Nobel de Economía 2025: la pesquisa por el crecimiento

Es usual que el premio en Economía que entrega la Real Academia de Ciencias de Suecia en memoria de Alfred Nobel (conocido como el Nobel de Economía) distinga a especialistas de campos muy variados dentro de la disciplina. Cada año se nota más o menos bien la diferencia entre las preguntas que los laureados tratan de responder. A veces parece que se le dedica un año a la microeconomía y otro a la macroeconomía, este año con una perspectiva cuantitativa, aquél con un énfasis teórico, etcétera.

Este año lo primero que llamó mi atención sobre la decisión del comité es que la pregunta nuclear en el trabajo de los galardonados es, de fondo, la misma que el año pasado: ¿cuáles son las causas del crecimiento económico?

Acemoglu, Johnson y Robinson fueron premiados en 2024 “por sus estudios sobre cómo se forman las instituciones y afectan a la prosperidad”. Este año se reconoce a Molkyr, Aghion y Howitt por su trabajo alrededor de la influencia que el progreso tecnológico y la destrucción creativa tienen sobre el crecimiento económico sostenido.

Tal vez la decisión se deba, al menos en parte, a que las economías avanzadas de occidente se han rezagado en crecimiento con respecto a Asia desde hace un par de décadas. Y con ello la situación política se ha vuelto más difícil, por decir lo menos. Desde luego que el malestar en Europa y Estados Unidos es complejo, pero nunca podemos descartar a la economía del panorama.

Es probable también que, en las condiciones actuales, este premio obedezca a las agendas de las nuevas políticas industriales más arrojadas, a políticas comerciales proteccionistas y al muy acelerado cambio tecnológico que ocurre frente a nosotros con el desarrollo de la inteligencia artificial y el análisis de cantidades masivas de datos. En cualquier caso, resulta valioso que una vez más se reconozca el trabajo sobre crecimiento económico, que en las agendas de investigación ha vuelto con fuerza luego de un par de décadas con menos atención, sobre todo comparándose con los últimos veinte años del siglo XX.

Cualquier profesor de macroeconomía presenta, en las primeras sesiones de su curso, algunos hechos estilizados del desempeño económico. Y es casi seguro que muestre una gráfica, real o inventada, en la que se ve una línea que oscila y tiene una tendencia a la vez. Con ella, este profesor dirá algo como: “La macroeconomía tiene al menos dos preguntas fundamentales, una sería por qué ocurren los ciclos económicos: los auges, las recesiones, las depresiones, etcétera. La otra es por qué las economías crecen”.

Con el paso de las décadas y los siglos la segunda pregunta ha encontrado respuestas muy diversas. Para muestra están precisamente los premios Nobel 2025, pero también el que se otorgó en 2019 a Paul Roemer, sobre cuyo trabajo los mismos Mokyr, Aghion y Howitt construyeron el suyo. En el eje del trabajo de estos economistas se halla al conocimiento como un ancla del crecimiento económico.

Todos ellos, y muchos más, son herederos a su vez de Joseph Schumpeter. Uno de los economistas más relevantes de la historia del pensamiento económico, a quien se conoce principalmente por el popular concepto y teoría de la “destrucción creativa”, según el cual, las oleadas de innovación que crean nuevas tecnologías de producción reemplazan las previas, y junto con esas disrupciones viene el desarrollo de más productos y tecnologías. El vehículo de combustión interna sustituyó a las carretas de caballos, la computadora a la máquina de escribir, la bombilla a los quinqués, etcétera. La siguiente imagen, que refleja la parte creativa de este proceso, fue publicada en la cuenta de oficial del Nobel en X.

En su libro The Theory of Economic Development (1934), Schumpeter ya hablaba de que la tecnología, que en sentido económico sería la forma en que se combinan materiales y fuerzas (medios) para producir bienes o servicios, puede cambiar mediante pequeños pasos, pero su desarrollo depende en lo fundamental de la innovación y la disrupción. Estas se presentan por medio del desarrollo de nuevos productos, nuevos métodos de producción, la apertura de nuevos mercados, la conquista de nuevas fuentes de materiales e insumos y la nueva organización de la industria.

En el artículo “A Model of Growth Through Creative Destruction”, que desarrollaron Aghion y Howitt en 1992, retoman ese proceso schumpeteriano. Lo conciben mediante un sector que se dedica a la investigación y desarrollo, de tal forma que el crecimiento económico depende del tamaño de las innovaciones, de la fuerza laboral especializada (lo cual apunta al sector educativo) y la productividad de la investigación.

En la introducción del artículo dicen algo muy relevante en nuestros tiempos: “hay muchos canales por los que las sociedades acumulan conocimiento, incluyendo educación formal, capacitación laboral, investigación científica básica, aprender haciendo [la experiencia], la innovación en procesos y la innovación en productos. Este artículo examina [el canal] de las innovaciones industriales que mejoran la calidad de los productos […] Este canal introduce el factor de la obsolescencia”.

Basta ver la sección de negocios de cualquier periódico, las revistas especializadas, los reportes de think tanks, los anuncios de gobiernos relacionados con el fomento de la triple o la cuádruple hélice, o los esfuerzos renovados de política industrial en todo el mundo, para ver con claridad que la carrera por la innovación está al centro de la carrera económica de nuestro siglo.

Esta competencia en la innovación se relaciona con la búsqueda de rentas monopólicas. Si las grandes empresas tecnológicas invierten cantidades de dinero que parecen diluvios bíblicos, es porque esperan retornos igual de sustanciosos. Esto se puede analizar desde las objeciones que los estudiosos de la desigualdad presentan, a veces con justicia y otras con un espíritu ludita, pero no se puede perder de vista que, como dijo Joel Mokyr, el holandés egresado de Yale y ahora laureado con el Nobel de Economía en un diálogo en 2015, “de algunas formas, la tecnología es un gran igualador, y en esa perspectiva, pocas cosas han cambiado tanto el mundo en desarrollo como el teléfono celular”.

Condenar la tecnología por algunos de sus efectos o convertirnos en optimistas ingenuos no parecen lecciones que provengan de los encumbrados Mokyr, Aghion y Howitt. Más bien, en la riquísima tradición schumpeteriana y como sabe un buen jugador de ajedrez, hay que entender que mover un peón hacia adelante conquista nuevos horizontes, pero deja un hueco en los espacios antes ocupados.

Jesús Carrillo

Ingeniero y economista.

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Publicado en: Economía