Nombrar al “crimen sin nombre”

“Los nuevos conceptos requieren términos nuevos”.
—Rafael Lemkin

Ya han pasado más de siete meses del ataque de Hamas contra civiles en Israel el 7 de octubre del año pasado. Desde entonces la respuesta del gobierno israelí, encabezado por Benjamín Netanyahu, ha sido brutal y sangrienta. En cambio, ante el “conflicto” en la Franja de Gaza (por ahora lo llamo así), la mayoría de Estados occidentales han respondido con un pasmoso silencio que raya en la complicidad. El ejemplo más reciente es la respuesta del secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, a los pedidos de arresto del fiscal de la Corte Penal Internacional contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su ministro de Defensa, por considerarlos “vergonzosos”. Es imposible no indignarse ante lo que ocurre en esa pequeña región de Medio Oriente, que tampoco es una guerra, dada la asimetría de poder, el ataque sistemático a civiles, la violación de tratados sobre conflictos armados, así como la destrucción de hospitales y universidades palestinas. Sólo algunos países como Bolivia, Baréin, Colombia, Venezuela o Sudáfrica han roto relaciones con Israel en repudio a la violación del derecho internacional y a los crímenes de lesa humanidad cometidos contra la población palestina.

Otra fuente de condena al “conflicto” surgió en diversas universidades alrededor del mundo. En Estados Unidos, los estudiantes organizan acampadas propalestina pidiendo un cese al fuego en Gaza y la liberación del pueblo palestino. Entre otras cosas, exigen que sus centros educativos dejen de recibir financiamiento de empresas vinculadas al Estado de Israel, así como romper relaciones con universidades israelíes que no rechazan la cruel actuación del gobierno de Netanyahu. Las protestas en universidades como la de Columbia, en Nueva York, o la de Texas, en Austin, han sido duramente reprimidas por los cuerpos policiales, lo mismo que las manifestaciones en universidades de Suiza y de Países Bajos. Dicha represión está acompañada de una manipulación mediática que básicamente establece que cualquier crítica a las atrocidades perpetradas por el gobierno de Israel equivale a una muestra de antisemitismo. El objetivo de esa manipulación, vale la pena decirlo, es silenciar las protestas y restarles legitimidad.

En lugar de acallarse, las manifestaciones propalestina se han extendido a otras partes del globo. Los estudiantes españoles ya consiguieron que sus universidades, agrupadas en la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), emitieran un comunicado en el que dicen estar dispuestas a “revisar” y, en dado caso, “suspender” sus convenios con aquellas universidades del Estado de Israel que no se han pronunciado de forma contundente contra la ofensiva militar israelí en Gaza. En México hay manifestaciones similares en centros educativos como la UNAM, el ITAM o El Colegio de México (Colmex). Las demandas de los universitarios mexicanos son en esencia las mismas que las de otras protestas en apoyo a Palestina. La respuesta de las autoridades universitarias, en particular las de la UNAM y el Colmex, expresan su respeto a las protestas estudiantiles y, al menos en el caso del Colmex, condenan “la escalada de violencia” en la Franja de Gaza.

Lo que consterna es que en sus comunicados las autoridades universitarias se resistan a llamar al “conflicto” en Gaza por lo que es: un genocidio. No aludo ya al comunicado de la UNAM, que ni siquiera rechaza los crímenes cometidos por el Estado de Israel e incluso reconoce la “diversidad” de quienes “discrepan” —¡sí!— con quienes pedimos un alto al genocidio en Palestina. Se puede entender que los reclamos estudiantiles que piden romper vínculos con universidades y empresas israelíes requieren de un análisis más detallado y que, por lo mismo, la respuesta no puede ser expedita. Lo que resulta chocante es la insistencia —en este caso de universidades, pero también de gobiernos y medios de comunicación— en negarse a nombrar las atrocidades cometidas por el gobierno de Israel como un genocidio. Si uno revisa la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidiode 1948, es claro que los actos cometidos por Israel tienen el propósito de “destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Por ahora, la lucha para que se condene como genocidio a las acciones del Estado de Israel la lidera Sudáfrica, que desde enero pasado acusó a Israel de “conducta genocida” ante la Corte Internacional de Justicia.

El origen del término genocidio está ligado al Holocausto del pueblo judío. Ahora bien, el genocidio de los judíos no es el único; antes ocurrió el genocidio de los armenios —horror del cual Franz Werfel dejó testimonio en Los cuarenta días del Musa Dagh—, efectuado por el extinto Imperio Otomano, y después se cometieron los genocidios de Ruanda, el camboyano o el de Srebrenica. Mi afirmación de que el genocidio judío no ha sido el único no significa restarle magnitud al horror perpetrado por los nazis, más bien apunto que la lección de la Shoah para la humanidad es recordar que hemos de concentrar todas nuestras energías en que una tragedia de esa dimensión no se repita. Como reflexiona Pankaj Mishra en un esclarecedor ensayo, la memoria de los horrores del Holocausto pertenece a toda la humanidad: es un recordatorio de lo que no debió ocurrirle al pueblo judío ni debe sucederle a ningún otro pueblo. Si no entendemos eso, está latente el peligro de que, como ahora le pasa al pueblo palestino, seamos ciegos e impasibles frente a otras barbaries del futuro.

Tal fue la crueldad cometida por los nazis contra el pueblo judío que ni siquiera existía un nombre para describirla. En una emisión de radio de 1941, Winston Churchill comentó sobre las atrocidades ejecutadas por la Alemania nazi: “Estamos en presencia de un crimen sin nombre”. Fue Rafael Lemkin, jurista polaco de familia judía, quien se encargó de nombrar dichas atrocidades. Según relata Philippe Sands en Calle Este-Oeste, Lemkin comenzó a interesarse en la aniquilación de grupos en 1918, en específico en la masacre de los armenios ocurrida apenas tres años atrás. En sus memorias, Rafel Lemkin refiere un juicio en Berlín en junio de 1921 que atrajo su atención. El acusado era Soghomon Tehlirian, un joven armenio que asesinó a Talat Bajá, exministro del gobierno Otomano, en la capital de Alemania. Lo que preocupaba a Lemkin era la ausencia de normas que impidieran a Turquía dañar con impunidad a su población armenia. Otro casó que llamó su atención fue el asesinato de Simon Petliura —presidente del efímero Directorio de Ucrania— en 1926 a manos de Samuel Schwartzbard, un relojero judío que decía vengar los pogromos contra la población judía en Rusia ordenados por Petliura en el invierno de 1918-1919.

Esos eventos, decía Lemkin, alimentaron su compromiso para crear normas que protegieran a los grupos. Dedicado a esa tarea, conforme las atrocidades cometidas por la Alemania nazi contra la población judía fueron saliendo a la luz, Lemkin se dio a la tarea de recabar toda la documentación del gobierno nazi que demostrara que había la clara intención de exterminar a la población judía. El resultado de sus investigaciones fue la publicación de El dominio del Eje en la Europa ocupada (1944), libro en que acuñó el concepto de genocidio. En el capítulo 9, Lemkin definió al nuevo crimen como “los actos dirigidos contra individuos, no en su calidad de tales, sino como miembros de grupos nacionales”. Su compromiso con la protección de los grupos no acabó ahí, pues en los siguientes años dedicó todos sus esfuerzos a que el término se utilizara en los juicios por crímenes de guerra contra los nazis. El fruto de ello fue que las cuatro potencias (Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS) incluyeron el genocidio en su acusación contra la Alemania nazi en los Juicios de Nuremberg (1945-1946), aunque al final no se recuperó en la sentencia que condenó a los dirigentes nazis.

El novelista sudafricano J.M. Coetzee explica que a inicios de la década de 1990 los sudafricanos blancos comenzaron a ser llamados colonos por los negros. Una de las principales consignas del Congreso Panafricanista rezaba así: “Un colono, una bala”. La frase, desde luego, provocaba la sensación de amenaza en la población blanca, pero lo que más les desconcertaba, reflexiona Coetzee, era que las personas a las que históricamente ellos habían nombrado paganos, primitivos o incivilizados les llamaran colonos. Con esto quiero ilustrar que la capacidad de nombrar a otros o a una situación determinada implica una relación de poder en la cual los nombrados o lo nombrado están condenados a ser definidos por quienes los dominan. No llamar genocidio a lo que ocurre en Palestina no es una cuestión terminológica, pues, como notó Víctor Klemperer en La lengua del Tercer Reich, lo primero que cambia en una situación de barbarie es el lenguaje. Cuando en la opinión pública se usan eufemismos para evitar llamar genocidio a lo que sucede en Palestina se pone en juego una disputa por el poder de nombrar. Los eufemismos suelen sustituir palabras que encierran una realidad desagradable para no ofender a quien escucha. Si esa fuera su única función, su uso se reduciría a una cuestión de buen o mal gusto en el lenguaje. El problema es que también alteran la realidad y, en consecuencia, ocultan atrocidades como la que lleva a cabo Israel contra el pueblo palestino.

 

Emmanuel Rosas Chávez
Politólogo por la UNAM y estudiante de la Maestría en Ciencia Política en El Colegio de México

Referencias
Coetzee, J.M. “Ofenderse”, en su libro Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar, Debate, México, 2007, 15-53 pp.
Klemperer, Víctor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Editorial Minúscula, Barcelona, 2001, 414 pp.
Sands, Philippe. Calle Este-Oeste. Sobre los orígenes de “genocidio” y “crímenes contra la humanidad”, Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 601 pp.