
Hace casi un mes se publicaron los resultados de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares (ENIGH) 2024 y, hace dos semanas, los números oficiales de pobreza derivados de ella. Científicos sociales, analistas y comentócratas se lanzaron a dar su respectiva interpretación. La prisa dice mucho del estado de la academia y de la opinología nacional.
He leído de todo: pocos análisis bien armados; muchos textos que celebran sin entender (lo que no estorba para aplaudir); rabietas y otros tantos artículos soporíferos. Quiero intentar algo distinto. Señalar algunos puntos que, hasta donde alcanzo a ver, han pasado de noche en la conversación. Cosas que ayudan a contextualizar y, sobre todo, matizar el triunfalismo y el catastrofismo.
Mis objetivos son dos. Primero, distinguir con claridad entre el margen extensivo de la pobreza (cuántas personas son clasificadas como pobres) y el margen intensivo (qué tan pobres son los pobres). Segundo, aprovechar la narrativa de los muchos Méxicos para explorar cómo distintos patrones estatales ayudan a explicar cambios en ambos márgenes.
Una aclaración antes de entrar a tecnicismos y al lenguaje economicista: este texto presenta hechos estilizados, no causalidad. Verán frases como “esto sugiere”, “esto otro parece”. Aquí no hay frases magnánimas del estilo “X causó tal cosa” o “Y explica Z”. Hace falta mucha investigación para poder hacer ese tipo de afirmaciones. Por supuesto, creo que el valor está en mostrar que los resultados de esta ocasión plantean nuevas preguntas que vale la pena estudiar con calma en el futuro cercano.
Pobreza en el margen extensivo
Ser pobre, en la métrica oficial, significa no alcanzar cierto umbral en alguna dimensión. En el caso del ingreso, ese umbral se fija con el costo de dos canastas: la alimentaria y la no alimentaria, distintas en lo urbano y lo rural. Traducido en pesos: pobre extremo es quien gana menos de unos 2 350 pesos mensuales en la ciudad (1 850 en el campo), y pobre “a secas” quien no llega a 4 718 en lo urbano o 3 396 en lo rural.
Con esos criterios, la ENIGH 2024 muestra que 35.4 % de las personas están debajo de la línea de pobreza y 9.3 % en pobreza extrema. En 2016 las cifras eran cerca de 50 % y 15 %.
Pero el ingreso no lo es todo: no basta con contar los pesos en la bolsa, también hay que ver si hay escuela, médico, seguridad social o vivienda digna. Por eso la metodología también mide las carencias sociales: educación, salud, seguridad social, vivienda, servicios y alimentación. Una persona se clasifica como pobre multidimensional si, además de un ingreso insuficiente, padece al menos una de estas carencias.
Las métricas multidimensionales apuntan en la misma dirección: el porcentaje de personas que caen debajo de los umbrales de ingreso y carencias disminuyó de manera clara, mientras que la pobreza extrema apenas muestra una ligera reducción. Esa es la foto del margen extensivo: menos personas clasificadas como pobres. Es la numeralia que se repite en titulares, fácil de presumir en conferencias de prensa y powerpoints. Pero si rascamos un poco más, aparecen matices menos triunfalistas.
Pobreza en el margen intensivo
El primer matiz aparece cuando pasamos de contar pobres a preguntar: ¿qué tan pobres son los pobres? Aquí entran las medidas de profundidad de la pobreza. No basta con saber cuántos están debajo de la línea (extensivo), sino cuánto les falta para salir de ella (intensivo).
Pensemos primero en el ingreso. En la práctica, tener 2 345 pesos en la ciudad ya te coloca en pobreza extrema. Con cinco pesos más ya no serías “pobre” en la estadística. ¿Pero de verdad cinco pesos cambian la vida? Eso intenta capturar la brecha de pobreza.
La ENIGH 2024 muestra que, entre quienes caen en la categoría de pobres por ingresos, la persona promedio necesitaría alrededor de un 35 % adicional de ingreso para poder cruzar la línea. En otras palabras, si la línea urbana son 4 718 pesos y un hogar reporta 3 067 pesos, le faltarían unos 1 651 pesos para salir de la pobreza.
La buena noticia es que esta brecha en términos de ingreso se redujo: en 2016 era de 0.40, hoy ronda 0.35. Es decir, no sólo hay menos pobres por ingresos, sino que quienes lo son están algo más cerca de la línea que antes. Un patrón similar, aunque menos marcado, se observa en la pobreza extrema.
Carencias en los dos márgenes
Cuando miramos la evolución de las carencias sociales, el panorama es mucho más desigual. Aquí vuelve la distinción: el margen extensivo nos dice cuántas personas caen dentro o fuera de una carencia; el margen intensivo nos dice qué tan cargadas de carencias están quienes ya las padecen.
Ejemplo de buenas noticias en el extensivo: en seguridad social, la proporción con al menos una carencia bajó de 54 % en 2016 a 48 % en 2024; en calidad y espacios de la vivienda, de 12 % a 7.9 %; en servicios básicos de 19 % a 14 %; y en acceso a la alimentación de 22 % a 14.4 %.
Pero al mirar el intensivo la historia cambia: entre quienes siguen con carencia en seguridad social, el promedio de carencias subió de 2.3 a 2.5; en calidad y espacios de la vivienda de 3.1 a 3.4; en servicios básicos de 3.0 a 3.3; y en alimentación de 2.6 a 2.9.
Hay dimensiones que no se movieron nada, o empeoraron. El rezago educativo era 18.5 % en 2016 y es 18.6 % en 2024; entre quienes la sufren, el promedio de carencias pasó de 2.7 a 2.8. El caso más crítico es la salud: el porcentaje de población con carencia en acceso a servicios se duplicó, de 15.6 % en 2016 a 34.2 % en 2024. Y quienes la padecen siguen acumulando en promedio 2.7 carencias.
Estos patrones también se reflejan en la llamada población vulnerable (los que no alcanzan a ser “pobres” pero tampoco están libres de carencias): el porcentaje vulnerable por ingresos bajó de 7.6 % a 5.8 %, pero el procentaje de vulnerabilidad por carencias aumentó de 25.3 % a 32 %.

Lecciones desde los márgenes
Hasta aquí, dos lecciones. La primera: la reducción de la pobreza multidimensional es innegable en el margen extensivo, donde un componente central ha sido el ingreso. La segunda: aunque hay menos personas bajo los umbrales, las condiciones de quienes siguen ahí —el margen intensivo— prácticamente no mejoraron.
En otras palabras: hay menos pobres, sí, pero los pobres, aunque con un ingreso un poco mayor, siguen cargando con la misma mochila de carencias de hace ocho años.
Narrativas desde los muchos Méxicos
Un argumento recurrente es que sí, hubo una reducción en la pobreza, pero falta el ingrediente principal: el crecimiento económico. Y no es un argumento trivial.
Mientras las cifras del margen extensivo muestran una reducción clara, la numeralia del crecimiento económico no acompaña: entre 2018 y 2024, el PIB creció en promedio apenas 0.84 % anual, y el PIB per cápita prácticamente se estancó con un raquítico 0.02 % anual. De hecho, tenemos evidencia de que varias políticas (y algunas francas ocurrencias) de la administración pasada tuvieron un costo inmediato en el crecimiento. ¿Pejenomics?
De ahí surgen los lugares comunes que tanto gustan en foros y sobremesas: que con más crecimiento la reducción de la pobreza habría sido mayor; que sin crecimiento no hay forma de sostener las caídas; que sólo el crecimiento sistemático es garantía de seguir reduciendo pobreza. Algo de eso es cierto, pero estas discusiones suelen quedarse en el plano nacional y pasar por alto una joya de la ENIGH: su representatividad estatal.
Y aquí es donde México confirma el cliché: no es uno, sino muchos Méxicos. Desde 2016, la ENIGH nos permite explorar patrones estatales que ayudan a entender mejor qué está pasando en los dos márgenes de la pobreza.
Cambios en los márgenes estatales (2016–2024)
A nivel nacional, la pobreza multidimensional bajó en el margen extensivo. A nivel estatal, el patrón se repite, pero con una heterogeneidad enorme. En la CDMX la pobreza pasó de 26.6 % a 19.7 %, una reducción modesta pero clara. En Hidalgo el cambio fue drástico: de 57 % a 35 %. En general, todos los estados redujeron la pobreza y la pobreza extrema, salvo Durango, donde aumentó el porcentaje de población en pobreza extrema.

Ahora, el margen intensivo cuenta otra historia: las carencias promedio de la población pobre aumentaron en casi todos los estados. En Chiapas, por ejemplo, pasaron de 2.6 a 3.2. En el caso de las carencias de pobreza extrema, hay algunos estados donde sí hubo disminución de carencias, mientras que en la mayoría de estados aumentaron.
Es decir, muchos Méxicos, pero un mismo patrón generalizado: menos personas clasificadas como pobres, pero en general pobres más pobres en términos de carencias.
Crecimiento y pobreza: asociaciones estatales
¿Qué reflejan estos cambios tan distintos entre los estados? Hay varias posibles explicaciones. Puede ser que, aunque la política social nacional se movió hacia transferencias generalizadas y sin condicionalidad, algunos estados hayan sido más (o menos) exitosos con sus propias políticas locales. O que las diferencias estructurales en sus economías pesen más de lo que creemos. Para explorar esto, junto los datos de pobreza de la ENIGH entre 2016 y 2024 con datos de crecimiento económico estatal en los mismos años. La pregunta es sencilla: ¿vemos algún patrón entre crecimiento económico y reducción de la pobreza? La respuesta es un claro sí.
En promedio, un punto porcentual más de crecimiento estatal está asociado (ojo: asociado, no causal) con 0.3 puntos menos de pobreza y 0.13 puntos menos de pobreza extrema. Pero –aquí está lo importante– el crecimiento económico estatal no predice cambios en las carencias promedio de quienes ya están en condición de pobreza. Dicho de otro modo: el crecimiento ayuda a que menos gente entre en la categoría de pobres, pero no necesariamente mejora la vida de quienes ya están adentro.

Si lo vemos en conjunto, hay cierta relación pro-cíclica: más crecimiento, menos pobreza. O sea, cuando un estado crece más, algo le toca a los más pobres. La pregunta es: ¿qué pasa con los ingresos en el resto de la distribución? Si dividimos a cada estado en deciles y analizamos el ingreso per cápita promedio por decil, el crecimiento estatal predice de forma poco clara aumentos en los ingresos totales. El famoso “el pastel crece y todos comen más” aquí no aplica con tanta facilidad.
Pero si miramos el ingreso laboral (es decir, el ingreso neto de transferencias, que viene principalmente del trabajo), el patrón cambia: sí hay una relación positiva entre crecimiento económico y mayores ingresos por decil, en particular en los deciles más bajos. De hecho, mayor crecimiento económico también esta correlacionado con menor desigualdad a nivel estatal: a mayor tasa de crecimiento, menor es el ratio entre el ingreso sin transferencias del decil 10 entre el decil 1. Es decir, la brecha de ingreso entre los que ganan más y ganan menos parece disminuirse.

Aquí entra otro ingrediente: el salario mínimo. Un par de textos interesantes argumentan que una posible explicación de la reducción de la pobreza por ingresos es el aumento generalizado del salario mínimo que implementó la administración pasada, incluso en un contexto de bajo crecimiento. La evidencia aquí sugiere que esos efectos positivos habrían sido aún mayores si el crecimiento económico hubiera acompañado.
Sí, el salario mínimo hizo su parte, pero no alcanza solo. Y con mucha probabilidad necesitaremos salarios más robustos y mayor crecimiento sostenido si queremos seguir con esta narrativa de reducción de pobreza. Si la consigna es “poner primero a los pobres”, no basta con presumir cuántos salieron de la estadística: también hay que mejorar de manera tangible la vida de quienes todavía están dentro.
Apuntes finales
Los datos sugieren que el margen extensivo pudo reducirse aún más con mayor crecimiento económico, y que los avances en el margen intensivo, las condiciones materiales de quienes siguen siendo pobres, habrían sido más claros con una mejor focalización de los programas sociales.
Por eso es un error seguir comprando dicotomías falsas: crecimiento vs. reducción de desigualdad; salario mínimo vs. programas focalizados; instituciones democráticas vs. justicia redistributiva. Si de verdad queremos reducir la pobreza y mejorar las condiciones materiales de los más pobres, unas sin otras simplemente no funcionan.
La reducción significativa de la pobreza es una gran noticia. Cuando la gente percibe mejoras concretas en su vida, es más probable que respalde al régimen que las entrega. Lo muestra un estudio reciente que encuentra que las personas expuestas a democracias funcionales (que ofrecen crecimiento, estabilidad y bienes públicos) desarrollan un mayor apoyo a la democracia en sí misma.[1] La moraleja es clara: la ciudadanía no premia discursos, premia resultados. En ese sentido, la verdadera victoria narrativa de los gobiernos recientes no está solo en cuántos pobres menos hay en la numeralia, sino en haber hecho de esa reducción el centro mismo de la conversación pública.
Guillermo Woo Mora
Economista. Candidato a doctor por la Paris School of Economics.
[1] Acemoglu, D., Ajzenman, N., Aksoy, C. G., Fiszbein, M., & Molina, C. (2025). (Successful) Democracies Breed Their Own Support. The Review of Economic Studies, 92(2), 621–655. https://doi.org/10.1093/RESTUD/RDAE051
El artículo es muy interesante y ayuda a aclarar la falacia que acompaña a las falsas dicotomías. Me parece crucial, porque matiza, incluso, lo que fue resaltado por el estudio que acompañó a los ganadores del Nobel de Economía del año pasado. Excelente aportación y cuidadoso manejo de los datos. Ahora, no como exigencia para ser resuelto por este artículo, sino en general, queda en suspenso la razón que pudiera aclarar lo que implica el modo positivo de valorar el funcionamiento de las instituciones públicas por parte de la población mexicana que fue contactada para el estudio de los premiados. Quizás la razón pudiera ser extra económica.,, Mil gracias por el análisis.