Porfirio Muñoz Ledo (1933-2023) fue un animal político excepcional en el doble sentido de la palabra. Los políticos profesionales no suelen ser buenos intelectuales. Las confrontaciones y negociaciones de la política y las premuras de la declaración pública o de las políticas del gobierno en turno no suelen llevarse demasiado bien con las reflexiones pausadas, sopesadas y a posteriori del quehacer intelectual. Y los intelectuales no suelen ser buenos políticos profesionales. La geometría de las ideas suele quedar descuadrada ante la contingencia inevitable de la acción y la lucha políticas del día a día. Muñoz Ledo fue un muy buen político y un muy buen intelectual. Cuando ejerció funciones públicas, fuera en el gobierno federal (Secretaría de Educación Pública, Secretaría del Trabajo y Previsión Social, Instituto Mexicano del Seguro Social), en el Congreso de la Unión (Cámara de Diputados y Cámara de Senadores) o en la dirección de distintos partidos políticos (Partido Revolucionario Institucional y Partido de la Revolución Democrática), Porfirio buscaba siempre justificar e ilustrar sus posicionamientos políticos del momento con reflexiones profundas y eruditas sobre la historia de México, los teóricos clásicos antiguos, modernos y contemporáneos de la Ciencia Política o el constitucionalismo mexicano y los debates legislativos. Y cuando asistía a ofrecer una conferencia en alguna institución de educación pública superior, dictaba cátedra en el Posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM o comentaba algún libro, siempre trataba de vincular el mundo (casi) perfecto de las ideas, las razones y las evidencias con los debates y posicionamientos concretos (e imperfectos) de la coyuntura política.

A diferencia de Platón que sostenía que la República debía ser gobernada por los filósofos guardianes, Cicerón planteaba la subordinación de los filósofos, creadores de dogmas y principios generales, a los políticos, diseñadores de leyes e instituciones. El trabajo intelectual, abusando de Cicerón, no se realizaría exclusivamente en los cubículos universitarios o en las redacciones de los periódicos o revistas literarias, sino se ejercería y perfeccionaría en las duras maderas de la política realmente existente. Porfirio combinó creativamente la teoría y la práctica: a sus pares de la política les ofrecía cátedras magistrales como preludio de sus iniciativas políticas y a sus pares de la academia los bajaba comúnmente de sus maravillosas pero estériles torres de marfil. Pensó a la República —su gran obsesión— en numerosos artículos periodísticos, ensayos y libros de autor o colectivos, pero también contribuyó directamente a construir desde distintas trincheras políticas algunos de sus principales pilares: división y separación de los poderes; supremacía del gobierno de las leyes sobre el gobierno de los hombres; justicia social como basamento del Estado democrático.
Con la muerte de Porfirio Muñoz Ledo, México pierde a uno de los políticos intelectuales o intelectuales políticos —el orden de los factores no altera el producto— más importantes del siglo XX. Su defensa del empleo y del salario como fuentes primarias de la justicia social; su insistencia en que las necesarias, pero insuficientes reformas electorales, debían de ser acompañadas en el México de finales del siglo XX y principios del XXI por una profunda reforma del Estado; su recordatorio del papel decoroso de la política exterior mexicana en el concierto de las naciones; su advertencia de que cualquier proyecto democrático y de izquierda tenía que recuperar lo mejor de las tradiciones socialista y liberal; son, entre otros, legados políticos, intelectuales y acaso morales que deben ser recuperados y también reformulados tanto en los círculos de la política como en los circuitos de las universidades y publicaciones de investigación y divulgación.
No quisiera terminar estas líneas de homenaje a Porfirio Muñoz Ledo sin recurrir a una anécdota personal. ¿Cuántas anécdotas se podrían contar alrededor de la figura de este inconfundible personaje de la política mexicana? En la LV Legislatura (1991-1994) trabajaba como asesor en la Comisión de Asentamientos Humanos y Obras Públicas de la Cámara de Diputados. En aquel entonces, Muñoz Ledo era Senador de la República por el naciente Partido de la Revolución Democrática. Recuerdo que en varias ocasiones las oficinas de las comisiones legislativas o de los grupos parlamentarios del Palacio Legislativo de San Lázaro solían, literalmente, vaciarse cuando Porfirio tomaba la palabra en las sesiones de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión. Nadie quería perderse las intervenciones en vivo y en directo del mejor tribuno mexicano del siglo XX. Y en efecto, no nos las perdíamos. Escuchar las intervenciones de Porfirio en las gradas o en los pasillos repletos de “la permanente” era soñar por un momento que el gran Cicerón había renacido en México. Un mensaje de Porfirio —cual si fuera estrella de rock— bien valía un portazo legislativo. Descanse en paz.
Sergio Ortiz Leroux
Doctor en Ciencia Política por la Flacso-México. Profesor investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel I). Integrante del Grupo de Investigación de Teoría y Filosofía Política de la UACM.