Morena: farsa piramidal

Ilustración: Sergio Bordón

Afiliar por afiliar, disimulo sobre convicción y lealtad antes que ideales, como si de un esquema piramidal se tratara, vendido con las mismas promesas engañosas que un producto milagro, Morena ha emprendido una campaña masiva de adhesión que bien podría confundirse con un censo político.

Bajo el pretexto de abrir las puertas del partido al pueblo, el movimiento que nació con el discurso de la regeneración nacional ahora parece obsesionado con inflar su padrón de militantes a como dé lugar, y no hay duda de que cantidad prima sobre congruencia.

Da igual si eras panista, priísta, perredista, sindicalista, fascista, criminal confeso, radical, evangélico, prófugo de la justicia, hombre lobo, trumpista, islamista, ciborg, pirómano, o integrante de la Unión Tepito, de lo que se trata es de engrosar las filas, de presumir números nunca vistos, cifras históricas que den cuenta de la magnanimidad de la 4T, porque estos años ser morenista en México será la norma y nunca la excepción.

Cuando la memoria es corta y la conveniencia larga, nadie sobra; por el contrario, caben todos, pues el derecho de admisión se convierte en un mero trámite. Con que se tenga un poco de paciencia para escuchar un par de trillados mensajes partidistas a través de una tableta electrónica, credencial de elector vigente y la disposición de entregar tus datos personales a quién sabe quién, la afiliación está garantizada.

Si en una de esas, tienes la fortuna de ser alguien relevante, es probable que el par de nepobabys que dirigen el partido, o bien alguno de los caciques que controlan las cámaras de representantes, te presuman sonrientemente en sus redes sociales. El premio mayor para aquellos que intentan a toda costa diferenciarse del pueblo. Y es que, como bien dicen, hasta la basura se separa.

El caso de Alejandro Murat evidencia esta pepena sin escrúpulos. Hijo de un exgobernador priista con un historial cuestionable en Oaxaca, el junior siguió la ruta heredada y, bajo las siglas del PRI, utilizó su apellido como trampolín para gobernar el estado. Sin embargo, en cuestión de meses pasó de representar los intereses tricolores de todo lo que estaba mal para Morena a posar junto a Luisa María Alcalde y presumir su nueva militancia guinda. Impúdico, se subió al tren del oficialismo, convencido de que la única ideología que importa es la supervivencia.

No es el único ejemplo, ni será el último. Ahí tenemos a Miguel Ángel Yunes Márquez, quien, con su historial panista bien documentado y su linaje de poder en Veracruz, no dudó en cobrar su traición votando a favor de la reforma judicial y obtuvo su afiliación a Morena escoltado por Gerardo Fernández Noroña y Adán Augusto López. Lo que hace apenas unos años hubiera parecido un acto de traición ideológica, hoy se comunica como una natural evolución política, una muestra de que la transformación no sólo funciona a nivel gubernamental sino también individual. No por nada, el susodicho afirmó después de recibir su credencial: “me siento como en casa”.

Por fortuna, siempre habrá personas dignas y consecuentes que denuncien estas contradicciones dentro de los interminables intentos por construir, una vez más, otro partido de Estado. Queda clarísimo que Rocío Nahle para nada es una de esas personas, pero su sed de venganza y su afán de protagonismo desataron una peculiar ruptura en esa supuesta unidad que tanto proclama el oficialismo.

Al exigir públicamente que Morena no acredite la afiliación de Yunes, la gobernadora de Veracruz afirmó que presentaría pruebas que lo vinculan con lavado de dinero y otros delitos con el fin de impedir su integración al partido, pues era obvio que este personaje no representaba los valores del movimiento. En respuesta, como todo un demócrata y estadista, Yunes Márquez calificó estas acusaciones como falsas y expresó su disposición a atender cualquier prueba presentada, reiterando que su afiliación a Morena fue un acto de coherencia tras su apoyo a las reformas constitucionales propuestas por la presidenta Claudia Sheinbaum. «No tengo intención de disputar espacios a nadie», afirmó el ex panista quien ya ha sido premiado por los propios morenistas con la presidencia de la Comisión de Hacienda y Crédito Público en el Senado.

Lo paradójico no es sólo que esa misma capacidad de indignación haya brillado por su ausencia cuando la orden de aprehensión que pesaba sobre Yunes fue adecuadamente cancelada para garantizar su voto a favor de la reforma judicial que hoy presume. Lo más espectacular es que ahora, con su afiliación consumada, surjan voces dentro del partido que buscan desacreditarlo, como si no hubieran sido ellos mismos quienes le abrieron las puertas y le otorgaron legitimidad política cuando más lo necesitaban.

No faltan los aplaudidores que se rasgan las vestiduras y se tiran al piso ante lo sucedido, o los que tratan de explicar lo inexplicable para terminar aplaudiendo las disidencias al interior del partido. Son tan creativos como predecibles que su opinión no es más que un catálogo de indignaciones selectivas, ajustadas siempre a la conveniencia de sus propios intereses, al fin y al cabo, intelectuales del régimen. Ojalá, pronto, además de mostrarnos sus burdas contradicciones también nos presuman su flamante credencial morenista.

Mención aparte merece Javier Corral, ese quien por la mañana atiende librerías, por la tarde juega a ser político y por la noche aprovecha sus contactos en la Fiscalía para impedir capturas. El mismo que, con su ya clásica actitud de outsider, niega afiliarse a Morena, porque en su eterna cruzada por la pureza política prefiere mantenerse en la ambigua zona de confort que conlleva el carácter de traidor. Ni panista, ni morenista, ni independiente. Cuidado que, en una de esas, Corral llega a su casa y se empieza a pelear frente al espejo, exigiéndole congruencia a su propio reflejo.

Más allá del grotesco proceso morenista de mega afiliación, nos encontramos ante la ruptura de uno de los axiomas del viejo PRI.[1]La disciplina partidista ha sido rebasada por egos y facciones que, lejos de alinearse bajo un mismo proyecto, buscan seguir el rastro de un líder oculto, aunque no del todo ausente.

Al entender al corporativismo partidista como una de las peores herencias de su antecesor, Sheinbaum insiste en que ella sólo es la presidenta de la República y no la presidenta de Morena para pasarle la bolita a Alcalde respecto a controversias como las de Yunes o Murat.

Mientras tanto, el silencio de López Obrador resuena en el poder que tiene su vástago Andrés Manuel López Beltrán y en la estridente indisciplina entre facciones, ambiciones y lealtades efímeras que hoy se camuflan de color guinda. En un sexenio podrá cambiar el Gobierno, pero no la irresponsable forma de hacer política partidista.

Lo que antes era un férreo control vertical, donde las decisiones bajaban incuestionables desde la cúpula, hoy empieza a desmoronarse en medio de lo que muchos ya sospechaban: Morena no es el nuevo PRI, ni tampoco el viejo, Morena es un simulacro hegemónico forzado y forjado a la medida de López Obrador.

La meta de Morena es lograr 10 millones de afiliados. Una cifra nada despreciable considerando que el PRI en su mejor época bajo el sistema electoral contemporáneo alcanzó casi 6 millones de personas en su padrón. Cabe recordar que hace años, el Revolucionario Institucional también se planteó la meta de llegar a 10 millones de afiliados… No hace falta relatar cómo termina la historia, pues todo lo demás es historia.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

[1] Agradezco a Albrecht Mohrhardt Doger por la ayuda para formular algunas de las reflexiones respecto a los párrafos subsecuentes.

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Publicado en: Política