
Dos imágenes ilustran la paradoja que habita nuestra democracia. La primera, de febrero pasado, fue la presentación en la UNAM de un trabajo firmado por los académicos Azul Aguiar, Rodrigo Castro Cornejo y Alejandro Monsiváis , en el que se anunciaba, de manera literal, que nuestro país se hallaba a las puertas del autoritarismo. El texto ha sido quizá el más exitoso y comentado, pero desde luego no el primero ni el último que plantea esta advertencia. La segunda imagen, casi simultánea, fue la publicación de los resultados de la última edición del Latinobarómetro, una encuesta en la que, para sorpresa de muchos, los mexicanos mostraban un nivel inédito de satisfacción con la democracia. Uno de los niveles más altos de la región, sólo debajo de Uruguay y El Salvador.
Vistas al mismo tiempo, estas imágenes muestran la que para mí es una de las grandes interrogantes del México de la 4T. Por un lado, una parte importante de académicos y especialistas advierten de forma continua sobre un riesgo de erosión democrática y deriva autoritaria. Por el otro, cuando es el demos el que habla, afirma sentirse cada vez más satisfecho – de hecho, más que nunca– con ese mismo régimen en quiebra aparente.
Sé que, para muchos, esto que me resulta desconcertante no representa ningún misterio. Para unos, quienes hablan de regresiones son conservadores que defienden sus privilegios. No entienden la nueva realidad. Para otros, quienes hoy se dicen satisfechos con el régimen son una masa ignorante, manipulada o venal, dispuesta a vender su libertad por una tarjeta del Bienestar. Ambas respuestas son igual de categóricas y ambas dicen defender la misma bandera: la de la democracia.
Mi planteamiento es que es imprescindible salir de este esquema mental, que adaptando lo dicho por Ortega hace un siglo, podemos llamar “hemiplejia política”[1]. Y para hacerlo, el primer requisito es dejar de hablar de la democracia como solemos hacerlo, en singular y en mayúscula, y empezar a hablar de variaciones de la democracia.
Variaciones de la democracia
Como nos recuerda Ana Pascoe, la democracia es un concepto muy versátil. En parte por esa razón, la ciencia política lleva años —aunque con éxito todavía modesto— señalando la utilidad teórica y empírica de pensar en variedades de la democracia. El índice más célebre para medir avances y retrocesos en esta materia, el del proyecto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo, tiene su origen en esa idea en apariencia simple.
Tomarse en serio la idea de que existen y han existido variaciones de este régimen nos permitiría llegar a la conclusión de que, en México, más que una lucha entre la libertad y la tiranía (o el conservadurismo y la reacción), lo que hay es una disputa entre dos visiones distintas de lo que es y debería ser un régimen democrático. Dos visiones legítimas, pero cada vez menos compatibles. Por un lado, lo que podríamos llamar una versión mayoritarista o plebeya de la democracia; por el otro, una versión que podemos llamar elitista o, como la bautizó Robert Dahl, madisoniana[2].
En el centro está la propia trayectoria histórica de eso que aprendimos a llamar democracia liberal, un régimen híbrido que intentó, y por un tiempo logró, mantener un equilibrio entre dos pulsiones: el componente liberal del régimen y un componente más propiamente popular. El primero enfatizaba elementos como la protección de las minorías, el equilibro de poderes y el sistema de frenos y contrapesos; el segundo destaca la igualdad política, la regla de la mayoría o la soberanía popular. Hemos pensado que la democracia es un régimen donde ambos componentes coexisten y se complementan de forma virtuosa, pero lo cierto es que desde hace tiempo no es así. La complementariedad ha dado paso a una disputa.
Desde finales del siglo pasado, politólogos como Peter Mair identificaron un proceso de redefinición de la democracia mediante el cual el componente popular del binomio estaba perdiendo peso frente a su contraparte liberal[3]. El producto de este proceso fue una democracia que ya no tenía el demos en el centro. Una democracia que más que fomentar la participación ciudadana, hacía las paces con la indiferencia de las mayorías, con partidos cartelizados de agendas cada vez más indistinguibles y en la que, se suponía, más que política, lo que hacía falta era administración.
Veinte años después, las cosas son muy distintas. Lo que hoy llamamos populismo es básicamente una reacción a ese proceso de “vaciamiento democrático”, donde ya no es el componente popular el que pierde peso, sino al contrario. Es el componente liberal de la democracia el que hoy parece amenazado —el que se erosiona ante un nuevo ímpetu popular.
La disputa en la práctica
Si hago esta digresión es porque la disputa entre una versión mayoritarista o plebeya de la democracia y una de tipo elitista me parece la manera más precisa, la menos prejuiciosa, de caracterizar el conflicto entre los partidarios y detractores del obradorismo. En los últimos seis o siete años, no ha habido ningún conflicto político entre la 4T y sus críticos que no podamos leer en estos términos.
Por ejemplo, en el conflicto de los gobiernos de Morena y sus adversarios en torno a los organismos autónomos, un episodio que anticipó lo que hoy se discute en torno a la composición del Poder Judicial. El síntoma más claro de la tendencia hacia el vaciamiento democrático de finales del siglo XX fue la forma en la que cada vez más áreas de la vida pública iban siendo aisladas del juego electoral, por medio de la extensión de las llamadas “instituciones no mayoritarias” dirigidas por burócratas no electos. En sus manifestaciones más extremas, esta práctica produjo la suplantación de las preferencias públicas por criterios ‘neutrales’, pero a menudo acordes a la agenda de las elites.
Era la época dorada de la tecnocracia, cuya traducción institucional en México fueron los llamados OCAs. El pecado de origen de estas instituciones es que sus titulares eran, como resumió el expresidente López Obrador, “independientes, pero del pueblo”. En palabras de los especialistas, el problema estaba en la brecha de rendición de cuentas (la “accountability gap”) que generaba su propio diseño. Si el fallo de estas instituciones era su desconexión, el remedio era volverlos a unir a la voluntad popular. Y en una lógica mayoritarista, esto sólo es posible por medio de elecciones.
Quizá por eso el rasgo más característico de la nueva democracia plebeya en México es su tendencia a electoralizar absolutamente todo. Resulta fascinante cómo, apenas hace unas décadas, la solución de los problemas públicos parecía ser sacarlos del juego electoral: volverlos un asunto tecnocrático (o, en algunos casos, “ciudadano”, en una acepción excluyente). Hoy parece que, sin importar cuál sea el problema, todo puede arreglarse al someterlo a las urnas, a un referéndum o una consulta pública, así tenga una participación casi testimonial.
Me gustaría subrayar un hecho en el que la mayoría de los opositores a la 4T parecen perderse: el que haya algunos políticos que instrumentalicen este ímpetu plebeyo para satisfacer sus ambiciones no significa que no exista. O que sea un reclamo menos genuino o extendido. En activar este sentimiento, hoy compartido por la mayoría de los mexicanos, hay sin duda mucha retórica, pero en su sustrato hay razones —políticas, históricas e incluso epistémicas— de peso. Es el signo de los tiempos.
Erosiones democráticas
¿Cuál es el balance de esta disputa en México? El corte de caja es ambivalente. Sería difícil llamarse demócrata y estar en contra de que la opinión de los muchos vuelva a tomarse en cuenta. En sus mejores momentos la democracia mayoritarista ha hecho posible la incorporación, movilización y, sobre todo, el reconocimiento de millones de personas que antes eran, en los hechos, ciudadanos de segunda clase. Se trata, además, de un proyecto que ha “re-encantado” la esfera pública, con una retórica que ha logrado lo impensable: sacar a la mayoría de la gente de la indiferencia hacia lo público. En ese sentido, este impulso plebeyo actúa como un correctivo democrático a un régimen que funcionaba como una oligarquía.
Al mismo tiempo este impulso ha sido también una amenaza. Por ejemplo, cuando ha puesto en jaque el sistema de frenos y contrapesos, único garante frente al peligro de la concentración del poder en una persona, grupo o una institución que deja de rendir cuentas (o lo hace sólo a modo). O cuando se pasa de la noble aspiración de tratar de representar al pueblo y se pretende encarnarlo, tomando la parte por el todo y amenazando el pluralismo.
Ahora bien, esta es sólo la mitad de la historia. Podríamos decir algo similar del otro lado. En sus mejores versiones, la crítica liberal a la democracia mayoritarista expresa una preocupación legítima. El problema es que estos posicionamientos caen a menudo en el extremo de que, al demonizar al populismo y equipararlo siempre con el autoritarismo, acaba por marginar también al pueblo y sus demandas, justificando, una vez más, una democracia sin demos.
Hoy la crítica al populismo y a la democracia plebeya dentro de la oposición a la 4T está contribuyendo a que germine un sentimiento antipopular cada vez más agresivo. Ideas que se pensaban superadas hace mucho, como restringir el derecho al voto en función de la riqueza o educación de las personas, hoy son recicladas con una pose de rebeldía y se abren paso cada vez más en la conversación pública, dentro y fuera de internet. La absurda pero recurrente idea de que los pobres y quienes reciben apoyos gubernamentales no deberían poder votar es la versión local de un movimiento más grande que, a falta de mejor nombre, llamo la otra erosión democrática Una erosión tan preocupante como la que plantean los liberales cuando critican al populismo. La diferencia es que de la segunda nadie habla.
Hace algunos meses el historiador Jean Meyer se preguntaba en un artículo periodístico si el sufragio universal seguía siendo una buena idea. En abril, Germán Martínez argumentaba, criticando la elección judicial, que no había que confundir a la democracia con el acto de votar. Fuertes declaraciones, en especial si quien las dice se presenta como el nuevo paladín de la democracia frente a un supuesto autoritarismo.
Parece una cuestión anecdótica. No lo es. Durante lo que va del siglo XXI las oposiciones al populismo han protagonizado al menos diecisiete intentos de golpes de estado en países como Venezuela, Tailandia, Turquía o Bolivia. Todos buscando, en el discurso, defender o restaurar la democracia. No es necesario ir tan lejos: hace poco se cumplieron 20 años del proceso de desafuero contra López Obrador. Un ejemplo de uso faccioso del aparato judicial para descarrilar la candidatura de un político que, irónicamente, se convirtió en mito fundante del movimiento que lo llevaría al poder.
Superar la hemiplejia
Lo preocupante del conflicto entre el obradorismo y su oposición no es que exista, sino que adopte cada vez más una lógica antagónica, en la que los sectores más vocales de cada campo ven a sus rivales no como adversarios legítimos, sino como enemigos ante los que todo vale. El encuadre de esta disputa política en términos morales contribuye a profundizar esta grieta simplificando y, en última instancia, demonizando al rival. Se trata de un proceso impulsado también por una polarización que ha dejado de plantearse en términos ideológicos y se ha vuelto un asunto de identidades y lealtad de grupo.
La primera condición para salir de este impasse es entender nuestra coyuntura como una disputa entre dos visiones de la democracia. En otras palabras: superar la hemiplejía que interpreta el momento actual como una pugna entre democracia y dictadura, pero manteniendo también un prudente escepticismo frente a la idea de que lo que vivimos es una marcha inexorable hacia el progreso a la que sólo se opone la reacción.
En esta disputa, el predominio de la visión mayoritarista o liberal de la democracia es una circunstancia siempre inestable, precaria y temporal. Más que buscar la hegemonía de una versión u otra —lo que constituye un proyecto, ese sí, anti-democrático—, se trata de aspirar a una nueva complementareidad. A quienes hemos manifestado simpatía, en especial una simpatía crítica, con el proceso de inclusión popular que ha representado la 4T, nos toca reinventar esa síntesis.
Este texto se basa en la intervención del autor en la mesa “La 4T como proyecto político nacional: virtudes, retos, balance”, organizada por el Dr. René Millán en el 95 aniversario del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, el 10 de abril de 2025.
César Morales Oyarvide
Politólogo. Maestro por la Universidad de Chicago y candidato a doctor por El Colegio de México.
[1] En el prólogo a la edición francesa de La rebelión de las masas (1937).
[2]Preface to democratic theory (1956)
[3]Ruling the void. The hollowing of Western democracy (2013).