“Soy emo, ¿y qué?” se leía en decenas de cartulinas en la Glorieta de Insurgentes el sábado 14 de marzo de 2025. Bajo el semi-domo de jacarandas, dos enormes carteles de Beyoncé vistiendo Levi’s, y una exposición permanente “que muestra los aportes de las mujeres y da voz a su pensar”, cientos de autodenominados emos, híbridos de emos y punks, e incluso algunos furries emergieron en masa de una escalera subterránea.
“Yo me baso en la apariencia / Con placer y sin conciencia / Esperando que algún día / Tu atención fijes en mí / Es por eso que ahora visto así / Quiero ser elegante y estilero hasta el fin / No podré proyectarlo; me lo tengo que creer”, gritaban los asistentes, como lo hiciera José Madero, vocalista de la banda de rock PXNDX, hace casi 20 años. Con cabello rosa mexicano, medias estilo Jack Skellington, jeans ajustados, flecos que cortan la cara a la mitad, camisetas de bandas legendarias y mucho, mucho delineador, los emos tomaron la Glorieta de Insurgentes con un júbilo digno de una fiesta patria —porque para esta subcultura, relegada al mito nacional, lo era.
El peregrinaje conmemorativo comenzó enfrente de Bellas Artes a la 1:00 pm y recorrió Avenida Juárez y Reforma hasta llegar al punto de encuentro. En vez de cargar estandartes de la Virgen de Guadalupe, los emos ondeaban banderitas blancas con dos caricaturas rodeadas por corazones morados que decían “MARCHA EMO” y “emo love”. Yo alcancé al grupo en la Glorieta de Insurgentes, portando nada más y nada menos que un gorro de pescador y un atuendo neutro, no sé si haciéndome pasar por periodista o nómada digital de la Colonia Juárez.
Mientras deambulaba por el foro, tomé refugio del sol junto a partícipes en la sombra de los locales que venden lencería exótica. Desde ahí, se podía observar un humo morado cubriendo la explanada y escuché los adoloridos cantos de los asistentes que sobrepasaban el volumen del sistema de sonido clandestino, apenas sostenido por pequeñas bocinas bluetooth que apuntaban hacia el cielo. En este buffet de curiosidades, rodeada de cientos de cartulinas con la declaración casi antagonista, “Soy emo, ¿y qué?”, me era imprescindible entender: ¿qué es un emo en el año 2025?
Algunas respuestas que encontré en mi paso por esta marcha:
“Ser emo es una estética en contra de lo que es normal”, comentó Noa, de 17 años.
“[Ser emo] es abrazar la vulnerabilidad emocional”, dijo Adriana Campos, de 21 años.
“[Ser emo] es adaptarse a pasarla mal”, declaró entre carcajadas Jesús, de 32 años, luego de que lo entrevistara el programa Venga La Alegría de TV Azteca.
El “emo”, como concepto, sensibilidad o individuo, ya no es un neologismo dentro de nuestro léxico popular. Todo lo contrario: el emo es un ícono de nuestra historia capitalina, sujeto a millones de memes, monografías, capítulos de La Rosa de Guadalupe, e incluso a un episodio del podcast Radio Ambulante, entonces producido por National Public Radio (NPR).
La historia comienza así: el 16 de marzo de 2008, cientos de emos convocaron a un mitin en la Glorieta de Insurgentes, en el centro de la Ciudad de México. Semanas antes, en redes sociales como Facebook y Myspace (QEPD), un grupo de rockabillies, punketos y góticos amenazaron con infiltrarse en la reunión y agredir a los emos. Esta intimidación digital no desalentó a los emos, quienes se presentaron con orgullo en el foro designado y enfrentaron a sus agresores.
A pesar de compartir espacios –como la misma glorieta– modas e incluso gustos musicales, los rockabillies, punketos y góticos tenían un problema con los emos. “Nosotros estamos en contra de los emos”, le dijo un punketo a una presentadora de televisión ese día en la glorieta. “[Los estamos atacando] porque nos están copiando nuestro estilo.” Como podía esperarse, una banda de punketos y simpatizantes llegó a la glorieta lista para pelear. Un emo lanzó el primer cinturonazo y de ahí se desataron golpes y botellazos. Alrededor de cien policías se desplegaron. Como si fuera una broma o una película surrealista, los únicos que pudieron apaciguar la situación fueron un grupo de Hare Krishnas, quienes abrieron paso entre la multitud con tambores y cantos.
Gabriel, de 36 años, estuvo en la Glorieta ese día, representando al bando emo. Este último sábado, llevaba puesta una camiseta con el famoso meme en el que una fotografía de emos reemplaza la obra de Antonio González Orozco sobre Benito Juárez, que aparece en la portada del libro de Historia de la SEP de quinto año de primaria. Gabriel es uno de esos emos atrapados dentro del marco naranja. Aunque Gabriel ya no es emo a tiempo completo y no está muy al tanto de las actividades del nuevo movimiento –la mayoría de cuyos miembros ni siquiera habían nacido en el 2008– recuerda con cariño las tardes de su juventud y describe al grupo emo de aquella época como una ‘hermandad’, un grupo de “adolescentes perdidos” que se “abrazaban”. “Para mí, ser emo siempre va a ser sinónimo de ser real”, me comentó.
Al otro lado de la Glorieta, una pareja y su hija sostenían un cartel que decía “¡Ser familia emo es lo máximo!”. Visten atuendos coordinados: medias de red, camisetas de rayas y un vestido con estampado de ajedrez. Mariana, ahora de 25 años, fue a la primera marcha emo en 2008 con su padre cuando tenía apenas 8 años. Ahora, Mariana llevó a su hija, Melanie, de 9 años, para compartir esta experiencia familiar. A su alrededor, adolescentes y treintañeros vestían casi igual, como si las imágenes del primer encuentro (que hemos visto cientos de veces en Instagram) cobraran vida. Lo único que indicaba el paso del tiempo era la chamarra de un hombre que decía “no fue una fase, mamá”.
El carnaval emo de 2025 no parece ser subversivo, y la insistencia de los propios emos en denominarse así roza lo anacrónico, parece un tanto cursi. Pero recuerdo cuando un emo era considerado persona non grata. En ese entonces, el emo causaba cierto pánico moral al desfilar con su estética por las principales arterias de lo que fue el Distrito Federal. Su maquillaje y peinados no eran los mismos que solían verse en el Tianguis Cultural El Chopo o en las filas de conciertos de The Cure.
De hecho, el emo inspiraba miedo debido a su impulso casi suicida (cortarse las venas) y la incomodidad que causaba su presentación ambigua de género: hombres delineados con el pelo planchado y mujeres en atuendo fantasmagórico, casi drag. Su sensibilidad no provenía de bandas canónicas como The Clash, para los punks, o de las oscuras como Cannibal Corpse, sino de agrupaciones como Allison y División Minúscula en México, y My Chemical Romance o Taking Back Sunday en Estados Unidos, bandas de pop con aspiraciones semipoéticas. El emo también nació en internet, como un movimiento digital, maleable y sujeto a influencias internacionales que amenazaban a las subculturas musicales que ahora asociamos con México: desde el sonidero hasta Morrissey.
La identidad emo, como otras subculturas, se construye por medio de signos compartidos que sólo los miembros del grupo pueden interpretar de forma absoluta. Desde la vestimenta, pasando por las referencias musicales, hasta los gestos emotivos, cada elemento funciona como un código que distingue a sus integrantes dentro de un mundo que a menudo los malinterpreta o margina. Por ejemplo, en las primeras páginas de la novela cuasi-autobiográfica de 1949, Diario del ladrón, el escritor francés Jean Genet describe el momento en que un tubo de vaselina fue confiscado por la policía española durante una redada. Este objeto, “sucio” es al mismo tiempo el garante de su homosexualidad ante el mundo. La vaselina se convierte en un símbolo inextricable de su identidad “subcultural”.Según el historiador cultural Dick Hebdige, Genet comprometió su vida y arte a explorar las cualidades subversivas del estilo. En su libro Subculture: The Meaning of Style, Hebdige cita esta escena de Genet para ilustrar cómo el estilo subcultural (“formas expresivas y rituales de grupos subordinados”) puede percibirse como una amenaza al orden público o como un objeto para descartar, denunciar o incluso canonizar.
Después de casi dos décadas de estigmatización, el emo mexicano hoy en día vive su arco canónico. La apertura en la capital hacia grupos “distintos” es mayor que en 2008. En la Glorieta de Insurgentes, Gerardo, de 19 años, me dice que se autodenomina emo y punk: “me llama mucho la atención el movimiento”. Noa, de 17 años, insiste en que está allí para demostrar que “los emos no están muertos”. Ni Gerardo ni Noa vivieron el enfrentamiento de 2008, pero lo heredan como posmemoria: escenas, imágenes y residuos emocionales que tienen el potencial de moldear la identidad e incluso el sentido de pertenencia cultural.
Esta posmemoria no sólo vive en los simpatizantes de los bandos que participaron en la batalla épica de 2008; es, en esencia, un tótem de nuestra historia cultural. Hace apenas unas semanas, el emo alcanzó estatus icónico por medio de nuestro complejo de entretenimiento más importante. Por segunda vez, la figura emo fue protagonista de un episodio de La Rosa de Guadalupe. En esta ocasión, la misma adolescente que alguna vez fue emo en la misma serie ahora es madre. La tensión central de este episodio surge cuando su hija descubre su pasado emo, lo que desata una reacción catatónica. Como en todos los episodios de La Rosa de Guadalupe, la catarsis llega gracias a una intervención milagrosa. El emo no sólo está vivo – es parte del multiverso de una de las series más populares en Latinoamérica.
El recuerdo y las referencias también se mantuvieron vivas en la marcha. A las 3:30 pm, se desató el primer mosh pit al ritmo de “Cute Without The E” de Taking Back Sunday. Minutos después, alguien comenzó a lanzar botellas de plástico y cajas de pizza Little Caesar, recreando una escena familiar. En este caso, no fue un enfrentamiento ni hubo agresores: es casi un performance. En la periferia del torbellino humano, un miembro del grupo Hare Krishna circunvala el interior de la glorieta. Cuando me acerco para entrevistarlo, me responde con un gesto. Está cumpliendo un voto de silencio.
Vita Dadoo
Periodista independiente. Escribe sobre cultura y migración.
