Nueva normalidad, vieja desigualdad: la carga de los cuidados a hombros de las mujeres

La nueva normalidad es una oportunidad para atender las desigualdades entre hombres y mujeres tanto en el ámbito laboral como familiar, pues la crisis de la covid-19 y la respuesta del gobierno de México han hecho más visibles estas desigualdades al exacerbarlas. El trabajo doméstico, los cuidados no remunerados y la configuración patriarcal del mercado laboral son algunos de los temas que trataremos en las siguientes líneas en aras de que lo normal sea más igualitario.

Ilustración: Patricio Betteo

La división sexual del trabajo y el “deber”

Las medidas preventivas para evitar la propagación del SARS-CoV-2 y su tratamiento suponen el aumento del trabajo de cuidados. El pasado 25 de junio, durante la firma de un convenio de colaboración entre el Instituto de Salud para el Bienestar y el Hospital Materno de Texcoco, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, declaró que “la tradición en México es que las hijas son las que más cuidan a los padres, nosotros los hombres somos más desprendidos” (Redacción Animal Político, 2020). Aunque parezca que el presidente está describiendo un hecho, el tono en el que lo dijo revela una valoración positiva del mismo; además, evocar “tradición” suele ser una declaración de deber ser.

Esta naturalización del papel de las mujeres como cuidadoras y la descarga moral para los hombres se funda en la estructura de la división sexual del trabajo, es decir, en el reparto de tareas y responsabilidades entre mujeres y hombres. En México, como en casi todos los países del mundo, a las mujeres se les ha atribuido el rol de reproducir la sociedad, es decir, de mantener el hogar, así como de ser el centro de la crianza y la formación. Cuando estas actividades se realizan en el seno familiar, no son percibidas como trabajo y no son remuneradas. Por su parte, a los hombres se les ha adjudicado el rol concerniente a la producción de bienes y servicios, los que tienen un valor de cambio y que por ello son percibidos como la única forma de trabajo remunerable. La oferta y demanda de empleo se configura sobre la base de la división sexual del trabajo, tomando como modelo al trabajo masculino, que se caracteriza principalmente por la dedicación exclusiva o principal a las actividades productivas, sin tomar en cuenta actividades reproductivas como el cuidado y la crianza, ello por considerarse propias de las mujeres (Román-Reyes, 2013).

Sin embargo, la crisis económica de los años ochenta en México incentivó la inserción masiva y acelerada de las mujeres al mercado laboral. Según el Instituto Nacional de las Mujeres (2003, p. 355), el Censo General de Población de 1970 arrojó que 17 de cada 100 mujeres desarrollaban actividades económicas. Actualmente, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) en su edición del segundo trimestre de 2020, el 40 % de la población ocupada son mujeres. Pese a ello, la idea de que las actividades principales de las mujeres son el trabajo doméstico y de cuidados persiste, por lo que la participación de las mujeres en un mercado laboral, pensado para los hombres en su rol productivo, ha significado severas desventajas.

La lucha de las mujeres por visibilizar estas desventajas ha obligado a los gobiernos a implementar medidas que faciliten a las mujeres el acceso al mercado laboral. Algunas de las políticas más importantes son las guarderías, las estancias infantiles, las licencias de maternidad y, más recientemente, los permisos de paternidad. Sin embargo, estas acciones son paliativas, pues no modifican los roles de género ni el modelo de trabajo masculino; es decir, no atienden las causas del problema.

Prueba de lo anterior es que las mujeres que se han insertado en el mercado laboral siguen dedicando buena parte de su tiempo a actividades domésticas y de cuidados que no son remuneradas. Por ejemplo, según el Sistema de Indicadores de Género, en promedio las mujeres invierten semanalmente 36.52 horas a actividades domésticas no remuneradas, mientras que los hombres solo invierten 12.18 horas. Asimismo, el promedio de horas que las mujeres dedican al cuidado de personas con enfermedades temporales, como lo es el covid-19, es de 11.37, mientras que en el caso de los hombres es de 6.97. Finalmente, las mujeres dedican 11.21 horas en promedio semanalmente al cuidado de niñas y niños, mientras que los hombres solo 4.83.

La desigualdad en el mercado laboral también se refleja en el ingreso. Durante enero de este año los hombres ganaron en promedio 416.4 pesos diarios y las mujeres 363.5 pesos por día (Estrella, 2020). Esto significa una diferencia de 14.1 %. Asimismo, el hecho de que las mujeres trabajen menos horas en actividades remuneradas está asociado al trabajo de tiempo parcial, promovido para apoyar a quienes tienen que combinar el trabajo del mercado laboral y las responsabilidades familiares con el cuidado de hijas e hijos. Esta modalidad de empleo impacta directamente en el acceso a otros derechos laborales como la jubilación. En México, la tasa de jubilación es de 11.69 en el caso de las mujeres y 29.64 para los hombres.

Entonces, tal como lo señala el jefe del Ejecutivo, las labores de cuidados recaen principalmente en las mujeres, lo cual constituye un vector de desigualdad e injusticia social. En este sentido, la postura del presidente debería estar fijada en revertir y eliminar esta desigualdad. Por el contrario, una de las pocas políticas gubernamentales para atender la desigualdad entre mujeres y hombres en el mercado laboral fue desmantelada en la presente administración. El Programa Estancias Infantiles para Apoyar a Madres Trabajadoras tuvo una reducción del 50 % en 2019.

Este programa fue sustituido por el Apoyo para el Bienestar de las Niñas y Niños Hijos de Madres Trabajadoras, el cual otorgará apoyo económico directo de entre 1600 a 3600 pesos mensuales. Cabe destacar que esta cantidad debe cubrir estancia, cuidados, alimentación y educación, servicios que proveían las estancias infantiles. El argumento para cambiar el programa se basó en la idea de pagar a abuelos para que cuiden a sus nietos.

Una de las consecuencias de esta política será el incremento de la carga de trabajo para las mujeres. En otras circunstancias, ello podría considerarse un ejemplo de una brecha de implementación de políticas, es decir, cuando un programa produce resultados que no concuerdan con el objetivo planteado debido a circunstancias propias del contexto (Hudson et al., 2019).  No obstante, dada la afirmación del presidente, parece que, de hecho, esa es la intención, algo que no vería como problema alguien que haya asimilado acríticamente que ese es el deber de las mujeres, una creencia que sigue sumamente extendida y que moldea las nociones de lo justo en la diada trabajo-vida familiar (Cerrato & Cifre, 2018). 

Sana distancia: una jornada más para las mujeres

La Jornada Nacional de Sana Distancia se instrumentó sobre las desigualdades laborales entre mujeres y hombres, exacerbándolas. Primero, porque traslapó los espacios público y privado, transfiriendo las actividades de un espacio a otro. Esto demanda la realización sincrónica de una multiplicidad de actividades que pueden limitar el desempeño profesional y personal, ya que las personas, y especialmente las mujeres, toman una doble responsabilidad, lo cual perjudica su salud mental y física.

Segundo, porque en caso de que alguien presente síntomas leves de covid-19 como la fiebre y/o tos, la recomendación es no ir a los hospitales, sino quedarse en casa esperando la recuperación. Antes de la pandemia, según cifras del Instituto Nacional de las Mujeres, en promedio las mujeres dedicaban a labores de cuidado de personas enfermas era de 26.6 horas semanales y al cuidado de personas adultas mayores de 17.7 horas semanales. Durante la crisis sanitaria, estos números tenderán a elevarse. Así, las mujeres solventarán el déficit de cuidados por parte de las instancias de salud pública.

Tercero, porque antes de la implementación de las medidas de distanciamiento social, según estadísticas del Instituto Nacional de las Mujeres, 63.7 % de las mujeres ocupaban en promedio 24.9 de horas semanales de tiempo en el cuidado de integrantes del hogar menores de 14 años. La suspensión de clases presenciales hizo que más de 25 millones 493 mil estudiantes de educación básica tomaran clases desde casa (Miranda, 2020). Esto supone un aumento del número de mujeres cuidando a menores y el promedio de horas dedicadas al día.

Buena parte de la crisis del sistema productivo, educativo y de salud ocasionado por la pandemia está recayendo sobre las mujeres, pues llevan a cabo tres jornadas laborales: actividades reproductivas, con énfasis en las labores de cuidado, actividades productivas correspondientes al mercado laboral y las de la educación formal de sus hijas e hijos. Esta inversión de energía implica un desgaste no solamente biográfico o biológico, sino que se suma con otras desventajas económicas como la brecha salarial de género (Newcomb, 2018), el sobrecosto financiero de ser mujer (Yakoboski & Lusardi, 2018) y la llamada “penalización por maternidad” (Budig, 2014), pues el tiempo invertido tiene un altísimo costo de oportunidad para buscar empleo remunerado, o bien, mantenerlo.

En el evento referido anteriormente, el presidente dijo que las mujeres que proveen cuidados “nos han ayudado”. Sin embargo, dicha “ayuda” es una imposición cultural, pues no es opcional y el costo moral de negarse es mucho más alto para una mujer que para un hombre. Dicho sea de paso, calificar las labores de cuidado como “ayuda” las posiciona como una actividad accesoria, secundaria, y no como lo que es: una actividad esencial.

El derecho al cuidado: la pieza clave de una relación más igualitaria

Es de suma importancia referirse al cuidado como un derecho, ya que esto implica que el Estado reconozca la importancia del trabajo doméstico y de cuidados en la producción económica y el bienestar social, comprometiéndose a garantizar cuidados, no solo a personas que lo requieren, sino también a las personas que los proveen, pues “la carga desproporcionada que recae en las mujeres no es solo un problema de inequidad entre hombres y mujeres, sino de derechos al cuidado no garantizados por el Estado y que tiene repercusiones individuales y sociales negativas” (Cejudo et al., 2017, p. 8).

Ante esta realidad, es importante dar un paso atrás para reflexionar sobre la forma en que las costumbres o “tradiciones” se amalgaman con las decisiones gubernamentales, pues sea intencional o no, tomar decisiones indiscutiblemente necesarias como la puesta en marcha de la Jornada Nacional de Sana Distancia suele producir “ganadores y perdedores”, como prácticamente cualquier política pública. En este caso, si bien todas y todos pagamos un costo por quedarnos en casa lo más posible, quienes están absorbiendo la mayor parte de la carga de trabajo son las mujeres, las que antes de la pandemia ya se hallaban en clara desventaja.

Pese a que esta no será la última pandemia que sufra la humanidad, es probable que, tal y como sucedió en la Ciudad de México con los sismos, nuestra respuesta social sea cada vez más sofisticada y las pérdidas menores. Sin embargo, en esta evolución, queda como tarea pendiente la legislación y confección de soluciones que incorporen el derecho a los cuidados, de forma que una relación más igualitaria entre hombres y mujeres sea la nueva normalidad.

 

Delfina Jiménez Chavarría
Maestra en Políticas Públicas y Género por FLACSO México.

Antonio Villalpando Acuña
Maestro en Políticas Públicas Comparadas por FLACSO México y estudiante del doctorado en Políticas Públicas del CIDE.

 

Referencias

Budig, M. J. (2014, septiembre 2). The Fatherhood Bonus and The Motherhood Penalty: Parenthood and the Gender Gap in Pay – Third Way. Third Way.
Cejudo, G. M., Michel, C., Ortiz, S., Sobrino, A., Trujillo, H., & Vázquez, M. (2017). Diagnóstico sobre el problema público en materia de cuidados en México (Documento de investigación). CIDE.

Cerrato, J., & Cifre, E. (2018). Gender Inequality in Household Chores and Work-family Conflict. Frontiers in Psychology, 9 (1330).

Estrella, V. (2020, marzo 9). Brecha salarial en el mercado formal persiste en los estados. El Economista.

Hudson, B., Hunter, D., & Peckham, S. (2019). Policy Failure and the Policy-implementation Gap: Can Policy Support Programs Help? Policy Design and Practice, 2(1), 1-14.

Instituto Nacional de las Mujeres. (2003). Mujeres y hombres en México. Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática.

Miranda, F. (2020, marzo 14). Coronavirus México: Más de 36 millones de alumnos sin clases. Milenio.

Newcomb, A. (2018, mayo 22). Jobs With the Largest Gender Pay Gaps in Finance, Sales. The United States Census Bureau.

Redacción Animal Político. (2020, junio 25). Quieren cambiar rol, pero por tradición hijas cuidan más a padres: AMLO. Animal Político.

Román-Reyes, P. (2013). Un ejercicio de tipificación de la relación trabajo y familia. Papeles de población, 19 (78).

Yakoboski, P. J., & Lusardi, A. (2018). The 2018 TIAA Institute-GFLEC Personal Finance Index. 25.

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Publicado en: Economía, Política

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