La falta de ingenio y calidad literaria de algunas letras de canciones es incuestionable, pero eso no quiere decir que no transmitan mensajes contundentes o que no puedan convertirse en referencias útiles. Es el caso de una pieza que interpretaba Paulina Rubio.
“¡Ese hombre es mío!”, vociferaba la chica dorada; y al observar el lugar que ha ocupado el Papa Francisco en las estrategias político-electorales de las dos principales candidatas a la Presidencia de la República, me es francamente difícil no recordar, ni referirme, a ese estribillo.
¿Cuándo fue la última vez que las personas nominadas por los partidos políticos a la Presidencia de la República se tomaran la molestia de ir hasta el Vaticano, celebrar una audiencia con el Romano Pontífice, difundir fotografías a su lado y, por si no bastara, comenzar una discusión en los medios sobre qué imagen era más sincera y qué candidata era más afín al Papa?
Exactamente, nunca hubo una última vez, lo que hace necesario preguntarse: ¿por qué de pronto el Papa de la Iglesia Católica tiene un lugar tan notorio en la contienda electoral? Para buscar una respuesta, conviene revisar los hechos.

El 13 de febrero pasado, Xóchitl Gálvez Ruiz sostuvo una audiencia con el Papa Francisco, en la cual ―reporta la ahora candidata― el Primado de Italia celebró su coraje, le expresó preocupación por la violencia en el país y le deseó suerte en su campaña. A manera de colofón, Gálvez Ruiz aseguró que “mi fe y mi religiosidad está[n] por encima de cualquier oportunidad política” y, en una entrevista posterior con un periodista mexicano, dijo estar “bendecida por el Papa” y presumió el gusto compartido por el fútbol, así como un rosario que Jorge Mario Bergoglio en persona le obsequió.
Por otra parte, Claudia Sheinbaum Pardo acudió dos días después a Roma para visitar al Papa. La candidata de Morena y partidos aliados presumió, en contraste, que la audiencia se llevó a cabo nada menos que en el estudio privado del Vicario de Cristo, y que ella identificó claramente coincidencias entre el magisterio papal y el llamado “humanismo mexicano”; incluso reportó que el Papa le dio algunos consejos sobre cómo gobernar (porque hasta el Moisés de Miguel Ángel sabe que este arroz ya se coció, ¿verdad?). Luego, algunos colaboradores de su campaña, como Arturo Zaldívar, dedicaron algunos comentarios en medios a comparar las similitudes de la candidata con las del jerarca católico.
Gálvez hizo un contrapunto interesante. En su discurso de registro como candidata presidencial, el 20 de febrero, reclamó a Sheinbaum: “No se puede citar la encíclica del Papa Francisco sobre la fraternidad humana y la semana siguiente apelar al rencor colectivo para avanzar un proyecto electoral. Eso, señora Sheinbaum, sí es una hipocresía”. Además, dijo ante medios: “No sé si ella crea en la Divina Providencia, yo sí creo”.
Queda más claro que hay una especie de pugna por la imagen del Papa. Las candidatas y sus equipos han dedicado más esfuerzo del que uno pensaría para convencer a la opinión pública que ellas, y no su adversaria, son quienes mejor se acomodan al perfil del Pontífice. Mío, ese Obispo de Roma es mío. Más aún: dicha pugna pareció darse en dos niveles, una programática y otra identitaria.
Por un lado, las candidatas han hecho lo posible por demostrar que sus propuestas político-electorales sintonizan con las ideas y preocupaciones del Papa; en simple castellano: han hecho lo posible por mostrar al electorado que, al menos como hipótesis, su Santidad estaría de su lado en la contienda. Se trata de convencer de que, o bien el Papa respaldaría el humanismo mexicano basado en transferencias directas a la gente y austeridad en el gobierno, o bien que, dada su preocupación por la dignidad humana, el Papa estaría consternado por la condición actual de la salud, la seguridad o la polarización en México.
Por otro lado, me parece que la disputa cobra un sentido más profundo en términos espirituales e identitarios. Cuando Gálvez comenta que ella sí cree (porque Sheinbaum es judía) o que su fe y su devoción están por encima de la política electoral, es posible pensar que busca deslegitimar la visita de su oponente desde un plano identitario: ¿por qué va a ver al Papa si no es jefa de Estado o gobierno y, más importante, si ni siquiera es católica? En este sentido, Gálvez y el Papa compartirían valores a partir de una religión común y quienes se identifican con tales valores deberían definir su voto en estos términos.
Sheinbaum contesta que el Papa va más allá de la religiosidad y lo coloca casi en el plano de la filosofía política: la identidad con el Obispo de Roma no es a partir de las creencias religiosas, sino de la reflexión que el partido mayoritario y sus electores han hecho sobre la vocación de poder. Ellos y el Papa compartirían valores políticos, no teológicos.
La ubicación del papado, concretamente de Jorge Mario Bergoglio, como un novedoso campo de batalla, de pugna electoral e identitaria, tiene, como tantos fenómenos sociales, raíces internas y externas al territorio nacional.
Las internas tienen que ver con la estructura polar que el presidente López Obrador ha intentado imprimir al país a lo largo de su mandato. La constante estrategia de movilización política, basada en la polarización de la sociedad, ubica ciertas palabras (e.g. oligarquía, neoliberal, conservador, fifí, clasista, racista etc.) que se cargan de un significado negativo y despreciable, que ameritan el total rechazo electoral y social. Por el contrario, se enaltecen otros términos que merecen no sólo la acción política, sino incluso el avasallamiento de la oposición y la violación sistemática de la ley: pueblo, liberalismo, humanismo, justicia, transformación, revolución de las conciencias, entre otras.
La socialización de esta estructura demanda la apropiación de un conjunto de personalidades históricas y políticas, que ejemplifiquen —en los términos oficialistas, desde luego— estas etiquetas. En ese sentido, el presidente López Obrador ha sido muy categórico en integrar al Papa Francisco a la arquitectura simbólica “buena” del partido en el gobierno.
Yo [le] tengo mucho respeto y admiración [al Papa], lo considero el dirigente político más importante del mundo por su preferencia, por estar siempre a favor de los pobres, de los desprotegidos. Eso no lo habíamos visto. En las tres transformaciones del país los Papas no habían estado […].
Estas palabras presidenciales, del 14 de diciembre de 2023, ilustran el peso político que se le concede al Sucesor de Pedro dentro del partido en el gobierno, pues no se trata de cualquier líder mundial, sino del más importante del mundo. Así como el lugar que se le otorga a Francisco en la percepción morenista de la historia nacional e internacional. Es el primer Papa que acompaña al pueblo de México en su gesta por la libertad —más por su supuesta afinidad con el movimiento que por su piedad—, así como el primer Pontífice que verdaderamente se coloca del lado de los más desposeídos.
El presidente también parecería dividir al catolicismo mexicano. ¿Acaso la afinidad, incluso devoción, a Juan Pablo II o Benedicto XVI aleja a la persona del lado correcto de la historia? Así, el episodio entre Gálvez y Sheinbaum puede mirarse desde un tercer ángulo: la disputa por la persona en sí misma. Cuando la candidata opositora fue la primera en viajar a Roma para reunirse con Francisco, se envió el mensaje de que éste es el líder de todas las personas católicas, no sólo de las simpatizantes del presidente.
Para enfilar la conclusión de esta reflexión, vale la pena traer a la mesa las raíces externas de esta pugna y que tienen que ver con un cambio en la relación de la Iglesia contemporánea con el mundo moderno. La llegada del polaco Juan Pablo II comenzó un proceso de apertura y diversificación en las élites de la Santa Sede,1 que se caracterizó principalmente por una defensa en primer lugar, de las libertades civiles, políticas y religiosas de la persona humana frente a los sistemas autoritarios de la segunda mitad del siglo XX, especialmente los regímenes socialistas en Europa del Este.
Una vez entrado el nuevo milenio, con Benedicto XVI, la prioridad del Vaticano ya no se centró en los autoritarismos socialistas, ateos, sino en la secularización occidental. Son célebres los discursos del Papa Ratzinger sobre laicidad o sus debates con figuras intelectuales sobre la relación entre fe y razón; además, Benedicto XVI fue un campeón modélico de las posturas morales conservadoras del catolicismo oficial. Sin embargo, en este periodo de casi 35 años (1979-2013), el papado promovió en menor medida la doctrina social de la Iglesia, cuya vigencia actual se cimenta en denunciar las vulnerabilidades sociales que generan los modelos económicos actuales: salario injusto, explotación laboral, degradación ambiental, maltrato a las personas migrantes, pobreza extrema, desigualdad.
La elección de un Papa argentino, ajeno a las esferas de la Iglesia europea, y más familiarizado con los países en desarrollo, implicó la priorización de esta dimensión social de la doctrina católica, que se ajusta bien al discurso de Morena y López Obrador. Además, es necesario señalar el hecho de que tratamos con un Pontífice muy popular entre la población mexicana.2 Por tanto, el obispo Bergoglio se convirtió en un símbolo político muy apetecible para la narrativa obradorista y muy útil para la movilización electoral.
La cuestión que surge de lo anterior es si estamos frente a un nuevo fenómeno de la política electoral en México. Es decir ¿Será el papado un nuevo recurso de campaña para futuras candidaturas? Si uno revisa las reacciones digitales a las visitas que realizaron las candidatas, parecería que el laicismo no es una preocupación capital del electorado y que éste parece más una inquietud de algunos círculos liberales. Por tanto, me parece que el precedente se ha sentado.
Vale la pena preguntarse si este fenómeno se asocia al Papa Francisco como persona o al papado como institución. Eso dependerá de las decisiones que se tomen en los próximos cónclaves. Si estamos frente a una era de populismo como estrategia política basada en la polarización simbólica de la sociedad, la elección de Pontífices provenientes de países en desarrollo, que prioricen la doctrina social, podría nutrir su uso en la política electoral mexicana: tirios y troyanos compitiendo por demostrar que el Sucesor de Pedro sería más cercano a un lado que al otro.
Si tomamos en cuenta el diseño institucional de la Santa Sede, notaremos que éste permite al Papa en turno nombrar tantos cardenales electores como desee, orientando las preferencias “electorales” del cónclave, que es el órgano colegiado encargado de elegir un nuevo Papa mediante voto secreto. Esta facultad jurídica ha permitido a Francisco nombrar 94 cardenales electores, 72 % del total. Desde luego, todo esto es una especulación, pero cuando se mira la cantidad de cardenales electores nombrados por el Papa actual y la presencia que ganan cardenales como Luis Tagle, filipino, o Robert Prevost Martínez, misionero y obispo de muchos años en Perú,3 lo anterior no parece una idea descabellada: la versión clerical-electoral de Ese hombre es mío podría llegar para quedarse un buen rato.
Mauricio Rodríguez Lara
Internacionalista y politólogo (El Colegio de México, CIDE)
1 Es decir, inició un proceso de rotación de la élites en la Curia Romana, donde los principales cuadros dejaron de ser exclusivamente italianos para abrir paso a cardenales alemanes, estadunidenses, ganeses, guineanos, hondureños, brasileños etc.
2 Entre diciembre de 2022 y enero de 2023, El Financiero midió demoscópicamente la popularidad de varias figuras nacionales e internacionales. Los resultados muestran que al Papa Francisco como la figura más popular, con 62 % de opiniones buenas o muy buenas. Cf. Alejandro Moreno, “Papa, Canelo y Lio Messi: los más populares en México”, El Financiero, 7 de febrero de 2023
3 El nuevo Prefecto para el Dicasterio de los Obispos, quien desde enero de 2023 es la mano derecha del Papa en la selección de obispos en todo el mundo. A pesar de haber nacido en Chicago, Prevost Martínez se desempeñó como misionero en Perú entre 1988 y 1998. Entre 2015 y 2023 fue obispo de Chiclayo.