ofrecer una válvula de escape a los deseos de los consumidores estadunidenses durante el período de la Ley Seca. Sin embargo, debido a este origen histórico, la leyenda negra ha sido exagerada. La Tijuana del siglo XXI no es “Sodoma y Gomorra”, sino una ciudad como cualquier otra, con su zona roja, amplia pero delimitada como en cualquier parte del mundo.
Segundo, a partir de esta leyenda negra, Tijuana podría reivindicar su relación histórica con el placer y el deseo, enfocándose en el surgimiento de una escena culinaria diversa e innovadora, como lo es la cocina BajaMed y el corredor gastronómico que se extiende desde la ciudad fronteriza hasta el Valle de Guadalupe. El nicho de empresas locales de cervezas artesanales bien podría estar conectado con el mercado internacional, para posicionar a Tijuana como un destino reconocido por sus cervecerías de calidad. También se podría llevar a cabo una campaña de turismo que promueva la vibrante escena nocturna y cultural de la ciudad, destacando sitios icónicos como el Dandy del Sur o La MI-Ja por pensar en muchos otros, que ofrecen experiencias únicas difíciles de encontrar en otras partes del país. Finalmente, el constante flujo migratorio de diversas partes del mundo convierte a Tijuana en un nicho potencial para el desarrollo de nuevas propuestas culturales y artísticas, que prometen posicionar a la ciudad entre los circuitos globales del arte en los próximos años. Tijuana podría abrazar su identidad conflictiva y transformarla en una ventaja, capitalizando tanto su posición de ciudad en la Frontera Norte como su actual dinamismo cultural para consolidar una imagen que supere de una vez por todas la leyenda negra de sitio de perdición.
Tijuana es una ciudad que trasciende las simplificaciones y los estereotipos. Su historia, tan compleja como fascinante, ha sido moldeada por la dualidad al ser un epicentro de recreación para los estadunidenses y un refugio económico para miles de migrantes. Esta frontera, que divide y une al mismo tiempo, ha dado lugar a una identidad rica y multifacética, que se debate entre la leyenda negra y la realidad de la resistencia cotidiana. Los tijuanenses no pueden ni deben borrar su pasado de juerga y excesos, sino más bien aceptar su historia y hacer paces con una imagen que celebre tanto su luz como sus sombras; reivindicar su relación histórica con el placer y el deseo, destacando su vibrante escena cultural y gastronómica contemporánea. Es momento de que Tijuana abrace su identidad conflictiva y la transforme en ventaja, consolidando una representación auténtica que supere la leyenda negra y refleje la esencia compleja de la ciudad. Así, Tijuana no sólo será considerada como mero lugar de paso y desenfreno, sino como un espacio multicultural y dinámico.
Roberto Hernández
Internacionalista por El Colegio de México