
El nombramiento de Adrián Rubalcava como director del Sistema de Transporte Colectivo Metro es un nuevo episodio del largo conflicto del oficialismo con quienes les critican desde las izquierdas. Me refiero a las acusaciones de distintas figuras públicas contra quienes señalan las incongruencias del partido o sus gobiernos en todos los órdenes, en contraste con la falsa idea de pragmatismo que buscan transmitir hacia sus bases. En esta ocasión, fue la propia presidenta quien estableció el tono de la discusión desde la tribuna de la mañanera, y al hacerlo recordé El castillo de la pureza (1973), pues creo que representa muy bien la posición política y ética del oficialismo.
La película fue dirigida por Arturo Ripstein, con un guion de José Emilio Pacheco que adaptó la novela La carcajada del gato de Luis Spota, y narra la historia de un padre, Gabriel, que mantiene recluida a su familia dentro de su casa, donde manda con un estricto código moral basado en su visión pesimista de la naturaleza humana y de la sociedad. En la película hay momentos de adoctrinamiento, con base en máximas de autores canónicos, que reflejan la desconfianza y rechazo al mundo exterior. del cual el padre busca proteger a su familia con sus enseñanzas y la clausura de las cuatro paredes de su hogar. Además, la película muestra otra faceta del padre, candil de la calle y oscuridad de su casa: fuera del hogar se entrega a las pasiones y vicios que sanciona severamente en casa.
Por momentos es capaz de agredir de manera iracunda a su familia con tal de mantener su autoridad y, una vez descubierto, miente sin ningún reparo para proteger su posición de poder. Tiene accesos de ira y delirio donde amenaza de muerte a su familia y es particularmente agresivo hacia las mujeres de su casa, en quienes desconfía con un tono misógino. Violenta, miente, engaña, y aparte chantajea con una falsa promesa de bienestar, con tal de preservar la falsa pureza que legitima su posición de poder.
Cada vez que el oficialismo se ve confrontado desde las izquierdas, por las decisiones que toma o por los personajes que decide incorporar en sus filas, lo primero que hacen es desestimar estas críticas bajo una acusación de purismo desconectado de la realpolitik. En el caso de Adrián Rubalcava el agravio ni siquiera es implícito o asumido, es tangible: Clara Brugada nombró a un personaje sin ninguna experiencia previa o relación alguna con el manejo y administración de un servicio de transporte masivo de pasajeros como el Metro. No sólo eso, fue opositor abierto de Morena y de la propia Brugada en la pasada elección y construyó un cacicazgo político en la alcaldía Cuajimalpa desde la oposición.
Sin embargo, los oficialistas rápidamente movilizaron su discurso para encuadrar las denuncias y señalamientos como un caso de purismo de izquierda. Claudia Sheinbaum dijo el 7 de mayo que había que darle una oportunidad al político que ha controlado la alcaldía Cuajimalpa, basada en los dichos del expresidente Andrés Manuel López Obrador en su libro ¡Gracias!. Ese mismo día Máximo Allende compartió en redes un segmento de un programa donde lee la cita referida, que denuncia el maniqueísmo mientras que dice en la cita: “hay que cuidar los principios, sí, pero debe concederse el beneficio de la duda”; después de cerrar esta lectura con un acto cuasilitúrgico al decir “palabra de Obrador”, Allende editorializa con el siguiente comentario:
Es lo dicho por el licenciado. Entonces, ¡no me vengan con la cantaleta, no me vengan con el cuento, de que los puritanos progres buena ondita son más obradoristas que el propio Obrador! ¡No me vengan a decir que los que, ayer —y en esto sí quiero hacer una crítica severa—, a quienes ayer arremetieron, no criticaron, arremetieron contra la jefa de Gobierno, Clara Brugada, por el nombramiento de Rubalcava, hoy mire: callaron como momias!
A esta editorialización que, sin titubear, encuadra toda crítica a las decisiones políticas bajo el estigma del “progre buena ondita”, se sumaron también las declaraciones de Rafael Barajas “El Fisgón”, director del Instituto Nacional de Formación Política de Morena, en el programa Masiosare:
Tenemos una izquierda que se acostumbró a ser una izquierda de profesionales de la derrota. Y esa izquierda sigue viva y sigue activa. Yo recuerdo casos que son fantásticos: por ejemplo, de repente Morena gana una gubernatura en un estado y la gente está festejando en el Zócalo de ese estado y las oficinas del partido están tomadas por un sector que está peleado con ese gobernador porque no quedó el otro…
Y ojo, sin lugar a dudas, la procedencia de la gente es importante; es importante su formación. Pero eso tampoco es una garantía de nada. Es un hecho, y esto es una cosa que hizo López Obrador: abrir el movimiento a toda la gente que está en contra del neoliberalismo. Y ha resultado bien. Por supuesto hay gente que falla, hay gente que se porta horrible, y esto implica que puede haber traiciones. Eso existe. Pero también […] eso te permite recuperar un montón de cuadros. Y la pregunta es: ¿qué haríamos en materia de seguridad si no tuviéramos a Omar García Harfuch? ¿Cómo hubiéramos hecho lo de CFE sin Manuel Bartlett, etc.?
Y del otro lado tienes a gente que viene de la izquierda probada, de la izquierda histórica, etc., que la impulsamos incluso nosotros para ciertos cargos, y que llegan al cargo y hacen cosas, se portan peor que la extrema derecha.
Mientras que el primer comentarista se encarga del frente “progre buena ondita” (que podemos llamar la nueva izquierda), el Fisgón arremete contra lo que llama la izquierda profesional de la derrota (que podemos llamar la vieja izquierda). Empleo las citas para dejar testimonio de estas declaraciones y el cómo representan a cabalidad la analogía de Morena con Gabriel en El castillo de la pureza.
En primer lugar, ambos coinciden en señalar que no se trata de perder los principios, ni de cerrar puertas a perfiles que sean controversiales. Sin embargo, ¿qué principios? El Fisgón responde al decir que el principio es oponerse al neoliberalismo; sin embargo, es difícil decir que Adrián Rubalcava se opusiera al neoliberalismo, como igualmente podemos decir de personajes como Manuel Velasco, Eruviel Ávila, el propio Partido Verde, o Pedro Haces.
En segundo lugar, ambos coinciden en acusar de purismo a los otros, mientras que ellos se asumen protectores y exégetas legítimos del programa obradorista; aquí es donde la analogía adquiere mayor claridad. Sus acusaciones de purismo y tibieza hacia quienes los critican desde las izquierdas por señalar sus incongruencias o traiciones, no son más que una forma de establecer una ortodoxia impoluta del obradorismo “realmente existente”. Las declaraciones del Fisgón, dada su centralidad como ideólogo del partido, son clave: se asumen la superación de una vieja izquierda profesional de la derrota porque lograron ser pragmáticos sin perder los principios.
Pero esos principios, sin embargo, son aquellos de la ocurrencia obradorista para justificar sus decisiones, no para validarlas. Por eso, las acusaciones de purismo resuenan de lo huecas que son: porque sólo buscan clausurar e invalidar cualquier cuestionamiento hacia la ortodoxia que intentan consolidar. En el camino de esta falsa consolidación “pragmática” no escatiman en mentir, engañar, reprimir y silenciar cualquier crítica o señalamiento que exponga la falta de proyecto y de principios, ya no digamos de cuadros o perfiles propios que no requieran ser cubiertos con nombres tan impresentables como los dichos previamente.
Como en El castillo de la pureza, el obradorismo se hincha el pecho de mantener castidad y rectitud moral al interior de su partido, una férrea disciplina ideológica que impide la sospecha ante sus doctrinas y sus decisiones. Así pretende proteger a su “movimiento” de las impurezas y las malas intenciones de ese mundo exterior que sólo busca romper con la pulcritud y la santidad de sus principios. En el camino, es capaz de construir las explicaciones más inverosímiles para justificar la llegada de gente que antes consideraban despreciable. En miras de un supuesto pragmatismo, en realidad son meras acciones sin ideas o valores que las guíen, es un mero oportunismo que convierte a la ortodoxia en una carta de buena conducta, en una indulgencia plenaria para partir una rebanada del pastel del poder.
Sin embargo, fuera del castillo, Morena se siente cómodo al participar, replicar y defender las cosas que pretende expurgar en su seno. No es realpolitik, mucho menos, como dije, pragmatismo, ya ni siquiera es praxis: lo que vemos es a un oficialismo confiado y ciego ante su control pleno de los poderes políticos, que es capaz un día, y otro también, de hacer realidad la máxima asociada a Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no les gustan tengo otros.” Bien harían en Morena en ver la película y poner atención al final de la historia: el exceso de confianza del padre lo lleva a cometer un error en la calle que le abre la puerta al temido mundo exterior; mientras que un error de la autoridad al interior de la casa cimenta la inconformidad y facilita que aquellos extraños del mundo exterior puedan perturbar la falsa paz de la casa.
La preocupación por la pureza al defender lo que consideran los principios del obradorismo es inútil si sus acciones se encargan de contradecir y minar cualquier validez que tengan. Promover al interior del partido a personajes que no sólo fueron parte de la oposición como Adrián Rubalcava, sino que operaron de manera abierta en contra del partido para que llegara al poder, sólo generará una inconformidad creciente al interior de las bases, quienes resentirán ser relegadas por estos perfiles. Hacia afuera, el exceso de confianza ante la falta de oposición que impugne sus acciones no significa que no haya un desliz por parte del propio gobierno (como lo muestra la relación con Estados Unidos y las controversias con la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar, por la revocación de su visa) que abra la puerta a que, por la presión externa y con las tensiones internas, Morena derrumbe su propio castillo de la pureza.
Armando Luna Franco
Estudiante de Doctorado en Ciencia Política en El Colegio de México