México y el Consejo de Seguridad: el fin de la incertidumbre

En los 75 años de vida de la ONU la presencia de México en el Consejo de Seguridad ha sido esporádica, y sólo ha empezado a regularizarse en el siglo XXI. Nuestro país ha ocupado un asiento no permanente en cuatro ocasiones: 1946, 1981-1982, 2002-2003 y 2009-2010. Si bien casi un tercio de los miembros de la organización nunca han participado en el Consejo, varios países de tamaño similar a México tienen un historial mucho más activo. Por ejemplo, Brasil ha sido miembro del Consejo en 10 ocasiones, Argentina nueve y el promedio de los países del G20 (sin incluir a los que ocupan un asiento permanente) 5.7.

Nuestras participaciones en este órgano han tenido un rasgo común: la incertidumbre. Debido a la falta de consenso interno sobre la conveniencia de pertenecer a este órgano, México nunca se ha sentado en el Consejo de Seguridad con la certeza de volver a hacerlo en el futuro cercano.

En el bienio 2021-2022 México será miembro no permanente del Consejo de Seguridad por quinta ocasión. Esta participación es excepcional a priori ya que marca la ruptura en el patrón de incertidumbre: en esta ocasión tendremos la mayor certeza en nuestra historia sobre nuestro próximo retorno al Consejo de Seguridad. Para probar lo anterior analizaremos las razones detrás de las cuatro participaciones pasadas de México en el Consejo y las fuentes de incertidumbre presentes al final de cada una de ellas.

Ilustración: Adrián Pérez

La entrada

En 1946 México fue elegido como parte de la primera composición del Consejo de Seguridad1 gracias al activo rol de nuestra delegación en la formación de la instituciones internacionales de la posguerra, así como por el prestigio de nuestra diplomacia y nuestro peso en América Latina, lo cual nos hacía, junto con Brasil, una suerte de co-representante de la región.

En 1980 Cuba y Colombia buscaban ser los candidatos del Grupo de Países de América Latina y el Caribe (GRULAC) para ingresar al Consejo.2 Sin embargo, tras decenas de rondas de votación, un empate llevó el proceso a un punto muerto. En este contexto, México apareció como una tercera posibilidad aceptable para todas las partes, por lo cual terminó por llevarse la candidatura y el asiento en el Consejo para el bienio 1981-1982.

A pesar de no ser completamente premeditada, esta segunda participación ocurrió en los albores de un proceso de apertura económica y mayor activismo internacional. A partir 1981, penúltimo año del gobierno de José López Portillo, la política exterior mexicana empezó a olvidar su aislacionismo decimonónico e inició una etapa de mayor vinculación y compromiso con el mundo. Muestra de ello es que en cinco años México participó en el grupo Contadora, suscribió la Declaración franco-mexicana sobre El Salvador e ingresó al GATT. En retrospectiva, la continuidad en la participación en el mayor órgano político del mundo parecía un paso natural en la visión internacional de las clases gobernantes de finales del siglo XX, sin embargo, no fue así ya que durante los siguientes tres sexenios México no volvió a formar parte del Consejo.

La llegada del PAN a la Presidencia en el año 2000 detonó —o consolidó, según el punto de inicio que se quiera tomar— un cambio en la política exterior hacia la promoción de la democracia y los derechos humanos y un mayor compromiso con las instituciones internacionales. Así, México buscó ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad por tercera ocasión y lo consiguió en el periodo 2001-2002. Siguiendo esta lógica, en 2009-2010 volvimos a ocupar un asiento no permanente en el Consejo.

Como puede observarse, cada una de las participaciones de México en el Consejo de Seguridad se explica por razones específicas y no por un reconocimiento atemporal de nuestra posición y peso en el mundo, salvo en 2009-2010.

Asimismo, la incertidumbre sobre el retorno de México al Consejo de Seguridad en el corto o mediano plazo estuvo presente en el final de cada una de nuestras participaciones.

La salida

Al finalizar la primera primera participación de México en el Consejo de Seguridad Luis Padilla, nuestro embajador en la ONU, afirmó que no era conveniente “tomar una posición en los temas importantes del Consejo de Seguridad, donde seguramente las decisiones adoptadas eran desfavorables a una u otra de las grandes potencias”. Con la Guerra Fría en el horizonte, participar en el Consejo de Seguridad nos llevaría a enfrentamientos innecesarios que bien podríamos ahorrarnos, ya sea con la Unión Soviética o, peor aún, con Estados Unidos. Esta idea tomó arraigo en generaciones de diplomáticos y políticos mexicanos y determinó nuestro comportamiento futuro de modo tal que a partir de 1946 la Cancillería decidió no presentar más candidaturas para ser miembros del Consejo. Pasarían 35 años y seis sexenios para que volviéramos a ocupar un asiento en este órgano.

A pesar de que durante nuestra segunda participación en el Consejo de Seguridad algunas acciones de política exterior dejaban ver un mayor activismo de la diplomacia mexicana, y que al final del año 81 era claro que Miguel de la Madrid (identificado con el ala tecnócrata del gobierno, más proclive a lo exterior) sería el candidato del PRI a la presidencia,3 nada aseguraba la dirección que tomaría el país. La fuerte disputa en torno al cambio de rumbo en el manejo económico y de política exterior -que alcanzó su clímax con la escisión de 1988- llenó de incertidumbre el futuro de México no sólo en lo doméstico, sino también en lo internacional, incluyendo, por supuesto, cualquier anhelo de dar regularidad a nuestras participaciones en el Consejo de Seguridad.

Igualmente, en 2001-2002 y 2009-2010, la existencia de un proyecto político opositor que desde la izquierda buscaba transformar buena parte del new normal construido a partir del inicio del llamado periodo neoliberal (más allá de donde se quiera ubicar, aunque el momento más claro es 1988) también ponía en duda la continuidad de algunas de las grandes constantes en la política exterior de los últimos años.

La incertidumbre, de nuevo, era la constante.

La normalidad

Las participaciones de México en el Consejo de Seguridad se han dado, en cada caso, por razones particulares. No existe un hilo conductor que las vincule a todas en una política de Estado que trascienda a los gobiernos y coyunturas, sino que son más bien estos los que las explican (con la excepción de la ocurrida en 2009-2010).

Igualmente, al final de cada una de estas participaciones existieron fuentes específicas de incertidumbre que pusieron en entredicho la posibilidad de regresar al Consejo en el corto o mediano plazo. La última de estas fuentes de incertidumbre fue la posible llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia. 

Ante esto, el “Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024” (p. 93) anunció que México mantendría su candidatura para ocupar un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad en el periodo 2020-2021 y que seguiría participando en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz (un tema germinado años atrás que generó algunas resistencias). A la fecha, ambos planes se mantienen: en Nueva York la candidatura mexicana se promueve activamente, y en México se creó un centro de capacitación para los militares que se integrarán a las filas de la ONU. En el terreno multilateral, la normalidad continúa.

Es decir, finalmente parece haberse alcanzado entre todas las fuerzas políticas del país un consenso mínimo sobre ciertos postulados básicos en este terreno: somos un país con intereses y responsabilidades en el mundo,  lo cual implica participar de manera regular en los órganos de gobernanza global más relevantes, incluyendo al Consejo de Seguridad.

Los cuatro gobiernos de lo que va del siglo XXI han compartido esta visión, y ninguna fuerza política argumenta en favor de un regreso al viejo aislacionismo multilateral: no hay en el horizonte ninguna nueva fuente de incertidumbre. Parece que hemos alcanzado, 75 años después, un consenso sobre la importancia de participar periódicamente en este órgano.

Es este reconocimiento el que hace excepcional nuestra quinta membresía al Consejo: la ejerceremos con un nivel de certeza sin precedentes sobre nuestro próximo retorno.

La historia está plagada de sorpresas. Unos meses antes de convertirse en presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson declaró “it would be the irony of faith if my administration had to deal chiefly with foreign affairs”.4 Un año después se desató la Primera Guerra Mundial. Así también, ignoramos mucho de lo que el futuro depara al mundo. Descubrirlo desde el Consejo de Seguridad será una labor tan interesante como retadora para la diplomacia mexicana, y sin duda, la parte más relevante de esta historia.

Sin embargo, cuando México vuelva a sentarse en el Consejo de Seguridad en 2021, lo hará con la certeza de que no se tratará de una presencia entre largos periodos de ausencia, sino de la consolidación de la normalidad y el fin de la incertidumbre. Y no es poca cosa.

Enhorabuena.

 

Eduardo Ancona Bolio
Abogado por la Universidad Marista de Mérida.


1 La participación de México duró un año y no dos, ya que la Carta de la ONU establecía que tres de los seis miembros no permanentes originales tendrían periodos de un año para permitir que en adelante la membresía no permanente se renovara por mitades cada año.

2 Los miembros de Naciones Unidas se dividen de manera informal en grupos geográficos que facilitan muchos procesos de negociación entre una membresía tan numerosa (193 países), por ejemplo, la elección de miembros al Consejo de Seguridad en la que la costumbre dicta que estos grupos regionales eligen a un candidato común al cual impulsan en bloque en la votación en la Asamblea General.

3 José López Portillo (según lo dicho a Jorge G. Castañeda en La Herencia: arqueología de la sucesión presidencial en México, pg.127) decidió que el candidato a sucederlo sería Miguel de la Madrid en la segunda mitad de 1981.

4 “Traitor to his class: the privileged life and radical Presidency of Franklin Delano Roosevelt”. H.W. Brands. Pg. 94.

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Publicado en: Internacional, Política