Desde la llegada de Morena a la escena pública como la principal oferta política capaz de encender los corazones del electorado mexicano existe una idea que retumba con fuerza: ¿es Morena una copia del otrora partido hegemónico que gobernó por setenta años? ¿O acaso un nuevo espécimen que recopila las prácticas de los partidos en los que militó su fundador, López Obrador? Hay un México que habita en nuestra memoria, una mácula en la génesis de nuestra conciencia política, que nos permite soñar despiertos. Soñamos con un pasado que nos espera, un país que siempre regresa, no importa en la época que nos encontremos. El poder de nuestra imaginación es tal, que cualquier eco entre las ruinas del monolítico priismo nos hace pensar en su retorno. La idea provoca miedo, pánico y melancolía. Sentimientos que se han vuelto contagiosos, incluso entre quienes nunca vivimos el rigor y la fuerza del régimen autoritario. El delirio nos ha llevado a pensar que Morena es una copia PRI que gobernó por setenta años.
Las verdades absolutas son pocas, reducidas quizá a los hechos de la naturaleza. No obstante, tanto en el campo de las relaciones humanas como en el de la política imperan los matices, los claroscuros. Decir que Morena es el nuevo PRI no se aleja del sentido común por una razón: el uso político de la historia. Es normal considerar lo anterior cuando vemos a un presidente que diariamente recuerda a Lázaro Cárdenas o cuando realizamos un trámite burocrático y nos topamos con los rostros de Villa o de Zapata. Ya ni pensar en la cantidad de veces en que los dirigentes del partido oficial pronuncian el famoso lema de la “Cuarta Transformación”. López Obrador —en su calidad de dirigente— tuvo la osadía intelectual de equiparar su victoria con procesos históricos como la Revolución Mexicana y la Reforma.
Por décadas el PRI y el Estado mexicano recurrieron a la historia, se apropiaron de ella y la tomaron como fuente de legitimidad. El régimen posrevolucionario se mimetizó con luchas históricas encabezadas por el “pueblo”.1 El cine, la arquitectura, las artes plásticas y la pintura fueron algunos instrumentos que facilitaron al Estado la internalización de ciertas normas y valores en el México de mediados del siglo XX.2 Películas como Río Escondido —que narra los esfuerzos de alfabetización en las comunidades más alejadas del país— hasta los famosos murales de Francisco Eppens en el CEN del PRI se convirtieron en recursos propagandísticos del régimen. El discurso del nacionalismo revolucionario hizo que construyeramos una idea de país, una identidad. No obstante, las continuas crisis económicas, las exigencias de mayor apertura democrática y las constantes represiones del régimen terminaron por erosionar tal discurso.
Hoy Morena lo rescata de forma prodigiosa, como ningún partido —a excepción del PRI— para consolidarse como una oferta política que apela a la melancolía. A esa melancolía de la que tanto habla López Velarde en su poema “El retorno maléfico”. Morena vende una idea de país que sólo puede igualarse al “edén subvertido” del que tanto habla el poeta zacatecano. El proyecto de López Obrador propugna una amnesia colectiva. Rechaza el pasado reciente, pero glorifica un México de héroes míticos. El presidente siente que su realidad le es ajena, vive en un sueño agonizante: un edén que combina el ánimo patriota del siglo XIX con la estabilidad económica y política del siglo XX. En sus arranques febriles llega a convertirse en un anacronismo vivo. Un ejemplo de lo anterior fue su toma de protesta como presidente legítimo en 2006, con la bandera juarista de fondo decía: “Celebro de que nos reunamos[…] hoy 20 de noviembre, cuando conmemoramos el aniversario de la Revolución Mexicana, que liberó a nuestro pueblo de la dictadura porfirista y conquistó derechos sociales para todos”.3

El PRI nació como un medio de conciliación entre grupos revolucionarios, su objetivo era brindar al país estabilidad política y cumplir las tareas de la Revolución desde la construcción de las instituciones. En contraste, Morena se concibió —en principio— como una asociación civil diseñada a la medida de López Obrador, que a futuro se convertiría en un partido capaz de cumplir las aspiraciones políticas de su líder. El PRI gozaba de orden y disciplina partidista. La máxima en los valores de la organización era la obediencia. Los sectores obrero, campesino y popular respaldaban el proyecto y las decisiones tomadas por el presidente en turno, lo mismo pasaba con los sindicatos.
Para su desgracia, Morena es heredera de la fragmentación de una izquierda tradicional, su estructura se conforma de corrientes reacias a construir una nueva identidad partidista y a disolver sus disputas internas. En otras palabras: el partido en el poder carece de verticalidad, de una jerarquía bien definida y de liderazgos naturales que opaquen la figura de López Obrador. Sumado a lo anterior, hoy en día es incluso anacrónico hablar de la fuerza del corporativismo y su impacto en la movilización electoral, pues el exacerbado flujo migratorio del campo a la ciudad así como el declive del ejido terminaron por agotar este sistema. Morena es un partido, en palabras de Panebianco, cuyo modelo originario es el de una organización basada en la figura de un líder carismático.4 Tan es así, que hasta la fecha hablar de Morena nos lleva irremediablemente a citar la trayectoria del presidente de la República.
Dicen que “en el nombre se lleva la penitencia” y el partido del Sol Azteca encontró a la estrella que lo terminaría por eclipsar. Desde que asumió el control del PRD, López Obrador se convirtió en su Rey Sol. Su carisma y habilidad política lo convirtieron en el favorito de la izquierda tradicional. El ánimo personalista que tomó el partido y el descontento de corrientes como la Nueva Izquierda impidieron la institucionalización del PRD. Para 2012 Obrador renunció al partido dejándolo sin liderazgos y respaldo político. Si de comparar se trata, podría decirse que Morena nace, al igual que el PRD, con una gran capacidad de penetración social y con un nivel muy bajo de institucionalización. Para variar carga con algunas de las tribus heredadas del PRD.
Morena logró ubicarse como la primera fuerza política a tan sólo cuatro años de su fundación. El éxito avasallador del proyecto obradorista en 2018 no se concretó de la noche a la mañana, sus raíces se remontan a los años en los que el presidente encabezó la dirigencia del PRD. Aunque, debe decirse, desde el desafuero Obrador comenzó a tener una proyección nacional que aumentó con los años. Al igual que en el PRD, Morena logró cooptar a liderazgos rezagados e inconformes con el priismo y el panismo, cuyo capital político aseguraba el triunfo en algunas entidades del país. Morena se convirtió en un partido en el que la contradicción es la palabra constante. Una organización con una élite heterogénea compuesta de izquierdistas como Dolores Padierna o Clara Brugada hasta de políticos tradicionales, entre los que destacan Alejandro Murat y Javier Corral, por mencionar algunos perfiles.
Hoy Morena enfrenta continuas crisis internas por el control del partido. Si bien hay una tendencia hacia la construcción de una oligarquía por medio de la centralización del poder de la dirigencia, la palabra del presidente pesa mucho en la selección de los perfiles que desempeñarán algunos cargos los próximos años tanto en el gobierno como en la dirigencia. Por otro lado, la inminente llegada de la actual secretaría de Gobernación a la dirigencia del partido oficial nos habla de los viejos resabios priistas, en los que el dirigente nacional era un simple subordinado del presidente.
El camino del oficialismo los próximos seis años pinta para ser escabroso. El descontento de ciertos grupos internos de Morena por el agitado proceso de la sucesión presidencial podrían mermar el poder de Sheinbaum ganado en las urnas. Más aún si consideramos el gatopardismo característico de la clase política actual. Es posible que Morena no le sobreviva a su fundador si la próxima presidenta no se involucra en el día a día de la organización. Morena necesita reglas y procedimientos claros que aseguren la homogeneidad de la élite política. El partido en el poder requiere de cuadros con un sentido de responsabilidad republicana dispuestos a sacrificar su pragmatismo.
En el campo de la acción gubernamental, el aparato burocrático está haciendo lo propio para que México vuelva a los años del pluralismo limitado y del autoritarismo electoral. Claudia Sheinbaum recibe un Ejecutivo poderoso dotado de una abrumadora mayoría en el Poder Legislativo, capaz de erosionar el tejido democrático logrado en los años de la transición. La pregunta que debe preocuparnos es ¿qué papel desempeñará Morena? ¿Logrará la institucionalización?, ¿dejará de vivir a la sombra de López Obrador?
Morena está frente al Rubicón, los pasos para la institucionalización son claros. La fuerza, el carácter, la capacidad de consenso y la imperiosa necesidad de establecer una jerarquía que desvincule la autoridad de López Obrador en el partido, serán determinantes para que Morena deje de ser un partido atractivo y se convierta en todo un “primor”. Para algunos será una pesadilla y para otros un sueño hecho realidad, pues la política es como el amor: a veces se gana y muchas veces se pierde. Por lo pronto, alea jacta est.
Albrecht Mohrhardt Doger
Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México
1 El pueblo entendido como un sólo sujeto causante de los cambios institucionales desde la Independencia hasta la Revolución.
2 La instrumentalización del arte para los fines del Estado fue una constante en regímenes como la URSS(véase la película El Acorazado Potemkin) hasta la Alemania nazi(consúltese La fuerza de la voluntad).
3 “Aquí está la muestra de lo que somos y de lo que seremos capaces de llevar a cabo”, La Jornada, Ciudad de México, 21 de noviembre de 2006
4 Angelo Panebianco, Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos, trad. Mario Trinidad, Madrid, Alianza,1995, pp. 110-113.
«La instrumentalización del arte para los fines del Estado fue una constante en regímenes como la URSS(véase la película El Acorazado Potemkin) hasta la Alemania nazi(consúltese La fuerza de la voluntad).» ¿Olvidas Hollywood?
William Randolph Hearst inventó el periodismo amarillista y se jactaba de haber provocado la guerra contra España.