Narconarrativa y realidad: camino de ida y vuelta

A Alejandro Hope, in memoriam.
Por las convergencias y las divergencias. Por el debate que seguirá animando.

El sábado 7 de enero de este 2023, transcurridos apenas dos días del llamado “segundo culiacanazo”, la reportera de una cadena televisiva de no poca ascendencia entre la población hispanoamericana de Estados Unidos, me buscó para entrevistarme sobre los hechos ocurridos el jueves inmediato anterior en la capital sinaloense. Lo primero fue soltar la pregunta a bocajarro: “¿La sociedad de Culiacán está decepcionada y hasta molesta con el cártel que, por segunda ocasión, sitió su ciudad y la sumió en horas de caos violento, terror e incertidumbre?”. De inmediato le respondí que esa pregunta parte de supuestos inasibles, de clichés y estereotipos. Para entonces yo había empezado a leer el libro Los cárteles no existen de Oswaldo Zavala (México, Malpaso ediciones, 2018), y convenía en que tal designación no tiene una correspondencia literal con la realidad extralingüística —como diría el precursor Reinhart Kosselleck— de la actividad delincuencial.

Pero no sólo eso, la pregunta me incomodó también porque, a diferencia del primer culiacanazo en el que los medios destacaron el poder del narco como fuerza armada y hasta terrorista (ese 17 de octubre de 2019 Ovidio Guzmán fue liberado), ahora se daba por sentado que la sociedad local ha sido cómplice de las prácticas criminales y, de algún modo, se ha desencantado, ha perdido la confianza en aquellos en los que la había depositado durante décadas, a saber: el cártel; es decir, el “cártel de Sinaloa”. Más allá de la utilización convencional de la excesiva palabra, esto no es cierto. Como en muchas otras partes, en lugares como Culiacán hay gente involucrada en las redes criminales desde su investidura civil o hasta profesional, en significativas franjas de la población se escuchan narcocorridos, se consumen narcoseries y demás productos denominados con la ya famosa apócope, pero la generalización nos conduce a la entelequia: ¿qué es la sociedad culiacanense? En esa ciudad de un millón de habitantes, hay más instituciones de asistencia privada y organizaciones no gubernamentales que en Hermosillo, Chihuahua, San Luis Potosí o Aguascalientes, centros urbanos de similares dimensiones poblacionales, y no por eso estamos autorizados a generalizar diciendo que tenemos una sociedad civil fuerte y participativa. Esas son declaraciones retóricas y hasta demagógicas, unas y otras, tanto de políticos en busca de popularidad como de periodistas en busca de “lo noticioso”, en el mejor de los casos. Pero hay más que eso.

Esta es solamente la punta del iceberg de una metarealidad y, ciertamente, hay mucho más que eso, porque como lo muestra, acudiendo a fuentes de muy diverso tipo, el mismo Oswaldo Zavala en La guerra en las palabras. Una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), la naturalización de ese sublenguaje, tan vigente y operativo, tiene su historia y puede ser abordada, en efecto, como una historia intelectual: una historia de las palabras, esos “significantes flotantes” con significados móviles, y su relación con contextos espaciales y temporales, con intereses y propósitos ubicables a partir de este rastreo. Oswaldo Zavala ha desmontado la construcción narrativa que, desde los aparatos de seguridad nacional, especialmente después del asesinato del agente Enrique Camarena en 1986, creó vocablos como “cárteles” para fijar la atención en un enemigo localizable, es decir, nombrable, y así continuar la prolongada “guerra contra las drogas” (la War on Drugs en Estados Unidos desde tiempos de Richard Nixon) hasta su versión mexicana de “guerra contra el narco” desde 2011 con el presidente Felipe Calderón, y que, más allá del fraseo de los “abrazos, no balazos”, continúa con el gobierno actual, acaso reforzada con el propósito (frustrado por el momento, y a estas alturas eso supone una mera formalidad) de poner a la Guardia Nacional bajo el mando de los militares.

Es cierto que esa narconarrativa, como la llama el propio Zavala, ha tenido éxito. Los medios de comunicación, el periodismo, buena parte de la academia, la industria editorial y alguna literatura omnipresente en las mesas de novedades, algún cine, alguna música y algunas series de televisión muy vendedoras, le han dado una extraordinaria resonancia. Las propias políticas de seguridad se han sustentado en esta metarealidad reforzada, hace unas semanas, con la renovada iniciativa de los senadores republicanos estadunidenses de declarar a “las organizaciones y sindicatos criminales notorios, agresivos y despiadados” como terroristas: “Designar a estos cárteles como Organizaciones Terroristas Extranjeras cambiará las reglas del juego. Pondremos a los cárteles en el punto de mira y perseguiremos a quienes les brindan apoyo material, incluidas las entidades chinas que les envían productos químicos para producir estos venenos”, dijo el 29 de marzo de 2023 Lindsey Graham, senador de Carolina del Sur. Nuevas designaciones y nuevos territorios para la punición, avanzando, como siempre ha ocurrido, aunque cada vez de manera más declarada, hacia la geopolítica, lo que algo nos debería decir acerca de la diferencia de intereses que-debería-estar-clara, en torno a este tema de la agenda bilateral, entre México y la vecina potencia del norte.

La investigación de Zavala, recorre el “arco histórico” que va desde el prohibicionismo de las primeras décadas del siglo XX y la incorporación subordinada del tema de las drogas a la lógica de la Guerra Fría, siempre tratado como un asunto doméstico que había que combatir junto con las guerrillas y los intentos de desestabilización del mundo occidental por parte de los “enemigos de la democracia y la libertad”, hasta su puesta en valor en el discurso de la seguridad nacional y sus correlatos en la producción mediática y de un cierto mainstream muy efectivo. Insisto: la lectura que ha hecho Oswaldo Zavala es reveladora de los alcances aclaradores de la deconstrucción lingüística vinculada a la revisión del “arco histórico” de sus realidades creadas, pero por lo mismo, como se ha observado casi siempre a la historia intelectual, hay también lo extralingüístico. Cosa que, desde luego, Zavala asienta con toda puntualidad cuando fija los límites de su investigación, y cuando descubre algunas de las intenciones del copamiento militar con fines extractivistas de recursos naturales o de identificación de una población “superflua” (los sacrificables laboratores de la actividad “prohibida” o, simplemente, la gente jodida, prescindible, la que vive en zonas donde se producen o trafican drogas, aunque nada tenga que ver con eso, o la que es despojada de sus posesiones, vidas y bienes con propósitos estrictamente económicos en la era neoliberal). Agrego por mi parte que, junto con este novedoso y productivo enfoque, desde la historia sociocultural, desde la sociología y la antropología interpretativas, puede contribuirse a la explicación y comprensión, esta vez “desde abajo” (History from Below, de acuerdo con la expresión de Edward P. Thompson), de la abigarrada realidad de la producción y tráfico de drogas, tan eficazmente construida como una estrategia discursiva de seguridad nacional.

En un ensayo-reportaje llamado simplemente “Badiraguato”, la antropóloga Adèle Blazquez ha puesto de relieve algo que a la “narconarrativa” de que habla Zavala le ha pasado de largo, algo que no forma parte de su búsqueda de una inducción de realidades a través de las palabras. Más allá de la internalización de la narconarrativa que muestra a las autoridades de ese municipio orgullosas de presumir su relación con los “jefes de jefes” (otra voz que tiene su historia y que Zavala revisa) originarios de la “cuna del narcotráfico”, lo cierto es que la dinámica extractiva y de explotación de zonas y poblaciones que, después de la construcción de obras como la presa Adolfo López Mateos (inaugurada en 1964), y poco más tarde con la Operación Cóndor (más de 2000 comunidades y rancherías arrasadas por la acción militar), dio lugar al desplazamiento de las familias campesinas a los valles o a las ciudades. Gente que perdió su horizonte de vida, que literalmente llegó con una mano detrás y otra delante, y cuyos hijos engrosarían en los setenta del siglo XX las filas del radicalismo político o de la propia actividad delincuencial en la región (César López Cuadras ha recreado esas historias en la narrativa e Iliana Padilla Reyes ha empezado a hacerlo en la investigación social).

Vuelvo, en este mismo sentido, a los culiacanazos, citando al historiador y poeta culichi Iván Rocha en el prólogo de un libro que pronto aparecerá: “El significante culiacanazo pesa porque alude al estereotipo, a la narconarrativa que ha tramado el relato de los orígenes del crimen organizado en nuestro país. Relato que tiene a la región de Sinaloa como uno de sus principales escenarios. Entre muchos culichis, sin embargo, aquellos episodios se recuerdan de otra manera, con una designación que habla, más bien, del rasgo oscuro, doliente, de la violencia del narcotráfico y el Estado o los gobiernos; que alude al miedo, al dolor, a la incertidumbre que hizo presa de ellos al calor de los sucesos: para muchos culiacanenses, esos acontecimientos se recuerdan no como los culiacanazos, sino como los jueves negros de Culiacán”.

Y como éste, pueden sugerirse muchos otros ejemplos. Cuantificables algunos en estadísticas e interpretables otros como vidas abruptamente interrumpidas (los desaparecidos con su fatigada y terrible numeralia, con sus historias pendientes de nombres y apellidos, la historia de personajes como “El Pirata de Culiacán”y tantas más). Porque existe la narconarrativa elaborada desde el poder y, por supuesto, existe también el narcotráfico real, su dimensión económica y sus representaciones desdobladas en acción punitiva, en prohibiciones, en prácticas y sujetos de lo delincuencial, en asentimientos colectivos tácitos o explícitos, en zonas liminares de lo público legal y lo privado ilegal, en víctimas que son victimarios y viceversa. Existen, cubiertos por las capas de la retórica de la seguridad nacional y la búsqueda de lo noticioso, cruentas e invisibles tragedias privadas, moleculares, y, si bien se aprecian, dramas sociales recubiertos de simulada resiliencia inducida, ocultos por la casi explícita resignación de la gente que los ha vivido y los sigue viviendo.

Deconstruir la narrativa histórica desde arriba, eso es necesario. Dar cuenta de sus consecuencias desde abajo, eso no lo es menos.

 

• Zavala, O. La guerra de las palabras, una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), México, Debate, 2020.

 

Ronaldo González Valdés
Ensayista, su último libro publicado es George Steiner: entrar en sentido, Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021. Este año aparecerá su libro Culiacán, Culiacanes, Culiacanazos.

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Publicado en: Política