“Puse mi corazón, mi alma, mi cuerpo, mi familia, mi todo
en la línea por ganar el oro olímpico a los 37 años de edad.
Finalmente lo conseguí”.
—Novak Djokovic
Después del triunfo arrollador de Carlos Alcaraz sobre Novak Djokovic en la final de Wimbledon de este año, un youtuber español pronosticó la inminente jubilación del tenista serbio: “Alcaraz va a retirar a Novak Djokovic en los Juegos Olímpicos”, señaló entusiasmado. Nadal se había quedado fuera de la lucha por la cima del Olimpo, y los fanáticos peninsulares, dolidos y frustrados, buscaban una revancha. Ponían ahora sus esperanzas en el joven murciano, el wunderkind del tenis contemporáneo. No sólo esperaban que Carlitos ganara la batalla por el oro; anticipaban, con un júbilo desmedido, la humillación de Nole en París y su destierro definitivo.
Esa agitada atmósfera era parte de la enésima ola anti-Djokovic que había surgido, esta vez, en su partido de octavos de final contra Holger Rune en Wimbledon un mes atrás. El serbio había recibido continuos abucheos que le parecieron totalmente injustificados. Era obvio que el establishment del tenis seguía sin perdonarle el haber puesto punto final al cuento de hadas que habían protagonizado por años Roger Federer y Rafael Nadal. El mundo de ese deporte, con el suizo y el español ahora de sofisticadas comparsas, parecía mucho menos glamoroso. El villano del cuento había prevalecido. Su entronización, sin embargo, seguía postergándose, y había quienes apostaban por un tropiezo que abollara de manera definitiva su corona. La resiliencia del nativo de Belgrado, sin embargo, se impondría, y en los Olímpicos les daría a sus tenaces difamadores una nueva y, al parecer, definitiva lección.
Djokovic había tenido un 2023 formidable. Se había llevado tres Grand Slams (Australia, Roland Garros y el US Open) y el Torneo de Maestros, y había recibido el Premio Laureus al deportista internacional del año por quinta ocasión. Después de ganar en la tierra batida francesa, además, había superado por fin a Nadal en la lucha por el mayor número de grandes torneos, hazaña que consolidó ganando el US Open unos meses después. Los fanáticos se rendían a sus pies. Parecía que se convertiría, finalmente, en el respetado e indiscutible rey del tenis. Pero aquella tregua duró muy poco. Los acres instintos de sus miles de detractores volvieron a emerger.

Nole llegó a Wimbledon 2024 después de un inicio de temporada fatal. Perdió en semifinales en el Abierto de Australia contra Jannick Sinner en cuatro sets. En Indian Wells perdió en la primera ronda con Luca Nardi, 123 del mundo, en sets seguidos. En Monte Carlo cayó en la semifinal contra Casper Ruud. Finalmente, en Roma, uno de sus torneos favoritos, sucumbió en dos sets ante el chileno Alejandro Tabilo.
Con pocos partidos jugados en el año, Nole arribó a Roland Garros con una postura más bien humilde, “[…] con bajas expectativas y altas esperanzas.” Llegó a cuartos de final y dejó en el camino a Herbert, Carballes Baena, Musetti —con quien se fue a cinco sets— y Cerúndolo. Lamentablemente, en este último partido sufrió un desgarro del menisco medial en la rodilla derecha que lo obligó a retirarse del torneo. Al día siguiente lo intervinieron quirúrgicamente. La operación fue un éxito, pero su participación en Wimbledon se puso en entredicho ya que la recuperación de una lesión de este tipo suele tomar por lo menos un mes.
A los nueve días de operado, sin embargo, Djokovic reapareció en el gimnasio haciendo bicicleta y después ejercicios para fortalecer el cuadriceps, el músculo que se encarga de estabilizar la rótula y la articulación de la rodilla durante la marcha. Se declaraba confiado en que podría participar en el Grand Slam británico, que ya había ganado en siete ocasiones. A los seguidores del serbio no les sorprendió la noticia. Pocos deportistas en el mundo cuidan tanto su cuerpo como él y era lógico que eso lo ayudara a una pronta recuperación. Los frutos de esos cuidados y un riguroso entrenamiento han sido enormes: una gran resistencia, una flexibilidad extraordinaria, una capacidad de reacción única y una movilidad insuperable. “Nadie se mueve en este negocio como él,” afirmó el tenista canadiense Greg Rusedski.
La excepcional condición física de Djokovic es producto de una dieta especial y una rutina de trabajo variada y poco convencional. La dieta que cambió su vida excluye el gluten y se describe en detalle en su conocido libro Serve to Win. The 14 day gluten-free plan for physical and mental excellence. Es una dieta rica en verduras, judías, garbanzos, lentejas, algas, tofu, fruta, frutos secos y semillas. El día lo empieza con un vaso de agua caliente con limón —que, según el serbio, ayuda a desintoxicar su cuerpo—, seguido de un jugo de apio. Hace mucho dejó de consumir carne roja por el enorme esfuerzo que exige su digestión. También ha ido abandonando el pescado. No bebe alcohol, ni siquiera vino.
A su rutina de entrenamiento ha incorporado el yoga, el tai chi, la meditación y los ejercicios de mindfulness o conciencia plena, incluyendo la respiración consciente. Muchos atribuyen la enorme capacidad de focalización y concentración de Nole a estos ejercicios. Podría incluso afirmarse que buena parte de su éxito es producto de haber incorporado a sus entrenamientos una amplia gama de hábitos y técnicas new age. Pero sería ingenuo pensar que utiliza esas prácticas como simples técnicas. La verdad es que el serbio es un ser humano profundamente espiritual.
El plan de recuperación de Djokovic buscaba garantizar su participación en el Abierto británico y había razones para ser optimistas. En 2021, también en Roland Garros, Taylor Fritz había sufrido una lesión idéntica y se había visto obligado a retirarse y pasar por el quirófano. Un mes después pudo jugar en Wimbledon. “Cuando a mi me pasó, no podía ni andar,” señaló, “pero muy pronto recuperas la fuerza. Lo más importante es la inflamación, y si puedes reducirla y jugar, puedes volver a competir”.
Aunque la rehabilitación de Nole fue exitosa, algunos consideraban imprudente su regreso inmediato. Pensaban que podría recaer y comprometer su participación en los Olímpicos o incluso sufrir un daño mayor que podría poner en peligro su carrera. Pero él insistió y llegó puntual a la cita con la hierba.
Dados los antecedentes inmediatos, su paso por Wimbledon este año no puede considerarse sino extraordinario: llegó a la final y en el camino venció a jugadores de la talla de Popyrin, Rune y Musetti. Pero Carlos Alcaraz estaba jugando a un altísimo nivel y la final pareció un mero trámite para el español. No sólo venció al serbio en sets seguidos, sino que lo borró de la cancha. El propio Nole no tuvo más que reconocimientos para el murciano: “Fue un mejor jugador de principio a fin. Salió a la cancha con un tenis de mejor calidad que el mío. Así de simple. Varió muchísimo su juego y sirvió como nunca. Me superó en todo”.
Es importante señalar que Djokovic llegó a esa final desconcertado por el comportamiento de un sector del público que lo abucheó sin razón desde el partido con Rune en los octavos de final. A mitad de ese partido se empezó a escuchar un “buuuuuu” inquietante, incluso en puntos que en condiciones normales no hubieran generado una reacción del público. Ese grito surgió de lo que al principio del partido era un “Ruuuuuu” en apoyo al jugador danés. La reacción de Djokovic no se hizo esperar. Al final del encuentro, en la entrevista en cancha, se dirigió a sus infamadores:
A los aficionados que se comportaron con respeto y que estuvieron aquí esta noche, gracias mil desde el fondo de mi corazón. A los que le faltaron el respeto a un jugador, en este caso a mi, les deseo buuuuuuenas noches.
El entrevistador, en un intento conciliador, le aseguró que simplemente estaban apoyando a Rune, pero Nole le reviró:
No acepto esa excusa. He estado más de veinte años en el circuito y conozco todos los trucos. Estaban apoyando a Rune, pero aprovecharon para faltarme el respeto.
Algunos quisieron minimizar el hecho, acusando a Djokovic de exagerar los acontecimientos. Otros entendieron que la absurda y extendida animadversión hacia Nole seguía viva y que era muy difícil luchar en contra de esa corriente de resentimiento. Uno de los que sacó la cara por el serbio fue, otra vez, John McEnroe. En una entrevista para la BBC al día siguiente del partido contra Rune declaró:
¿No creen ustedes que a Djokovic le han faltado al respeto en por lo menos 100 partidos en los últimos 10 a 15 años por el simple hecho de que es muy bueno? ¿Qué es lo que ha hecho mal? Mencionen una sola cosa. ¿Querer ganar? ¿Competir como nadie lo ha hecho en este deporte? ¿Es su aspecto? ¿De dónde viene? Es como Darth Vader cuando se le compara con los otros dos clásicos modelos del tenis, Rafael Nadal y Roger Federar. ¿Quién se puede comparar con ellos en términos de lo que han traído a la mesa? Nadie. Y de pronto este tipo, Djokovic, echa a perder la fiesta. ¿Por qué no darle el respeto que se merece? Él es, con mucho, quien ha soportado el mayor nivel de agresión y por eso debe considerársele el más grande de la historia.
El clima previo a los Olímpicos en el mundo del tenis estaba de lo más agitado. Mucha gente anticipaba ya el cambio definitivo de guardia. Djokovic no sólo había sucumbido frente al talento y el poderío de Alcaraz en Wimbledon; parecía que su físico ya no le estaba respondiendo. Era claro que muchos querían dejar atrás lo más pronto posible la era del serbio y se agarraban de lo que fuera para anticipar su ocaso definitivo. Peró él se resistía y se defendía frente al embate de los medios:
Mucha gente no está contenta con que siga entre los mejores, así que estarán deseando que se produzca ese relevo. Obviamente, cuanto más importante es el torneo que pierdo, mayor es la resonancia mediática. Hay quien ni siquiera ha estado cerca de ganar títulos de Grand Slam y hace estas aseveraciones. En fin, a las palabras se las lleva el viento.
El favorito indiscutible en los Olímpicos de París era el joven murciano. Los diarios españoles lo pregonaban sin recato: “Carlos Alcaraz el gran favorito para colgarse el oro que le aúpe al olimpo del tenis mundial en los Juegos de París”. Sinner había anunciado su retiro por una amigdalitis y Djokovic llegaba de capa caída y con una lesión que podría convertirse en un serio obstáculo en la arcilla francesa.
Los dos ganaron los cinco partidos antes de llegar a la final sin grandes sobresaltos. Djokovic tuvo que vencer, entre otros, a Tsitsipas y a Musetti, y el español tuvo que pasar por encima de Paul y Augier-Aliassime. Nole pasó por un pequeño susto en el partido contra el griego, cuando tuvo que recurrir al trainer para tratar una molestia en la rodilla. Fuera de eso, todo fue miel sobre hojuelas.
La final Alcaraz-Djokovic generó una expectativa global brutal. De hecho, fue el evento más visto de todos los Olímpicos. El marco era inigualable: un mañana con un sol esplendoroso y una Philippe-Chatrier a reventar, con banderas españolas y serbias ondeando sin parar. En el palco de Djokovic estaba toda su familia. Su hija Tara llevaba puestos unos anteojos con los aros olímpicos y portaba una bandera serbia y una pancarta, escrita muy probablemente por ella, que decía, en serbio, “Papá es el mejor”. En el palco de Alcaraz estaban sus padres, dos de sus hermanos, Juan Carlos Ferrero, David Ferrer y Jimmy Butler, el jugador del Heat de Miami, uno de sus grandes fans. Ambos jugadores entraron a la cancha con un gesto adusto y muy concentrados, vistiendo con los colores de sus respectivos países. Nole cargaba sus raquetas en dos maletas en las que se leía la leyenda “Pasión, energía y confianza”. Traía la rodillera gris que había usado todo el torneo. Alcaraz traía una vendaje en el muslo derecho. Los dos llegaban a la final sin haber perdido un solo set.
El primer set fue cerradísimo y duró una hora hora y media. No hubo quiebres de saque, aunque Djokovic tuvo al español 0-40 en el 2 a 1 y Alcaraz tuvo cinco oportunidades de romperle el servicio al serbio en el 4-4. El tiebreak lo ganó Djokovic 7 a 3.
El segundo set fue igual de cerrado y el nivel siguió siendo extraordinario. Algún locutor comentó que parecía tenis de videojuego. Se dieron con todo y no pudieron quebrarse el servicio. En el 2 a 2 en el tiebreak, Nole terminó un rally de 19 golpes con una derecha veloz y angulada que Alcaraz no pudo ni tocar. Ese fue el golpe del partido. El español ya no pudo ganar un solo punto y el match terminó con un winner del serbio a la derecha del español que tampoco pudo alcanzar. Nole jugó los dos tiebreaks con una consistencia y una convicción asombrosas, y por eso se llevó la ansiada medalla de oro olímpica, el único gran título que le faltaba. “Es la victoria más grande de mi carrera,”, declaró pocos minutos después, todavía con lágrimas en los ojos. Sus calumniadores enmudecieron.
Era el suyo un nuevo triunfo contra la adversidad, su gran obra maestra. En un notable artículo publicado en Milenio por el extraordinario escritor Xavier Velasco, gran conocedor de tenis, se lee:
Antes de ser capaz de dar lecciones a quienes eran sus tutores y verdugos —Roger Federer, Rafael Nadal—, Djokovic soportó tantas tempestades como ocasiones tuvo de salir del hoyo donde lo mantenían ambos preceptores. Perdió, perdió y perdió. Sufrió incluso desmayos por los altos calores imperantes. Pero ahí donde otros, tal vez la mayoría, encuentran tierra fértil para sembrar su propio desconsuelo, el serbio halló el espacio necesario para seguir peleando contra sus propios límites y eventualmente hacerse inalcanzable.
La victoria de Nole a los 37 años de edad hizo a muchos a recordar la hazaña de André Agassi, quien a los 33 volvió a ser el número uno del mundo. Su odisea la cuenta en su extraordinaria autobiografía Open. Uno de los pasajes más bellos de ese libro fabuloso es el de la noche previa a la final de Roland Garros de 1999; de ganarla, le permitiría conseguir el Golden Slam. Lleno de dudas, Agassi recurre a un amigo en busca de apoyo, y éste decide leerle por teléfono Ulises de Alfred Tennyson. Este poema cuenta cómo, a muy avanzada edad, Ulises decide regresar al mar e increpa a sus marinos:
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden, hiramos
las resonantes olas, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en donde se bañan
todos los astros de occidente, hasta morir.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que no tenemos ahora el vigor que antaño
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.
Pero la historia de Djokovic no es todavía la historia de un jugador en declive y su triunfo en París difícilmente será su última gran conquista. La final de los Olímpicos la jugó contra un jugador dieciséis años menor al que derrotó de poder a poder. Fue una batalla de pares. Las pujantes derechas de Alcaraz se encontraron continuamente con unos drives del serbio aún más sólidos, profundos y precisos. Sus días no están contados.
“¿Qué sigue?”, se preguntan muchos. “¿A qué más puede aspirar si ya lo ha conseguido todo?”. Una primera respuesta es que hay un inmenso amor al deporte. Pocos están dispuestos a parar. ¡Qué trabajo le costó a Roger! ¡Cuánto le está costando a Rafa! Pero la verdad es que es muy difícil descubrir los motivos profundos para seguir en el circuito. El serbio asegura que todavía siente el empuje, que conserva el espíritu competitivo y el deseo de hacer historia. Pero tal vez su última lección tenga que ver con la voluntad, que está vinculada a la firmeza en los propósitos y ese ánimo ante las dificultades que discute Xavier Velasco. Allí está también el condelectari sibi del que hablaba el teólogo escocés Duns Scoto en el siglo XIII, cuyo ejercicio implica un gran deleite: la capacidad de tomar decisiones que reflejan nuestras aspiraciones, el énfasis en la configuración de nuestro propio camino. A la pregunta de por qué sigue compitiendo, tal vez Nole algún día responda, con una discreta sonrisa en la boca: “Porque puedo”.
Octavio Gómez Dantés
Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública.
Este artículo expresa los puntos de vista personales del autor y no refleja la posición de la institución donde trabaja.