Notas sobre las protestas en Irán

La ola de protestas en Irán comenzó el 28 de diciembre de 2025 y la detonó una huelga de comerciantes de teléfonos celulares y tecnología en el Gran Bazar de Teherán. La huelga estuvo motivada por la rápida depreciación del rial iraní y por un ataque al sistema de tipo de cambio múltiple que enfureció a más de uno en el mercado negro.

El Bazar ha sido históricamente un sector clave en la economía del país pues su lenguaje contestatario sirve como termómetro político para evaluar los malestares sociales de las mayorías que trabajan en una economía informal: una tasa de inflación por encima del 50 %, salarios por debajo de los 200 dólares mensuales y sanciones internacionales que afectan los sectores financieros y energéticos nacionales.

Según Djavad Salehi-Isfahani, “la pérdida de ingresos petroleros generó déficits presupuestarios crónicos que el gobierno financió mediante la expansión monetaria, lo que ha alimentado la inflación y, con ello, la pérdida de poder adquisitivo del iraní de a pie”. Por si fuera poco, la presión ejercida por el eje Washington-Tel Aviv (que inhibe la inversión extranjera) poco ayuda a dignificar la vida del iraní ordinario.

Aunque al inicio la protesta tuvo un motivo económico, los eslóganes evolucionaron hacia reclamos políticos y antisistémicos por malestares acumulados como la pobreza extrema en las regiones kurdas o baluchis, el clientelismo y la corrupción gubernamental, la represión de movimientos como “¡Mujer, Vida, Libertad!”, la falta de agua y la excesiva contaminación ambiental en la capital. Estos reclamos, en conjunto, tienen a la gente en las calles en más de 200 partes de todo el país, siendo las principales concentraciones en Ilan (una zona creca de la frontera con Iraq), Teherán, Isfahán y Mashad.

Como en cualquier otra sociedad, la confianza en las instituciones es uno de los indicadores más importantes para evaluar el malestar social. La encuesta más reciente del Ministerio de Cultura “Valores y Actitudes Iraníes” (2024) revela un panorama de profunda desconfianza institucional que explica, a grandes rasgos, lo que observamos en el espacio público. Los datos pintan un ecosistema donde las ramas política y judicial enfrentan una severa sequía de credibilidad, mientras que la institución militar (sobre todo en el Artesh y la Guardia Revolucionaria) aún conserva una reserva de apoyo sustancial (un 55 % de apoyo popular), aunque no está exenta de críticas y señalamientos por su actuación contra los movimientos sociales en los últimos veinte años.

Por ejemplo, en el ámbito político, la Asamblea (Majlis) registra los niveles más críticos: más del 63 % de la población desaprueba a los políticos. El Poder Judicial sigue un patrón similar, con un 53 % de “baja confianza” en la institución, mientras que los jueces enfrentan un 47 % de desconfianza. Esta crisis se extiende al sector mediático, afectando a todos los canales de información del Estado. Los medios estatales (Seda-o-Sima) enfrentan una desconfianza masiva donde el 47 % de la gente no cree en la narrativa oficial, cifras que se intensifican entre universitarios y mujeres jóvenes de la capital.

Es sorpresivo que las alternativas informativas (redes sociales internas y externas, televisión por satélite extranjera) tampoco logran consolidarse como fuentes confiables pues las redes sociales extranjeras registran un 36.8 % de “baja confianza”, mientras que la televisión por satélite extranjera alcanza el nivel más alto de rechazo: 44.3 % de confianza “muy baja”. Incluso las celebridades y figuras mediáticas generan desconfianza en el 38 % de la población. Estas cifras indican que la ciudadanía iraní percibe una ausencia de referentes institucionales legitimadores, disminuyendo así los niveles de seguridad epistémica y confianza en el sistema. Este fenómeno reflejaría, en esencia, un desacoplamiento progresivo entre la ciudadanía y las narrativas en pugna (oficiales y contrahegemónicas), cuyos intentos por ganar adhesión intelectual parecen perder eficacia simbólica y política.

Si lo anterior se traslada a los eslóganes de las protestas, es destacable que los reclamos contra los altos precios de los bienes fueron sustituidos por cánticos contra la legitimidad de la República Islámica y el sistema del Velayat-e Faqih, pero también se han escuchado otros contra la instalación de un gobierno monárquico cercano a Estados Unidos e Israel –como el que representan los herederos de la monarquía Pahlaví. Mucha gente piensa, con justa razón, que en el remoto caso de que llegara un líder como Reza Pahlaví al poder en Irán, se necesitaría de un respaldo político y militar de Estados Unidos e Israel para sostener a un líder como este, lo cual le restaría aún más legitimidad. Además, dado el contexto del genocidio en Gaza y la experiencia con el derrocamiento de Bashar al Assad en Siria, Washington y Tel Aviv también esperarían el momento justo para bombardear los sistemas antiaéreos que tiene Irán para debilitarlo en escenarios bélicos cercanos.

Si nos asomamos a un análisis de los eslóganes durante los primeros ocho días de las protestas, algunos reportes muestan que el 60 % de estos lemas son de corte antisistema, el 25 % son demandas sociopolíticas generales y sólo un 15 % son pro-Pahlaví. Por eso vale la pena distanciarse de una retórica engañosa que busca colocar a los responsables del genocidio en Gaza como salvadores de una sociedad iraní que sigue atrapada entre el autoritarismo interno de Jamenei y el imperialismo extranjero de Trump y Netanyahu.

El eslogan ¡Mujer, Vida y Libertad! no es el protagonista esta vez, lo cual no significa su ausencia o desaparición. Esto implica que la movilización actual presenta una composición social diversa, aunque con niveles de compromiso y organización desiguales, como las opciones políticas paralelas al liderazgo del Líder Supremo. Las redes de comerciantes, universitarios, sindicatos como el Sindicato de Jubilados, la Asociación de Electricidad y Metales de Kermanshah, el Consejo de Coordinación de Protestas de los Trabajadores Petroleros Contratados (donde los trabajadores de la refinería South Pars tuvieron un papel importante en el suministro de energía durante la guerra de los doce días entre Irán e Israel en junio de 2025), entre muchos otros, han desempeñado un papel importante en señalar la erosión de la legitimidad económica del régimen y coordinar algunas protestas. Aunque su participación no se ha traducido aún en una acción laboral sostenida a gran escala.

En el caso del sector estudiantil, la declaración “Ni República Islámica, ni Monarquía, ni Muyahidines” ganó viralidad desde las universidades de Teherán, Beheshti, Allameh, Ciencia y Tecnología y Tarbiat-Modares. Ahí un grupo de activistas estudiantiles enfatizó el papel histórico de la universidad en la lucha contra la tiranía, criticando la supresión sistemática del ambiente universitario, la monetización del sector educativo y la política del Estado hacia la universidad “al vaciarla de todo elemento político y crítico, transformándola en un campo castrado que se ha convertido en terreno de juego para los mercenarios paramilitares de la Basij”.

Al 9 de enero de 2026, Irán había comenzado los “apagones de Internet” cuya experiencia en otras ocasiones sólo ha dejado más represión. Aunque el gobierno de Masoud Pezeshkian ofreció diálogo y modestos subsidios de siete dólares hasta la entrada del siguiente año fiscal, al menos 36 personas han muerto y otras 2 000 han sido detenidas. A su vez, se han reportado asedios en hospitales como el Hospital Imam Khomeini en Ilam, donde las fuerzas de seguridad dispararon gas lacrimógeno dentro de las instalaciones e intentaron arrestar a manifestantes heridos mientras recibían tratamiento.

Aunque en estos momentos es dificil definir si el sistema iraní está en colapso o no, es probable que, dependiendo del nivel de violencia en las calles, el gobierno criminalice la protesta para apaciguar a los manifestantes. Esto supone la posibilidad de injerencia extranjera en batallones armados que, paradójicamente, le sirven al régimen para generalizar la represión de una protesta legítima nutrida de personas de múltiples clases sociales. Esto aseguraría que cada estallido social en el futuro sea más volátil, turbulento y con un destino incierto tal como se está experimentando en el orden mundial.

Por último, cabe destacar que el poder en Irán no descansa en la figura del Líder Supremo, sino que está incrustado en un aparato burocrático-militar de pesos y contrapesos que es tan denso que puede sobrevivir sin el mismo Ali Jamenei. Irán, pase lo que pase con la manifestación de enero de 2026, se encuentra en un momento decisivo donde el principal reto no es derrocar al régimen, sino la unión política, social, intelectual y cultural de las fuerzas que se manifiestan y que arriesgan su vida por un futuro mejor.

Moises Garduño García

Profesor de Relaciones Internacionales y Oriente Medio en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Autor de Historia Mínima de Irán Moderno (El Colegio de México, 2025)

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Publicado en: Internacional